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24 julio 2022 7 24 /07 /julio /2022 20:17

En 1995 me invitaron por dos veces a ver los Rolling Stones en Buenos Aires, en la cancha de River Plate, dieron cinco conciertos a estadio lleno. El primer show mi invitó mi amigo Omar que también me había invitado hacía dos años a ver a Keith Richards & X-pensive Winos en cancha de Vélez Sarsfield, y el segundo show lo vi por cortesía de mi amiga Regine, fuimos con su hija Aimée que hoy es una excelente artista de instalaciones y performances, Por entonces las entradas para el césped, sin división, costaban 50 pesos, equivalentes a dólares, yo no tenía un duro pero vivía rodeado de amigos que conocían mi devoción por el rock. Siempre tuve amigos que eran mejores personas que yo, en resumen, en la vida, la familia se me quedó coja, pero con los amigos salí ganando por goleada. Mi amigo más Stone era Marcelo, que no solo tenía todos sus discos, sino que conocía casi todas las interioridades de la banda y tocaba varios de los riffs de Richards. Marcelo después tocó la guitarra en Suárez, una banda de culto del Buenos Aires de los años noventa, eran auténticos pero también se esforzaban en ser modernos, por tal razón su rock mezclaba a Reed, Cave, Cure o Morrisey, pero si uno escucha bien los temas en que la segunda guitarra la tocaba Marcelo, percibe la influencia del viejo lobo del rock’n’roll. Y Silvina, mi amiga desde la infancia, había pegado un trabajo de intérprete de inglés- español en EMI Records, su trabajo era atender a todos los grupos que llegaban a Argentina enternecidos por el mítico 1 por 1, un dólar, un peso. Silvina se hizo amiga de Linda, la esposa de McCartney, me contaba que los ojos de Bowie eran una locura, y que Mick Jagger era un pelotudo. Para no aguarme la fiesta, yo había preferido pensar que ella lo diría porque acaso se portaba como una super estrella, quizás era algo engreído, pero hoy pienso que acaso sea más simple aceptar lo que Silvina observó de cerca.

Después los vi dos veces en España, en el estadio del Atlético de Madrid "Vicente Calderón", en una entrevista Keith Richards dijo que él creía que se llamaba "Calderón" por lo caliente que ponía aquello. Yo no había reparado en que ese apellido en español, en efecto significa un caldero muy grande. Por entonces las entradas estaban sobre los 80 euros. Una de las veces que lo vi con Patricia, la madre de mi hijo Martintxo, estábamos en el césped al lado del escenario. En un momento que la gente se apelotonó Patricia se desmayó, como le había pasado en la multitudinaria huelga contra Aznar en tiempo del no a la guerra, pero un desmayo a plomo, el público de alrededor me ayudó a levantarla, y fuimos pasándola hasta la base del escenario donde un responsable de seguridad, hacía señas para que pasasemos, la pasé por arriba de la valla y luego salté, en ese instante Jagger estaba delante nuestro pero unos dos metros por encima, la llevaron a la ambulancia al lado del escenario y recién entonces Patricia empezó a despertar, así que nos quedamos viendo la traca final del show a pocos metros del escenario. Aquel día, que cuando terminó el concierto, dos operarios de los que desarmaban el escenario cayeron desde muy alto y fallecieron.

Y otra vez, tuve una entrada para verlos en Valladolid, pero venían del show de Lisboa afectados, dijeron que eran problemas de las cuerdas vocales de Mick y se canceló el recital. Manejé desde Madrid, el precio de las entradas me lo reintegraron en el acto, pero el combustible no, de todos modos fue el fiasco más feliz de mi vida, porque en las afueras del estadio Zorrilla, estaban, como siempre los vendedores de marketing oficial y otros buscavidas con camisetas más baratas que las que se daban a cambio de pasta que iba directa a los bolsillos Stones. Allí compré una camiseta roja a un vendedor de barba que no era español, me interesé por su historia y en un momento en que no había clientes alrededor de su mesa, me contó que él era holandés, y que era de los primeros públicos de los Rolling Stones de fuera de Inglaterra, cuando a poco de formarse, tocaban en Amsterdam y cada noche se armaban peleas tremendas con la policía. En los años sesenta empezó a seguirlos y a vender tickets de entradas, cuando faltaba mucho para internet, y en los setenta ya era como de la gran familia Stone que viajaba, en su caso solo por Europa. Me enseñó fotos con todos los integrantes, se había hecho amigo de Stu, Ian Stewart, el sexto Stone, que por su pinta de bolsa de papas y su enorme mandíbula, Andrew Oldham dijo que no podía figurar en las fotos, pero tocaba el piano y los teclados antes que Chuck Levell. Esa historia me pagó el viaje frustrado, si hubiesen tocado, habría visto un recital más de los Stones pero no habría conversado con ese particular vendedor, que me confesó que ya en los últimos años, a él le permitían vender su mercadería sin importunarlo pero que ya no los veía, salvo excepcionalmente cuando tocaban en teatros.

En Río de Janeiro y en La Habana tocaron para cientos de miles de asistentes sin coste alguno, pero en los últimos conciertos de la gira Sixty, ya cobran acorde a la posibilidad de que sea la última vez que salgan de gira y la audiencia pueda contar que asistieron al fin de una era. Y a la del holandés errante.

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The Rolling Stones
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Published by martinguevara - en Relax

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