europa aorta
Piedras a los leprosos
Un día triste en medio de tiempos tristes, con una guerra en Europa, en la parte que peores guerras ha padecido, una guerra de malos, sin buenos, de racistas, de intolerantes, de xenófobos, de dos estilos de nazis con diferente collar pero idéntico ladrido. Días de disminución de una devastadora pandemia para entrar a una guerra, y ver la zona en que decidí vivir y criar a mi hijo, convertida en la primera zona europea donde se le da cabida en el gobierno a la extrema derecha, tan terrorífica en toda Europa, y en especial en España, que ni siquiera hizo los deberes de condenar en el arco parlamentario al unísono, a su fascismo autóctono. En España donde aún dormitan decenas de miles de huesos de asesinados y desaparecidos, en zanjas improvisadas al borde de caminos, dormitan porque ni pueden despertar ni dormir para siempre, están en una especie de impasse sin lugar para los plácidos sueños de los muertos, hasta que no sean encontrados, homenajeados, despedidos y llorados como merecen, en Castilla y León donde además los actuales alcaldes se niegan a abrir las fosas comunes para aliviar en lo más básico y mínimo el dolor de los familiares cuyo pesar deambula como fantasmas por sus vidas.
Incluso el Partido Popular europeo reprende al español por dar cabida a los herederos de los asesinos de la carne, nunca del alma de aquellos somnolientos huesos. Como diría el poeta en su canto "son los mismos que en la Edad Media arrojaban piedras a los leprosos".
Un día gris entre días apagados, lúgubres, recubiertos de motas de ceniza fría ¿Es posible que les haya quedado un resto de maldad por destilar?
Habrá que levantar el ánimo como sea, porque no pueden ganar los que apuestan por el odio, los que siembran el desamor, sueñan con la represión y convierten el resplandor de la vida en una penumbra alargada, perpetua.
No a la Guerra y No a los desubicados
Hoy una persona desubicada, consiguió molestarme. Resulta que atacando mi pacifismo y condena a la invasión criminal de Putin, me espetó en mis redes sociales, que al no haber nacido en España, no puedo defender la paz, no puedo pretender que no haya guerra en este continente donde vivo con mi familia, mis hijos, amigos, parientes y tanta gente buena, como mala, igual que en todos los países y continentes, me trato subrepticiamente de cipayo porque dije que en realidad, a pesar de los belicistas , de la OTAN y de EEUU; Europa está haciendo muchos esfuerzos por la paz, todavía no ha tirado un tiro a un ruso, y eso me parecía lo cívico y correcto.
Empezando por la posición obtusa de que existe un pensamiento europeo, no que hay miles, acaso sea el continente donde haya existido mayor diversidad y cantidad de pensamientos consagrados, habida cuenta que casi todos los pensadores universales desde Grecia antigua, son de estos lares exceptuando a China, India y Japón, y luego ensanchando su discurso de profunda estulticia, me reclamó que debería opinar como "argentino" ¿perdón? ¿qué tamaña imbecilidad, aparte de insolencia, puede llegar a ser esa? ¿Existe un pensamiento monolítico argentino, el país de la grieta infinita? ¿O más bien esta persona está de acuerdo con los bombardeos criminales de Putin y busca todo subterfugio para, toda vez que queda horrible justificar semejante barbarie, hacerlo atacando a todo lo que significa su opuesto, llámese civilización, razonamiento, pensamiento, tolerancia, desarrollo, progreso, diversidad, paz?
Estoy leyendo y escuchando en estos días a varios que les sucede algo similar, ante la dificultad de apoyar los bombardeos, hacens como que les preocupa mucho el Dombass o los nazis que realmente dentro del ejército ucraniano existen y significan un grave problema, atacan a quienes admiran el valor de Zelensky y prefieren la cobardía de Putin. Pero no me había ocurrido que me atacasen a mi directamente con semejantes diatribas autoritarias de una elaboración intelectual propia de un puerco espín, y de la hostilidad denigratoria del alacrán del desierto.
Nada de eso me mueve de mis convicciones, tanto aquí, como en Tanganica, en Cuba, en Paris, en el Congo Belga o en Tailandia, soy ciudadano, campesino, marinero, del mundo entero, de allí donde caiga y haya una sonrisa o alguien cuyo dolor o soledad necesite esa sonrisa. Pido que los asuntos, sean de la grevedad que parezcan ser, se resuelvan con mayor o menor pericia, pero siempre dentro de los contornos y el contexto de la paz.
No existen las medias tintas en este terreno, si se está con la paz, la concordia, el desarrollo, el bien, la justicia y los derechos humanos, se está siempre, no se apoyas a un tirano y a otro se lo condena, eso es peor que el propio tirano, que asume su condición.
No son verdaderos los pacifistas contra los fusilamientos de Guarapo pero a su vez apoyan las bombas a Irak o a Afganistán, ni existen los progresistas que condenan las bombas a iraquíes pero apoyan abierta, o soterradamente, las mismas bombas a niños ucranianos. Yo condeno y condené siempre, de palabra y de hecho, todas las guerras y todas las violencias; estas personas solo condenan la mitad.
Pido por favor, que cualquiera con esos mismos arrestos y problemas de identidad y estabilidad emocional, se abstenga de pasear su amargura por mis dependencias e inmediaciones.
Igualdad
Hasta la revolución industrial lo que después pasó a ser machismo, o sea una serie de privilegios exclusivos para los hombres, era el equilibrio normal y natural, consensuado entre hombres y mujeres. Ellos salían a trabajar, a cazar, a pelear, y ellas se quedaban cuidando la casa, las criaturas, y manteniendo el fuego encendido.
Lo fálico y lo uterino, distribución natural.
La revolución industrial trajo consigo para los hombres que trabajaban en las fábricas, en los bancos, en las nuevas formas de comercio, una nueva disposición de su jornada laboral, esfuerzo limite pero menos horas de trabajo. De tal manera que el hombre empezó a salir a horas muy tempranas algunos regresaban a casa, mientras a la mujer todavía le quedaba media jornada, y otros se quedaban en los bares y pubs que conocieron su proliferación en esta época. Ahí comenzó el desbalance y fue cuando la mujer se vio absolutamente desfavorecida por el reparto de cargas, y entonces, en el mismo instante comenzaron las reivindicaciones femeninas, todavía no entendidas como feministas pero en esa senda, la mitad de la humanidad no se iba a quedar de brazos cruzados. Si se hubiese producido en el año mil A.C. ya habría lucha feminista desde hace tres mil años. Pero solo ocurrió donde se produjo la industrialización capitalista. Inglaterra, Francia y Estados Unidos a la cabeza.
Lo cierto es que para el común de los hombres que ni eran nobles, ni burgueses, ni jerarcas, el machismo continuó siendo un yugo, una carga insoportable, tener que morir en el tajo, en la mina, en el mar, en la construcción y si no, con toda seguridad, en una de esas guerras que siempre han salpicado nuestra cotidianeidad con especias malthusianista. Pero le quedaba el aliciente, además de la exclusividad de la gestión de los emolumentos por el trabajo que ya suponía un privilegio intolerable, la novedad que lo cambió todo: el tiempo libre.
En mi época de niño, dentro de mi familia, mi madre trabajaba fuera de casa las mismas horas que mi padre, ambos barrían, cocinaban y trapeaban el suelo por igual, o sea, nada. Porque estaba mi abuela materna, una mujer, para acometer las tareas de barrer, cocinar, lavar, planchar, despertarnos y vestirnos para ir al colegio. Mi abuela paterna había sido una feminista empírica desde la más tierna edad, a principio del siglo XX vestía pantalones, fumaba, se cortaba el pelo a lo garçon, montaba a caballo con las piernas a los lados de la grupa, discutía de filosofía y política, disparaba mejor que casi todos los hombres y nadaba mejor que todos. Pero en su casa cocinaban, barrían y hacían las camas, mujeres trabajadoras del hogar.
El recuerdo más insistente que tengo de la toxicidad del machismo, viene de cuando era adolescente, yo no quería cumplir años. Vivíamos en Cuba, mi padre ya estaba preso en Argentina, y todo lo que me rodeaba eran historias de valientes que entregaban su vida a la revolución, a la punta de la picana eléctrica, brindaban la piel, los ojos, los testículos a las tenazas de los torturadores. Todo hombre de verdad en la vida cotidiana cubana debía fajarse con cualquiera que lo retase, ya fuese uno o una pandilla, pero esto se incrementaba en el entorno de los familiares de guerrilleros, muertos o presos, ahí un adolescente que se convertía en hombre, si lo quería ser de verdad frente a la mirada inquisidora y condenatoria de su padre y de su madre, debía ir al país donde yacía tras las rejas o bajo tierra su pariente, y batirse a muerte con el enemigo.
Eso me taladraba la cabeza cuando me la sostenía la almohada "uh, ya tengo catorce años, a mi edad San Martín era teniente luchando contra los franceses, el año que viene con quince, aterrorizado o no, tengo que dar un paso al frente para ir a mostrar el rabo y los huevos en Argentina" pero aun acostado en la cama, las piernas me temblaban, las rodillas se aflojaban como si fuesen a dejar huir a la tibia y al peroné.
Como si hubiese una trinchera y los contrincantes estuviesen situados a un lado y otro. Aun siendo así yo no deseaba la violencia, la sangre, el dolor, la muerte, para nadie, ni la del enemigo, ni la de mi gente y mucho menos la mía. Cada vez que iba al dentista, pensaba que si el torno me aterraba, ¿como iba a aguantar más de un minuto en una sala de tortura?
No iba en camino de ser un hombre de verdad.
Era un púber, pero el terror de las noches, la culpa por ser tan cagón y no poder ir a liberar a mi viejo, ni entonces, ni en un año más, ni un milenio de sal y fuego o de merengue y cacona, dejaban claro que podría ser cualquier cosa, menos uno de esos valientes de verdad que exigía ese machismo patriarcal.
Hoy ningún niño tiene que sentir vergüenza de no tener valor para ser guerrero. Ni ninguna madre o padre los humilla llamandoles cobardes si en vez de pelear con quien lo insulta, se agarran a al pantalón o a la falda. O al menos eso debería desprenderse de este tiempo de igualdad. Hoy los novios no tienen que acompañar a las novias la casa, sino que se alternan y cada uno va solo a su casa. Yo tuve muchas novias más valientes que yo, y siempre me preguntaba porque debía acompañarlas yo a ellas y volver solo por esas calles plagadas de fantasmas negros agazapados en cada esquina con una navaja. Los machistas no salen a pelear con hombres que abusan de mujeres, porque eso era ser macho, no pegarle a la mujer sino fajar a quien les pegaba, hoy se llama a la policía, nadie se expone a golpes innecesarios. Hoy un hombre debería poder decirle a su esposa, tú eres más valiente que yo cariño, ve tú a la guerra que yo me quedo cuidando a los niños. Hoy una mujer debería decirle a un hombre, deja, quédate en casa, yo voy al barco pesquero a hacer la campaña del bonito en el mar del norte por ti, o "quita, dame el alquitrán que yo voy a asfaltar la carretera", o a poner ladrillos en el piso treinta y dos bajo nieve, lluvia o sol de justicia.
Los callos en las manos eran cosas de hombres.
Pero lo cierto es que esa parte todavía no se ha andado, ni siquiera una pizca. Tampoco se ven congresos ni manifestaciones para reivindicar la paridad en esos trabajos tan denigrantes y peligrosos, tan machistas como que solo los hombres sean ministros y directores, mientras todo esfuerzo de paridad se ha centrado en ese segundo caso, que solo ha gozado el 0,01% de los hombres a lo largo de la Historia. Toda moneda presenta dos caras, todo recho comporta un deber o un sacrificio.
Las mujeres y los hombres debemos exigir el cumplimiento integro de la igualdad de todas las personas. Los ex machos quieren llorar, quieren tomar té con los amigos en horas de trabajo, quieren ser los viudos de las guerras o de los tajos mortales. Merecen ese descanso. Carlos Fuentes, hablando de la censura en los países del bloque socialista, decía que los logros conseguidos en las democracias burguesas, en ningun caso deben retrotraerse en la construcción del socialismo. Tampoco el feminismo debe consumir las energías de toda su historia de lucha, en alcanzar objetivos elitistas, clasistas, que solo beneficien a un escasísimo número de mujeres, para compartir con la jerarquía social masculina, sus códigos y mecanismos de explotación de los más desgraciados y desgraciadas.
La nueva masculinidad que debe abordarse en los canales por donde fluye el deseo sexual, la expresión de la testosterona en el plano del apareamiento, también debería modificarse frente a los trabajos de riesgo, tóxicos, o violentos.
O acaso lo mejor sea trabajar para conseguir una sociedad, en la que nadie más, ni hombres ni mujeres, baje a las entrañas de la tierra a extraer minerales, ni luche contra marejadas, olas, mal tiempo para dar muerte a preciados peces en alta mar, ni nunca más tenga que ir nadie, de ningún género, a morir o matar a la guerra.
Y por supuesto, aunque debamos vivir en chozas, que nadie más ponga ladrillos en el piso treinta y dos bajo nieve, lluvia o sol de justicia.
Telescopio de Guerra Fría
El hecho de que este último, sea un bombardeo e invasión imperialista de un imperialismo que antiguamente era la madre patria comunista, tiene confundido a todo el personal, al más pintado, en Cuba apoyan a Putin, un magnate mafioso hipercapitalista, porque alguna vez fue del KGB, y porque ahora mantiene relación comercial con Cuba y Venezuela, aunque también con Trump, Bolsonaro, Orban, Marie LePen, y lo peor de cada casa, y por esta misma razón los extremistas de derecha le llamaban amigo, antes de estos últimos episodios. La confusión es que en Europa aún le llaman comunista y los demócratas estadounidenses también. es una locura total, nadie piensa por cabeza propia, nadie se detiene a hacer una pizca de memoria y recordar que, Bush, Aznar, Chirac, Schroeder, Blair y Juan Carlos de Borbón matando osos que emborrachaba Putin, endiosaron y engordaron al ególatra ruso.
Y sí, la oligarquía rusa proviene de jerarcas del partido y la KGB, mafiosos, ex represores, pero sería hipócrita asombrarse desde países donde la aristocracia proviene de esclavistas terribles, asesinos de millones de africanos, de indígenas, de asiáticos, y la gran empresa actual reforzadas en sus respectivos fascismos, como en el caso de buena parte de la gran patronal de España.
En definitiva, este ataque imperialista de Putin a un país también colmado de corrupción y elementos neofascistas, con gobiernos represores, homófonos, racistas, en ambos casos, tiene confundido a todo aquel que observa la realidad desde el prisma que le fue instalado en la guerra fría.
Es solo separarse un poco del telescopio y mirar la realidad con ambos ojos a ciento ochenta grados, para percatarse de que ni Putin es comunista, ni Ucrania un paraíso cívico, ni Europa y EEUU fuman la pipa de la paz.
¿Putin el Terrible o el Grande?
Rusia pagaba tributo al sultán de Turquía hasta Pedro el Grande, que la occidentalizó. Sus aspiraciones imperiales, iniciadas por Iván el Terrible, hicieron que la llegasen a llamar la Tercera Roma. A lo largo de su historia fue invadida muchas veces, lo cual dejó un recelo de su pueblo impreso en el ADN frente a todo lo extranjero. Y estas dos características identitarias tan opuestas, unidas, son lo que lo hacen un fenómeno tan raro y único.
Un dato al dorso que pone de relieve esa atracción/desconfianza de Rusia con lo extranjero: la palabra Zar viene de César.
Fue imperio antes que nación; no en tiempos de la URSS sino hoy, hay 99 nacionalidades distintas, en un mismo estado. El soldado ruso es el más inexpugnable e invencible en defensa de su tierra, y por el contrario, uno de los más desmoralizados en ataques a tierras ajenas.
Es un país de Historia riquísima y de gente resistente, profunda, con silencios gélidos o canciones populares nostálgicas, preciosamente bellas. País de grandes artistas, escritores, músicos, bailarines, ajedrecistas, y de un carácter tan amable como impenetrable.
La Historia de la URSS fue la concreión del siglo XIX y marcó las grandes utopías y enromes decepciones del siglo XX. Fue la patria de grandes marxistas como Lenin y Trotsky, pero en realidad fue la tierra donde nació el anarquismo del espíritu de Bakunin y Kropotkin. Pero esta es una historia muy conocida, bajo los diferentes prismas que corresponden a cada sensibilidad ideológica.
Putin se alza con el poder tras un concienzudo acercamiento a Boris Yeltsin, quien lo recibe en su círculo íntimo en gratitud a que Vladimir estuvo detrás de la publicación de unas imágenes comprometidas con dos mujeres en un catre, de un fiscal que iniciaba un juicio contra el entonces presidente ruso, provocando la dimisión del fiscal.
El día que Putin ganó las elecciones, Yeltsin marcó varias veces su teléfono para felicitarlo por el resultado, y su flamante relevo, no atendió ni una sola vez. Nunca volvió a hablarle. Putin, que había estado destinado en Dresde Alemania, vigilando a los delegados soviéticos, había aprendido, en la médula espinal del espionaje, su rasgo más característico que le serviría para todo su largo, espinoso y complejo camino a lo más granado del poder: su obsesiva desconfianza de todo y de todos.
Los primeros años de su gobierno fueron plácidos, se llenaba de amor popular, visitaba barrios, dachas, pueblos, fábricas. Putin moldeó con dedicación el amor de su pueblo en aquellos años, luego fue alejándose más de las masas, cambió de amigos, de esposa, de aliados. José María Aznar era tan admirador suyo que decía “No se puede construir Europa a espaldas de Putin, y mucho menos contra Putin”, el entonces rey de España Juan Carlos de Borbón lo visitaba con suma frecuencia para tratar asuntos de negocios personales, solía ir acompañado de su amante Corinna Larssen. En los dominios de Putin tenía toda la libertad de matar cuanto animal se terciase, así fue que dio caza a un oso que previamente le prepararon para que no fallase el tiro, emborrachando al pobre bicho con miel y vodka previo a soltarlo en su línea de tiro.
El presidente de la República Francesa Chirac, fue como un padrino para Putin, le enseñaba todos los entresijos del poder, le indicaba las tretas, como manipular a Europa, las cortinas donde podía esconderse la daga, en tiempos en que todos en el mundo querían una foto con el presidente ruso. Chirac, Blair, Aznar, Schroeder, abrieron los brazos a los magnates rusos surgidos de las sangrientas guerras mafiosas de los años noventa post caída de la Unión Soviética. Putin supo aprovechar todos esos conocimientos y toda esa obsecuencia, colocó el gas ruso en Europa, de manera tal que el 40% del gas consumido en el viejo continente es ruso, un gol estratégico de dimensiones trascendentales, como hoy podemos apreciar.
George Bush hijo se vanaglorió de tenerlo como amigo cercano. De las pocas veces que se tiene registro audiovisual de Putin disipado con mandatarios extranjeros es en fiestas con el buen bebedor de Bush. Depardieu prefería la nacionalidad rusa al albergue de Putin y con su privilegiada amistad, como Steven Seagal le juraba lealtad casi militar. Existía un atractivo en el mundo pro entregarse a ese mandatario que sabía manejar el poder de una nación en la que toda la Historia hubo que desconfiar, pero que ahora era más capitalista que Adam Smith, que favorecía los intereses del capital casi de manera tan absoluta y con una desprotección para los trabajadores, como en el nacimiento del capitalismo en Birmingham y Liverpool. Era el Cecil Rhodes de Rusia, era un tesoro, y además esa personalidad enigmática tan rusa aportaba un punto de esnobismo excéntrico del que nadie con influencia, quería quedar fuera.
Putin no permitió ninguna sombra que pudiese cubrir del todo su figura, se sirvió de diferentes tácticas, desde el desprestigio, al envenenamiento, tan típico de las instancias jerárquicas superiores en la historia de Rusia y la URSS. Aplicó técnicas de Stalin aggiornadas a los tiempos de la globalización pero manteniendo la esencia, para erradicar amenazas a su poder o a su popularidad.
El nivel de aceptación de Putin, teniendo en cuenta que el espíritu ruso admite de buena gana a una personalidad fuerte que los dirija con firmeza autoritaria, algo similar a nuestros caudillos, pude apreciarlo de cerca, hablando con moscovitas en aquella ciudad, estando de visita unas semanas en casa de mi buen amigo Slava, quien habiendo huido de la URSS por tierra para llegar a Viena, donde vivió décadas y se hizo un fotógrafo de prestigio, regresó a su Rusia natal, porque, con Putin se vivía muy bien, casi no pagaba impuestos comparado con la carga impositiva austríaca, según decía. Las tiendas vendían camisetas celebrando a su líder, ninguna criticándola. En Rusia existe una enorme libertad de mercado, sin embargo, las libertades democráticas, tal como se concibe hoy en las democracias consolidadas, están sesgadas, la crítica a Putin es perseguida, quizás no de forma explícita pero tampoco subrepticia. Rusia no desarrolló otra cosa que armamento y el gas, pero no sedujo al mundo como debe hacer un imperio, al contrario que China, quien ha introducido tantos elementos domésticos en nuestra vida cotidiana que a veces pareciera ser que viviésemos en una especie de China occidental.
En tiempos de la URSS en Cuba, cualquiera fuese el nível de desarrrollo de la sociedad, era parejo, se veían tantos ingenieros de las repúblicas soviéticas asiáticas como las europeas, en la actualidad las personas de estas repúblicas asiáticas son los encargados de realizar los trabajos duros, son quienes pueblan los barrios pobres, donde abunda el alcoholismo y la delincuencia por la falta de oportunidades.
El monstruo que hoy ruge y muerde, fue acariciado, festejado, tolerado y alimentado por el propio occidente al que él, como buen cultor de la tradición rusa, acusa de no quererlo lo suficiente, y que este a su vez, hoy reniega del impertérrito eslavo.
En medio de toda esta canalización del despertar de un sueño húmedo, queda atrapada Ucrania, la tierra del Holodomor, de Chernóbil, del Babi Yar, la matanza nazi, de Nikita Jruschev, del famoso baile típico. Mucho me temo que la gran preocupación que hoy muestra el mundo occidental por la suerte del pueblo ucraniano desaparecerá en tanto, y si Putin sufre y acepta una derrota que devuelva la nacionalidad a Depardieu, la guitarra a Seagal, y los mismos chistes que en su momento devolvió el Gadafi a todos los líderes occidentales.
Inglaterra Superstar
Hasta que tuvo lugar el Brexit solía ir seguido a las islas del reino unido y a la Irlanda independiente. Digamos sin alardear que son tierras que anduve de punta a cabo de arriba a abajo y de este a oeste.
Es cierto que Inglaterra dominó con mano dura a Gales, Irlanda y Escocia, como Roma a toda Europa, España y Portugal a América o también Inglaterra al popio norte de América. Pero también es cierto que sin los ingleses, galeses, irlandeses y escoceses serían unos exóticos indígenas pelirrojos en polleras o taparrabos resistentes el frío, Déjenme de joder, los irlandeses pudieron emigrar a Estados Unidos por hablar inglés y ser ciudadanos británicos, como los otros dos.
Joyce, Yeats, Wilde y Beckett escribían en inglés y fueron y son admirados y leídos en el mundo entero gracias a todos esos barcos llenos de cañones que dominaron todas esas tierras salvajes del globo, que con razón hoy exigimos que se les pida perdón por el pillaje, pero no conozco a nadie que pida la vuelta a las cuevas y chozas previas. Si hubiesen escrito con carbón en una piedra como los vikingos escribían sus letras rúnicas, en galés, gaélico o esas lenguas primitivas, no los habría conocido ni el tato, los ubicaría a duras penas el O'tatynn o el MacTatuun.
Nadie sabría ni le importaría si el whisky en su modalidad de whiskey se inventó en Irlanda o sale de los ríos marrones de la bella Escocia porque se habría difundido menos que la sopa maorí.
E incluso a nadie le importaría un pepino la vida de William Wallace en su choza gaélica, la de Michael Collins o mi propio antepasado Patrick Lynch and Blake, si no se hubiesen enfrentado a la hegemonía inglesa por esa libertad a medias, patrocinada por el ladrillo a la vista. Quizás el más independiente de los tres sea Gales, sin armar tanto lío, porque realmente son diferentes, tanto en esas casitas de Cardiff o los deportes identitario de levantar piedras y troncos desde la costa de Swansea hasta Pembroke, todo ese verde y esas hortensias que de tan refulgentes, hacen pie ancho en las pupilas.
Hoy en día está muy bien visto dentro del reino unido, realzar características escocesas, irlandesas o galesas, pero es políticamente poco correcto hablar de algo muy inglés como algo positivo, solo se puede enunciar como critica.
Así como fue injusta toda la esclavitud hispana-portuguesa-británica, en su caso desde Liverpool, y como fue injusta la explotación de los primeros proletarios desde Manchester a Birmingham, o las ordenes de represión desde Londres y Canterbury al resto de esclavos y sometidos del mundo, lo es una exagerada condena al indiscutible aporte de ese pequeño país al resto de todo el el orbe, cuando menos en materia de ciencia, arte, arquitectura, navegación, buen gusto, literatura, y por favor: casi todos los deportes.
Casi todos los que lloriquean por las esquinas, no hicieron más que aprovecharse de las conquistas de los muy avaros y bien capaces ingleses.
El Bernesga
Lo que más le gustaba de León es como usan el diminutivo, una bolsita es una “bolsina” y el vuelto de un billete son “las vueltinas”, y cuando lo escuchó por primera vez fue cuando alquiló una casina en un pueblo del Torío. En este diminutivo se basaba para decir que León era mucho antes astur que castellana, aunque los asturianos usan el mismo diminutivo más en masculino y León en femenino. Después fue observando que en el norte de la provincia estaba desapareciendo una lengua autóctona que era muy similar al bable, además del uso de hórreos con pies de madera al estilo asturiano en vez de los de piedra íntegros, típicos de Galicia, que sin embargo sí tienen lugar en la parte noroeste de la provincia de León, en el Bierzo. Pero bueno el Bierzo es mucho Bierzo como para llamarle León, ni siquiera Galicia, ellos son ellos, como cada uno de nosotros lo somos aunque estemos a veces perdidos, mezclados, entrelazados con la influencia de otros que han ejercido influjo más que seducción, pero los bercianos tienen claro que son verdes, caminantes y mineros. Que hacen buen vino y preparan buen café.
Ella llegó desde Melbourne, a donde habían ido a parar sus antepasados ingleses díscolos con las buenas costumbres que pretendía la corona en tierras británicas. Se había casado siendo jovencita con un hombre mayor, que tenía unas hectáreas de tierras en un campo que aunque no llegaba a ser árido, le costaba mucho mantener bajo la línea de flotación de su tierra, los brotes de hierba tiernos, donde intentaba hacer crecer y engordar unas vacas Hereford de cabeza blanca como si estuviese en el Yorkshire.
Primero pasó un tiempo en Gijón, le encantaba el mar, lo había disfrutado de pequeña, pero luego se mudó tierra adentro, cerca de la ciudad de Victoria, y aunque era relativamente cerca de Melbourne, entre una cosa y la otra nunca volvió a ver el mar, hasta que después de divorciarse regresó a su ciudad natal, donde su padre y madre habían dimitido hacerse cargo de su crianza dejándola al cuidado de una tía por parte de madre, dedicándose a tiempo completo al alcohol y, al inicio a las malas compañías, para terminar completamente solos, cada uno por su lado, perdidos en los laberintos a los que lleva la panacea de la curda, la gloria del pedo olímpico. Intrincada y penosa, peor auténtica en cada personal, abismal, desértica, atronadora, tenebrosa, cegadora, ardiente o fría como el metal de la última hora, de la última cortina.
Por eso le gustaba Gijón, y ese diminutivo en masculino, “culín” de sidra, el vecino “Pepín” y sus perrines. Por eso se quedó sin saber bien que buscaba. Ella se había ido del dolor que le ocasionaban una y otra vez los suyos, sin falta, pero no era exactamente una huida, una fugitiva, era más bien una hoja o una rama desprendida, se había colmado de pesares, de hollín, de nidos de pájaros pesados, de frutos indeseados y un día se partió y se soltó del árbol, hasta ese momento fue frágil pero la liviandad la hizo fuerte, bailó con el viento y no paró de moverse. Hasta el día en que se detuvo frente al mar de Gijón y pensó que era hora de retomar un viaje al centro de la tierra, en horizontal, por eso se internó en Asturias, donde unas vacas Hereford se habrían criado comiendo incluso lo que sobresalía de las carreteras y de las bocas de los túneles, del verde que sale hasta debajo de las uñas, siguió caminando con su mochila y su tarjeta de crédito hasta que se perdió de vista entre las nubes, y sólo ella veía sus pies ascendiendo hasta que la ladera de la montaña, ya gris, fría, ya viril, hosca, se aterciopelase nuevamente en un verde gentil del otro lado, en la ladera opuesta.
Pero aunque en un punto de ascenso, nieve, frío y viento se avistó el descenso como la esperanza de una nueva Victoria y de la repetición de una boda anodina, con mucha comida y hectolitros de alcohol pero pocos invitados interesantes, no volvió a ver las hortensias saliendo de entre unas inmensas hojas verdes henchidas de clorofila a reventar, sino que veía en su bajada montoncitos de pasto pro aquí y otros montículos por allá, donde casi seguro se debían esconder los bichos que la esperarían, aunque sabía que en España no debía temer a víboras ni a escorpiones, lagartos y arañas de mordida venenosa. Y siguió bajando por la ladera de la montaña gris, camino sobre piedra, flanqueada de águilas y milanos, miradas torvas, una economía en la amabilidad que casi era hostil a no ser por las miradas, siempre cordiales de la poca gente que se encuentra en la montaña.
Durmió en algunos albergues y hostales de los pueblos en camino a la ciudad, hasta que las pocas pero seguras luces de León se hicieron presentes iluminando a su señora absoluta, esa catedral gótica comenzada a construir cuando, al cabo de un periplo muy similar al suyo, habían arribado a aquel Páramo sobre el año 900, ya templado tiempo atrás por romanos rudos, ahí, erguida, la Pulchra Leonina, alzada con orgullo pero piadosa, como una abuela.
Entró a una tienda de embutidos y quesos, compró un cacho de salchichón y una barra de pan de verdad, y la dependienta le preguntó ¿bolsina? Sonrió al escuchar el diminutivo, se armó unos bocadillos y se fue a la orilla del Bernesga a comerlos, tras lo cual se metió al agua, la profundidad del río le impediría morir ahogada, pero su temperatura podría matarla de hipotermia antes de repetir la boda, de sacarse las ganas de hacer el amor como se le antojase, encima, de costado, debajo, siendo lamida, lamiendo, besando, gimiendo, fingiendo, gritando o arañando a Baco por no enseñarle también a ella, como a sus padres, el tono preciso en las plegarias para ser atendida por el hada de la displicencia.
El amor volvió a su entrepierna, pero esta vez no le volverían a quitar una sonrisa, ni siquiera le provocarían el escozor que produce el soslayo de una mala mirada. Ella no enfundaría el hierro en la carne tibia una y otra vez con frenesí nunca más. Todo lo que ahora tocase a su puerta debía aprender a desprenderse del tronco, de la rama, de la flor.
Santos, Villadangos y Carmen.
Acaso por portar este patronímico de origen alavés pero de mayor arraigo entre asados y mates, Guevara, es que desde pequeño convivo con historias que tuvieron lugar tras el golpe de estado a la República Española, y sobre varios de sus sobrevivientes exiliados en Altagracia, provincia de la Córdoba argentina, auxiliados en principio por, entre otros, mis abuelos Ernesto y Celia. Alberti, Manuel de Falla, o los González Aguilar, quienes llegaron hasta mis días como parientes, primos y tíos. Juan González-Aguilar tras un periplo durísimo que incluyó un campo de concentración en Francia, consiguió exiliarse en Argentina, sus hijos crecieron casi como hermanos de mis tíos, Pepe era intimo de Ernesto, Carmen de Celia, Paco de Roberto. Los hermanos de Juan habían formado un cuarteto de laúdes llamado "Cuarteto Aguilar" que en su momento recorrieron Europa y América deleitando oídos con acordes medievales. También tuvieron que dejar España.
Cuarenta años más tarde, llegó la dictadura militar a Argentina, en 1976, y Soledad, una hija de Carmen que militaba en una organización revolucionaria, fue secuestrada, brutalmente torturada y asesinada, mientras su hermano Juan, fue a prisión formando parte de los diez mil presos políticos reconocidos por la Cruz Roja Internacional, entre los cuales estaba también mi padre, el pequeño Juan, en el momento de su caída, contaba con diecisiete años. Carmen volvió a exiliarse, en esa ocasión al país que la vio nacer e irse siendo una niña. Hasta que en 1982, mi tía Celia, Carmen y otros familiares de presos políticos argentinos, decidieron ir a visitar a sus hermanos e hijos, movieron cielo y tierra a nivel internacional y nacional para poder entrar a la Argentina y poder viajar a Rawson en el frío sur argentino, para entrar hasta la sala de visitas, vigiladas por los servicios de inteligencia.
Eran leonas, de ahí el rugido.
Tras ocho años de prisión mi padre tuvo una visita, la de su hermana carnal y su otra medio hermana "gallega", que visitaba a su hijo Juan, que a esa altura, ya no era adolescente, había crecido a guantazos y terror. Victor Hugo decía en Los Miserables, que el penúltimo peldaño en la especie humana era el preso, y un poco más abajo, el último, era el que cuidaba al preso.
Hace unos pocos años fui a Barcelona con mi hijo menor, quería que conociese a Carmen, una parte vital de la Historia contemporánea de España y Argentina, estuvimos charlando mucho y ella seguía diciendo lo que llevaba décadas asegurando, "todavía tenemos a Franco gobernando". Nosotros seguimos camino a Francia, y a los pocos días me informaron de la partida de Carmen González Aguilar a sus noventa años sin ver, según ella, la muerte de Franco.
A partir de este 24 de febrero, una nieta y una biznieta de Santos Francisco Díaz, un represaliado, asesinado y desaparecido, podrían tener la extraña sensación de encontrar al fin los restos de su antepasado antifascista, a más de cuarenta años de establecida la democracia y de reiteradas negativas, silencio, omertá, que tanto las autoridades nacionales, como regionales, iglesia y vecinos, han impuesto para encubrir los más execrables crímenes de la pasada dictadura.
Los huesos de más de ochenta "paseados" por el franquismo, eufemismo para el vil asesinato, se encuentran en una fosa común en el cementerio de Villadangos del Páramo, provincia de León, donde hasta pocos meses, el alcalde con la triste aprobación de la mayoría de sus vecinos, negaron en votación la posibilidad de darles entierro con los homenajes merecidos y el obsequio de una demasiada póstuma lágrima, quizás mezclada con un suspiro de alivio, con una mueca que entrelaza el dolor con la sonrisa final, o inicial.
Una vez que no hubo ninguna justicia para condenar estos crímenes, ni una condena unánime en el Congreso, ni una retirada de medallas a los asesinos que las cometieron.
Hace un tiempo, alquilé una "casina" precisamente en ese pueblo durante casi un año, antes de trasladarme con mi familia desde Madrid a vivir en León. Recuerdo que los vecinos me miraban con gesto hosco cuando el domingo, en vez de caminar hacia la iglesia para asistir a misa, me iba a tirar pelotas al aro de baloncesto. Aunque me causó repulsión, no me sorprendió en absoluto cuando supe sobre la votación de la asociación de vecinos.
Yo también asistiré a la excavación, así llevo a Carmen, a Juan, a Pepe, a mis tíos a mi viejo, y les digo en voz baja, que a lo mejor ya empieza a clarear.
Whoopi Goldberg
Whoopi Goldberg no carece del todo de razón, al afirmar que el Holocausto fue la crueldad del ser humano contra el ser humano, es indiscutible; pero yerra diciendo que no fue una cuestión de razas.
Existe, de modo subrepticio, una pugna por el relato entre los lobbies judío y afroamericano, por ver quien fue objeto de mayor crueldad e injusticia. Muchos afroamericanos, ante la evidente cuestión de razas que hubo en la esclavitud que envolvía toda suerte de crímenes durante más de 300 años, afirman que los judíos no eran diferentes en color de piel a los alemanes, como sus antepasados africanos lo eran de ingleses, españoles holandeses y portugueses.
Los nazis humillaron, encarcelaron y masacraron a los judíos, porque en realidad no los consideraban inferiores, sino peligrosamente superiores. Ellos ya tenían sobradas evidencias en los más granado de la genialidad teutona, Marx, Freud, Einstein, Zweig, y otros judíos influyentes de menor renombre.
Los nazis inseminaron en el hipotálamo de la población el mensaje de que era una raza inferior, que, contradictoriamente, se quedaba con las riquezas materiales, culturales e identitarias, por medio de ardides tan inteligentes, que ningún alemán superior era capaz de detectar.
Estaban dispuestos a eliminar a todo el pueblo judío.
Durante los largos siglos que les precedieron esto fue una moneda corriente, aunque en menor dimensión. En toda Europa, desde Ucrania hasta España, cada tanto el poder giraba a las masas contra los habitantes de las juderías, a donde acudían henchidos de rabia a pasarlos a cuchillo. Tras estos pogromos, las deudas con los prestamistas quedaban saldadas, Tras estos pogromos, las deudas quedaban saldadas, y la rabia de los siervos calmada, aunque no con la sangre de los culpables de sus males.
Negocio redondo.
Cómo debió haber sido de brutal, que en la preciosa y muy cívica ciudad de León, salir en época de Semana Santa a tomar unas "limonadas" (una especie de sangría, no confundir con jugo de limón) aún hoy en nuestros días, se denomina: "salir a matar judíos".
A los africanos nunca se los consideró superiores en nada que no fuese exclusivamente físico, precisamente lo que se intentaba desvirtuar de los judíos.
Whoopi, sucumbe a esa comparación del pueblo judío con el afroamericano, en América, donde si bien la extrema derecha de hoy y de siempre odia al semita a muerte, no pasaron por las penurias que los esclavos durante más de trescientos años. Pero el problema judío hay que estudiarlo en Europa, donde entonces sí se encuentra, que aunque no fueron esclavos, durante dos mil años padecieron todo tipo de persecusiones y de asesinatos en masa.
Lo cierto es que ambos fenómenos fueron lo más triste y menos edificante de la especie humana. Si nos visitase un poder extraterrestre sopesando la idea de establecerse entre nosotros, miraría estos dos hechos históricos con recelo.
Y no les faltaría razón, porque donde hubo dos suele haber tres.
Versalles
Cuando uno pisa Versalles, entiende toda la Historia contemporánea.
La sensación de derroche de riqueza, de poder, era un millón de veces mayor que lo que sería vivir hoy ahí con los mismos sirvientes e idéntico poder. Cada comodidad para unos de aquel tiempo, provenía de un chorro de sudor y sangre de otros, en esa época previa a la industria, al pop, al jazz, al automóvil, al tren y al avión; previo al fenómeno del juglar, bufón o gladiador multimillonario haciendo reír, bailar, o gritar de emoción en un estadio, a un auditórium con infinitamente menos recursos y fama, invirtiendo la ecuación histórica.
María Antonieta decidió vivir en el edificio Trianón que se encuentra en medio de los desmesurados jardines, consideraba esa preciosa mansión como una casita más íntima, más parecido a los aposentos vieneses a que estaba habituada, no le faltaba razón al compararlo con la deslumbrante pero también descorazonadora y helada dimensión y exhibición de riqueza del palacio central. Ella imaginaba que sería considerada una reina humilde por habitar el Trianón, y aunque era cierto que ni por asomo se acercaba a los delirios de grandeza de sus pares franceses, lo cierto es que mientras vivían en este decorado, el último y más impresionante para aristócratas y desesperante para harapientos, los hambrientos, a duras penas sólo su sed llegaban a calmar. Pero no del todo.
El día en que María Antonieta se quedó sorprendida y petrificada con la noticia que seis mil mujeres habían entrado al palacio exigiendo pan, no entendió las causas, nunca había visto con sus ojos todo el dolor que causaba el alcance de cada uno de sus desesperantes minutos. Buscaba una conexión con la ecología y el alma en una granja reluciente que se hizo montar en un ala del jardín, lo cual ofendía a los campesinos que morían de hambre a pocos kilómetros de aquel paraíso de elixires demoníacos. Leía a Rousseau, creía tener una sensibilidad especial, que la hacía la reina más amada hasta por el más pobre de los franceses. Preguntó:
¿Para qué quieren pan?
Los poderosos del mundo, hoy mucho más inadvertidos que María Antonieta, más desapercibidos que su esposo Luis, sin embargo han ido descuidando las precauciones incorporadas tras el gran susto universal de 1793 para abusadores de toda calaña, construyen burbujas en el aire, gastan lo que daría de comer a un país entero por una semana, para hacer un viaje de media hora al espacio, Compran y compran y compran, edificios mucho menos suntuosos que Versalles, pero cientos, miles, millones de ellos y se ríen y bailan en sus festines con sus putas y su cocaína de la mejor calidad, pero llevan en el ADN, aunque cada vez más diluido, el recuerdo reverberante de aquellas seis mil mujeres pidiendo pan y del golpe seco de la guillotina contra la madera una vez desprendida la cabeza y su sonido seco, crujiente, apagado, al caer al fondo del canasto.
Disfruten de la mezquindad de la era digital, pero sean cautos, no se pasen, porque los sedientos de hoy, también pueden hallar reminiscencias de aquellos que apagaron su sed en la plaza de la Concordia.
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