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30 abril 2022 6 30 /04 /abril /2022 17:04

Cumplo una vuelta más de la Tierra al astro Mayor. cincuenta y nueve vueltas. Si hubiese apostado que llegaría hasta aquí, hoy habría competido con Elon Musk para hacerme con el pájaro azul.

En mi época de niño, a los de casi sesenta años les decíamos viejos chotos, bueno, no se los decíamos a ellos, sino que les llamábamos así a espaldas.

¿Qué te dijo ese viejo? "Nada, que dejásemos de patear la pelota" ¡que viejo choto!

Los que decíamos aquello solemos asegurar que hoy la percepción de la juventud y la vejez ha variado, que todavía es joven alguien de casi sesenta años. Pero la verdad es que me parece una ficción que habría que consultarla con la reacción de un niño mandándolo a callar a la hora de la siesta; hasta ese momento, somos los mismos los viejos chotos de otrora, así como todos los blues son los mismos viejos blues.

Eso sí, usamos jeans, no planchamos la ropa, nos reímos a carcajadas, miramos un buen culo con la atención que merece más allá de las directrices represoras de los nuevos monjes de la moral, decimos que le daríamos cabilla desde la noche a la mañana o viceversa, aunque eso lo decían también los de antes. Creemos que el rock es de pipiolos y nos pavoneamos cuando escuchamos un solo de guitarra como si estuviésemos más a la moda que el calendario. El corte de pelo, aunque tarde más en clarear la nuca que en otras cabezas contemporáneas, ya debe adecuarse a la carencia de volumen, pero insistimos en su desprolijidad, aquellos que nunca fuimos muy amantes de la combinación del jabón con la ducha, excepto a regañadientes en la proximidad de un encuentro del tercer tipo, que dicen los ufólogos, seguimos sintiendo cierta afirmación de nuestra eterna juventud en ese desaliño higiénico, sin llegar a permitir la leve pestecita que no le recriminábamos a nuestro jean en los años en que cada centímetro de nuestra carne, era más firme que nuestros actuales huesos.

Ah, pero esa arruga entre las nalgas y los muslos asomando bajo las cachas, esa insistencia de la barriguita hasta en las más estrictas de las dietas, o el descenso del sobaco hacia el pezón poblado de pelo y de una poco festejada carnosidad grasienta que lucha denodada contra pesas y planchas. Esa bolsa de los huevos cada vez colgando más acentuada por la gravedad, el imposible tercer set de un partido de paddle, todos los minutos tras el décimo en un partidito de basket, siempre entre viejos chotos. Poco ya de la rigidez lozana del tubo cual despertar de Lancelot con sus doncellas en la cama redonda, que lo caracterizaba otrora en nuestras imaginerías hiperbólicas, el tibio recuerdo de aquel día alamareño que eché ocho palos con Hanny.

Ocho palos que no volverán.

El palito mortecino de hoy, al que adjudicamos la síntesis de encantos de los ocho de antaño sumados al embrujo de la experiencia, sin embargo no fue auditado más que por “tinderas” de treinta y nueve años que en el frialdad inalienable del bar de la socorrida cita, adquieren la repentina apariencia de veinte abriles más, alguna vecina poseída por la misma ruina libidinosa, y de vez en cuando, muy de vez en vez, una titi que en ningún caso nos deja más constancia de esa certeza onírica, que un abanico olvidado en la mesa del living.

Bolitas, trompos, figuritas, barriletes o papalotes, la escondida, la mancha, el tesoro escondido, Billiken o Anteojito, Independiente campeón, Batman, Meteoro, Ultraman, Simon Templar “El Santo”, los tres Chiflados, Carlitos Balá, Gabi Fofó y Miliki, Capitán tormenta, Cristina Obín, Elpidio Valdés, la Calabacita y Toki, yo-yo, tiki taka, Scalextric, autitos, y siempre a mi lado Cocó, mi oso Cocosito que aún conservo en un cajón con las cicatrices de nuestras discusiones, que alguna veza llegaron hasta la hornalla. Cocosito quemado y perdonándome, yo perdonándolo. Paz y soledad, peso en los hombros, la mirada atenta a las baldosas. Una pelota que me pasa pro el lado y la hinchada silba. Cambio de paisaje, de amigos, olores, mudanza de acento, un padre que se va, una madre que se diluye, una abuela firme. alcohol caverna, escaso trabajo y abundante agotamiento. En precio.

Más lectura entre líneas, mejor comprensión, más análisis, pausa, consideración de las ranuras, mejor vista avizora de la veta del barniz,  gestión del carácter, de la fuerza, de la energía y mayor derroche de sabiduría. Imposible divertirse más y mejor, conseguir un extracto del placer más selecto, conocer y conocerse, saber y saberse de manera más integral. ¿Seguro que sí? ¿No será un cuento para no dejar tan vacío, yermo, helado, el otro extremo de la balanza?

Aunque algo sí es como si se rejuveneciese cada vez más, el amor a la vida, a la gente que me ha mostrado más amor que el que jamás hubiese imaginado. Y el niño que me acompaña, ya no mira más al suelo mientras camino.

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Viejos chotos
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Published by martinguevara - en Relax

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