" />
Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
16 octubre 2011 7 16 /10 /octubre /2011 01:33

 

 

 

Conozco a la argentinidad, más por sus denodados esfuerzos en  existir, mantenerse y reinventarse fuera del país que desde adentro. 

He conocido a los argentinos como inmigrantes en dos lugares, diferenciados en dos grandes conjuntos, los exiliados por razones políticas y los emigrados por razones económicas. Y dentro de cada conjunto, una gran variedad de matices, de subgrupos.

Unos los conocí en La Habana,  fueron llegando desde los primeros años de la revolución, como refuerzo a causa de la importante merma de profesionales que el país había padecido tras la diáspora inicial de personas preparadas. Entre los primeros emigrantes argentinos hubo quienes fundaron  por ejemplo Prensa Latina, otros que sirvieron como médicos, arquitectos, ingenieros, profesores de nuevos talentos. 

El  número se fue incrementando, generalmente por militantes de izquierda. La cantidad  de este tipo de inmigrantes fue aumentando graduablemente hasta que de forma abrupta se detuvo cuando la Unión Soviética dio la orden a Cuba de mimar al gobierno de Argentina a causa de que este se había convertido en confiable proveedor de cereales.

En España, también tuve oportunidad de conocer un buen número de los inmigrantes por razones políticas, que llegaron mucho antes que yo, justamente entre los años 1976 y 1983. 

Pero la gran mayoría de los argentinos que tuve la oportunidad de conocer en Madrid, Barcelona y León, son familias o individuos que emigraron en busca de un futuro mejor, de un pasar más holgado. Y entre ellos hubo varias épocas de grandes flujos e interines de tiempo de arribos por goteo.

Dentistas y Psicólogos formaban un grueso profesional a tener en cuenta. El aporte fue tan marcado, que en España no había una facultad específica de Odontología, y fuera de ámbitos de exquisitez  intelectual, podía ser tomado por un insulto la recomendación de asistir al psicoanalista, cuando no una chanza. Al psicólogo iban los desequilibrados y al dentista los desafortunados para extraerse las piezas.

Luego comenzaron a arribar una variopinta troupe de diferentes profesiones,oficios y niveles academicos, una fauna diversa, proporcional a cada período de crisis argentina, como cambios de moneda,  mezclas de  políticas bancarias con habilidades granjeras, como el caso del corralito, o crecimiento exponencial de los vectores macroeconómicos ibéricos o europeos e general.

Yo vine entre una cosa y la otra, pero me consideraba más bien un emigrado sin nacionalidad exacta, un poco argentino, cubano, y también con un toque de emigrante español, haciendo el viaje inverso. Quizás a causa de haber sido criado por mi abuela materna, nacida en Burgos, que además del rol de abuela, ejerció en buena parte, el de madre y padre.

De los miles de argentinos que he encontrado en el exterior en años de vida y viajes, casi todos, terminaron trabajando en puestos altamente codiciados por los nativos de sus entornos, sino en sus propios negocios generalmente muy independientes y en no pocas ocasiones de una envidiable prosperidad.  

Durante años, el jefe de las caballerizas de Carlos de Gales, era argentino, pero para asear los caballos tenía contratado a ingleses hábiles en esa tarea. Es curioso que dentro de Argentina, la gente es capaz de trabajar en cualquier empleo, o dormir en cualquier rincón, no así cuando viajan o emigran. Si se me permite diré que no responsabilizo tanto a la petulancia o la falta de humildad, me temo que más bien interviene un arraigado temor al ridículo.  Que conlleva precisamente, al riesgo de cometerlo.

Tal vez por una interpretación algo nómada del progreso. O quizás porque en realidad no poseen ni uno ni lo otro, una nada absoluta, y resulta que es muy reciente, el descenso de aquellos hombres de los barcos provenientes de la Europa necesitada,  y su amalgama con la cultura de la sociedad patriarcal y rural , existente con anterioridad.

En el exterior hemos echado mano de un manojo de costumbres, actos reflejos, y unificación de gustos, buscando desorientadamente ese ser nacional, al que ya no se alcanza a representar  a través de la figura del gaucho, la Pampa,  el asado, el mate, los ñoquis lo itálico en castellano o el fútbol, por sí solos, sino el rejunte de todo ello, con la suma del rasgo más genuino de cada país. El sentido del humor.

Aún cuando me resulta tan ajeno tener  raíces, como a un árbol contar con piernas, reconozco en este, el único punto en el que nunca he dejado de ser argentino.

En el fondo soy un burlón,  me paso el día riéndome de todo, de todos y de mi, en confianza y a calzón quitado, me río con toda la procacidad y el humor negro que se pueda requerir.

El sentido del humor es lo que más extraño de cada cultura con la que me familiarizo. Estoy convencido de que algún día, quizás lejos de España, por fin sabré lo que es reír de alguno de esos intentos de chistes castizos, a las que respondo educadamente con mis mejores muecas labiales. Y quizás en Finlandia hasta consiga extrañarlos.

Hace poco una prima a la que conozco solo a través de soportes informáticos, colgó una serie de episodios de un programa cómico argentino, el cual en el momento en que me fui de allí, era lo más gracioso que yo había visto jamás, me hacía reir tanto como Monthy Phyton y Buster Keaton.

Cuando los volví a ver, ciertamente sentí que el tiempo había transcurrido y que las saetas de otras culturas, habían conseguido si bien no diezmarme, al menos sí atravesarme; pero aún así, sólo ante la pantalla del ordenador,  reí como recién regresado de mis emigraciones. 

La única cosa que mi abuela no me aportó, fue el sentido del humor, aunque usaba el suyo  muy  a menudo.  De la misma manera que creo que me reiré siempre de Tinguitela,  de Calabró o de Caseros, mi querida abuela sólo podía reír a discreción, del tipo de chistes y bromas que entre ovejas y montes nevados, gastaban bajo sus boinas,  los mozos y mozas de Castilla la Vieja.

 

 

 

Compartir este post
Repost0
Published by martinguevara - en Argentina frizzante
27 septiembre 2011 2 27 /09 /septiembre /2011 01:08

Desesperado por un trozo de pan con mantequilla y por un café con leche  bajé las escaleras del edificio saltándome la mayoría de los escalones, no quería esperar el ascensor. Tenía la cabeza adormecida en un hemisferio y en el otro, adolorida. La noche anterior había estado hasta la hora que me acosté, pegado a la última botella de cerveza, la cual estaba al lado de la cama por la mitad, hasta que al levantarme le di un ligero toque con el pie, y derramó lo que le quedaba del dorado líquido nórdico, sobre la alfombra y las gafas de leer.


Al llegar al kiosco de la esquina miré detrás de mi, cauto, para no sacar los billetes justo delante de alguno de los ocupantes de la casa tomada que había en frente.  El muchacho que atendía, que era sobrino de la dueña y que cada noche cuando su tía se iba del kiosco llevaba unas chicas y armaba sus fiestas en el cuarto de la segunda planta, parecía estar con peor resaca que yo, a juzgar por los ojos y la voz con que me dijo


-Buen día fiera, que te doy?.


_ Dame una botella de Coca de un litro casi congelada  con carácter urgente, por favor.

Me la tomé casi sin respirar, después del eructo de rigor dije-Ahh!. Y sentí como mi alma hacía un esfuerzo por retornar al cuerpo.  Ni bien logré pestañear sin que me causara migrañas, le dije al muchacho del kiosco, dame un paquete de cigarrillos negros, particulares 30 sin filtro por favor- le pagué, me dio el vuelto y me dijo _  Que nochecita vecino, eh?-  esbocé una media sonrisa, no estaba decidido ni a caerle mal ni a permitirle una confianza de viejos conocidos.


                Crucé la calle y me fui al bar del gallego  de la otra esquina. Pasé por delante de la casa tomada como cada mañana y no podía dejar de mirar de reojo, intentando encontrar algo macabro, truculento, a través de la oscuridad que había inmediatamente después del portón de entrada. y como de costumbre no veía nada sospechoso. Aunque sabía  que allí dentro podría nacer o morir alguien sin que nadie se percatase y ninguna autoridad estuviese jamás al tanto. A juzgar por las peleas callejeras y los tiroteos que los habitantes de ese tugurio protagonizaban en la calle, debía haber tantos revólveres allí, como en la comisaría. Dejé atrás ese cuartel del delito porteño, y a los cincuenta metros entre en el bar de Pepe, donde servían unas porciones de tortilla de papas con queso mozarela por encima, que hacían suspirar.


                Le pedía al camarero café con leche, doble, y dos medias lunas de grasa calientes. Encendí un cigarrillo y me tiré de cabeza al centro de la taza. Una vez que hube atravesado la capa densa de leche y café me aguardaban unas pocas brazadas más, hasta alcanzar el aire de las ilusiones mañaneras. Llené los pulmones con toda esa masa de viento limpio, dejé que el aroma de todas las flores se impregnara en la chaqueta de cuero negra que llevaba, después me dejé abrazar por la morena voluptuosa, que acostumbraba  acariciarme en ropa interior de color  blanca o violeta, y una vez que me hubo dejado todo el cuello babeado por su beso de despedida, salí a flote nuevamente del café con leche , ya quedaba menos de la mitad de la taza. Le pedí sacarina al camarero y encendí otro cigarrillo.


                Mientras observaba a través de la ventana, el suave otoño de Buenos Aires, con sus árboles gises, y la arquitectura de hojas caídas, pensé_ Por qué no puedo vivir en paz con esta ciudad, y por qué no me puedo ir  ya, del todo, completamente? Entonces Pepe en persona me trajo las medialunas, se sentó  y me dijo

_Muchacho, no es una novedad que alguien tenga dificultades para aclimatarse, si lo que quieres es lamentarte de tu suerte, todo lo que te rodea te ayudará en ese sentido, no te faltarán pretextos. Ahora bien, muchacho ojos de papel, si lo que estás buscando es una sincera explicación a tu angustia, un remedio a esa molestia que te oprime el pecho cuando quieres saber a donde perteneces, de donde provienes,  y cual es tu destino, te repito lo que querría decirte cada mañana, hazte las preguntas correctas, ¿ Existe algún sitio de donde me gustaría ser?. Le agradecí a don Pepe sus amables consejos, pero le dije que en realidad el dónde, no era mi problema, sino el quién. Que lo que querría encontrar yo, es quienes quisieran  pasar más de una noche conmigo, cambiaba todas las amantes por una novia, amigos bien vestidos y con trabajo que quisieran verme, y recibirme en sus reuniones aburridísimas,  padres, hermanos y tíos que volviesen a aceptarme. _En realidad, Pepe, eso me importa más que el espacio en sí.

_ Entonces- me dijo Pepe-  preocúpate menos aún, siempre que traigas contigo esas monedas, serás bienvenido aquí. Eso hijo, es más o menos todo el cariño que vas a conocer.

 

                Cuando nos despedíamos Pepe me dijo que no me olvidase de pasar esa noche,  regalaría un vaso de vino por cada porción de tortilla de papas. Le dije_ Pepe, claro que vendré, pero pagaré mi vino, con todo respeto, tu tortilla merece una mejor  compañía que ese vinagre gratis.

 

                Fui a tomar el autobús a la avenida Callao. Mezclándome y esquivando a los zombis de la ciudad, que pasan delante de los mendigos, delante de los automóviles detenidos en los semáforos, detrás del tubo de escape de los colectivos. Los autómatas del mediodía, en busca de su sándwich con suficiente fiambre y vegetal  como para experimentar un mordida integral, completa, y a su vez suficientemente liviano como para no provocar un gran  entusiasmo metabólico. Yogures, ensaladas, jugos o batidos de frutas.  Los robots del mediodía que salen de los bancos mirando a ambos lados, señalándose como piezas favoritas para los cazadores furtivos de la gran ciudad. Los del tirón, los de las motos, los del cuchillo o los del revólver.

Cuando estaba llegando el autobús a la parada, sonaron tres ruidos idénticos, secos, y un cuarto sonido desigual, estridente y atenuado a la vez. Y a continuación, entre las bocinas de los coches de la avenida, el ajetreo de los oficinistas y las voces de la ciudad se escuchó un grito, un alarido de dolor y acto seguido el sonido apagado de un cuerpo chocando contra el asfalto.

                Giré la cabeza para observar lo ocurrido y vi tres bolos que habían en el suelo, una bocha para derribar bolos, aún rodando sobre la avenida, y un hombre tendido en el piso, con una brecha  en la cabeza, ya escasa en cabello, que  empezaba a mostrar una incipiente cantidad de sangre brotando de sus venas.

Se detuvo el tráfico, en parte por la curiosidad de los conductores y también porque el hombre había caído al borde de la acera, un brazo le colgaba fuera del contén.          

Hasta que llegó la ambulancia pude contar  a tres personas que hicieron el amago de ayudar en algo, y de esa cifra estoy seguro ya que estuve sosteniendo su cabeza sobre el muslo de mi pierna, que apoyé a su lado en el suelo, con la intención de evitar que se desangrase. El hombre tenía un aspecto prolijo, pero su cabeza pintaba muy mal, los gestos de la cara, y los sonidos guturales que profería,  denotaban que no tenía mucha intención de regresar a un estado de conciencia por lo pronto, y que allí donde estaba, entre balbuceos y silencios sepulcrales, tampoco es que se estuviese divirtiendo a mares.

                Los enfermeros de la ambulancia me preguntaron inmediatamente, si había visto lo sucedido, les dije lo que había escuchado y que lo más probable, era que el elemento que le hubiere alcanzado de lleno la cabeza, fuese la bocha. Ya que los tres sonidos restantes eran idénticos, y la brecha de la cabeza era demasiada grande como para deberse al golpe de uno de esos bolos. Un enfermero me alcanzó un bolo, después de llevar al desafortunado a la ambulancia, y me dijo, _tómele el peso a esto.

_Ya veo que no es liviano- le repliqué-  pero de todos modos, los tres ruidos fueron iguales_  Acto seguido, dos policías acompañaban a un coche patrullero al niño que había puesto en práctica su pericia, en el derribo de bolos desde el balcón de la quinta planta, y a la que parecía ser su mamá.

Ambos lloraban y se agarraban la cabeza con las manos, a causa de la desgracia parecían estar acongojados  también los dos policías, tan adiestrados y curtidos en el arte de las multas a esa hora en el centro, en dar patadas a un vendedor ambulante  o a un ladronzuelo aspirador de pegamentos alucinógenos. Hombres listos en todo momento para introducir  a un borracho infeliz en una comisaría, desvestirlo,  aliviarle el bolsillo de las pocas monedas que le quedasen,  y darle luego un buen ramillete de caricias para mantener la forma. Pero de ninguna manera, preparados para llevarse presos a  un nene y a su madre,  por haber cometido una imprudencia que podría terminar en tragedia.

Yo también me tomé la cabeza con ambas manos después de limpiarme la sangre con una servilleta, un poco preocupado naturalmente por todo ese tema del contagio rojo. La policía me pidió que los acompañase para declarar. Me sentó bien. Eran pocas las ocasiones en que me pedían de manera tan amable y cívica que les acompañase a sus dependencias, constituía una petición depuradora. No es que yo fuese un sujeto peligroso ni algo por el estilo, sino que por aquellos días en Buenos Aires, la policía tenía la potestad y hasta el deber de llevarse a dormir entre rejas a cualquier beodo que encontrasen en la vía pública, aunque no estuviese conduciendo su automóvil, aunque estuviese esperando un taxi, incluso  llegando a su casa. Y alguna vez me tocó probar uno de los frescos y ortopédicos lechos, que se ofertan en sus dependencias.

En la comisaría tardaban y me entró un hambre tremenda. Después de contarles lo sucedido, y mis sospechas de que fuese la bocha y no un bolo el que le dio en la cabeza, me comentaron que lo más probable era que el hombre sobreviviese al golpe, pero que quedaría con importantes secuelas, y que lamentablemente eso no les suministraría ninguna dicha al niño ni a su madre. 

El muchacho  había declarado, que al no poder jugar en el pasillo donde habitualmente lo hacía, a causa de un trabajo de refacción en la casa, lo hizo en el living, apoyando los bolos al borde del balcón, sin percatarse primero de que los barrotes permitían el paso, tanto de los bolos como de la bocha. El set, era un regalo que le había hecho su padre, un hombre que vivía lejos, y al que veía muy poco.

El niño lanzó la bocha con la habilidad que ya había adquirido en esos meses, justo antes de impactar contra los bolos, la pelota dio en el marco que divide el balcón del living, hizo un bote llevándose a tres de los bolos consigo por el aire y se perdió en la concurrida avenida porteña. Lo cierto es que ese juego ya había sido causa de varias discusiones en el hogar, y la madre comentaba en llantos en la comisaría, que el destino era perversamente irónico, ya que cuando ella estaba enfadada con el niño por los golpes de la bola en las paredes,  le gritaba, _¡un día de estos voy a tirar los bolos con la bocha y todo por el balcón! .

Entonces recordé el juego de bolos que me había tocado el día de los juguetes cuando era muchacho.

Había vivido diez años en Cuba.  Exactamente desde los diez a los veinte años.

Una vez instaurada la Revolución cubana, fueron desapareciendo paulatinamente las fechas conmemorativas de festividades  que no tuviesen relación con la Revolución.  Quedaron el día de fin de año,  el diez de Octubre día del grito del Yara, cuando se inició la guerra por  la independencia de España.

Pero los días feriados, eran tres y eran conmemoraciones de eventos en los que intervino el dirigente máximo del gobierno. A diferencia de la Unión soviética y China, Cuba se había tomado el tema del culto a la personalidad muy seriamente, según decía Fidel.  Y sin duda era así. Resultaba notable con que seriedad se lo habían tomado.

Uno de los días feriados que no tenía nada que ver con las tribulaciones de los barbudos y su jefe máximo, era el día de los niños, el 6 de Junio. Ese día era asueto solamente para los niños. Era el único día del año que los críos tenían la alegría , la dicha de recibir de regalo, el elixir de los niños: los juguetes. Ningún niño se quedaba sin juguete, no se conmemoraba ya la navidad ni los reyes magos, y no existía ninguna posibilidad de adquirir algún juguete por sencillo que fuese en las tiendas del estado. Solo se podían comprar en dólares, o los podían traer de sus viajes al exterior algún familiar dirigente o que residiese en el exterior, los sucedáneos socialistas de los reyes magos y de Santa Claus.

 

Cuando hube de recibir mis primeros regalos en la tienda ya me quedaban dos años de niño en modo oficial, así que recuerdo exactamente, las dos ocasiones, los juguetes que me tocaron.

 

Una semana antes del día fijado para comprar, se establecía mediante unos folios colgados en unos tabloides, el orden en que le tocaba comprar a cada niño, y la hora exacta en que debía ir a la tienda para evitar aglomeraciones.

                 Los juguetes a percibir por cada niño eran tres. Al más importante, se le llamaba el “Básico”, que podía ser una bicicleta, un triciclo, o un tren a pilas, el siguiente en importancia era conocido como el “ No básico”, y era un juguete de menor entidad, un juego de damas, un camión, un coche, una ametralladora , mientras que el tercero en relevancia era el “Dirigido”, y solía ser un juego de yaquis, un parchís o una pelota de goma.

El primer año que me tocó ir de compras fuimos en el horario en que ya quedaban pocos juguetes Básicos interesantes, así que de ese cogí  una carriola, de no básico un guante de beisbol, y de dirigido un juego de bolos de plástico.

La carriola y el guante de beisbol se rompieron rápidamente, ya que la calidad era la misma que hoy conocemos como  calidad china, solo que sin la  perceptible mejoría que lograron unas décadas  más tarde. 

Sin embargo el juego de bolos de plástico duró  más que los juguetes que me tocaron el segundo año. La pelota era casi tan liviana como los bolos, en los que tanto se había economizado en polietileno  para su confección, que resultaban casi transparentes. Quizás alcancé a jugar con ellos una vez o dos, porque se hacía absolutamente imposible lograr una trayectoria programada con semejante bocha. Tampoco era fácil encontrar un sitio de la calle donde no corriera ni un poco de brisa, para que los bolos  se mantuviesen en pie, al menos hasta que la bocha lograse tumbar uno.

Solo el set de bolos con la bocha, resistió y quedaron en un rincón de la habitación del cuarto piso del edificio C 54 de Alamar, durante más tiempo que cualquier otra cosa de aquellos días. Casualmente  esos juguetes,  cualquier cosa de la libreta, y toda la maldita revolución cubana eran un recordatorio de mi padre, que estaba lejos, trabado en una celda argentina.

Una vez que firmé la declaración de lo que vi y les dejé mis datos por si me necesitaban,  el oficial me preguntó si quería que me llevasen hasta el lugar del accidente, u otro sitio, le dije que sí, que me dejaran enfrente del bar de Pepe.

Cuando Pepe me vio llegar me dijo_ Que raro tan temprano por acá. Una ración de tortilla y un vino?

_Pepe, ponme una ración de tortilla con mozarela, pero sin vino, cada vez que me zambullo en él, no sé porque, pero salgo medio perdido.

Tráeme un café con leche.

 

Compartir este post
Repost0
Published by martinguevara - en Argentina frizzante
13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 23:08

Hace poco pensé que quizás yo lo que tenga sea una simpatía natural por la esencia del ser trágico, por el aprendizaje del perdedor, de aquel que busca el fracaso, del que se siente en su salsa lidiando faenas en los límites, con las fuerzas casi extintas.

 

Y se me ocurrió que quizás no me caigan nada bien los de apariencia exitosa, ni los obscuentes de estos. Al verdadero éxito lo encuentro con más nitidez, en las batallas ganadas por defender la identidad, el estilo propio, que en la pugna por un buen contrato.

 

Y encuentro mucha más familiariedad entre los exiliados cubanos, aunque se consideren de derechas, con lo que fue el exilio que se consideraba de izquierdas del cono sur americano, o los españoles antifranquistas que tuvieron que dejar casi cuarenta años su patria, que a estos con sus correligionarios en el poder; y los encuentro parecidos en su nostalgia, en sus recuerdos parcializados, en su dolor, o en lo demasiado escorados que de por vida, tienen ya sus puntos de vista y la rabia que los alimenta.

 

Y es en este sentido que la para mi novedosa situación de la izquierda en Argentina, que goza del poder en los últimos años, me resulta un tanto extraña, y no tengo mucha idea de como anda su noviazgo con el éxito y el progreso personal.

 

Solo espero, que no haya perdido del todo su esencia paria, por el bien de su salud. Los espantapajaros vestidos de Armani, ni atraen a las chicas ni espantan a los gorriones.

 

Compartir este post
Repost0
Published by martinguevara - en Argentina frizzante

Presentación

  • : El blog de martinguevara
  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria.
  • Contacto