Todos nacemos con la misma capacidad para disfrutar o padecer ante idénticos estímulos, pero según el medio en que nos desarrollamos se potencia una u otra habilidad.
Hay algunas pocas sociedades donde el saber cuenta con buena prensa, donde acumular conocimientos, usar con agilidad las capacidades mentales, hacer chistes agudos, asociaciones lúcidas, soluciones astutas es tan atractivo y seductor como la belleza, tan respetado como la honestidad, y distintivo como los bienes y el dinero. Hace muchos años Buenos Aires tenía bastante de esto.
Durante una época devoré con avidez todo lo que me había perdido aprehender en esa ciudad ecléctica y variopinta debido a los años en que pasé en el "exilio de los otros". Uno de los sitios que percutía en la alimentación de esa tradición en la ciudad era el Teatro San Martín.
Había más oferta cultural en ese edificio que la que yo había visto en varias ciudades durante un año entero. Fotografía, cine, teatro, música, charlas, debates, todo subvencionado, que lo que no convertía en gratuito lo transformaba en muy barato.
Tanto tiempo pasé dentro del San Martín que si uno todas las horas debería decir que viví una temporada en ese centro cultural. La mayoría de las veces iba sólo con mi gabardina gastada, alguna vez con los sin techo porteño que me acompañaban en esos albergués benditos, en el hall del teatro calentaba los huesos al tiempo que veía una exposición de fotografía cedida por la casa del fotógrafo anglo-argentino Alejandro Witcomb, la germano-argentina Annemarie Heinrich, instantáneas de Pablo Cabado o de Sebastiao Salgado.
También a escuchar música en vivo en el hall, pasar unas cuantas horas acurrucado en una butaca, ora echando una reparadora siesta ora abriendo los párpados para ver las imágenes de una maratónica película gracias a un ciclo de filmes de Fassbinder. Incluso una tarde, a la salida del cine, invité a la compañera de mi vida a entrar a una de las salas vacías para liberar energía rojo refulgente en un polvo mágico.
Un día descubrí que unas cuantas calles más abajo por la misma avenida Corrientes, más cerca del Río y de los bancos de la ciudad, había otro centro, igual de gratuito, quizás con menos oferta en cuanto a cantidad ya que en realidad era un instituto de promoción de la cultura alemana, pero en contrapartida con una calidad exquisita, era el Goethe Institut, donde se podía asistir a seminarios, a charlas, a ciclos de cine, fotografía, poesía alemana.
Ahí supe de la existencia del cine de Werner Nekes. Un enfoque novedoso para mi manera de ver y de entender el cine, presentado por la cineasta Marie Louise Alemann con su conocimiento y pasión por las imágenes. A veces daba charlas la misma Annemarie Heinrich.
Estaba cansado de propuestas visuales y plásticas que me condujesen a través de una trama, que desembocasen en un desenlace definido.
Marie Louise invitó al auditorio a que pensásemos en lo que ocurriría si en lugar de ver las 24 exposiciones en un segundo que forman el movimiento en cine, viésemos los intervalos entre foto y foto, precisamente lo que nos estaba vedado ver ¿en qué cambiaría la película, en que modifica la realidad?
Y aún hoy cada vez que veo una película comercial que me gusta pienso que sería de la proyección de otras hipotéticas 24 fotos de los movimientos no registrados. En nuestros propios movimientos, en nuestra alienación particular la manera de tratar el tiempo ¿Cómo puede ser que convivan nociones tan diferentes del tiempo, como nuestra certeza de que algunos segundos son extensísimos, inolvidables, junto a la idea de que el tiempo pasa al nivel de poder decir: “Nos vemos mañana”?
Cuando terminó de hablar Marie Louise proyectaron “Hynningen” y “El filme antes del filme”. Hay obras que cambian la vida de quienes las dejan entrar, en ese instante Nekes, o mejor dicho la suma de mis pasos, Borges, el teatro San Martín, el Goethe Institut, la clase magistral de la fotógrafa Alemann y sus atentas explicaciones a mis preguntas, más Werner Nekes, conectaron con mis necesidades de estímulos narrativos. Así como tomaba de la vida todo lo que podía para un día transformarlo en un mundo único con diversos relatos, quería que me llegase el mensaje sin una grotesca imposición de sinopsis.
Para mi eso es también la literatura, lo que no se puede contar de otro modo que escribiendo, ni se puede percibir de otra manera que leyendo.
A los pocos días, estando en la librería del Fondo de Cultura Económica en Buenos Aires donde trabajaba como vendedor, vi como traía una pila de libros para reponer en los estantes al frente de una carretilla de almacén, un amigo de mi amiga Gladys a quien había conocido en su casa.
Un hombre el doble de culto que todos los que trabajábamos en el edificio, de maneras refinadas, de mirada limpia, bondadosa, curiosa y no exento de timidez, llevaba la carretilla desde el almacén a la librería con una altivez distintiva.
Cuando lo comenté con mi amiga, me enseñó parte de la obra de nuestro especial reponedor de volúmenes. Cuando vi una de sus películas me sentí dentro de ese terreno místico, en que inevitablemente se ve uno tras la vivencia de una serie de aparentes casualidades, que como decía Borges, son "causalidades" de las cuales desconocemos sus razones, Claudio Caldini era Werner Nekes en Argentina.
Con el paso del tiempo debo admitir que volví al consumo de "comida rápida" en materia de cine no perdí el gusto por el buen cine, pero lo trasladé a la calle, a la observación de una planta, de una curva femenina, de un rudimento masculino, y al mismo tiempo dejé de andar por caminos de tierra, de barro, una o dos veces al año mojo mis botas de nieve. Quise dejar a Buenos Aires intacto desde La Paz hasta Las Cuartetas y de ahí a los ojos de Marie Louise, cuando imaginé los mejores poemas de desesperación y estruendo.