Toscar y Milda
Todo comenzó cuando Toscar hizo un movimiento brusco por un repentino dolor lumbar y al regresar a su posición perdió estabilidad, trató de sujetarse pero ya era tarde, la cabeza había comenzado a tirar del cuerpo hacia abajo y cayó con todo su peso sobre el hombro, del toro mecánico con que extraía los pallets dispuestos en stock en la nave industrial en la que llevaba dos años trabajando. Tuvo fractura de clavícula y una vértebra dorsal, el yeso lo tuvo que llevar puesto seis meses, cada dos meses se lo renovaron por el desgaste y para analizar el progreso de la cura, esos instantes los aprovechaba para rascarse, ventilarse, asearse, moverse y volverse a rascar con una sensación de alivio retrospectivo que le proporcionaba un placer difuso e intenso.
A los seis meses, cuando le retiraron el yeso se dirigió al departamento de Recursos Humanos para ponerse a disposición de la empresa y comenzar a determinar cual sería la cuantía de su indemnización. La empresa le comunicó dos decisiones en ese mismo instante, ni regresaría al trabajo ni recibiría un solo céntimo por su accidente laboral. Ahí comenzó la andadura por el desierto de adhesiones, solidaridades y apoyos de parte de la ley para Toscar, cada día que pasaba en su lucha por reparar lo que consideraba una injusticia medieval se quedaba más solo en el apoyo en público, más acompañado en el apoyo en privado, pero sobre todo más indignado y apertrechado de una fuerza de voluntad que desconocía en absoluto directamente proporcional a la profundidad de su enfado, rellenando un espacio generalmente destinado en exclusiva a la depresión.
Del dinero que tenía ahorrado le quedaba más o menos para una semana de compras de alimentos al más bajo precio que se conseguía en el barrio. Había un supermercado a cuatro kilómetros pero debía ir en coche, lo que gastaba en combustible era el doble de lo que se ahorraba en la compra. Pero ese día dijo “basta” y se fue a un restaurante del barrio aledaño, en la avenida principal, donde se gastó en comer con su vino y su postre todo lo que le quedaba para alimentarse en su semana de despedida de la resistencia pasiva, decidió apresurar el ¡puafata! el ¡tawata! el ¡bumbata! Tal como pensaba que sonaría el trastazo contra la acera, el choque contra la vereda amortiguado por las ratas o las navajas de los pendencieros, la curvatura convexa de los baches, la caricia de las agujas de las jeringas y el brillo de los vidrios de las botellas.
Fue de casa en casa de amigos, familiares que todavía no estaban podridos de verlo, tocando timbres a horas intempestivas o demasiado apropiadas, justo cuando la cacerola salía de la hornalla. Se dio cuenta de lo buena que puede ser la gente, que acaso en algún recodo del camino pudo haber no contado con toda la suerte que habría deseado atesorar, y que puede haber sido producto de la acción de algún o alguna hijo o hija de la remil puta, pero que en general cada cosa que él tocaba buscando alguno de los sucedáneos del amor le respondían afirmativamente, pero eso sí, siempre era gente sin acceso a ningún poder.
Su novia, Katja, encontró demasiado pedregosa la relación, había pasado de divertirse siempre que se veían, haciendo el amor y el humor, a pasar estrecheces y discutir alimentando un tumor. Así que sintiéndolo mucho, con el dolor de su alma lo dejó en Pampa y la vía más tirado que un dardo. Toscar dijo que lo entendía, -cómo no te voy a a comprender si esto es un desastre, si no te apoyo más es porque el otro soy yo- Esos conocidos que a veces llamamos amigos, pero que sirven muy poco más que para ir a tomar un helado o una cervezas, también de a poco, sin declaración de ruptura como la novia, se alejaron de igual manera, comenzó a haber una sensación de frío allí por donde pisaba Toscar que lo llevó a sentirse una especie de súper héroe de los cómics. -Nadie está cerca de Batman ni de Superman, menos de Flash o Linterna Verde- pensaba Toscar – aunque seguramente todos los habitantes de la ciudad de Gotham o los colegas de Clark Kent querrían tocarlos, pasar dos segundos a su lado, sacarse unas selfies anacrónicas con cámaras Kodak descartables o mejor aún con Polaroids, era distinto en este sentido, pero si se hubiese hecho una instantánea de Superman y una de él, estarían idénticamente igual de solos frente a los que les esperaba.
La ventaja de pensar en un súper héroe solitario en lugar de en un apestado, es que le daba la capacidad de pensar en cuál sería su próximo paso en vez de salir disparado queriendo dejar su culo atrás. Toscar sabía que el engaño solo dependía de la posición que uno tomase en el relato, cualquiera fuese su sinopsis. Primero empezó como un mandato para reforzar su confianza en tiempos de telarañas, pero de a poco se fue convenciendo de que, en efecto, aquello que no lo mataba lo hacía más fuerte, y desde luego la soledad no era en modo alguno una amenaza.
Capítulo II
Albertico, su amigo casi hermano, aunque como él solía decir “un casi hermano de los que salen buenos” al revés que los otros, se aproximó más en la medida que la mala suerte iba cercando a Toscar e iba despejándole el camino de obstáculos para caer hasta el último peldaño de su yo más desprovisto de falsas apariencias, de barnices, luces y adornos. Un yo que no estaba compuesto de adoquines ni de estiércol como solía conocer, sino de tierra seca, casi polvo de tierra, sin piedras ni plantas. Albertico era cazador. Salía cada mañana a resolver las ecuaciones que la vida le planteaba para poder llevar algo a la olla. Era una manera de decir ya que frecuentemente resolvía recursos para una temporada, en los peores casos era como cazar una perdiz y en los mejores, ¡ay los mejores! Todavía nunca había chocado con las mejores tardes de caza, pero se acercó un par de veces alzándose con un buen turrón. De todos modos aunque Albertico se creyese un mago de la calle, el ventilador de la aspiradora, estaba tan lleno de códigos impuestos por la corrección caballeresca del ladrón y estafador que se imponía códigos a manera de solucionar el tema de la imagen propia ante sí mismo, ni viejos ni menores, ni a mujeres ni a hombres demasiado nobles, ni a débiles ni a pobres, que parecía más bien un bombero de salvataje de alta montaña en vez del delincuente que creía ser. Al principio su estrecha amistad se debía a que Albertico se había singado a la hermana de Toscar, era una hermana mayor, y era hija de la madre con otro padre, no era para tanto pero dentro de ese decálogo de comportamientos de Albertico eso no estaba del todo bien, así que al inicio sintió compasión por el amigo, como si fuese un poco cornudo, era solo la hermana pero bueno una hermana tan linda, en fin. Sentía culpa, pero con el tiempo fue afianzando la amistad de tal manera que quien le aconsejaba las vías de escape o coartadas en sus "palos" era Toscar, que no tenía ni idea siquiera de robarse un dulce del kiosco. Sin embargo al muy cabrón se le daba bienorquestar planes, era como un campeón de ajedrez, pensaba en todo.
Toscar y Albertico eran del mismo barrio de clase obrera y marginal. Los tiempos en que por lo general todos los vecinos tenían trabajo habían quedado muy atrás, la mayoría de familias eran un burujón de desastres, de gritos, portazos de vetes para el carajo, a tomar por el culo o a la reputa madre que te parió. Ya ni siquiera las viejas estaban pendientes de los chismes porque eran tantos que no daban abasto para comentarlos en el mercado o la plaza. Bueno ese terraplén al que llamaban eufemísticamente “plaza” acaso porque le quedaban unos banquitos de la época en que los viejos jugaban cartas y dominó. Ya solo paraban los chavales día y noche, los de vida más o menos sana paraban por la mañana hasta la hora de comer, a media tarde ya se hacían con el terraplén los que ya se veía que nunca terminarían progresando en un trabajo y por la noche los que ya tenían demasiadas claras las sombras verticales de las rejas en sus caras. Ni los de la mañana ni los de la tarde ni los de la noche estudiaban ni trabajaban en nada, pero los matutinos al menos estaban bajo la vigilancia todo la atenta que se podía de madres, padres parados tíos y primos mayores también, más o menos vagos, pero con un cable a tierra. De esos había sido Toscar y Albertico de los de la noche. Toscar quería progresar, sabía que para eso tenía que salir del barrio, con una beca, con buenas notas, o escapando a Dinamarca, tenía esa obsesión, Copenague y después Jutlandia, tenía esa idea fija imaginaba Jutlandia semi vacía, enorme, donde necesitaban de todo por ende seguro que él lo precisarían para algo, ahí sería muy importante en lo que supiese hacer. Su fantasía y anhelo había nacido de unas imágenes campestres, de inmensas praderas de pasto verde claro brillante y florecitas violetas come las de brezos pero menos rudas, que formaban la mayor parte de una película danesa que había visto cuando niño, de la cual no entendió nada, pero que le dejaron fijadas en el hipotálamo las fotos fijas, claras y diáfanas que conformarían la base de su sueño motivacional. Para ese objetivo Toscar se aplicó en los estudios, pero además encontró placer en la lectura y libro tras libro se cultivó de manera bastante solida, llegó a atesorar conocimientos básicos de pintura y arquitectura, nociones dispersas, intuición natural, un acervo cultural destacable en el barrio pero que no dejaba de tener solo tres patas.
Albertico era al revés, no solo no le interesaba ascender en la escala social o cultural sino que no le importaba en absoluto ocupar posiciones consideradas de descenso. Siempre que el menoscabo fuese de cara a los demás y que consigo mismo se sintiese a plenitud, le importaba un pepino en que nivel se encontrase, incluso le hacía cierta gracia y le proporcionaba chispas de orgullo que cierto tipo de persona prefiriese mantenerlo a distancia. Tal vez por esa razón Milda, la hermana de Toscar, se sentía atraída por él.
Ella había tenido que ayudar a su madre en todo desde que era adolescente privándose de las salidas de exploración en los dominios de la alegría que las chicas de su edad solían practicar en su barrio, a veces por el estado de extenuación absoluta de la madre, que no paraba de trabajar, y a veces porque prefería no ir con esos vestidos o jeans sin swing que colgaban de las cuatro o cinco perchas que poblaban el generoso espacio dentro del placard. Milda leía novelas de amor y de viajes con idéntico interés y escribía con fruición, volcaba todo lo que le pasaba por la cabeza durante el día en diarios que se apilaban en forma de cuadernos y agendas, ella tenía una letra tan ininteligible que ni ella la entendía a veces. Cuando más prolíficas fueron las horas de apuntes en sus cuadernos fue cuando la madre comenzó a discutir con demasiada frecuencia con el padre de Toscar, con quien habían convivido en una más que aceptable paz hasta que el niño dejó de tener esos cachetes redondeados y los últimos retazos de la risa de bebé que traía atenazada, como encadenada desde la cuna. El primer novio que tuvo, Frede, tenía un año más que ella, cada vez que se quedaban besándose en la esquina el padrastro salía a llamarla y cuando se despegaba de sus besos y sus manos que agarraban todo lo que sobresalía, se quedaba mirando impresionada un chichón enorme en la bragueta de Frede, que sabía como iba a bajarlo más tarde, casi de la misma manera que ella al poquito rato de entrar a la casa. Pero no fue Frede el primero en acostarse con ella. Su padrastro de tanto asomarse a la ventana para llamarla, empezó a mirarla cada vez más tiempo antes de pegar el grito que la reclamaba para cenar o dormir. Un día se sorprendió tocándose por encima del pantalón mientras miraba como Frede levantaba la parte baja del vestido de la medio hermana de su hijo, metiendo la mano entre las dos nalgas que ávidas, devoraban los dedos hasta los nudillos, junto a la diminuta ropita interior al compás de sus inquietantes contorneos, mientras sus bocas seguían aplastando unos labios contra otros, saboreándose comisuras, lenguas, mejillas y orejas, sin permitir a un pequeño vello o a la astilla de un taco de cera, obstaculizar la ruta del retozo.
Cristian y Sari, padrastro-padre y madre de Milda y Toscar, ya no sentían la misma tensión pasional haciendo el amor que al inicio de su relación, cada vez era más frecuente que los besos cercanos a la eyaculación o los orgasmos fuesen con la cabeza al costado de la mejilla, cada uno con sus ojos cerrados o entornados forzando la aparición furtiva de imágenes de vecinos, compañeras de trabajo, amigos de la familia, cualquier auxilio era bienvenido en ese instante. Y también por supuesto era algo previsible y soportable mientras no se evidenciase demasiado. Llevaban un tiempo ya prolongado durmiendo juntos, habían sido muy lujuriosos en la cama aunque poco creativos, habían disfrutado como enanos cada centímetro de la carne del otro, los líquidos, las protuberancias y las voluptuosidades, incluso hubo un tiempo de promiscuidad programada, se podría decir que habían disfrutado bien el uno del otro exprimiendo la fruta hasta la cáscara. Aquellas guardias desde la torre de control de su ventana a la apretadera de su hijastra, a la que Cristian nunca antes había mirado con picaresca lasciva, pero que ya resultaba imposible enfriar la temperatura ante semejante metedura de mano, en que ora el culo, oras las tetas, quedaban expuestas escapando de las prendas a la evidencia del esplendor de su suavidad, de su esponjosidad, de su maniobrabilidad. Daban a Cristian un extra de energía y deseo que, una vez exportado, sorprendía a Sari, que ante tanto ímpetu de vanguardia no encontraba mejor camino que aquella senda poblada de abetos, colibrís y arroyos de agua cristalina para dejar llevar su barca, aunque obviamente ella, en su fuero interno y no demasiado profundo, sabía que el cariz de aquel arrojo, aunque no provenía de las monótonas ensoñaciones de costumbre, era motivado por algún novedoso agente externo de los que ya era imposible prescindir. De algún modo la calentura de Milda y su novio en la apretadera de la esquina, dotaron de cierta alegría y distensión el tiempo compartido en salón, cenas, desayunos y juegos de cartas, que de manera sorpresiva también reencontraron su cauce sobre la mesa del comedor una vez expulsadas las miguitas de pan, las cucharitas y los vasos de la cena.
Pero Cristian tenía un gran amigo, Bent, compañero de trabajo en su juventud, al que no tenía reparo en confiarle los sucesos, sentimientos o emociones más íntimas, botella de espirituoso mediante. Solían encontrarse en presencia de sus respectivas familias, hijos o esposas, y al cabo de un rato uno le decía a otro de manera espontánea –Oye, vamos a tomar un cafecito a la esquina- y ahí comenzaba la noche de curda. Era el único momento en que Sari creía perderlo como había perdido a cada hombre de su vida empezando por su propio padre, y solo por esta razón odiaba a Bent, ya que era imposible odiar Bent por otra cosa, era tan exquisito visitante como anfitrión, no olvidaba detalle alguno, se movía con una bien labrada educación, nunca daba un paso más allá del que le era concedido con un ademán o una invitación directa. Era sumamente cuidadoso de las relaciones interpersonales y un conversador ecléctico, divertía a niños y adultos por igual. Excepto cuando se sumergían ambos amigos en esa catarata irrefrenable, que ambas esposas sabían que de un momento a otro llegaría, pero albergaban la vana esperanza de que un día sus respectivas presencias fuesen mayor estímulo para sus esposos que el taburete de un bar y la charla de borrachos en el billar. La esperanza presenta forma de paloma dócil mientras por dentro se pelea con sus compañeras por un trozo de pan, mientras que la dura realidad es un águila que, junto a su compañero o amiga vitalicia, vuela tan alto y tan lejos que es imposible que llegue a molestar a alguien. La esperanza es inofensiva y la realidad temeraria.
A veces en las visitas de dos o tres horas compartiendo una cena, una larga sobremesa, risas, reflexiones, parecía que esa sería la ocasión en que el amor marital tendría más posibilidades y llegaría a su fin el encuentro, cuando de repente, en voz alta uno de los dos le proponía al otro ir a por su cafecito de rigor. Unas veces para variar usaron, sin acuerdo previo, la excusa de ir a buscar un helado, e incluso llegaron a decir la verdad en cuanto al líquido que irían a homenajear - ¿qué te parece si nos tomamos una cervecita y volvemos?- Cuanto más se acentuaba el diminutivo mayor se vaticinaba la curda. Ambos lo hacían sin la mínima mala intención pero al cabo de un rato estaban enredados en ese triángulo en que la botella presidía la pirámide con mano de hierro. Más de una vez Sari estuvo a punto de explotar pero contenía ese impulso violento, no quería volver a trabajar como una burra, desde que estaba con Cristian más del setenta por ciento del sostén de la casa provenía del trabajo de él, por primera vez desde que era niña, había podido volver a tener tiempo para pintar, para leer y ver televisión, no quería arruinar eso solo por unos celos incontrolables, que incluso no alcanzaba a distinguir bien, si eran hacia ese nexo tan imposible de penetrar o romper de su esposo con su amigo o hacia el elixir de la botella, que en todo caso, y por suerte, solo bebía con Bent.
Pues un día Cristian le confesó a Bent la calentura que estaba experimentando observando la apretadera de su hijastra con el novio, no solo le reveló la consecuencia sino que fue a los detalles, a esos dedos de él arrastrando la braguita hacia la profundidad de la hendidura de las nalgas donde cualquier cosa podía ser imaginada, el contorneo de ambos provocado por el aguijoneo del gozo, le confesó como él, juraría que desde lejos podía oír los jadeos, los suspiros, los “ah” los “uf” y los “oh”, y para ser más leal con su amigo le dijo como se le ponía el rabo y que rico era eso para después singarse a Sari con fiereza, tanta, que a veces debía contenerse y disimular la excitación distribuyéndola en dos polvos, cosa que sorprendía Sari, quien no obstante conseguía asumir sin derroches de voluntad.
“Por la cuenta que le trae”
Una tarde fría Bent fue a cuidar la casa de su amigo y su familia a petición de este, se había ido con Sari a pasar un día afuera y los muchachos se quedaban solos -“no hace falta que te quedes todo el tiempo solo que veas que llegan a casa bien, por favor y un millón de gracias” – en esa ocasión la agradecida fue Sari. Por una vez toda la simpatía del amigo de su esposo no finalizaría con el broche de una buena curda. “ustedes saben que es un placer para mi y un honor a la amistad”.
Cuando regresaron Toscar y Milda, él les propuso una pizza, los muchachos aceptaron gustosos, pero Milda le dijo que tenía que salir un rato a ver a su novio. “si el maldito celoso de Cristian te lo permite ¿quién soy yo para frenarte?, ve pero no vuelvas muy tarde”
-Bent, cuando sea la hora basta que subas al cuarto de invitados y me pegues un grito como hace Cristian
-Hecho.
Terminaba de salir Milda por la puerta y Bent subió las escaleras estrechas y se metió en el cuarto de invitados con la luz apagada. Tuvo que esperar un poco porque los novios fueron a tomar algo como de costumbre. Bent no los tenía tan cronometrados como Cristian, pero la espera había valido la pena, al cabo de no demasiado rato ahí estaban en el punto exacto en que le había descrito su amigo, besándose con frenesí, ella iba mucho más allá de lo que Cristian le había contado, tomaba iniciativas muy audaces sobre la bragueta del novio, sacó su glande a través de la cremallera del jean y comenzó a meneársela, hasta que bajo ese tenue pero perceptible haz de luz comenzó a hacer unos movimientos principiantes, inexpertos, hacia arriba y abajo volviendo a besar al novio en la boca, mientras Frede sumido en el éxtasis de las caricias lo redondeaba paseando sus manos por las tetas, las nalgas, la vulva por encima de las braguitas adheridas a los labios de un sexo hinchado y empapado. A esa altura con la suma de las fantasías que ya tenía estancadas pero al rojo vivo en su cerebro y lo que acababa de ver y suponer, estaba caliente como una cafetera. Abrió la ventana y gritó ¡Milda, sube! Comieron un par de porciones de pizza de barbacoa, una ignominia que causaría el infarto de cualquier italiano desde el Véneto hasta Trapani, pero por como la devoraron no cabía duda que estaba riquísima. Y entonces Bent le pidió que subiera con él al cuarto para enseñarle lo que se veía desde ahí, cuando llegaron le pidió que mirase por la ventana y se puso detrás de ella, empezó a describirle con voz aterciopelada lo que acababa de presenciar y como lo había puesto, que no era justo que él fuese a llamarla para comer y tuviese que vivir algo semejante, que le había descolocado todas las hormonas y se sacó el rabo para enseñarle que duro lo tenía, Milda comenzó a recular hacia donde podía en la penumbra y el pequeño espacio que le dejaba Bent, primero queriendo simular que nada de eso estaba pasando, después le pidió disculpas, le dijo que no sabía que se veía tanto, pero no era solo Bent el que estaba muy excitado, así que Milda echando su culo hacia atrás comenzó a acomodar el tronco del Bent en el canal de su trasero giró su cabeza y con los ojos entornados ofreció la boca con los labios húmedos y la lengua asomando por la comisura, entonces él acarició sus pechos, introdujo la mano en su blusa y acarició los pezones, que estaban duros, empinados, el jadeo de ambos era fuerte, Bent tomó la mano de Milda y la colocó en la base de su pene ella como si tuviese un milenio de experiencia comenzó a acariciar los testículos y el mástil hasta el prepucio mientras él acariciaba con suavidad la entrepierna de ella que cada vez temblaba más, hasta que paseó sus dedos por la entrada de la vagina, los gemidos de Milda, los pequeños sonidos en medio de un extraño silencio y la puerta abierta hicieron que Toscar sintiese curiosidad por lo que estaba ocurreindo allá arriba. Así es que sintiéndolo mucho ambos se soltaron y abrocharon lo que habían conseguido liberar ni bien escucharon los pasos en la escalera del muchacho.
-Hola, estaban muy callados, ¿está todo bien?
-Sí, Toscar, estábamos mirando los rincones de la ventana porque vimos una araña para asegurarnos que no había más.
Milda se fue a su habitación doblemente excitada, su cuerpo era un volcán, quería cerrar rápido la puerta para comenzar a masturbarse con una intensidad volcánica, la misma que ella pensaba que estaría invadiendo a Bent.
-¿Está todo bien Milda, pasa algo hermana? Dijo Toscar asomándose a la habitación ya a oscuras de su hermana.
-Si, es que tengo mucho sueño.
Toscar le pidió permiso a la hermana para dormir abrazado a ella, ella asintió, él entró al edredón se puso en posición fetal detrás del cuerpo de su hermana mayor, así estuvieron un largo rato, mientras él intentaba dormir ella imaginó que las manos del hermano eran las de Frede y Bent, Toscar en la ignorancia absoluta de la versión extraoficial no obstante sintió algo diferente, un placer indescriptible al rodear con las yemas de sus dedos el vientre de su hermana y subió a las tetas, ella apretó su trasero contra la ingle de él. En el más absoluto silencio y sin evidenciar nada, ambos experimentaron orgasmos intensos, aunque de diferente índole. El de ella había sido procurado con insistencia, sintió una punzada de culpa por usar al hermano para su fin pero le tranquilizó la idea de que él no sabía nada de lo que estaba ocurriendo, y que además, era medio hermano, no lo hizo con la mitad familiar. El orgasmo de Toscar fue el primero de su vida, no supo hasta mucho tiempo después que había sido aquello, también la culpa de haberlo experimentado con su hermana le llegó mucho tiempo más tarde. Su cuerpo entero tembló, su pene se había endurecido y alcanzado un tamaño como nunca antes lo había sentido, una corriente le recorrió todo el cuerpo, no solo los testículos y el tronco del rabo sino desde cada dedo del pie hasta cada raíz capilar del cuero cabelludo y empapó su calzoncillo de una sustancia espesa. Plácidos, habiéndose brindado un amor más que fraternal, se quedaron dormidos alumbrados por la luz de la luna que atravesaba las cortinas de la bendita ventana.
Nunca más mencionaron el episodio, pero a partir de ese día Milda sintió que su hermano la había pasado en edad, y Toscar, que nunca supo lo que había ocurrido poco antes con Frede y luego con Bent, cuando fue consciente de que su primera relación sexual, aunque difusa, imprecisa, sin preámbulos fue con su hermana, tuvo una ambigua sensación, por un lado de una culpa que se presentaba cada vez que se aproximaba la posibilidad de una relación sexual y por otro una seguridad en sí mismo y en que cada cosa que desease, si lo hacía con ahínco y determinación, terminaría por cumplirse.
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