Año nuevo, culo de oro
La época de navidad era nociva, evidenciaba que por una razón u otra siempre estaba lejos de esos afectos que prefería tener próximos; pero también en aquellos años en familia en que iba a donde mis padres decidiesen, ya fuese casa de los tíos Roberto o Cipriana, entonces sentía que la única relación que tenía con esa fiesta era que ponía a prueba mi capacidad de resistencia frente al paso el tiempo, extraordinariamente lento cuandose le presta atención, y tremendamente efímero cuando se desea que se demore en una parada de asientos mullidos y senos retozones.
Acaso la hora de despedida en lo de Cipriana para ir casa abriendo los regalos en el coche o el camión de papá, fuese más pasable, o el despertar en lo de Roberto con aquella cocina de asientos en estilo vagón de tren que daban al verde de San Isidro, o la mesa del jardín donde estaba mi tía Celia casi siempre dirigiendo la batuta de las charlas, no por ascendiente jerárquico sino porque contaba con mayor despliegue de gracia, y mi madre haciendo chistes eficaces como lo corroboraban las risas. Esos días siguientes cuando podía observarlos fuera de los brindis y los cohetes permanecen en mis recuerdos inalterables, como espacio privado de confort, como la habitación del pánico.
Después pasé unos cuantos años donde la navidad estaba prohibida entonces brindábamos por año nuevo, esta fiesta sólo tenía lugar en casa, con mi madre, mi abuela y mis dos hermanos, sin regalos ni arbolitos ni un montón de parientes que evidenciaban la ausencia absoluta de elogios motivacionales. Sólo los cinco y la mesa que la abuela se había ingeniado en adornar con platos exquisitos con la menor cantidad de ingredientes que alguien pueda imaginar. Días los recuerdo con una mezcla nostalgia y de tristeza gélida, abandónica, estábamos juntos un rato, todos los que ya no nos hablamos, ni nos escuchamos más, ya sobrevolaba un presagio del desenlace fuera de aquella trinchera, eran los últimos hurras percibiendo la cercanía de la derrota. Si nos queremos o no es algo misterioso que habita en la relevancia que cada uno le cede en su espacio interior; en mi caso sólo puedo reconocer latidos sonoros, sobre los cuales prefiero obviar la naturaleza o calidad que les precede. Mi abuela era el elixir de la comunión, la antorcha colectiva, entonces jugábamos cartas, Scrabble, dados, ella era española y sus juegos de cartas eran con naipes y eran típicos juegos vespertinos de bares españoles, tute, brisca, escoba. Pero a mi me gustaba el juego mas infantil y simplón, "el culo sucio". "Las risas parecían ovaciones, parecían, de una noche de gala en el Colón" cuando alguien se quedaba con el culo sucio.
En año nuevo no tocan regalitos, evitaba confrontar cuanto tiempo y recursos dedicaban los mayores en honor a cada uno en la inevitable comparación con los demás. Y por otro lado, aunque alguien se encaprichase en hacer regalos en aquel páramos de tiendas, era una empresa tan improbable como respirar bajo el agua sin aqualungs, snorkel, ni branquias.
Curiosamente, volví a ver a mi padre tras diez años a solo una semana de aquella navidad en que fuimos a lo de tía Cipriana ya fallecida pero con todos los parientes de ese lado presentes y luego a lo de otra tía, Carmen Córdova que a la sazón, era como si fuésemos a lo de Roberto que ya no viviría más en San Isidro seguía fuera del país. Despues de diez años de no ver al viejo, de crecer el doble de tamaño y varias veces en acervo, fuimos juntos a las dos casas en la misma navidad. Aquella noche me sentí feliz por ver a toda aquella gente, al país que me selló, y por olfatear, probar, sentir nuevamente tanta carne y cosas ricas juntas en distintas mesas en única noche.
Después hubo unos años, dos décadas para ser exacto, en que pasaba la navidad con la familia de Patricia. Aunque me sentía agasajado como nunca en afecto familiar, lo cierto es que nunca pude agradecerlo del todo porque mi sonrisa y mi indumentaria no se correspondían con el entusiasmo interior. Hoy siento más que fue mi familia, que los extraño, espero que esa vía misteriosa que nos trae y lleva sensaciones se los deposite y que alguno también me recuerde por alguna buena cosa.
Sin embargo una vez más los Año Nuevo acudían en auxilio de la asfixia por tanto barniz. en casa de los eternos Marcos y Mirta y en nuestra mesa larga que daba hasta para catorce comensales. Pero había un detalle, todavía bebía como un cosaco y fumaba como un escuerzo; para todo bebedor y fumador compulsivo estar rodeado de comensales que ríen y hablan a los gritos es una bendición para descorchar botellas durante una eternidad sin salirse del decorado.
Hace años que no pruebo gota del elixir del canto y el zigzag.
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