argentina frizzante
Balcón, sofá jardín
Viviría en esos cottages ingleses de techo de paja o de ladrillo a la vista, rodeado de libros y luz tenue
Viviría en una cabaña a veinte metros del mar Caribe, del Mediterráneo, en Baleares, Sicilia o Cerdeña, o en el paseo de Las Canteras en Las Palmas.
Viviría en un loft frente al Central Park, en Greenwich Village,em el Upper East Side amoblado por Woody Allen, y acaso en el Lower Manhattan, incluso en un adosado al inicio de Brooklyn. Sin mis queridas ratas.
Podría vivir en la torre de Plaza España o en los apartamentos del Four Seasons de Madrid, en Palermo Chico, puede que también en un Petit Hotel entre Barracas y San Telmo colindando con Parque Lezama, en Buenos Aires.
En el distrito 1 de Viena, al lado del Graben. O frente al Dam en Amsterdam, en Gamla Stam o en las casas de chocolate al costado de los infinitos lagos en Estocolmo. En un crescent en Bath, o en el barrio de Chelsea o la calle Belgravia de Londres. En Los suburbios de Portland, en alguna torre de Seattle o al lado del Pike Place Market. En Key Bizcayne, en Coconut Grove, o en Miami Beach entre la calle 30 y Ocean Drive y 67 y Collins Avenue, o en Bal Harbour, también podría acostumbrarme a Brickell incluso a la Sabuesera. Sin los adorados mosquitos.
Podría vivir en una clásica estancia en el campo de Buenos Aires, que huela a cuero, a caballo, a asado y a libros, preferentemente en Baradero; también en el barrio de Miramar en Cuba sobre la Avenida 1ª o 5ª entre 14 y 60 o en Santa María. Podría vivir en la Toscana, o entre la plaza del Duomo y el teatro de la Scala en Milán, podría vivir en el Algarve en Portugal, o en toda la costa de Cádiz y buena parte de la Malagueña. Podría vivir en la Costra Brava, en una Massía del interior de Girona o en Sant Feliu de Gixols. En una casa burguesa de Italia del sur de techos altos, tulipas venecianas y jardines misteriosos, en Bari, Brindisi, la Puglia o Calabria. En Beitostolen o en Bergen en Noruega, en Aero en Dinamarca, en Reikiavik frente al mar, en el pueblo Porvoo de Helsinki, en Marsella, en Bordeaux, en toda la Bretaña y buena parte de Normandía. En una casa tradicional japonesa con su jardín Zen en Kioto o en Nara. En uno de los pisos señoriales en León o en una casona de montaña con su chimenea y sus mastines al norte de la provincia.
Pero donde me derretiría por vivir es en un departamento paquetisimo con paredes y suelos irregulares de parquet tan impecable como gastado, vigas de madera noble a la vista, cocina poblada de cacharros de cobre, ventanales amplios, en el barrio Latino, en Trocadero, en Nation, Picpus, Boulevard Saint Germain, o en los Campos de Marte, decoración Woody Allen. Naturalmente en Paris, sin las mimosas chinches.
Tía Celia
Tenía seis años, había elegido un barco anclado en el Dock Sud de Buenos Aires, para participar del concurso de pintura de La Boca a la que me llevó mi tía Celia. El barco se movía pero logré pintarlo como si lo hubiese captado con una cámara, con un parpadeo prolongado.
El día de los premios me llevé el tercero, al ver el primero y el segundo me sentí tan frustrado que mi tía me preguntó que me ocurría, le dije que mi pintura era mucho más arriesgada y lograda que aquellas dos, entonces me dijo:
-Martín, no sientas lástima de vos mismo- y fue una de las frases que junto a un manojo de citas me han acompañado como muletas auxiliares a lo largo de la vida.
Celia es la hermana mayor de mi padre, ya que el mayor de todos, Ernesto, el ínclito personaje de la política, la mística y la leyenda, concluyó su circulo vital mucho antes que los hermanos.
Celia vivía hasta ayer, antes de la pnademia desatada en 2020. viajaba de un lado a otro, pintaba, impartía clases, armaba proyectos, tenía energía para protestar por toda injusticia que se cometía alrededor. Inagotable, pero sobre todo era la persona más coherente que conocí, en la realidad y la ficción.
Eran cinco hermanos, fueron criados por mis abuelos Ernesto y Celia, él un bon vivant, personaje pintoresco de Buenos Aires nacido con el siglo XX, emprendedor empedernido que no concluía ningún proyecto, le seducía más la fase creativa del sueño que su concreción, solidario con los exiliados republicanos españoles, y no obstante pertenecer a una familia tradicional de costumbres conservadoras, mostraba un cariño inusual en la época con sus hijos, a través de juegos, risas, charlas y debates, como más tarde lo hiciera con sus nietos, hombre pícaro, de recursos en la charla, seductor, hedonista a la manera que un caballero podía permitirse. Y mi abuela Celia, una mujer de una educación estricta, pero rica en virtudes, en colegios de monjas, a las que siempre recordó con afecto a pesar de su temprano ateísmo y feminismo militante, nadaba con notable estilo largas distancias, tenía una proverbial puntería en tiro con armas de fuego, y aunque no se salvaba de alguna frivolidad como ganar campeonatos de bridge, fue de las primeras damas argentinas en cabalgar con las piernas a ambos lados de la montura, en fumar, usar pantalones y cortarse el pelo a lo garçon, quien puso a mi tío Ernesto mucho antes de ser el “Che” a aprender francés a los dos años y a Celia a aprender inglés con una institutriz, y no les permitía abandonar las lecciones, lectora empedernida y fuente de la cual Ernestito extrajo la conclusión de que todo en la vida es lograble mediante la fuerza de voluntad.
Tía Celia tenía un año y medio menos que su hermano Ernesto, pasaron la niñez y juventud estrechamente unidos en juegos, deportes, Ernesto estudió medicina que era una carrera familiar, y Celia arquitectura como quería su padre que era ingeniero civil. Ambos recitaban a Machado y quizás por ello tomaron caminos distintos.
No habla en público y casi ni en privado de su hermano por temor a que sean utilizadas sus palabras, todavía ni siquiera ha podido mirar las fotos del cuerpo sin vida del Che en la infame escuelita boliviana. Para ella, él es el hermano mayor, el de las hazañas. Jamás obtuvo prebendas de su imagen sino que al contrario se ofreció para aportar conocimientos de arquitectura en una Cuba que se había quedado de repente vacía de profesionales. Visitó en la cárcel a mi viejo, otro fenomeno, al inicio de la dictadura y al final, cuando nadie progresista entraba a Argentina, salían o bien con la piernas raudas y ligeras sobre el suelo o tiesas hacia delante.
No sé si por haber sido un niño que prefería los rincones para expresarme con mayor libertad hablando conmigo mismo y mis duendes y fantasmas, porque me llevó al concurso de pintura, al estreno de Yellow Submarine, o porque yo admiraba su estilo entre hippie, feminista, desinhibido y su imagen me permitía liberarme a la atracción que sentía, con el toque del barniz edípico que le daba ese condimento hereje e irreverente que me cautivaba, o simplemente por los enigmas propios de cualquier tipo de afecto. A lo largo de los años seguí viendo a Celia de un modo u otro, siempre me enriquecí con sus historias, sus puntos de vista completamente disparatados y milimetricamente exactos a la vez, hemos seguido visitándonos con el océano mediante y le brindó su locura firme, su coherencia disparatada y su cariño, a mi retoño, y soy testigo de cómo, no sólo se puede vivir la vida entera amparado en la coherencia, sino que precisamente hace la vida más fácil de ser andada y entendida, aún cuando en apariencia presente mayores obstáculos, queda más llena de sentido y sobre todo del poder supremo que otorga ser consecuente y acreedor de una buena cuota de dignidad consensuada.
Hoy partió, discutiendo, peleando, con los fantasmas visibles y los palpables, con los presumibles y los agazapados, se fue para descansar pero seguro que ya también está extrañando sus libros, sus investigaciones, su lápiz y sus pinceles. No importa tía, del lado de allá se pinta con soplidos.
Cuando me preguntan cómo sería el Che si estuviese vivo, abstracción en la cual caben dos posibilidades, una, que permaneciese con la edad del héroe de los afiches, y la otra, tan abstracta pero más imaginable, que cargase con sus correspondientes ochenta y nueve años, no tengo dudas, si a lo largo de la vida Ernesto hubiese logrado mantener su coherencia, su valor y su capacidad para romper convencionalismos, sería como tía Celia.
Sacramento austral
Lo que muchos pensaban que era una ensoñación libidinosa perversa de acaudalados ociosos fumados acomodados en sus sofás, o un deseo de escarmiento al poder político proveniente del enfado seudo popular con las instituciones, pero que en ningún caso llegaría siquiera a acercarse a la línea de salida, está hoy en condiciones de producirse de un modo más que objetivo, preocupante y a la vez adrenalinico, contagioso, goloso. Javier Milei es una opción real en la vida pública argentina.
Analicemos sus planteos una vez retirada la capa de barnices. Milei empezará cerrando el Banco Central, eliminará el peso o cualquier denominación de moneda autóctona e instaurará el dólar estadounidense como moneda nacional, aunque ya puestos ¿por qué no Libras esterlinas? y de paso nos ponemos de bandera la Unión Jack, somos Reino Unido y resolvemos todos los problemas de un golpe; incluso el de las Malvinas. Liberará las condiciones para el mercado de compra y venta de todo tipo de armas, en un país donde la violencia cotidiana latente, el prejuicio social y racial es una barrera tangible, palpable, sangrante. Colocará a Victoria Villarroel de vicepresidenta, una defensora sin remilgos ni pruritos de la represión del gobierno de facto de la Junta Militar a las organizaciones guerrilleras, a partidos de izquierda pacíficos, a estudiantes, sindicalistas, intelectuales, etc., defensora de la prohibición del aborto, contraria al estado laico, aunque con un reclamo justo de reconocimiento de todas las víctimas sin distinción ideológica.
Pero lo más curioso, lo más tremendo desde el punto de vista de la involución social reflejada en el retroceso de conciencia del votante argentino, es que Milei les propone regresar al primer capitalismo, el de Birmingham, Liverpool y Manchester del siglo XVIII, previo a la aparición del marxismo precisamente por la desprotección de los trabajadores. Sin estado, sin escuela ni salud pública, sin protección laboral, sin vacaciones ni jubilación, sin derechos para la clase productiva. Se podrá educar y curar quien tenga plata para pagar por ello. Tal es el ideario de los anarcocapitalistas.
Una barbaridad de tal calibre es impensable que haya progresado sin la incalculable ayuda de sus predecesores en la acción y la soflama.
El caldo de cultivo para el desarrollo de estos disparates es una saturación del mundo de la política tradicional, un discurso interesado proveniente de las fauces de un Steve Bannon que contaminó mucho más allá de los confines con que había soñado en un inicio. Esa hiperbólica protección de los más humildes con el dispendio de dos chirolas para perpetuar una clase subsidiaria, ociosa y súbdita de la dádiva, una saturación de los intrincados mecanismos de corrupción de la política tradicional, de su inoperancia y burocratización, que en vez de producir el deseo de asearlos es desviado, deliberadamente, hacia el de sustituirlos. Cabe recordar que en la historia, la única política sin políticos la han protagonizado los militares y los reyes, apropiándose de todo y de todos. El mecanismo que lleva al ser humano a la autofagia de su propia obra, al caos tras la perfección, es digno de estudio, pero de ningún modo conforma una ley natural.
La irrupción de un fenómeno como Milei debería hacernos reflexionar en que es necesario abordar un cúmulo de problemáticas sociales que no son estructurales, pero que se han enquistado en la columna vertebral de la sociedad. Quizás sea hora de promover menos restricciones para la creación de riqueza, para el emprendimiento, más incentivo y motivación para las inversiones, la creación de fuentes de trabajo para las personas paradas, de manera que el bien común obtenga diversos beneficios, económicos y de dignificación de las personas.
Otra cosa es que pague medicina, hospital y escuela privada quien cuente con recursos para ello y lo elija por comodidad, confort, motivos religiosos o de diversa índole personal, pero sin abandonar en un ápice lo público. Otra cosa es retomar una ética del trabajo, del esfuerzo, pero de todas las clases sociales, privilegiados y humildes facilitando más que una vía, un corredor para el ascenso o la estabilidad, a que todo ser humano aspira en la medida de las expectativas que satisfagan sus necesidades. Que la delincuencia no sea una opción tan viable que a veces parece ser la más conveniente, ni entre los ladrones de guante blanco, ni entre los ladrones a pie de calle, que la violencia antes de castigada, sea profundamente tratada en la profilaxis educativa, en la difusión de valores cívicos.
Otra cosa es luchar a brazo partido para que todos esos jóvenes capaces, sedientos de alcanzar diversos horizontes, culturales, empresariales, técnicos, científicos, no se vayan del país, sean considerados un bien y como tal se los trate, y que a aquellos que tuvieron que emigrar se les brinde todo lo posible para que resulte atractivo su retorno, si así lo deseasen. Para analizar a Milei o mejor dicho a los abducidos por su mensaje hay que tomar un cuarto de ácido y observar de frente y sin prejuicios la realidad.
Mi criterio sobre Javier Milei, aun cuando considero indecoroso emitir críticas sobre quienes no conozco, dado su carácter de personaje público me permito decir que es un showman atractivo, con gran desparpajo, insultante, peleador, que va de audaz a temerario, de atrevido a intrépido, esas virtudes no se las quita nadie, y eso atrae, subyuga, en medio de tanta cobardía, de tanta pusilanimidad, un disertante calificado para enseñar historia de la economía aunque un poco repetitivo con Hayek y sus compatriotas austríacos, más que nada para asuntos domésticos, a lo sumo para administrar una empresa modesta, y así mismo un teórico admirable en cuanto a los laberintos dialécticos en que se aventura. De carácter muy irascible, se irrita con demasiada facilidad y desprecia a cualquier disertante que no se somete a su criterio. ¿Elegirlo para dirigir un país, incluso infinitamente menos complejo que Argentina, aunque fuese el país más simple pequeño y predecible del mundo? Es un disparate solo a la altura de sus propuestas.
O quizás de la locura provenga la razón y a la Argentina le convenga refundarse como un territorio al este de la costa de California o la Texas del siglo XIX, plagado de buscadores de oro y de petróleo, de cowboys armados defendiendo sus feudos, con religiones de estricto cumplimiento de bases calvinistas, donde impere la la ley del Talión y del dólar.
Con suerte este Western Argentina, sentaría las bases luteranas para que dentro de dos siglos podamos vivir en enormes casas en barrios limpios de ateos y viciosos hedonistas, con un patio trasero presidido por una barbacoa a gas que chamusque bien las puntas de las salchichas, los bordes de los patys y las crestas de un manojo de coles hervidas.
Polaroid de locura ordinaria
Crecí en La Habana escuchando música rock de los casetes grabados con dedicación aunque escasísima tecnología, de los discos llevados de guilletén por algún marino, vice pincho o artista viajero de los escasos que ponían sus pies en tierra de "libettá".Alguno era técnico extranjero como Humberto Salomoni, mitad cubano mitad italiano, que incluso era miembro del club Kiss Army, tenía todos los long plays de Paul Simon, Ace Frehley, Peter Criss y Gene Simmons, Humberto tenía discos de Nazareth, de Pat Travers, de Ted Nugent o de un incipiente Iron Maiden. Otros amigos tenían a Deep Purple, Led Zeppelin y un pibe argentino a Rolling Stones. Alexis tenía casetes grabados con alta fidelidad de los Beatles, a quienes todos adorábamos.
A mediados del año '81 un pibe argentino apareció por Miramar de la nada o desde México, con un montón de casetes grabados de fábrica del rock argentino que yo no había tenido la oportunidad de conocer. Grabé todo lo que tenía, lo que más me gustó era Pappo's Blues. Era lo más parecido a lo que yo escuchaba, después Manal y Pescado Rabioso. A Charly García con Sui Géneris no lo consideraba rock sino una especie de trovador más hedonista que los cubanos, pero en ese orden. Pero había un pibe que escuché un año más tarde, tocaba en la banda de Juan Carlos Baglietto. Este muchacho argentino, tenía aquel disco con "De regreso Mirta", y "la vida es una moneda, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes" . Al poco de eso regresamos a Argentina, diciembre de 1983, todo era destape, tetas, culos, chupadas de pija, de cochas, minas, chupi, baile, porros, creatividad, y mucha música rock por doquier, en el parque Lezama, en Barrancas de Belgrano de gratarola, y en Velez, Nina Hagen teloneada por Virus, Baglietto y ya separado, el flaco Fito Páez, que ya había sacado el álbum Del '63, canción que yo cantaba diciendo "nací en el '63, con Kennedy a la cabeza, una melodía en la nariz, pienso que hasta el aire estaba raro, empezaba mayo" esto último era lo único en que sentía que me diferenciaba de esa canción y de Giros, y de Tres agujas y de la energía de La rumba del piano.
Me gustaba la música de Fito y me identificaba en cierta forma pero era demasiado contemporáneo como para convertirse en un ídolo del rock o de la música ciudadana, que la verdad es que nunca me entusiasmó demasiado. Por aquel tiempo asistía a ver a Celeste Carballo, a Charly a Virus a los Abuelos en los conciertos gratuitos que daban por doquier. Hasta que volvió Pappo a la Argentina y los disfruté como pocos, lo vi solo, con Riff, con BB King, con el gordo Salinas, con Malosetti con Medina y con Botafogo. Los casetes ya no los grababa de los discos traídos de estrangis, sino que los compraba en Corrientes y Callao en Cesar Pó, en Zival's. en plaza Lezica Primera Junta, pero me iba más por Jimmy Rushing, Whiterspoon, Muddy Waters, BB King y esos monstruos a los que me había llevado Jimi Hendrix, más específicamente el último período de Jimi con su banda de gitanos haciendo temas como Machine Gun o estirando los blues como Red House hasta el día de hoy. Más tarde volví a Cuba, no me acostumbraba del todo a estar lejos de los amigos que la vida me había regalado en la isla.
Hasta que por curda, me castigaron a trabajar en un proyecto precioso en Santiago de Cuba, el Baconao Turquino, me dieron a elegir y escogí ser buzo con Ponce y su tripulación buscando coral negro, hundiendo pecios, sacando un cañón de la última batalla naval entre EEUU y España que se cambió por una montura de Maceo, y satisfaciendo al bravo de Lázaro Ponce en sus veleidades de buscador de oro por la cayería de las Doce leguas, o Los Jardines de la Reina, donde, aunque sin cofre, se puede apreciar una joya en un paraíso bajo el agua.
Antes de ir a Santiago de Cuba, apareció una petisa morocha por la UPEC en la Avenida 23, donde nos reuníamos en la tarde para empezar a cargar ron en la modalidad de chakata, mezclado con té y un toque de limón, vestida de negro corte The Cure, para anunciar una película de Fito Páez, la pasarían en la sala de video de la UNEAC, a pocas cuadras de allí. Ahí estuvimos escuchando la historia previa que esta mujer nos contó de las peripecias y desventuras que atravesaron las cintas del filme una vez lo hubieron terminado, producto de un robo, había costado unos ochenta mil dólares, que si bien siempre es plata, en aquel entonces, y para un Fito que empezaba, y mencionado en una Habana sedienta de un fula aquello nos parecía todo el oro del Nilo, también habló de crimen sin castigo. Dejó de hablar, se apagó la luz y comenzó una maravilla de audiovisual en tonos oscuros, violetas, purpuras, negros, azules, un Fito altisonante con letras reventadas, fuertes, repletas de la energía que había hecho al rock arrollar toda otra revolución, me enganchó la película, la canción Ciudad de Pobres corazones, las baladas, "yo no elegí y no quiero, quiero salir y no puedo", que a menudo me sorprendo tarareando. Y Ámbar violeta.
Una vez que estaba buceando detrás de una picúa con una resaca de laguer de tres pares de timbales, salí del agua y me dijeron hay un argentino rompiéndola toda en La Habana. Cuando volví una semana a casa, mi novia de entonces, Alejandra, me contó que su mejor amiga, Jenia, que entonces era novia de mi primo Camilo, había asistido al mítico concierto de Fito en la Habana invitada por Santiaguito Feliú, a que había sido su novio, el coco de ella años atrás. Cuando terminó el concierto, ella le pidió a Santiaguito que se lo presentara, a Jenia le encantaban las lucecitas de colores, y era lo suficientemente linda como para seducirlas y guardarlas en su bolsillo. Se conocieron y ahí mismo dejó plantado a mi primo, se fugó con Fito una semana de joda y singueta. Camilo no se lo tomó tan mal como cabe esperar en el Caribe, pero gracia, lo que se llama gracia con lo rápido que corren los chismes en La Habana no le hizo ninguna. Raulito, hermano de Jenia le tomó afecto a Fito, y como estudiaba piano se aficionó al rock argentino, a través del rosarino conoció la música de Charly que para ese entonces ya contaba con una producción inmensa, Mi suegra, de la pequeña burguesía chilena que había coqueteado con la izquierda cuando Allende, exiliada primero en Bélgica y después en el doce plantas de Alamar, se mostraba tan envidiosa con ese éxito de un argentino nada acorde a los cánones de la Nueva trova o de los milicianos, como habitualmente se mostraban algunos chilenos con los argentinos, profiriendo acusaciones de mariquita que hoy seguro negaría al menos, recordarlo. Como todos los homofobos, anti rock, odiadores del hippismo y de los movimientos elvisprelianos de entonces. He oído en repetidas ocasiones a Fito decir que él no es un genio musical, quizás en el sentido formal y técnico no, pero sí es un bardo genial e hiperproductivo.
Más tarde el Consejo de estado a cargo de quienes estaba acordaron con mi familia que me echarían de Cuba de una patada en el traste, fui al aeropuerto por segunda vez tras una curda olímpica en que no me permitieron abordar el avión, con mi primo camilo, él iba con un guardaespaldas para cuidarlo y que volviese sano, yo iba con guarda pero para asegurarse que esa vez no bebía nada y me iba pa' casa de la pinga poripayá.
Una vez en Buenos Aires pasamos días muy divertidos con Camilo, él habló en un acto donde también habló Robertico Robaina, qeu era famoso por no reusar del todo de una pose de pepillo, al contrario que Luis Orlando Domínguez, el singao de la UJC que habían tronado antes que él. Robertico se dejaba el pelo largo atrás a lo Mc Cartney, y se hacía un doblez en la manga de la camisa, característica de pepillos rockeros. Yo estaba ahí por la curda y las hembras que sobraban y todas querían un pedacito, una reverberación del rabo del guerrillero heroico prohibido en Argentina hasta hacía muy poco tiempo.
Un par de años más tarde, Victoria, una amiga intima de la novia mía de entonces, se fue con su padre que era director de cine a filmar Sur, al sur argentino. Bajaron con Goyeneche y Fito Páez, Al regresar le contó a Úrsula que se había hecho muy amiga de Fito. después lo vi en la Fundación Banco Patricios, donde a menudo actuaban Norman Brisky, Cecilia Rosetto, y todos los fines de semana Urdapilleta y Tortonesse, quienes bajaban a tomar una Heineken una vez terminada la obra, y nos quedábamos hablando de bueyes perdidos. Yo estaba entre los camareros modernos que atendían el bar vestidos por Gripo, con Chuchi una pintora excelente , Rosario y Fabio cantante y bajista de Suárez, Alejandra pintora su novio Richard, y mi amiga Valeria. Rolando era obsesivo de su torta de frutilla, se podía tocar de todo menos esa torta, yo cometí la ignominia de comerme media torta, era muy buen tipo, me aguantó hasta que entre torta, Heinekens y propinas extras me pidió con gran delicadeza, que volviese cuando quisiese pero de parroquiano,
Una tarde asistieron a la obra Fito, Cecilia Roth y Eusebio Poncela, que acababa de filmar Martín H. Los atendí y charlamos un poco. después lo vi en La Habana en uno de mis viajes , Santiago, Raulito y Alejandro me dijeron que me sumase a los amigos que compartirían una botella de ron con Fito y Cecilia en los jardines del Hotel Nacional, así lo hicimos, mi noche terminó después de cantar "por esa calle pasa el 99 nena, ahora vamos hacia allá" mientras Fito rasgaba la guitarra de Santiago, y Cecilia me decía desde atrás, lo recuerdo como si fuese hoy "Martín, deja de beber" . Desperté con ese frío de la madrugada incluso en el Caribe, con las estrellas de techo , como en cierta forma era habitual, pero al menos estabna sobre la hierba de los jardines del Nacional, nadie me robó nada en esa ocasión.
Después Jorge y Juan Mario, amigos de mi mentora Gladys, le hicieron la escenografía de Circo Beat, y así entre una cosa y la otra al escuchar las canciones de Fito, nacido en el '63, en mi país, con algunos amigos comunes, tiempos comunes, aires comunes, aunque no lo conociese llegué a tomarlo como un colega del camino, por otros niveles pero en la misma dirección y similar destino.
Unas décadas más tarde, había terminado de recorrer las superficies donde se apilaban los pallets de la empresa de logística para la cual trabajaba ya en España, y me apresté a aparcar el coche y reservar habitación en el Hotel acostumbrado en la ciudad de Salamanca, cuando veo un cartel "Fiesta universitaria, hoy Fito" seguí de largo en el coche y me quedé pensando que seguro sería Fito y Fitipaldis, un conjunto español que no me interesa en lo más mínimo. Al rato vi otro cartel y puede leer que se trataba de Paéz, en un teatro de Salamanca, y tocaba en un rato. Así que de repente sentí un fuego, un avatar estaba como yo, en la España profunda para cantar su repertorio rioplatense. saqué entrada y esperé. El show fue a capela, solo con guitarra y piano, una maravilla, la última vez que lo había visto Ursula me había invitado como regalo de cumpleaños a un teatro en Plaza Flores, y había un súper show, esta vez era más intimo a priori, hasta que arrancó con Ciudad de pobres corazones elevado sobre su guitarra, una barbaridad. Ahí sentí que a pesar de ser de la misma generación ya podía tomarlo como un ídolo que hizo de su vida lo que yo había derrochado. Así que cuando terminó me quedé esperando en la puerta trasera por donde salían los artistas a que saliese para saludarlo, explicándole un poco fugazmente de que lo conocía, pero eso se parecía mucho al cholulismo que tanto despreciaba, y a la vez quería esperarlo, los minutos pasaban, bajó un amigo suyo rosarino que lo acompaña a todos lados toda la vida, le dije que quería solo saludarlo como argentino contemporáneo y cultor de sus canciones, sobre todo del álbum Ey en ese lugar del mundo. cuando había transcurrido más tiempo del que el decoro me permite admitir, salió un grupo de gente, unas chicas, chicos y en medio él, parecía como si ya supiese que había un pesado esperándolo, y salió del grupo solo un instante para decirme "flaco, no tengo tiempo" y se metió en un coche raudo, duro, desaprensivo y yo me quedé con una cara de boludo que nunca antes había sentido, o mejor dicho sí, la había experimentado, nadie siente lo que no es, pero no estoy seguro todavía, de poder revelar también hoy ese otro episodio, acaso más bochornoso si cabe que el "flaco, rajá de acá" en la parte trasera de un teatro pulgoso de Salamanca.
Podía habérmelo guardado para siempre porque nadie me vio protagonizando semejante ridículo, pero prefiero sacarlo porque cada vez que suena la música de Fito desde entonces siento un desdén, hermanado con el que Camilo experimentó cuando tras hablar Robaina aquella vez en Baires, una de las chicas que nos levantamos, en el coche con que nos condujo a la fiesta, puso de una cara y de otra el casete Ciudad de pobres corazones.
Y también, en definitiva, años atrás me había tomado su ron. Así que espero que al liberarme de la anécdota, con el rubor compartido, el dar oportunidad a la chanza, me deje también espacio a poder volver a disfrutar "Polaroid de locura ordinaria" sin abochornarme de ese muchacho parado en la noche esperando un saludo de quien, sí, era una estrella pero no para él, sintiendose más boludo que los pollitos y ahora que lo veo dejandose embelesar por los festejos de "El amor después del amor" me pregunto si el boludo puede que sea otro, o que haya dos. Al fin y al cabo, yo había leído a Bukowski mucho antes que Fito supiese que existía.
Doble tragedia
Recibí la invitación por correo para ver el documental “Partidos” de Silvia Di Florio. Justo ese día tenía que ir desde León a Madrid ver a mi hijo que estudia en una de sus universidades, así que me inscribí para asistir a la proyección, la sala estaba hasta el tope.
La película de una factura visual pulcra, en la que se nota mucha muñeca para los primeros planos, los entrevistados iban desde lo divertido, hilarante, reflexivos, tiernos, emotivos, un Héctor Alterio impecable como rapsoda de León Felipe, además de todos los atributos técnicos, no recuerdo haber aplaudido últimamente tanto una obra con ese ímpetu y entusiasmo. Me di cuenta cuando paré que tenía una película húmeda cubriendo mis ojos provocado por la profundidad de los recuerdos que me trajo la obra de Di Florio. La experiencia sensorial continuó cuando miré hacia la fila de atrás y vi a una de las entrevistadas que había dicho que su padre era español y había huído del Valle de los Caídos, solo dos escaparon de ese infierno, Manuel Lamana y Nicolás Sánchez Albornoz, de inmediato le pregunté si era hija de Manuel, me dijo que sí. Le conté que lo había conocido años atrás en su departamento de la calle Entre Ríos al 400, un hombre de vasta cultura, elegante, de conversación fluida y con una nutrida biblioteca. Pocas cosas tienen un color tan lindo como los ojos de Maruja Lamana. Habló el embajador, quien al igual que su padre, atesora la única virtud sobre la cual se erigen las demás posibles, es buen tipo, después tomó la palabra la directora, más tarde el encargado de fotografía, algunos asistentes y yo me quedé quieto en el asiento entre hierático divagante, mecido por el aire en un tiempo sin espacio, sin continuidad. Miré atrás, y todo el auditorio era un aquelarre a la intemperie de brujos y brujas victoriosos. Por primera vez en mi asistencia a eventos que recuerdan el golpe de estado, la muerte, el exilio, sentí que flotaba un halo de conquista, la gente estaba contenta de encontrarse, la película expelió sobre la sala la misma bocanada de aire fresco con que fue concebida. Al mismo tiempo se exponía en la sexta planta del espacio cultural Kirchner en Buenos Aires.
Yo tenía que volver a León, pero antes hablé con Silvia, le conté que ella plasmó exactamente lo mismo que sentimos los exiliados argentinos en todo el mundo, no solo en Madrid, y que sentían los exiliados de todos los países del mundo donde la plaga de golpes de estado sanguinarios se hizo presente.
En el autobús de regreso no se me iban las imágenes de la película, pero comenzaron a instigarme a despertar un sentimiento diferente al que me había embargado durante la reverberación del evento. Comencé a sentir una profunda indignación, una desazón en el interior como un soplido del dios del hielo, a la vez que bronca, ardiente como el aliento de un dragón colérico.
La dictadura militar argentina fue doblemente trágica, en primer lugar porque fue la más terrible de las del Cono Sur de América en cuanto a asesinados, desaparecidos, suplicios, mecanismos de detección, destrucción y sometimiento del campo popular militante, y en segunda, porque con todas las demás dictaduras hubo un derroche de solidaridad desde los países del Segundo Mundo del bloque socialista, Erich Honecker de la RDA conseguía la liberación de Luis Corvalán secretario del Partido Comunista Chileno, la Unión Soviética condenaba a Stroessner y a Somoza, los periódicos cubanos hablaban de los tormentos provocados por los fascistas a Raúl Sendic, del sufrimiento de los revolucionarios bolivianos, pero Argentina nunca fue mencionada por Fidel Castro en sus frecuentes discursos, ni en los artículos del Granma, ni en los noticieros de televisión.
El ejército argentino, que no era una Gendarmería Nacional al uso del resto de América Latina, sino que tenía proyecto propio, decidió romper el bloqueo, boicot o veto estadounidense a la URSS, vendiéndole gran parte de su producción de cereales. Este hecho provocó que altos mandos militares argentinos fuesen honrados con la medalla de Lenin en Moscú y en reciprocidad militares soviéticos fueron condecorados con la orden San Martín, esto era solo el aspecto formal, simbólico, de una herida mucho más profunda al espíritu inicial de aquella revolución de Octubre.
No solo se honraba a quienes en esos momentos estaban torturando y asesinando a militantes revolucionarios sino que se dio la orden a los países satélites de la URSS y a los partidos comunistas dispersos por el mundo, que apoyasen al gobierno de Jorge Rafael Videla, considerándolo como un gobierno Cívico-militar. Negándole el tratamiento de dictadura, y muchísimo menos informar sobre las atrocidades cometidas en sus centros de detención clandestinos y oficiales, ni permitir la difusión de actos de solidaridad con las víctimas.
Fidel Castro cumplió cabalmente la ordenes de la Madre Patria de los Soviets. Se llegó al limite de que Cuba negó el apoyo a una comisión de investigación sobre DDHH a las cárceles argentinas impulsada por Jimmy Carter, y a cambio la cancillería argentina negó su apoyo en la OEA a una condena a Cuba por violación de los derechos humanos. Una mano lavaba a la otra y ambas intentaban, en vano, limpiar el trasero. De tal manera que en la escuela cuando llegaba un niño chileno, los demás estudiantes y maestros lo recibían casi como un mártir, una victima, ya que cada día, por todos los medios, se hablaba del monstruo de Pinochet, igual con uruguayos, bolivianos o paraguayos incluso con brasileros, pero a mi, me preguntaban ¿por qué estás aquí y no bailando tango en Argentina?
-Porque hay una dictadura, y es mucho más sangrienta y perversa que la de Pinochet.
Pero las miradas eran desconfiadas “¿cómo va a haber una dictadura si Fidel nunca lo menciona? ¡y mira que no escatima en mencionar a los países en desgracia!” Cosa que con motivo de la inminencia del conflicto armado entre Argentina y Reino Unido por las Islas Malvinas, se recrudeció, ya que no solo Fidel no mencionaba a Argentina como dictadura sino que se hermanaba con Leopoldo Fortunato Galtieri a través de su canciller Nicanor Costa Méndez, reconocido racista de ultraderecha, proponiéndole toda la ayuda necesaria para que los soldados cubanos combatiesen junto a los combatientes del Ejército Argentino. Yo me veía con el cuello hinchado y la arteria carótida por reventar, conminado a explicarles que ese valeroso ejército a que hacía referencia el comandante en sus brindis con Costa Méndez, era el que aún tenía olor a quemado en los dedos por la picana eléctrica con que mataron a miles de militantes revolucionarios.
El segundo mundo, que se suponía lideraba las políticas y utopías por las que habían caído y estaban presos y exiliados todos los militantes de izquierdas, con sus particularidades como el peronismo, pero con idénticos fines de justicia social, les daban la espalda y confraternizaban con los verdugos.
Ese exilio fue doblemente duro. Los de España podían ser comprendidos por la población, los vecinos, los compañeros de trabajo o de estudios, Por esta razón insignes exiliados, agradeciendo la generosidad financiera de los cubanos, sin embargo debieron abandonar la isla rumbo a España, caso de los Duhalde, los Roca-Feijin, quienes no podían ejercer su impulso natural de denunciar a la dictadura, o Matilde Artés “Sacha” la primera abuela encontrar a su nieta Carla, precisamente desde tierras hispanas. Al final quedamos muy pocos exiliados argentinos en Cuba, la oficina de Montoneros y la guardería que acogía a niños que habían perdido a sus padres muertos, desaparecidos o presos políticos, es una historia para otras páginas, y su emplazamiento en el burgués barrio de Miramar, obedece a estímulos muy diferentes de la solidaridad internacionalista. Imagino que en los países del Este de Europa no habría ninguno que no fuese del Partido Comunista, que gozó de numerosas prebendas de su protector “gobierno Cívico-militar” de Videla y compañía. Quizás esa es la razón por la que pocos entiendan esta doble amargura que nos provoca a los escasos damnificados, el recuerdo de aquella tragedia nacional.
Cuando el autobús hacía las dos últimas rotondas antes de llegar a la estación de buses de León, pensé: “Buena película, pero ahora, aunque los damnificados seamos pocos, deberíamos impulsar un capítulo de continuación, que recree las dulzuras de aquella cómplice connivencia entre extremos amalgamados por un buen puñado de rupias”
Es nuestra deuda con los olvidados
Buen viaje Enrique Symns
Acaso más que a nada, yo le deba las ganas y la confianza para escribir a Enrique. Claro que primero estuvo Gladys y que todo parte de mi madre que garabateaba sus poemas y esos parientes paternos tan apegados a la literatura, que el que no parecía un escritor frustrado, era un pintor o un dibujante en sempiterna espera. Ningún músico, quizás con un mínimo de oído que me hubiese permitido reproducir Let it be sin que pensasen que estaba tarareando el happy birthday, yo habría sido el primero de la saga.
Una noche en que ya se había ido la mayoría de periodistas de la redacción del diario Nuevo Sur, donde me desempeñaba como cadete de tráfico, Enrique me propuso escribir cada uno un cuento pequeño de una página y leerlo después, lo escribí a máquina, cosa rara porque mi pasión era garabatear papeles con mi letra de mosquitos aplastados y borrones de corrección, pero me señaló una máquina de escribir, y me dije "bueno, manos a la obra pequeño ruiseñor" , al cabo de un rato cambiamos las hojas, yo me sentía halagado de leer uno de sus historias antes que nadie, antes de que estuviese en una de sus columnas o revistas, pero mi sorpresa fue mayor cuando vino y me dijo "esto es una maravilla, ¿querés escribir en mi revista?".
No importaba que yo supiese que en ese entonces su revista estaba cerrada, que escribía notas para otros como en el caso de Sur, aunque sabía que la abriría en breve, lo importante era lo que le había provocado ese cuento, en el que recuerdo que descansaba cierta intuición, algo de cualidad natural para narrar y parte del acervo recabado durante tantas horas de lectura, de los, sin falsa modestia, mejores libros, y donde bauticé uno de los personajes más queridos, la casi perfecta Elektra. Tan efusivo se mostró que me invitó como siempre a tomar ginebra en el bar de enfrente a la redacción, pero esta vez pagando él.
Ya éramos en cierta forma compinches, y ese sucedáneo de la amistad nació de las aficiones mutuas. Una tarde cuando estaba casi en pedo, le ofrecí un trago de ron que yo fabricaba con el alcohol de 96 grados del botiquín, el té del termo, un poco de agua y una pizca de azúcar. Solía empezar a beberlo desde que llegaba al trabajo en los vasitos de café y té de color beige, así, sobre las doce de la noche hora de salida ya me iba listo para acostarme y dormir sin riesgo de insomnio. En pago a mi generosidad un día Enrique me llamó al baño que estaba a mitad de la redacción y me ofreció un "pelpa" de merca, envuelto en forma de sobrecito en papel glacé, como se usaba entonces en Buenos Aires, me pareció brillante ese intercambio que lo hicimos dos o tres veces más hasta que él advirtió que el ron no era de gran bouquet y me lo hizo saber, así que le conté como lo fabricaba a primera hora, y entonces me dijo:
-Quedate tranquilo, que la merca es un poquito de cocaína con bastante aspirina- cosa que era de suponer, porque en aquel entonces las veces que yo daba un nariguetazo de merca, era para levantarme de la curda y sus pelpas solo me daban más sueño. Motivo suficiente para echarnos a reír y continuar con el intercambio nocturno, pero sin la magia de la ingenuidad.
Al final ni escribí en Cerdos y Peces ni nos vimos más, tras un día cercano a ser invitado a dejar el diario por la dirección, en que Symns me invitó a una fiesta de Cerdos, tocaban unos jovencísimos "Los Piojos", a donde acudí con mi amigo Marcelo, y cuando estaba sentado en una banqueta de la barra, se acercó la musa de Enrique, Vera Lamb, en medio de la charla le toqué las tetas y cuando empezaba a transmitir la sensación desde la yema de mis dedos a través de los vaso conductores hacia la raíz y el tallo, me soltó una piña en pleno rostro que fui caer de espaldas al suelo del bar, del que me recogió Marcelo invitándome a dar por cerrada aquella noche de rock autóctono. Nunca más vi ni supe de Enrique, más allá de que seguía escribiendo y buceando en el under porteño, imaginé que seguiría cambiando merca trucha por tragos más o menos trucados.
Hoy me entero de que se fue este hidalgo del reviente, que vivió entre gitanos en Andalucía, que dirigía revistas que acogían a todo aquel que deseaba escribir una página como Bukowski, padrino espiritual de los Redonditos de Ricotta, amante de Vera y alter ego de Luca Prodan.
Adiós Enrique, buen shot.
Lucio y Fernando, victimas de la grieta
Es curiosa la batalla subrepticia que se presenta en el ámbito de la "grieta" argentina entre los casos del infanticidio por parte de las madres del niñito Lucio Dupuy motivado por "odio de género", y la masacre por parte de un grupo de rugbiers a Fernando Bàez Sosa, incitado por el "odio de clase".
Ambos crímenes son aberrantes, el de las madres ala criatura es perturbador por lo escabroso e infernal de los detalles, y el de Fernando es particularmente doloroso por el ensañamiento Goldwiniano (del Señor de las moscas) con el más débil, tanto en fuerza, como en posición social.
Los que están hartos del discurso hegemónico y sexista de un feminismo tan tóxico como anti igualitario, expresan de manera superlativa su profunda indignación por el crimen de las madres con su hijito, y los que están hasta la coronilla de la estigmatización social, racial, de los sectores históricamente sometidos, al poder esclavista primero, luego al latifundio y más tarde a la gran patronal, relegados a malvivir con las sobras de la población aceptada para convivir en los aledaños al palacio, es decir, blancos sobre toda otra mezcla de razas, toman partido hiperbólico por la ciertamente ejemplar familia inmigrante paraguaya del humilde Fernando.
Ambos piden la picota o la hoguera en la plaza pública para los asesinos que identifican como “los de la vereda de enfrente” en su vida cotidiana, ya que por ambas víctimas, en realidad, todos de cualquier clase social sienten idéntica compasión. Uno, un niñito de cinco años, y el otro un joven sano y lleno de alegría de una familia trabajadora y llena de valores. En cuanto a las victimas no hay discusión, sí la hay en cuanto a lo que representan los victimarios en el imaginario de los extremos de esta grieta. Lo cual hace absolutamente imposible cualquier análisis sosegado, equilibrado. sin la intervención de un sesgo ni siquiera de clases, ni siquiera ideológico, sino únicamente de una poco nítida percepción socio cultural, que tiene origen en la realidad, pero ya tan aderezada de todo tipo de condimentos emocionales, que no hay manera de abordarla desde esas posiciones con un mínimo de seriedad.
Ojalá sea abolido más temprano que tarde, el criterio de castigo y venganza institucional que cristaliza en un tiempo de reclusión en prisión, pero mientras tanto, que sean en exclusiva los jueces y la fría y ciega Lustitia quienes determinen el peso de la hoja de la guillotina.
Tortura estatal
Mi posición desde al menos que tenía once años cuando encarcelaron a mi padre por espacio de tiempo de ocho años y medio: no creo en la cárcel en ningún caso, ni en un simple robo, ni en una violación, ni para poderosos fascistas como Videla, sus torturadores, los esbirros cubanos, o estas dos chicas que torturaron y violaron a su hijo de cinco años de manera cotidiana, para concluir descuartizándolo.
Así como fue revolucionario el concepto de prisión frente al de tortura y muerte pública, con descuartizamientos y hogueras, cuando se consideró que la mezcla de castigo y tiempo de reflexión recluido era más humano, menos salvaje, que el despedazamiento para goce del pueblo sediento, cual plaza de toreo o torre Maya, de sangre y dolor. Desde el siglo pasado la ciencia conoce que la prisión solo acentúa las perversiones, las parafilias y el sentimiento de odio a la sociedad. Ya Víctor Hugo decía en los Miserables, que el penúltimo escalón de la especie humana era el preso, pero el último estaba reservado para el guarda cárcel.
Creo que alejarnos de castigos vengativos, nos cura como comunidad a todo nivel, regional o universal, volcar todo nuestro esfuerzo en conseguir, que un día los delincuentes y criminales entiendan, desde la génesis, desde el nacimiento de sus perturbaciones, no desde la culpa, que algo hicieron mal, muy mal o malísimamente mal. Esto entronca con la polémica suscitada en España por algunas consecuencias de la ley popularmente conocida como "Sólo sí es sí" en la que algunos reos ven disminuída su condena de dieciseis años a catorce, haciendo énfasis en que la ley es mala porque el torturado castigado por el Estado sufre un par de años menos. Claro no digo que salgan a la calle, sino que de entrada sean atendidos, todos los criminales, de todas las modalidades, allí donde la gravedad de su caso lo requiera.
Existen casos que se podrán liberar a convivir en sociedad y casos que nunca podrán ser siquiera expuestos a dicha evaluación. Pero en todos ellos sería un avance que si bien no nos colocaría como un ejemplo de velocidad en temas de vanguardia, pero al menos, con rezago, nos auxiliaría en la búsqueda de un mundo atento a las cuestiones que nos hagan mejores individuos, y con ello mejor comunidad.
¡Argentina, Argentina, Argentina!
Así nomás, como son las cosas del campo, que diría Don Atahualpa, abordo esa mezcla de envidia o inquina con admiración que fluctúa en distintos puntos del orbe, hacia los argentinos. No es cosa de un solo país, ni solo de Latinoamérica, pasa en España, pasó en Italia excepto en este Mundial donde como quedaron fuera, guardan la bilis para otros menesteres, y hoy simpatizan con sus sudacas primos argentos.
Obviamente no es porque Argentina haya invadido países, ni conquistado continentes, ni siquiera mercados con sus productos, más allá del dulce de leche y algún cacho de carne que todos adoran deglutir a pesar de su picantísimo precio y de la moda vegana. El otro día encontré un producto que se publicitaba como “entrecot argentino vegetariano 100%"
Entonces ¿por qué es? El hecho de que los argentinos tengan el mandato nato de dedicarle prolongados espacios de tiempo a cultivarse, o aparentar haberlo hecho, en cánones y vectores euro centristas, francófilos en la clase media y anglófilos en la oligarquía, que arroja como resultado un pastiche donde se mezcla la cultura de la boleadora y el locro con la pizza, el rugby y Baudelaire ¿quién sabe que la Vauquita, esa deliciosa tableta de dulce de leche unió en su médula, la pasión que sentían por la afamada jalea Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares? cuando salen del país, les acompaña un halo de pretenciosos. En Buenos Aires es frecuente encontrarse con amigos en un café y hablar del último libro que se descubrió o de una exposición de arte que causó buen efecto. Existe un elemento que puede resultar aún más pedante para quienes no atesoran esa cultura en su bagaje: el psicoanálisis. Es una sociedad muy psicoanalizada, con el hándicap de suponer que ello convierte a cada individuo en una luminaria en las teorías freudianas y lacanianas, detalle que favorece la omnipresencia del “yo” el cual se aborda sin ningún remilgo. No como hace la gente de campo que prefieren usar la primera persona del plural cuando se refieren a la primera del singular.
¿Pero solo eso alcanza para tanta bronca?
Por otro lado puede que genotípicamente sean más asimilables al estereotipo estético que dejaron grabado a sangre y fuego los conquistadores sud europeos en la idiosincrasia latinoamericana. La verdad es que no sé, pero sí sé que, equivocadamente o no, es una comunidad, un colectivo que despierta esa dualidad extrema. No de todo es inocente la idiosincrasia colectiva porteña cuando sale no solo de Argentina, sino también de Buenos Aires a cualquiera de las provincias, durante décadas los argentinos se caracterizaron por burlarse del resto del mundo, excepto acaso de los parisinos y londinenses. Durante un viaje de medio año que emprendí a lo largo y ancho de Brasil, quedándome un día en Angras do Reis, un cocinero que nos regaló un "prato feito" de comida al parceiro con el que hacía el camino en auto stop, me comentó que los peores turistas eran los argentinos, ya que iban a los mismos hoteles que los alemanes y estadounidenses, pero eran durísimos con la propina, en cambio a cada cosa que pagaban, por mínima que fuese, la exprimían y le sacaba hasta la última gota de jugo, a veces hacían llevar y traer un café por no estar suficientemente caliente más de una vez. En Cuba escuché algo parecido. La sociedad argentina está muy estratificada incluso en sus masas turísticas. No todos los contingentes de visitantes son iguales. Los que van a playas son muy diferentes de los interesados en las ciudades , su arquitectura, costumbres y museos. Y de ambos tipos existe un grueso colectivo viajero, los primero despiertan no demasiada simpatía los segundos siembran admiración y respeto.
Una cosa muy grata es que el anti argentinismo desatado en el mundial, es de la media y la élite. El público es fan de Argentina.
Ayer toda la mala onda se esfumó, en la mayoría porque se dieron cuenta que esa envidia no tenía razón de ser con un país que está en la UCI y jugar un gran fútbol es su única y emergente aspirina, y los menos porque se dieron cuenta que están haciendo el ridículo. Argentina logró llegar a la final, y aquello que nos alegró tanto a todos los futboleros del Río de la Plata, puede ser nuestro karma si el seleccionado sale campeón y dentro de no mucho, nos encontremos llorando sobre la leche derramada.
El mejor Messi obviamente era el que metía 92 goles en un año, pero este de hoy, desbloqueó temas mentales que lo hacen enorme. El efecto del fútbol es algo digno de laboratorio, ayer, como en la época en que me atiborraba de sustancias que alteraban el SNC, tuve un prolongado lapsus mentis a causa de los goles de Messi. Ni por una comida que desequilibró mi paladar, ni por una mujer que desestabilizó mis hormonas, ni por un emolumento que desbordó mis bolsillos, perdí la compostura que tanto en materia de pretensiones me ha costado edificar, solo a merced de los goles, mejor dicho, de los golazos argentinos.
Y hoy, lo que es la mente humana y los excesos. Tal como le sucede al borracho que bailó la noche pasada con el culo al aire y cantó con berridos temas de Led Zeppelin en el bar del barrio, estoy algo titubeante, me siento impelido a apretar el botón "rewind" de las viejas grabadoras y pasacasetes para borrar mi entrada al bar del barrio ayer, soltando la rabia en modo de canto de hinchada de tribuna. Desde el catre antes de poner los pies en el parquet e incorporar la vida a mi humanidad ya venía a mi mente las caras de los parroquianos del bareto, cuando me cagué en brazucas, croatas, Ficticius, Milimalo, Penaldo, todos los putos que la tienen bien adentro, y todos los otros putos que la siguen mamando, incluso la sugerencia anacrónica de que los madridistas presentes disfrutaban en sus alcobas de encuentros sexuales enmarcados en la más plural diversidad. Alucinando a los habituales orangutanes bebedores de anís del mono o whisky DYC, con la conversión del pretendido "intelecualoso" que rara tarde comparte con la feligresía un mosto o un café durante el curso de un partido de Liga o Champions, en un rabioso jefe de manada de mandriles dispuesto a disputarles el territorio.
De tenor más reducido, pero de la misma tesitura es el rubor que me abordó al recordar, sin querer siquiera releerlos, los post publicados ayer tras el subidón del partido, sin alcohol ni merca.Porque acaso también haya que reconocer que el suflé cultural ha disminuído cediendo espacio al merengue patotero, aunque siempre nos vanagloriamos de tener la avenida más larga, la más ancha, de inventar el dulce de leche y la birome ¿quién nos aguantaría c0n un solo filósofo, un matemático, un músico y un poeta de la antología alemana?
Una vez lavada la cara, preparados unos mates, pensé que en realidad, tenemos la suerte de que existan estos pistones, estas válvulas de descompresión que la vida nos otorga, de vez en cuando, a veces les toca a unos de azul otras a los de amarillo, para saltar sin chandal deportivo, gritar sin dolor y destapar los improperios más reprimidos aunque totalmente merecidos para ser por un día, más simio alfa que los más temidos gorilas habituales.
Hoy retorno a ese insoportable represor de la adrenalina propulsada por la nimiedad más impía, y ya me estoy diciendo, que cuando será el día que gracias a ver un país robusto, equilibrado, justo, desarrollado gritemos como desaforados, pero ¿seríamos capaces entonces de encontrar el desenfado, el timbre en las cuerdas vocales y la necesaria desfachatez para gritar a viva voz ¡Argentina, Argentina, Argentina1?
Cambalache
La época que nos ha tocado vivir, es curiosa. Hasta hace un suspiro en tiempos históricos, las acusaciones por el enriquecimiento de una familia, las hacía la izquierda. Esa fue la semilla de la que surgió, a la vez que condenaba todo esfuerzo por enriquecerse, dentro o fuera de la legalidad, considerada igual de ilegítima.
Hoy la derecha ha tomado el relevo.
Tanto en Argentina como en España afloran los periodistas e incluso juristas críticos, con elementos progresistas que se presentan como revolucionarios, y que sin embargo ganaron suntuosas cantidades de dinero en diferentes áreas, cultura, empresa, tecnología, etc., Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, Javier Bardem, Polanco, Felipe González, el sorprendente incremento patrimonial de Irene Montero, o Pablo Iglesias, y un extenso etcétera. Hay que aclarar que un fenómeno que proviene de la Europa latina, mediterránea, donde no tuvo lugar la Reforma, donde se mantuvo como virtud. el estoicismo asceta, frente a la austeridad realista luterana. Nadie en Estados Unidos critica a Bill Gates, Mark Zuckerberg, Whoopie Goldberg o Bono por ser ricos, ni los capitalistas o revolucionarios alemanes hace casi dos siglos, se condenaron a Frederich Engels por extraer plusvalía de sus obreros para mantener a Karl Marx en sus construcción de la teoría comunista, ni entonces ni hoy.
Tal critica de sectores de derecha defensores de un sistema de clases, es curiosa, por un lado son fieles escuderos de monarquías, de los grupos económicos más poderosos, de los episodios más crueles y vergonzantes de la Historia protagonizados por los más ambiciosos conquistadores en todo el mundo, pero aún así, reconocen que lo impoluto, la pulcritud ética que supone el ser de izquierda, es incompatible con el grado de “putrefacción” que presupone, y ahí la sorpresa, el dedicarse a ganar dinero. Cosa con la que, debo admitir estoy al cien por ciento de acuerdo. De dicha razón provienen mis criticas a "Guarapo" y a sus jenízaros, que con tal acumulación demuestran que nunca fueron revolucionarios, mucho menos comunistas, todo se reducía al oportunismo, arribismo, la megalomanía, él como Erich Honecker, Ceaucescu, Ortega, Chávez y otros aspiradores a reyes, a emperadores, a dioses que usaron la inocencia de los oprimidos presentandose como sus liberadores.
Es tan curioso como de rabiosa actualidad, que de los defensores de las sociedad de clases, de la acumulación de dinero, de la explotación del prójimo, surja esta critica a acumular patrimonio.
Estos críticos de derecha dicen : "Si sois subyugados por los placeres que proporciona la riqueza material, no podéis continuar con vuestros discursos éticos de justicia social; por el contrario si queréis seguir haciendo uso de estos discursos, deberéis retornar a una vida humilde, alejada de los rezumos y efluvios endulzantes del vil metal"
En el fondo, tienen el mismo concepto sobre la acumulación de riqueza que el marxista más recalcitrante.
De ahí que parezca absurdo que la persecución a CFK en Argentina, sea emprendida por los sectores más identificados con el poder económico, jueces, periodistas y políticos afines a los Roca, Pérez Companc, Macri, Anchorena o Bunge y Born, los históricos acumuladores de riqueza, y que en lugar de perseguirla por lo que en realidad la detestan, alguna medida de contenido popular o el único inciso en el que fue rotunda como militante, el castigo a los terroristas de estado de la última dictadura militar, la persigan por haberse enriquecido, y sobre todo por hacerlo con presunta ilegalida ¡Pero si ese y no otro es leitmotiv de la derecha! Del mismo modo me causa asombro, aunque cada vez menos, que sean elementos de la desnatada izquierda actual, quienes defiendan el enriquecimiento desmedido, sea legal o no, como éticamente adecuado para un dirigente de sus huestes. En resumida cuenta, la derecha persigue el enriquecimiento y la izquierda lo defiende.
Más que un cambio, lo que ha habido es una inversión de paradigmas. Este es el Cambalache que anunciaba Santos Discépolo.
No estoy tan seguro de que perseguir a un presidente del propio país sea conveniente para los interesas finales de ese mismo país, aunque en todo caso, creo que un juicio no penal sino moral, de valores, tanto por enriquecimiento ilícito, como simplemente por enriquecimiento mientras a los militantes de izquierda eran torturados y lanzados al río, quienes deberían llevarlo a cabo en todo caso serían las fuerzas progresistas. De las que solo nos van quedando residuos extraviados o iconos convertidos en piezas museísticas, como Mujica.
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