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2 mayo 2022 1 02 /05 /mayo /2022 21:00

Bruno era cubano, hijo de un médico italiano nacido en la zona del Abruzzo, en Montesilvano, la zona de playa vecina de Pescara y de una periodista cubana que nunca había querido irse de la isla, más que el estricto mes que cada cuatro o cinco años empleaban en visitar a la familia del padre de Bruno, que insistía al borde de los ruegos que se decidiesen en ir a experimentar como sería trabajar y vivir un año en la península

-No tiene que ser en Pescara, puede ser en Roma, estamos relativamente cerca o donde les guste más, aquí también tenemos un mar maravilloso-

La madre de Bruno hacía que la mesa la presidiese un silencio tan intenso, que el padre entendía que su única opción era romperlo cambiando rotundamente de tema, usando un tono de voz que sugiriese de manera expeditiva a los abuelos de Bruno que no retomasen el tema en lo que quedaba de vacaciones.

Sin embargo, Bruno sí que una vez cuando tuvo la oportunidad se fue a vivir a Italia, donde vagó de un lado a otro, primero echando de menos la manera única de emplear el tiempo en Cuba, imposible de reproducir en el resto del mundo, donde generalmente la catalogan de “pérdida” ¿pérdida de qué? ¿de la oportunidad de alienarse en la cadena o la oficina de un trabajo odioso? ¿cómo se puede llamar pérdida al ejercicio de la comunicación en todas las dimensiones posibles? Bruno sabía que al final de la cadena alguien pagaba todo ese perfeccionamiento del alma y los ademanes en la esquina, ¿y qué, no se pagan guerras, no se paga para que exista la miseria, para que existan las ganas de gritar, no se paga para infligir dolor? pinga y muela. Pensaba Bruno. Yo soy bueno en ambas, pero sólo en Cuba, aquí no ríen esa gracia, así que también puedo probar a trabajar, pinga y pincha. Y entonces se fue a Francia.

A los amigos les hablaba de Francia en las cartas como si fuese en París donde vivía, pero no, vivía en Lyon, que estaba bien, que era linda y tenía buenos vinos, de la Costa de Rhone, museos interesantes, historia, frío en invierno y flores en verano, pero para proyectar vivir la vida, hasta por ahí nomás. Cada vez que podía se pegaba un salto a Sicilia, a Reggio Calabria donde tenía amigos, o a Bari y Brindisi, uno de los trayectos más bellos y ricos de comer. Él decía que Sicilia era una isla como Cuba y que en cierta forma todos los isleños de islas grandes tienen una melancolía similar, a la Puglia por la comida y el mar, el Adriático a mitad del país donde vivían sus padres era lindo, pero aún fresco y la arena era gruesa, pero hacia el sur se convertía en un recuerdo proyecto de una Cuba europea. Decía que el norte de Italia le parecía muy lindo pero ya Lyon era demasiado norte, además no tenía mar, y él quería ver el mar.

Bruno no estaba casado pero tampoco era soltero, vivía con su pareja, Yesica, una mulatica de Santiago de Cuba emigrada a La Habana a pesar de la prohibición, Cuando decidieron vivir como un matrimonio, más que amor se habían jurado divertirse juntos a pesar de lo que fuese, nada los importunaba, si había pescado o pollo estaban de suerte, si había solo arroz, malanga o papas comían eso sin drama, si tenían ron bueno lo tomaban con hielo, si tenían ron Bocoy o Legendario lo tomaban a palo seco, un dedo de ron en el vaso, no más para que el aire cambiase el olor por el sabor, si había gualfarina o alcoholifán tomaban menos cantidad, ligada con algo de café para ocultar el regusto, pero la tomaban igual y salían a la calle a encontrarse con amigos. Vivieron dos años verdaderamente felices, al estilo ochentero, sin las preocupaciones que los cubanos de entes y de después tuvieron junto al resto del mundo. Yesica no compartía el deseo de Bruno de emigrar un par de años a Europa, para ella haber emigrado de Oriente a La Habana colmó cualquier inquietud por moverse, por probarse en el rodeo del destierro. Ella tenía uno de los nombres comenzados con Y que con el tiempo se convirtieron en míticos, pero no pertenecía a esa saga de cubanos, su Y responde a la pronunciación de la J en el modo original de su nombre Jessica, en la época que ella nació los nombres de moda eran los rusos, como Irina, Natacha, Natalia, e Igor, Iván, Vladimir en los hombres. Pero los amigos de la pareja les solían decir que Yesica era una precursora de las Yumisleidis y los Yosbanis, mérito que no le cabía a las Yolandas, y mucho menos las Yordankas.

Italo cubano
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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Relax

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