Anagrama
9 Febrero 2022 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax
Desde pequeño tengo la costumbre de rascar cosas. Paredes, ladrillos a la vista, sillones de vinyl y un poco menos de cuero, sillones de tela, a veces cuando niño me agachaba a rascar el suelo cuando encontraba una baldosa de una ínfima rugosidad, que le causase a mi cerebro el placer que las uñas le transmitían. Todavía, de vez en cuandoen ocasiones, cuando paseo y el viento me da de frente, cuando me siento con el lindo subido, esos días en que la gente me mira más, entonces es como si por osmósis apareciese la baldosa perfecta bajo mis pies y el mundo se detuviese por el instante en que me agacho a pulir el firmamento.
Es una característica que, junto a mi otra costumbre de oler el aire batiendo una mano delante de la nariz para poder apreciar la fragancia y determinar que se teje en los entresijos de la apariencia, enlazan una hoja con otra de mis distintos yo que fui a lo largo de la vida; no es que me reencuentre a mi , sino que vuelvo a ser yo encontrando al mismo mundo. Siempre olí y siempre rasqué las rugosidades, el placer que me transmite es instantáneo, y no precisa de gasto de dinero ni de energía, ni de pudor o audacia como puede ser la seducción, es un placer íntimo e intransferible, pero tampoco razonado, nunca intenté siquiera asomarme a entender por qué me llena tanto de gozo encontrar la superficie o el filo o ángulo más propicio para ser rascado.
En especial me paso el tiempo rascando mientras leo un libro cuya tapa me brinde ese tacto. Confieso que el clímax lo alcanzo con los libros de Anagrama, cualquier libro de Anagrama amarillo, de los que fueron mi biblioteca favorita , los Auster, Carver, Tabucchi, Ian McEwan, Bret Easton Ellis, Martin Amis, Bukowski, Carrére, Kazio Ishiguro o Karl Ove, que alguien encuentre en una biblioteca con asomos de surcos sobre su contratapa, áspero su lomo, escalonado como una sierra el filo de la tapa, puede apostar a que pasó por mis manos.
Unido al placer que me donaba leer esa narrativa pura, destinada a describir cada paso observación, asociación, obsesión, que tan bien manejaban los escritores escogidos por aquella primera Anagrama creadora legiones de cultores, al mismo tiempo que mi cerebro disfruta del vuelo sinuoso de las letras como un tul que escapa elevado por el viento, es aderezado por mi disfrute más primario, afilar la queratinización de la lúnula con la cera de la portada, sin llegar a dañarla, sólo dejar mi marca como el animal desconocido del que provengo y no figura en los compendios biológicos, sólo por placer, no para escarbar como un perro , un lobo o un zorro cuando, ni como un águila cuando rasguña la corteza de la rama de su árbol preferido, ni siquiera como cuando león se lo hace al tronco.
Acaso no haya mejor síntesis de esta formación estrafalaria que somos los humanos resultado de las veleidades de un conjunto de monos con ínfulas de dioses y demonios, que unir el placer de la lectura al afilado de las pezuñas.
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