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26 marzo 2022 6 26 /03 /marzo /2022 13:22

Argentina y Cuba fueron dos proyectos de la Metrópoli que en cierto sentido mejor le salieron. No es que los demás países de América no ostenten particularidades que los coloquen en idéntica importancia que estas dos naciones, pero muchos guardan cierto justificado recelo con el centro colonizador, en cambio en estos dos ejemplos lo hispano tuvo una gran aceptación, porque más allá de los siglos de dominio colonial, recibieron gruesos contingentes de inmigrantes que cambiaban sus aires para progresar trabajando o bien por razones políticas y criaron sus hijos en las mismas escuelas que las de los trabajadores cubanos y argentinos, conformaron las nuevas conciencias proletarias de estos nuevos países, llevaron de España e Italia en el caso de Argentina, los cantos de lucha de las fábricas europeas, sus pasquines, no solo sus experiencias en los oficios, sino sus conocimientos sindicales, militancias de marcadas ideologías revolucionarias anarquistas, socialistas y comunistas. Sus contribuciones fueron importantes, pero la más importante de todas, es que se diluyó el recuerdo del español patrón, de repente pasó a ser un compañero de trabajo, un quiosquero, el que ponía café en el baro o cortaba fiambre en el almacén.

Cuba y Argentina estuvieron unidas por la pasión caribeña por el tango y por el cine de grandes escaleras, largas cortinas y teléfonos blancos.  Los cubanos se conocían de memoria cada película de los años de oro de aquel cine tan característico, y había numerosas peñas de tango en distintos barrios de La Habana. Otra característica que compartieron fue el alto nivel de vida de sus clases medias, la calidad de sus universidades, en las que sin embargo, quedaba excluidas las clases bajas trabajadoras, en Cuba la descendiente de africanos, y en Argentina de los pueblos originarios pre colombinos. Los payasos Gabi, Fofó y Miliki eran españoles emigrados a Cuba, el creador de la CMQ Goar Mestre, emigró tras la revolución cubana a Buenos Aires, donde fundó canal 13 en 1960, Fidel Guarapo Castro formaba parte de un grupo de apoyo al peronismo en Cuba, incluso en carácter de tal viaja a Bogotá al Congreso de estudiantes cuando lo sorprenden los hechos de abril de 1948, conocidos como el Bogotazo. Artistas iban y venían, se radicaban aquí o allá, eran dos patrias lejanas pero que tenían ciertos nexos intangibles. A uno le fascinaba el tango al otro el mambo.

Avanzado el siglo XX, el argentino Ernesto Guevara se integró de tal manera la lucha revolucionaria cubana, que adquirió su ciudadanía legal y espiritualmente, allí fue guerrillero, ministro, padre, esposo y amigo. Precisamente a partir de Ernesto empezaron a ir argentinos a la isla, ya no artistas, sino escritores como Cortázar, periodistas como Massetti, amigos suyos como Alberto Granados, arquitectas como Celia y Ana María Guevara y otros profesionales que simpatizaban o estaban comprometidos en mayor o menor grado con la misma causa que Cuba, para contribuir dada la inmensa diáspora de profesionales de clase media que había emigrado al norte una vez les confiscaron negocios, propiedades o efectivo.

La cosa es que argentinos y cubanos tenían ya lazos históricos cuando yo arribé a La Habana en mayo de 1973,

En el hotel donde viví los tres y medio primeros años, mi mejor amigo había nacido en Cuba pero hijo de Timossi, un argentino que había acompañado a Masetti en la tarea de fundar Prensa Latina, el órgano de prensa cubano, también Manuel Roca y hermanos, hijo del abogado Gustavo Roca y Betty Feijin, mis amigos Mariano y Patricio Duhalde y sus padres Eduardo y Lali, la esposa del sindicalista Ongaro. Jorge Masettti hijo, su hijito Jorgito y su mujer Mónica, estaban las hijas de Mario Roberto Santucho y una sobrina, Juan Pablo Vivanco de las Juventudes Guevaristas llegó tras el golpe asegurando que la toma del poder no sería inmediata, “la lucha sería prolongada”, estaba toda mi familia, abuelo, tíos y primos, incluso estaba Hamlet, que era un guerrillero dominicano de las tropas de Caamaño, hijo de argentinos. Mitad eran peronistas y mitad marxistas leninistas o trotskistas. Había un caso curioso, el del representante del Partido Comunista argentino, Juan Lanutti, cuyas hijas mellizas iban a mi misma aula en la primaria, mientras todos los argentinos de izquierda morían iban presos o se exiliaban, Juan con su familia regresaron a la Argentina por orden del Partido. La URSS había establecido fuertes nexos comerciales con el gobierno militar que se vieron rodeados de otros lazos menos decorosos.  A los del PC la dictadura no los tocaría. Sin embargo guardo muy buen recuerdo de Juan y de mis amigas Graciela y Liliana Lanutti. También el doctor Ricardo Yofre, tío de Vaca Narvaja,  que tantas veces atendió mis ataques de asma y a su esposa Perla, ambos padres de una desaparecida, y preso político, recuerdo también al médico Marqués y Rosita, él era pionero en acupuntura. Había unos argentinos exiliados, que hijos de una española que de niña se exilió en Altagracia y creció con mis tíos, que era como familia mía, Carmen González Aguilar, cuya hija Soledad fue secuestrada y sus hijos apropiados por los militares, y recuperados por un comando montonero del hospital donde estaban y luego llevados a la embajada de España, donde los recogió Pepe Aguilar, y más tarde fueron a Cuba, con otra de los tantos hijos de Carmen, Patricia Schjaer y su esposo el Piojo, que se hicieron cargo de la crianza de los nenes.

Eso sí, todos estos, excepto los Sachjaer Aguilar que eran como familia, eran unos argentinos que ni en pedo los habría conocido en mi barrio, en mi casa, en nuestras vacaciones en el campo o en la playa. No guardaban relación alguna con los amigos que yo extrañaba, estos hablaban de revolución, de muertos, de presos. Bueno, con Fernando y Manuel que era cordobés y tenía ese acento tan característico, no hablábamos de nada de eso. yo no hablaba de nada de eso, me negaba en rotundo, solo hablaba de un preso, mi viejo.

En la beca, escuela al campo, tenía un amigo Juan José sánchez, nacido en Bolivia, de madre argentina, tenía una hermana desaparecida en Argentina, la mamá era Matilde Artés, conocida como Sacha, tenía el pelo más largo que vi en mi vida. Sacha era pura energía, en 1978 decidió mudarse a España, para hacer activismo y buscar a su nieta que había sido apresada junto a la hija en Oruro, Bolivia, donde fue salvajemente torturada y luego trasladada a un campo de detención clandestino en Argentina, donde continuaron los tormoentos hasta la muerte, la niña fue entregada a una familia de represores. Con el tiempo Sacha encontró a su nieta Carla. A diferencia de la mayoría de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Matilde había sido precursora, ella misma, de la lucha de la hija.

Después cuando nos fuimos a Alamar, casi no vi ni un solo argentino, todos los exiliados eran chilenos y uruguayos, acaso algunos nicaragüenses y salvadoreños que iban a practicar tiro y artes de guerrilla, angolanos en la zona de estudiantes, y muchos rusos y europeos del este en la zona de “las casitas de los rusos”, un amigo italiano que terminó singándose a mi ex novia, pero previamente me regaló todo el rock que se escuchaba en los países prohibidos, era de Kiss Army y tenía infinidad de discos. No sé si hice buen cambio, rock por jeva. Pero era ex jeva, ojo esto había que aclararlo, era importante para la moral de barrio. Había una argentina muy amiga de mi madre, la Negra Ángela, mamá de Santiaguito, Petete que era hijo también de Deodoro Roca hermano de mi amigo Manuel, un revoltijo revolucionario. Ellos eran peronistas, ella montonera, una mujer de un alma divina, llena de vida y risa, mis primeros cigarrillos los fumé en su casa, H. Upmann, Montecristo, Partagás, eran cigarrillos muy fuertes, mucho más que los habituales Populares. En realidad el primer cigarrillo lo había fumado con Evelio en el hotel Habana Libre a los trece años, pero ese día vomité hasta el amanecer y no volví a probarlo hasta los de la Negra. Mamá era uña y carne con ella. La Negra fue apresada y conducida a un infierno de tormentos apenas regresó a Argentina en la tristemente célebre “Contraofensiva Popular” organizada por los Montoneros, en la cual solo me remito a los hechos conocidos no a la infinidad de versiones sobre confabulaciones que se tejieron alrededor al haber sido un fracaso de tales dimensiones, algunas llegaban a asegurar que era un acuerdo de Montoneros con Massera, cosa que dudo mucho porque después conocí a la cúpula de Montoneros y si bien ideológicamente eran puzzle, lo que se puede llamar un desastre, en materia de dignidad la mayoría de ellos parecía estar distante de poder fraguar aquella sugerida tamaña traición. Nunca más supe nada de la Negra, la verdad es que la familia Roca no la trataba con demasiado cariño, excepto mi amigo Manuel con quien mantenía una relación de profundo afecto mutuo.

En Alamar vi desaparecer los pocos argentinos que había, tras el golpe y la amistad de la URSS con la Junta Militar Argentina a raíz del comercio de trigo y cereales que rompía el bloqueo de ventas de estos productos que EEUU le había impuesto a la URSS, estos dieron la orden a Fidel de que podía albergar revolucionarios argentinos en Cuba, pero en ningún caso hablar ni publicar en medios criticas al gobierno argentino, que era el que más militantes de izquierda estaba matando , ni mucho menos permitir desarrollar en la isla actividades o investigaciones que desprestigiasen al gobierno fascista argentino. Así es que muchos se fueron a Europa, incluso mi tía, que desde Suiza podía movrse en defensa de los presos para proteger a mi padre. Por otro lado la oficina del Departamento de América del comandante Piñeyro se había alejado mucho del PRT, a la vez que se había acercado a los Montoneros, que por coincidencia, había depositado en la isla varios de los millones del rescate de los hermanos Born.

 Cuando nos mudamos a Miramar, de repente volví a ver muchos argentinos, un chorro, un montón, todos juntos de sopetón. Ya los conocía porque mi madre había empezado a colaborar con la oficina de Montoneros en La Habana que estaba en Miramar, se iba durante toda la semana, se quedaba a dormir en una casa a la entrada de Miramar, frente en un parque precioso que había poco después del puente de hierro. Los primeros que conocí fue la familia de Popi, Mariano, Paula, Lucía y Mariana, que era chiquitina y todavía guardaba algo del acento que había adquirido en el Líbano donde habían vivido un par de años, recuerdo que Popi decía que Mariana llegó a hablar tan bien aquella lengua, que en castellano decía “mamá boneme la bantalona”  en lugar de poneme el pantalón. Mi vieja se hizo intima amiga de Popi, que era un cúmulo de gracia, un desperdicio de histrionismo, cada cuento, cada historia era para reir, Popi era de ademanes finos, Mariano quien más tarde supe que se llamaba Miguel era más serio, químico, de una responsabilidad y seriedad no conocida en Cuba. Una vez yo había quedado para ir a hacer una guardia enla oficina de ellos, porque a todo esto mi madre quería integrarme de a poco a ese grupo, resulta que como aplatanado cubanizado lo dejé “embarcado” entonces más tarde que la hora acordada llamé desde una cabina para decir que no podía ir inventándome cualquier excusa, entonces Miguel, que por entonces era Mariano, me reprendió seriamente, al principio me enfadé mucho por la bronca que me echó, pero eso me acercó mucho más a esa familia, hacía diez años que no tenía padre, había crecido sin una figura masculina que me pusiese las riendas, yo hacía literalmente lo que me daba la gana, había dejado la escuela, bebía como un cosaco, evitaba todo lo que pudiese parecerse a una brizna de responsabilidad. Y Mariano me puso los puntos, fue algo maravilloso, nunca se lo dije pero me hizo muy bien, porque su regaño fue entre paternal y jerárquico militar. En cierta forma me recordó a mi padre que era recto y firme en las cosas que decía, cosa que en Cuba había desaparecido, nadie era serio, firme o recto, todo era mentira, desde los potrillos desbocados como yo, a quienes usaban traje militar, comandantes que por la noche eran unos borrachos, singadores de titis, vaciladores de prebendas, todo era doble moral hasta que aparecieron los Giraudo Peire.

Al poco tiempo de eso, la organización en el exterior le dijo a mi madre que era mucho mejor que viviese cerca para no tener que ausentarse en la semana y nos mudamos a 1ª y 16 en Miramar, unos departamentos que hoy son hotel de cuatro estrellas, muy cómodos, que gestionaba Tropas Especiales. Tenía diecisiete o dieciocho años, no tenía ninguna intención de sumarme a ningún proyecto revolucionario de nadie en ninguna parte del orbe, pero me gustaban los nuevos amigos de mi madre. Entre ellos había una señora que acababa de llegar a Cuba, madre de Leonardo Bettanin, un montonero del sindicato de actores, ex diputado nacional que había jurado por Evita y los compañeros, y cuando vio que el gobierno de Perón se desviaba de la lucha de ellos, dejó el puesto, fue asesinado en 1977 en la provincia de Rosario, junto a dos compañeros, su hermana Cristina que también estaba en la casa se suicidó con una pastilla de cianuro, su madre, su esposa y sus hijas fueron secuestradas por los militares, las nenas enviadas a una comisaría, y las dos mujeres salvajemente torturadas. Juani, contaba las torturas con chistes, era extremadamente cómica, llena de vida, era un amor de mujer, sentada en la cocina de mi casa contando historias del cine argentino, de los actores, ella había vivido todos los horrores imaginables pero siempre estaba dispuesta a hacer reír aunque su alma estuviese ahogada en una pena gélida imposible de sanar. Sus nietas estaban con ella en Cuba, eran, me permito una hipérbole en el epíteto, divinas, dos cositas chiquitas llenas de brillo, siempre sonrientes. No entiendo como se le puede hacer tanto daño a una familia y que sigan siendo tan buenos. A Juani la soltó el propio General Galtieri con un vaso de whisky en la mano, recomendándole no meterse en más problemas.

De los jefes Montoneros, vi un par de veces a Yager, El Roque, antes de que regresase a Argentina y muriese en un combate con las fuerzas militares, impresionaba su porte. En la oficina de 1ª y 14, conocí a Roberto Perdía, el Pelado, quien había lanzado en 1978 aquella Contraofensiva Popular en que se licuó la Negra y tantos militantes montoneros. Perdía era un hombre tranquilo, tenía una charla pausada pero algo esquivo, no provenía de peronismo pero desde 1970 era uno de los jefes montoneros, al igual que Mario Eduardo Firmenich, a quien le decían el Pepe, y que nunca me causó buena impresión. Un año nuevo, en el jardín de la oficina de La Habana, como no había cohetes como es tradición en Argentina, se puso a disparar al aire, había algo en ese acto que me provocaba un profundo rechazo, más allá del arma en sí. Yo quería vivir entre montoneros sin recordar en ningún momento que tenían nada que ver con ningún acto violento.  A la oficina iban Lito experto en aquella incipiente computación, su esposa, y sus hijos con quienes aprendí a manejar, iba el Chacho y la Chacha, y por último dejé al más digno de aquellos jefes, a quienes llegué a sentir como familia, Fernando Vaca Narvaja, el Vasco, y su esposa la Gringa, con sus nenes Gustavito y Susu, más tarde tuvieron otro bebé.

El Vasco tenía todas las virtudes, era un tipo firme, valiente en la lucha, un hombre serio pero muy afectuoso, lo que se dice “buena gente”, la Gringa era muy risueña, se reía con un particular sonido de ronquido más que de carcajada, su madre era una irlandesa que no hablaba ni papa de castellano, le daba bien a la cerveza como buena irlandesa y siempre que iba a su casa y estaba de visita, la encontraba sonriente, años más tarde me hice asiduo a visitar Irlanda, encontré que la mayoría de la gente es así, igual a la mamá de la Gringa. Fueron muy solidarios con todos los que lo necesitaban, no hablo de política sino de la vida cotidiana, con mi vieja y con todos. Años más tarde de aquello regresé a Cuba, y cuando no tenía donde vivir, el Vasco y la Gringa me dieron las llaves de la oficina, me pusieron un colchón en un cuarto enorme, y me dijeron esta es tu casa. El primer lugar a donde llevé de visita a mi primer hijo, Alejandro, cuando era un bebé de poco más de un mes, fue a casa de ellos. Susu había sido mordida en la cara por un pastor alemán cuando era aun más pequeña, el vasco le disparó un tiro a su animal, de la misma manera que era un tipo gentil y muy amable, sí me lo podía imaginar disparando un arma contra cualquiera o cualquier cosa. Un día se le cruzó un automóvil en La Habana y antes de que arme una de las clásicas discusiones de tráfico, salió del coche con la pistola en la mano y el guapo de turno desapareció chirriando ruedas.

El Vasco regresó a Argentina y se fue a vivir a Floresta, se puso una gomería, y se quedó ahí llevando una vida sencilla, afrontando lo que fuese que le tuviese preparado el destino, mientras otros vivían aun de las regalías del secuestro de Bunge y Born, en Barcelona o en donde fuese.

En Miramar había una guardería de hijos de militantes montoneros desaparecidos, muertos en combate o presos. De ahí recuerdo a Susana Croatto y Estela, eran inseparables, tenían toda la ternura del mundo para aquellos niños, su hija Virgina y su hermanito, y un montón de pibes que iban y venían de Argentina a Cuba de ahí a Europa. Juan Carlos Volnovich era el sicólogo que hizo un trabajo profundo para abordar los traumas de aquellas criaturas. Hace poco consulté a Volnovich sobre la comunidad judía en Cuba, porque yo sabía que él sabía como conseguir comida kosher en aquel páramo de la abundancia alimenticia. La esposa de Volnovich, Silvia Werthein tenía familia también que eran primos de Yamila, hija de Juan Carlos, y otros que también estaban emparentados con ellos, que habían vivido en Santiago de Cuba y llevaban poco tiempo en La Habana, los Orlandini, de los cuales Diana era mi amiga. Un día en Buenos Aires en la calle Canning fui a visitar a los abuelos de Diana, unos viejos divinos que las veces que los visité me colmaban de dulces típicos judíos, hechos por sus manos.

Por aquellos años los Montoneros tenían una estrecha amistad con Yasser Arafat, que en ese entonces nadie lo consideraba terrorista, sino un luchador palestino dirigente de la OLP. En la oficina había un cuchillo de tipo kriss, con una hoja ancha ondulada donde figuraba una inscripción que hacía referencia a la amistad entre las dos organizaciones, pero con un error tipográfico en el nombre de Arafat que provocó que no pudiesen regalárselo como era su finalidad. Aquel cuchillo me encantaba, por la forma y el significado, puede que se haya ido con los peces y las sirenas del Caribe, en una entrada de mar violenta que se llevó casi toda la edificación de aquella casona, acaso con algún otro objeto testigo la historia de los años setenta.

Recuerdo un chico sin padres, no sé si estaban desaparecidos o muertos en combate, que vivía en México y en vacaciones junto a los de Abal Medina, iba a Cuba con los niños de la guardería, los mayores estaban preocupados por él porque le gustaba mucho el rock, de él grabé sus discos de Pappo's Blues, y los Rolling Stones, le había ido no demasiado bien en el grado escolar que estaba cursando, y le echaban la culpa al rock, ni tomaba alcohol ni mucho menos drogas, solo le gustaba el rock'n'roll. En aquellos años la izquierda escuchaba folclore casi como militancia, acaso algo de tango, nunca Edmundo Rivero, y quizás música clásica, pero al rock, de manera idéntica a la ultraderecha les parecía algo demoníaco, que pervertía la pureza revolucionaria o las raíces nacionales. Ni que hablar de lo que pensaban de fumar marihuana y ya ni mencionar de sus criterios acerca de gays y lesbianas. Me gusta recordar esto, cada vez que veo que hoy la izquierda, sin haber hecho ninguna autocritica, mea culpa o vía crucis, se apropia de las reivindicaciones de esas sensibilidades sociales otrora tan estigmatizadas, sin mediar el más minimo pudor.

Más allá de la historia de violencia que no me toca a mi analizar ni juzgar, aunque sí cuestionar, los militantes montoneros que conocí, con raras excepciones, eran personas llenas de humanidad. Entre sus jefes, Yager era distante y frío, Perdía demasiado cercano, a Firmenich no lo puedo calificar, y el Vasco era una persona íntegra. Por allí pasaron también el doctor Obregón Cano y Bidegáin, históricos del peronismo, que con motivo de Malvinas regresaron a Argentina.

Mi madre era de extracción muy humilde, mi abuela era un inmigrante de una aldea de Burgos, España, y mi abuelo un uruguayo soldador de cascos de barco, hijo de inmigrantes de las Canarias. Ningunos de mis abuelos fueron peronistas, pero vivieron la época del peronismo y probablemente se beneficiaron de las mieles que derramó para las clases más humildes. En su juventud mi madre militó con el Partido Socialista, después se casó con mi padre, marxista leninista pero sin militancia, hasta que en los setenta decidieron que la familia nos fuésemos a Cuba así mi padre regresaba a militar en el PRT sin la preocupación de los peligros familiares. En aquel exilio mi madre quedó demasiado atrapada en la familia Guevara, mientras mi viejo había empezando una nueva relación con una militante, que a la sazón era una superior a él. Creo que la amistad con la Negra Angela, le abrió a mi madre el camino al peronismo, al que si bien nunca había pertenecido, no le guardaba ningún rencor, más bien desde pequeña habría conocido sus beneficios y además le guardaba afecto, como muchos argentinos, a la figura de Eva Duarte de Perón, siendo que el apellido de mi madre también era Duarte, aunque no era pariente de Evita. Y luego la conexión con los montoneros le devolvió un pedazo de Argentina, mi madre nació en San Telmo, era profundamente porteña y así de melancólica, y además la liberó de cierta asfixia que sentía por la omnipresencia Guevara en la isla. Mamá continuaba enamorada de mi padre, profundamente subyugada por los Guevara pero ya también algo agobiada, y la nueva perspectiva montonera le daba cierta libertad, y se reivindicaba a si misma como autónoma de la familia. En aquellos años había un corte muy abrupto entre el PRT y los Montoneros, incluso en las cárceles en Argentina se veía reflejado, los marxistas del Partido Comunista eran los mejor tratados por la dictadura, porque Videla se había hecho cercano a la Unión Soviética, los Montoneros compartían con algunos carceleros algo tan profundo e inexplicable como ser, no importa si de derecha o de izquierda, peronista. Y los del PRT-ERP eran considerados la peor plaga, terroristas y encima marxistas leninistas. Todo eso se trasladaba al resto del mundo, mi abuelo Ernesto desconfiaba un poco de los Montoneros, pero no por marxista, sino por haber sido anti peronista en los años de Perón, quien hay que admitir, que en el plano teórico, guardaba una cercanía de formación con las ideas del fascismo y el falangismo europeos. Pero el abuelo con el tiempo se hizo muy cercano al Vasco y la Gringa, dicutían de política en términos amables.

Cuando regresamos a Buenos Aires el 17 de diciembre de 1983, a una semana de que asumiese Raúl Alfonsín, me reencontré con millones de viejos y nuevos argentinos, a los cuales he ido perdiendo y recuperando tanto dentro como fuera de mi, a lo largo de esta vida. Lo mismo que me pasó a mi respecto de mi país les ocurrió a millones de cubanos respecto de su tierra.

Al final de todo esto, espero que todo este ateísmo tan arraigado como amargado sea pura bazofia, y en verdad exista un cielo argentino y uno cubano, que intercambien visitas, pero de los que nunca, ni ángeles palurdos ni endemoniados, nos veamos obligados a emigrar.

 

 

 

 

Tango y mambo
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax

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