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21 septiembre 2022 3 21 /09 /septiembre /2022 22:16

En el exterior los argentinos habían echado mano de un manojo de costumbres, actos reflejos, y unificación de gustos, en busqueda caótica ese ser nacional, al que ya no se alcanza a representar  a través de la figura del gaucho, la Pampa, el asado, el mate, los ñoquis lo itálico en castellano o el fútbol, por sí solos, sino con el rejunte de todo ello sumado al rasgo más genuino de cada país. Lo que más había extrañado era el sentido del humor. En el fondo él era un burlón,  se pasaba el día riéndose de todo, de todos y de sí. El sentido del humor es lo que más extrañaba Gabor de cada cultura con la que se familiarizaba.

Cuando volvió a ver los adoquines de San Telmo, se los encontró escondiendo con celo el brillo de los papelitos usados, confundiendo la búsqueda desesperada y minuciosa, con pestañas abre latas de gaseosas, o el papel plateado de las cajas de cigarrillos arrugadas, arrimadas al contén de la vereda, avergonzadas por confundir a los merqueados que subían hasta la calle Defensa desde el bajo, auditando cada hendija entre adoquín y adoquín, observados por el gato cabezón centinela del Bar Sur, en la esquina de Balcarce y EEUU, donde Aníbal Troilo,“Pichuco”, ilustre pionero de la cocaína en Argentina, tiempo atrás había dejado sus mejores improvisaciones al bandoneón. Todo el tiempo que estuvo preso del divino y destructivo vicio del hada blanca, Gabor fluctuaba por dentro de San Telmo, era como si a la vez de retenerlo secuestrado y al borde de un infarto permanente,  también lo protegiese de todas las otras consecuencias y le permitiese estar emparentado con la casa más antigua de Buenos Aires, la más angosta, la iglesia Ortodoxa, la danesa, el parque más alucinante, el café Británico, Mi tío, la casa de Castagnino y los adoquines. Un poco más allá, el coqueteo con los márgenes de la sociedad dejaría de ser una pose, y se convertiría en algo grotesco sin interés, una pura actividad delictiva para la que no tenía ni ánimo ni madera, y un poco más acá sería como un centímetro de costurera para medir el pantalón desde el tiro, hasta la caída sobre la punta de los zapatos. En San Telmo había dormido  en hoteles destinados a recibir mano de obra del interior del país, e incluso en algún albergue gestionado por Caritas para personas sin techo. Cuando se liberó del alcohol y de la cocaína Gabor salió disparado de San Telmo, incluso cuando estaba de visita en casa de Lena, bajaba y tomaba un taxi en la misma puerta de Paseo Colón, o a lo sumo, si era fin de semana se introducía entre los peatones que poblaban la calle defensa cuando la cerraban al tráfico, y entonces sí, disfrutaba del barrio sin ser llamado por sus arterias. Las venas eran los anticuarios, los restaurantes, los museos, pero la sangre que alimentaba su alma llegaba desde otro tiempo, nació en una pelea a cuchillo en frente al Bar Sur entre dos guapos que se ataron pie con pie derecho para que solo uno saliese vivo, como en la pelea de los años 40 ambos perdieron la vida, se decía que todavía sus fantasmas continuaban peleando cuando caía la luz natural y un farol reflejaba las sombras sobre las esquinas. Entre la multitud foránea podía ir a comer pizza a Pirilo sin ser importunado por el recuerdo de cuando saludaba al viejo Juan que fumaba un pucho sentado en un escalón de su negocio tradicional, con la persiana a medio cerrar, y le aceptaba alguna porción sobrante de mozzarella hecha en un auténtico horno de leña. O los choripanes de la parrillita Desnivel, que tuvo la oportunidad de regresar a pagar en cuanto le empezó a ir bien, cosa que no pudo hacer con Juan Pirilo porque de viejo o de fumador, un día se fue con total seguridad al cielo, si esa posibilidad seguía abierta, aunque sí volvió a comer sus pizzas de la mano de sus hijas que mantuvieron el piringundín idéntico. Pero solo si estaba poblado de paseantes de afuera del barrio. Además de las ventas de sus discos, Gabor había recibido en calidad de herencia una suma de dinero, de la que debida, desprejuiciada y concienzudamente gestionada, conseguía beneficios que le permitían vivir sin penurias aunque sin dispendios excesivos, en cierta forma sentía un constante deseo de vivir en alguna casona o departamento antiguo del barrio como lo hacían los poetas y pintores, con suelos de madera crujiente y altos techos artesonados, también temía el poder de atracción de la parte tórrida y placentera de ese yo que había logrado controlar, no aplacar. Vivía en Charcas y Anchorena. En cambio Lena tenía una mirada totalmente diferente del barrio, aunque también le conocía las arterias, solo que desde otro ángulo. Lena era incapaz de mostrarse superficial. Ella había sido abogada de presos políticos presentando Hábeas Corpus por militantes de izquierda detenidos justo antes del golpe de estado de 1976. Después se quedó viviendo en Buenos Aires y poco antes de regresar la democracia se convirtió en la abogada de la incipiente Comunidad de Homosexuales Argentinos, de hecho varias reuniones se hacían en su departamento. Argentina salía de siete años de un baño de sangre, pero más aún de terror, ya que la manera de combatir a las organizaciones armadas de izquierda era secuestrando militantes, obreros, estudiantes, sindicalistas, activistas, profesores, escritores, periodistas pero individualmente, lo cual desarrolló una paranoia palpable en la ciudad cada vez, que aun arribada la democracia se acercaba por detrás cualquier automóvil en marcha lenta, y mucho más si el coche era Ford Falcón o cualquier patrullero. Cualquiera por aquellos días admitía que prefería sentir detrás el aliento de un elemento marginal que el ronroneo de un motor de Ford. La gente desaparecía y nadie más sabía nada, y nadie más se atrevía a preguntar nada, así que no hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para figurarse como eran tratados los homosexuales, si por casualidad o consecuencia detenían a uno. Y además se sumaban los prejuicios universales, así que cuando por una pelea o una venganza aparecía el cadáver o un homosexual muy golpeado, la policía ni siquiera investigaba, de manera coloquial en la taquería lo caratulaban como “asunto de putos”. Lena sumó toda su profesionalidad y esa garra y coraje indomable que tenía, de una bronca que parecía llegarle por las venas de sus antepasados italianos, muy probablemente sicilianos. Ella había elegido el barrio de San Telmo para vivir porque si bien guardaba gratos recuerdos de Flores, en San Telmo podía dar rienda suelta a su excentricidad, le encantaba decir que ella era “snob”, buscaba los escritores de moda en Nueva York y en París y los leía antes que nadie, y le gustasen o no hacía gala de conocerlos como si los hubiese parido, y la verdad es que sí, los conocía, quizás no tanto como la mamá pero mucho. Es el mayor legado que le cedió a Gabor, a su sobrina, y a sus sobrinos siempre alegres de verla y pasar el día con la tía tan loca como cuerda. Para ella eran su tesoro, nada, ni siquiera sus gatos o su plata estaban por encima de sus sobrinos. También conocían a Gabor cuando iban a pasar el día con la tía y estaba de visita y se divertían mucho todos refrendando el humor de cada franja etaria, riendo todos al mismo tiempo del mismo chiste. Cierta vez que Lena había reformado el departamento y lo había convertido en una ermita posmoderna todo blanco y con muebles de cuero negro, en una de esas visitas haciendo payasadas entre todos, los niños se excitaron tanto que empezaron a echar espuma de jabón por todo el departamento, Gabor creía que ahí había llegado el límite de paciencia de Lena, pero al contrario se sumó a la fiesta con los pibes que corrían por todos los pasillos mojando paredes, suelos y sillones, que acababan de ser estrenados. Gabor se llevó una lección pero que no era para él, en su departamento de parqué deteriorado y marcos de ventanas despintados si se armaba un quilombo semejante los sacaba a por la puerta a todos cagando leche.

Juan había muerto de SIDA. Se contagió en la época en que había poco investigado acerca de como atenuar la enfermedad una vez que se desataba, se probaban cócteles de medicamentos cada día para mejorar la vida de los contagiados y evitar que contrajesen una enfermedad, pero cuando las defensas de los pacientes bajaban de cierto punto y enfermaban poco se podía hacer. Se contagió en Viena, trabajaba como interprete simultáneo para la ONU desde hacía décadas, fue trasladado de Nueva York, a Bruselas, a Viena, donde había comprado un departamento en el distrito uno dentro del ring principal al lado del Graben y allí fue Lena a cuidar a su amigo de la infancia, de quien siempre había estado enamorada y de quien en cierto modo también había recibido gran afecto. Juan le pidió qie se casase con ella antes de morir, aunque ese había sido el sueño de lela cuando adolescente, le dolía que fuese la última voluntad y se le confundía la felicidad por vivir esos últimos meses o años casada con Juan con la angustia del final y la tristeza de saber que Juan tomaba el estado civil ulterior como la mortaja que lo podía eternizar con la madre y las hermanas: murió casado con una mujer. Pero Lena dejó de lado toda consideración que pudiese arruinarle aquellos días y se entregó a la tarea de esposa una vez más tras años de divorciada, a la vez que de enfermera, de terapeuta y de confesora. Fue feliz en ese lapso de tiempo pero no por ello dejó de ser una carga fuerte que le provocó un gran estrés que se liberó apareciendo en todo el cuerpo una vez que Juan murió.

Lena se había ausentado un par de años de Buenos Aires, había hecho amigos, se había acostumbrado a la ciudad de Viena, se había llenado de futuros recuerdos y además tenía que pensar que hacer con las cosas que Juan había acumulado durante décadas, que comparado con la mayoría no era nada, pero evidentemente tenía un contenedor de objetos, muebles, libros, discos, cuadros, después de descartar la mayoría de la ropa, zapatos, mantas, colchones cojines, elementos de la cocina, del baño etc. Le pidió a Gabor que fuese a ayudarla a vaciar el departamento hasta que lo vendiese, más que un auxilio físico necesitaba una mano anímica. En esa época Gabor estaba en la lona, ella le mandó el pasaje y pasaron unos meses despidiéndose de la ciudad ella y él conociéndola. Los amigos de Lena, los rusos de la ciudad que se vestían de Mozart en la Stephan Platz para vender entradas a los conciertos incluso para anunciar las misas con música de Mozart. Toda Viena le rinde homenaje a Wolfgang Amadeus, cada paso se siente su presencia aparte del recuerdo oficial, en cambio a Freud lo marginan al precioso museo de su casa, un par de sitios emblemáticos y no muy resaltados. Es que el viejo Sigmund ya lo decía, en mi Austria natal nadie quiere sentarse a hablar mal de la madre, y mucho menos pagando por ello. Viena era lo más parecido que imaginaba a un oasis dentro del paraíso. Parecía no existir ningún problema, las cosas eran lindas limpias todo funcionaba, al metro se accedía sin pasar por ningún control, los periódicos se tomaban de un cajón de polietileno y se pagaba a conciencia, las mujeres parecían siempre dispuestas, no es que haya tenido demasiadas amantes, no pasaron de tres, pero le asombró la facilidad con que se apareó. Con Sabrina fue haciéndose muecas en el Graben, tomaron varias cervezas Zipfer, “Herr Ober, eines Grosses, Starkes und Kaltes bier bitte”, andere und andere, und andere, y se fueron a hacer el amor al aire libre, en el verde, al lado de la tumba de Mozart, semiocultos al costado de un arbusto. Con Monica se conocieron en un bar musical de zurullos mal llamados latinos, latina era la música de Mozart antes de la Flauta Mágica y la de Verdi, Bellini o Donizetti. Me llevó Hugo el uruguayo tupamaro que llevaba mil años en Viena, según él, los amigos de Lena, Hugo y Judith, ya mayores, solo se dedicaban ella a tomar té y él a tomar cerveza y kirchwasser. Gabor solo lo acompañaba con la primera para tomar aquella aguaardiente de cerezas había que llevar en Austria, como mínimo, esos mil años que llevaba Hugo. Ni siquiera tuvo que bailar con Mónica, se quedaron mirando y él se acercó le habló las tres primeras palabras en alemán, lo demás lo chapurreó en inglés y a la hora estaban en la casa de Mónica donde había que descalzarse para entrar, y donde el baño de las deposiciones estaba en el pasillo. Al día siguiente cuando salió para regresar a Naglergasse vio que era otra parte de la ciudad, residencial, paredones de edificios sobrios de colores pasteles,  con puertas de madera verdes o marrones, el obligado puesto de salchichas y leverkasse en la esquina y un silencio bajo el sol que penetraba las nubes que le pareció precioso, pensó que podría acostumbrarse a vivir allí. El departamento de Juan era una ilusión, en un edificio del siglo XVI con reformas interiores que permitiesen un ascensor, toda la madera era noble, las puertas coronadas por arcos de muro grueso, y tenía baño completo dentro. Mónica le dijo a Gabor que vivir así era muy caro y que los austríacos estaban más interesados en gastar sus emolumentos en viajes, comidas, cerveza y teatro.

Repartieron todo lo que no se llevaría Lena a Buenos Aires entre los amigos austríacos y rusos, y con Hugo y Judith y entonces Gabor volvió a Buenos Aires, Monica le había insistido que se quedase, le consiguió un empleo en el banco donde trabajaba, le dijo que tendría una vida holgada y divertida y que cuando quisiese podría visitar o regresar a Argentina, Gabor le explicó que Lena le había pagado el pasaje para que la ayudase en todo el regreso, no solo en la limpieza de la casa y el flete de los enseres perdurables en un contenedor como habían acabado de hacer, sino también el regreso a un país imprevisible, que era como una volcán en constante ebullición, donde incluso no necesitaba cambiar nada para estar todo distinto.  No sabía como explicarle que precisamente Freud, aquel hombrecito nacido en su ciudad tiempo atrás había calado mucho más en aquel remoto sur que en su tierra, y que los argentinos de clase media eran prisioneros del diván y sus afluentes, Lena necesitaba abordar todas las aristas de lo vivido antes de recomenzar y quien mejor que el amigo que siempre la escuchaba, casi siempre atentamente.

Tiempo después cuando Gabor contó con fondos fue a visitar a su amigo ruso Vladimir y a Mónica, en la nueva casa de la cual se quedó unos días, en la calle Tigergasse, ella lo fue a buscar al aeropuerto, fueron a comer una Wiener Schnitzel, las milanesas vienesas, y cuando llegó al departamento, le dijo a Gabor “tengo una sorpresa para ti, cierra los ojos” lo tomó de la mano, anduvieron por un pasillo, se detuvieron, él escuchó el click de un interruptor de luz, y Mónica dijo “ahora abre los ojos” ¡fabuloso! había un baño interior.

Gabor siguió luchando para llevar a su hijo consigo pero era difícil, en medio de ellos se juntó con una mujer más joven tuvieron una niña, se dedicaron a leer a educar a la criatura, a pasear por los parques de Buenos Aires, a ir a Villa Gesell en verano, de vez en cuando a un viaje al exterior si las cuentas exponían algún sobrante. Lena no pudo acostumbrarse nuevamente a Argentina, la familia de Juan fue extremadamente ruda llegando a ser insolente y en ocasiones groseros cuando se referían a ella como la que se había casado para quedarse con todo, solo una hermana de Juan sabía como se habían querido desde niños y con que celo y cuidado Lena cuidaba cada recuerdo, tangible o no de Juan. Ella volvió a vivir cerca del Graben en un departamento más pequeño y menos exclusivo pero igual de luminoso y céntrico. Aprendió alemán y aprendió una cosa que siempre le comentaba Gabor en las charlas en su departamento de San Telmo, la sensación rara de extrañar un país que ya no existe, un jardín que ya se endureció. Hugo y Judith murieron y un tiempo después murió Lena de un derrame cerebral. 

Entonces Gabor recordaba como Lena le contó que ya plagado de sarcoma de Kaposi, de infecciones pulmonares, de debilidad, en una sala de un hospital de Viena, Juan tomó la mano de Lena, y unos minutos antes de dormirse para no despertar más en esta dimensión, le dijo:

-La vida es bella

Lena odió esa frase, sintió que todo lo que habían padecido desde niños, de todo lo que ella creía que había huido Juan al mismo modo que ella, de la imposibilidad de amarse como habría sido deseable,  el padecimiento de la enfermedad, era traicionado con esa frase lapidaria, última, incorregible. Gabor le había aconsejado que meditara acerca de si debía enojarse, quizás Juan había sentido que tomado de la mano de Lena fue el mejor modo de despedirse de la vida, quizás no había huido de lo mismo que ella, acaso dentro de sus soledades fue feliz, con intensidad intransferible, como cuando pasó la noche con el Chablis hablando de literatura con Julio Cortázar en su departamento de Paris.

 

Tumba de Mozart

Tumba de Mozart

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
14 septiembre 2022 3 14 /09 /septiembre /2022 13:11

La ciudad de Catania conservaba el embrujo que llevó a Vincenzo Bellini a imaginar la ópera Norma, y luego a componerla, como si en alguna de sus calles, avenidas o de los ensortijados pasadizos de los mercadillos, pudiese surgir la Casta Diva retornando el belcanto al mundo de la inmediatez, en la voz de Callas o en su defecto, en la de Tebaldi. Así como parte del aire choca con el volcán Etna, todo parece seguir al viento en Catania, las ideas, los planes, las esperanzas, las ilusiones. Todo menos los problemas.

Bajó a caminar por una avenida que aleja al transeúnte de las sendas exhibibles, aleccionadoras, Sicilia en el este, norte, oeste y sur aparte de compartir una serie de cualidades naturales y climatológicas, tiene en común que cada espacio intenta demostrar al visitante e incluso a sí misma, que la fama de lugar violento se debe a circunstancias de momentos específicos del pasado, que la difusión cultural los convirtió en rasgos identitarios, de modo que en los principales puntos de interés turístico y cosmopolita se exacerba la sensación de integración, de cordialidad esporádica, aunque esto vale aclarar que también se da de modo natural. Pero a la vez es cierto que corriendo un poco las cortinas, rascando sobre el barniz o alejándose de las avenidas principales, se puede intuir, aún siendo forastero lo que todo siciliano percibe, que la “cosa” está presente y se huele en el aire. Bruno quería ir caminando por la vía Pleibiscito hacia abajo, era el camino que tomaba para visitar a su amiga Giusseppina, empezó a filmar los callejones que daban a la calle, con su ropa colgada en las ventanas y balcones estrechos, mientras el sol caía en lontananza y el calor se aminoraba. Paró a tomar un café y cuando reanudó el paso con el teléfono filmando el barrio percibió que una moto con dos ocupantes que lo habían estado mirando una cuadra antes, volvían de frente a él observándolo con atención, unos metros más abajo, el copiloto de la moto le hizo señas para que dejase de filmar. Bruno se negó diciendole  que solo curioseaba, entonces la moto se detuvo y ambos ocupantes se dirigieron a Bruno, el mismo que le había dicho que apagase el móvil le preguntó que estaba filmando, mientras el otro miraba con gesto desafiante. Bruno guardó el teléfono en el bolso, y les dijo que estaba filmando las calles por curiosidad, que a ellos no les importaba y que él haría lo que le daba la gana. Entonces el que manejaba la moto se abalanzó sobre Bruno, que era un tipo pacífico que no se metía con nadie, pero tampoco dejaba pasar ninguna impertinencia, y en cierta forma se podía decir que de vez en cuando no desaprovechaba el combustible que suponía un mal entendido, para luego poder continuar con su pacifismo cívico. Y ahí aprovechando el impulso del pendenciero de barrio le metió una tremenda galleta como era costumbre desde su infancia comenzar las broncas, un poco para ir calentando la mano y otro para llamar la atención de la potencial audiencia. En cuanto se fue alejando el ruido de bofetón y antes de que el camorrista saliese de la sorpresa, lo tomó de la cintura y lo proyectó hacia atrás por encima de su hombro, como un automatismo, Bruno se habría dejado caer sobre su contrincante para trabarlo con una llave en el suelo, pero recordó en el instante que tenía al otro detrás, que sin darle tiempo a esquivarlo, le dio un fuerte piñazo entre la costillas y el pecho, pero ahí Bruno que ya lo tenía a punto, le asestó una patada en el brazo y tres piñazos, dos en el estómago y uno en la cara que lo dejaron atontado. El que había empezado la bronca se fue a la moto y en ese preciso instante aparecieron dos señores mayores, muy gordos, de adentro de la puerta abierta que daba a la acera donde había dos sillas recostadas a la pared, mientras unos cuantos curiosos ya se habían acercado alrededor de la bronca. Los hombres parecidos como hermanos, comenzaron a gritar que basta ya de pelear, preguntaron que había pasado, uno fue hasta donde estaba el chofer de la moto y le aguantó la mano diciéndole unas palabras inaudibles para Bruno, ambos tenían un estado de ánimo a punto del enfado, pero cautelosamente serio, Bruno se dio cuenta de que por la razón que fuese, esos hombres tenían un poder en el barrio que no debía ser desafiado, y se dio cuenta de que no haber salido de aquel pasillo oscuro habría tenido que actuar acorde a su imaginación o habría recibido una buena paliza. Lo que en realidad había ocurrido es que ellos se acercaron cuando él los desafió, en ese momento Bruno comenzó a sentir que no tenía rodillas, que de los hombros le colgaban los brazos como dos tiras de un cometa, a merced del viento, pensó en darle una galleta pero no podía mover el brazo, mientras la tensión cerraba toda conclusión que no fuese violenta, hasta que con la aparición de los gordos paulatinamente los tendones fueron recobrando su conexión con el cerebro y el resto del cuerpo en suaves ademanes de la mano, aunque temblorosos también coordinados, para empezar a explicarse festejando la aparición de aquel socorro divino. Cada uno le expuso a los señores su razón, los muchachos insistían en que Bruno tenía un interés no declarado al filmar cosas específicas del barrio y él dijo “si quieren les muestro lo que filmé, las ventanas las ropas colgadas afuera, que me hacían gracia”, y de a poco se fue calmando el ambiente excepto uno de los motoristas que estaba seriamente contrariado y quería a toda costa empezar la pelea, Bruno sentía que debía dar la razón a los que mandaban ahí, y sin ser afectado en su dignidad ya que nada de lo ocurrido impedía recordar la versión que su capacidad de imaginar le había concedido en primera instancia y seguir camino hacia la casa de su amiga, no hacia atrás donde con toda seguridad lo volverían a abordar los dos de la moto. Los hombres gordos les dijeron a los muchachos que fuesen en dirección hacia el mar y a Bruno hacia donde dijo que iba. Caminó unas cuadras con sigilo pero sintiéndose con ánimo renovado, una vez más después de tanto tiempo, había estado a punto de darles una buena tranca, él o su avatar, a un par de “imperfectos” permeados por una suerte de recuperación cultural a base de clichés cinematográficos. Cuando llegó a casa de la amiga, ella le dijo que debía tener cuidado en esa parte del barrio había un grupo que no era exactamente crimen organizado, pero sí usaban a menudo la violencia para defender los poco trasparentes negocios de que vivían. Cenaron juntos y después Giuseppina, a quien llamaban Peppina, lo invitó a que se tirase a dormir en su sofá, ella tenía que salir a cubrir a su compañera de trabajo que ese día debía faltar. Bruno pensó en lanzarse de una vez por todas, hacía mucho que deseaba besarla y todo lo que viene después. Quería besarla y acariciar sus pechos. Desistió, se llevaban demasiado bien como amigos lo cual les permitía dejar un margen para la imaginación, el contén y el deseo.

Peppina era natural de Acireale, una comuna de Catania que estaba hacia el norte, estudió en la ciudad hasta que entró a la Universidad y se mudó a Bolonia, donde se graduó en Ciencias Sociales. Peppina solía decir que en realidad a ella le interesaba una mezcla de arte y político que es lo que más se acercaba a la antropología y a las ciencias sociales, pero que en realidad no estaba apasionada por ninguna de las posibles aplicaciones profesionales de su carrera, sino más bien de los conocimientos a los que le permitía acceder. Aun siendo de la parte oriental de la isla adoraba la historia creciente de la Sicilia más occidental, desde Trapani a Cinisi, desde Érice a Vita, porque decía “resume la permanente lucha entre nuestras más extremas contradicciones identitarias”, Catania y toda la costa este contaban con una tranquilidad más centralizada. Donde Peppina centró sus estudios e investigaciones para la tesis de graduación fue en los sucesos violentos en torno a Peppino Impastato y a los jueces Falcone y Borsellino. Eran casos muy diferentes aunque unidos por el hilo conductor de los métodos expeditivos de la mafia para silenciar a sus oponentes en los años más duros. El caso de Impastato le parecía más integral aunque el de los jueces era sumamente complejo, este implicaba la vida en un pueblo tradicional de mar cercano a la gran urbe Palermo, implicaba la militancia activa de un joven comunista, desarrollada en una radio, usando el poder de la comunicación mediante la convicción, hijo de un mafioso y que entendió que aunque el principal enemigo del marxismo y el leninismo clásico se ubicaba en la burguesía industrial, en el caso de Sicilia, continuaba siendo una clase explotadora pero el sujeto a combatir y a denunciar era la Mafia. Ella pretendía realizar una labor al cabo de la cual el lector descubriese que lejos de tratarse de un puñado de seres impulsados por una violencia romántica nacida en la pobreza, la mafia era una organización de poder, de explotación, y con métodos ancestrales de dominio, coerción y castigo, tan insertos en la idiosincrasia popular, que provocan tanta asertividad como temor, y de ahí el mayor obstáculo para su erradicación o debilitamiento.

 Peppina había recorrido el mundo y a veces se sentía agotada antes de comenzar a explicar que la Mafia, de igual manera que los piratas y corsarios, convertidos en figuras románticas, héroes protagonistas con quienes el gran público simpatiza de una manera íntima, eran burdos y crueles criminales, capaces de las mayores atrocidades arrastrados por la avaricia. El hecho de que Impastato hubiese tenido su mismo nombre en masculino estaba lejos de haber influido pero era algo con lo que simpatizaba, aquel muchacho con su gorra y su coraje yendo cada día a denunciar a  enemigos no solo suyos sino de todos los sicilianos, aunque el mundo los considerase dignos de protagonizar un éxito de Hollywood,  la acercaba a su semblanza de un modo más familiar que a los también tremendamente respetables jueces, con quienes sin embargo sentía una mayor distancia social. Lo cual en parte también la llevó a tratar sus vidas, si cabe, con mayor pulcritud.

El elemento determinante que llevó a Peppina a sentir el caso de su tocayo de modo especial, fue que tras el asesinato de Peppino despedazado con una bomba, comenzó la lucha de su madre Felicia, aportando un elemento tan particular como importante en la sociedad de un pueblo siciliano, una mujer mayor enfrentándose al poder de la Mafia, que incluso le propuso, como era habitual cada vez que mataban a alguien, compensarla de alguna manera a cambio de su silencio propio de madre y de mujer. Peppina encontraba mñás elementos para luchar contra los prejuicios tradicionales del machismo el ejemplo de la lucha de Felicia viviendo a cien pasos deel asesino de su hijo, de aquel mundo extremadamente misógino, que el estandarte de las sufragistas inglesas, e incluso a la altura de Rosa Luxemburgo en lo ejemplar.

Para integrar la mayor cantidad de elementos posibles en su tesis, Peppina se fue a pasar dos meses a Palermo, desde donde casi cada día iba a Cinisi, donde por generosidad de quienes gestionan la casa de la Memoria de Peppino y Felicia se quedó algunas noches compartiendo con familiares Impastato y con compañeros de radio y de militancia del icónico mártir. Una de las tardes en la Casa de la Memoria, Luisa, sobrina de Peppino invitó a varios compañeros de su tío para que se reuniesen todos a una vez y compartiesen anécdotas y puntos de vista con la estudiante, ella apuntaba en una libreta, sabía que era mejor grabar las voces, pero prefería evitarlo entre gente que había padecido el rigor de vigilancias y persecuciones, y acaso por respeto a la manera más tradicional de recoger la historias de los testigos, la escucha. Según estimaba Peppina el hecho de mirar a los ojos y escuchar daba un valor extra a lo recordado una vez que se volcase sobre el papel, con la ayuda de apuntes muy puntuales, aunque también esto favorecía a la subjetivación de los hechos, una vez pasados pasado por el tamiz de la conciencia, de los punto de vista, los juicios morales del subconsciente y los prejuicios atávicos. Pero bueno, confiaba en el valor del proceso pensando que exactamente así había escrito sus mejores biografías Stefan Zweig.

Giusseppina conoció a Bruno en Cuba, en uno de esos viajes que todo italiano con cierta herencia comunista bañada en una enrojecida pintura Maseratti buscando el rojo Ferrari de los años de bolsillos dulces dotaron a la izquierda itálica, debían realizar para rendir tributo al último bastión de lo que una vez fuesen los coherentes Bordiga, Gramsci y Togliatti. En varios países del mundo la izquierda rinden este tributo a sus propios orígenes peregrinando a Cuba, ora con más mulatas y ron que fetiches revolucionarios, ora con un chapuzón de mosquitos y arroz con gorgojos por dos semanas, las menos de las veces, pero Italia es de lejos el país que más identificación ha permanecido a lo largo del tiempo, acaso por aquellos dos millones de militantes comunistas que llegó a tener tras la segunda guerra y que al no fraguar en un gobierno comunista, nunca se disiparon del todo como sí ocurre allí donde las mejores intenciones históricas, dejaron en la práctica las mayores decepciones anímicas, o sea, la desaparición de toda la terminología, ideario, e incluso piedad internacionalista allí donde sí consiguió cristalizar el sistema más justo jamás soñado. Peppina nunca llegó a decepcionarse del todo, aunque dado a que en sus reiteradas visitas fue incrementando el tiempo de estancia no pudo evitar dar de bruces con realidades que habría preferido no tener que asumir. Precisamente conoció la realidad porque en la medida que más tiempo se quedaba debía vivir en condiciones más asimilables a cualquier cubano de a pie, incluso en ciertos aspectos peores, porque en las contadas ocasiones en que se quedaba sin divisas, tampoco tenía la libreta de productos básicos expedida por la OFICODA exclusivamente a cubanos y solo en sus provincias. Coqueteó con el lumpenaje habanero, incluso con la marginalidad para poder fumar esos canutos de marihuana a que estaba acostumbrada, y que en Cuba era seriamente perseguida y castigada con penas altas, por lo cual quienes se atrevían a vender “efori” eran tipos y algunas tipas duras también. De ehcho ella le compraba a Lily, una chica de las provincias orientales, hippie de la novísima trova, que le había presentado la también oriental novia de Bruno. Pero aún así Peppina mantenía en un compartimento estanco de sus amores la misma mirada romántica de la Revolución de antes de conocerla, porque según decía, nunca pudo ver a Cuba con el Che. Como gran parte de los italianos tomaban la figura del guerrillero argentino nacionalizado universal como si fuese un partisano italiano. Pero no Garibaldi, a quien los sicilianos no podían ni oír mencionar sin erizárseles el pelo de la nuca.  

Lo cierto es que Peppina provenía de un hogar de clase media votante de la democracia cristiana en el que raramente se había hablado de política, ella pensaba que quizás esta fuese la causa que la impulsó a buscar las respuestas en el nutrido y profundo pozo de la historia de luchas de emancipación italianas primero, y luego universales. Pero en el fondo se cansaba rápido de vivir las experiencias desclasadas a que se sometía con frecuencia, con mucha voluntad pero escasa convicción y en el fondo brevísimo entusiasmo. Le encantaban los encuentros con el padre de Bruno cada tanto, porque este aunque sí había sido uno de aquellos comunistas completos y convencidos y en teoría lo seguía siendo, sin embargo disfrutaba cada vez que podía conversar con alguien sobre ópera y literatura clásica, pero más aún si podía divisar en la charla o los ademanes del interlocutor algunos destellos renacentistas, olor a madera noble, cosa que él encontraba en ella fácilmente y viceversa. En Cuba inició una investigación sobre el anarquismo en la isla pero las puertas se le cerraban cada vez que llegaba a la bisagra manejada por el burócrata de turno, de Trotsky ni de Bakunin se podía leer, punto. Así que la investigación se detuvo en lo referente a bibliotecas y universidades, no así en la investigación a pie de calle, Peppina había aprendido que deshaciendo dos o tres nudos de la madeja social podía comprender el sentido de cualquier caos por más enmarañado que pareciese.

Ella era totalmente heterosexual decía, pero de vez en cuando sentía la irrefrenable deseo de una relación relámpago con otra mujer, y esto en La Habana lo había encontrado en Lily su vendedora de porro, que a su vez también prefería el sexo con hombres pero admitía con mayor naturalidad sus momentos bisexuales. Había conocido esta excepcionalidad en sus preferencias en la universidad en Bolonia, con su profesora Gilda, que la sedujo desde el buró delantero con las medias y los cambios de piernas que las faldas que usaba, hacían mandatorio admirar, hasta el día que se citaron en la cátedra para revisar un examen y consiguieron que diferentes fuentes de deseo confluyesen en una serie rabiosa de babeos, manoseos, y suspiros. La novia de Bruno mantenía la amistad de Lily desde que eran jovencitas, cuando sostuvieron un episodio sexual en el que no llegaron a estar desnudas del todo pero se besaron, lamieron, tocaron y tuvieron orgasmos que ambas recordaban como una delicia, pero que en la época no había sido un suceso agradable, ya que era tan reprimido y autocensurada la conducta homosexual en su barrio y más aún en sus hogares, que en  aquella adolescencia vivieron con terror la posibilidad de, en efecto, ser “tortilleras”, Yesica más que Lily. A pesar de siguieron siendo amigas intimas durante toda la juventud, y que Lily fue a La Habana por el entusiasmo que le contagió su amiga en sus cartas y conversaciones por teléfono, nunca mencionaron el tema ni tuvieron otro roce lascivo explícito, aunque fueron reiteradas las veces en que Yesica usó las imágenes de los recuerdos más perturbadores en unas circunstancias y ardientes en otras, ya difusas, para alcanzar el orgasmo con sus parejas masculinas. En cambio Lily había aceptado que se sentía bien en ambos terrenos, según el momento o la persona aunque también el recuerdo de aquel episodio a temprana edad le echaba un auxilio cuando un orgasmo se le atascaba más de lo que el decoro sugiere.

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
8 septiembre 2022 4 08 /09 /septiembre /2022 19:58

Aquí sí me encuentro en una contradicción que desde siempre tengo asumida.

Antes de esta obsecuencia y sometimiento voluntario de instituciones, ayuntamientos y media, a una Corona ajena, y en muchos casos como el español y el argentino, enemiga, no recuerdo haber sentido ni gota de antipatía por la reina de Inglaterra Isabel II.

Y eso que ya era la mujer más rica del mundo, riquezas que fueron extraídas a lo largo de los siglos que le precedieron, mediante la más cruel y genuina explotación, matando, devastando enormes cantidades de territorios, de culturas diversas, sometiéndolas, extrayendo cada gota de sudor que las glándulas podían expeler, como hicieron todos los imperios, los chinos, el egipcio, el romano, español, portugués, francés soviético y estadounidense, pero la corona inglesa lo hizo durante largos períodos de sufrimiento y en los cinco continentes. ¿Simpatizaba con Isabel I, Guillermo, Enrique o con Victoria? No, solo con Isabel II, y antes de su muerte me habría encantado conocerla, ser olisqueado por sus perritos y galopar en alguno de sus caballos.

Quizás desde chico fui ingiriendo literatura y cine inglés más que de ningún otro tipo, o quizás no fuesen mayoría pero las obras británicas, se quedaban más arraigadas en mi hipotálamo, con excepción de Salgari, Batman y los Tres Chiflados.

Holmes, Agatha Christie, Simon Tmplar, los Beatles, incluso a Edgar Allan Poe lo sentía como muy inglés siendo norteamericano. No era como Mark Twain y su slang, el realista Walt Whitman, o la síntesis del también estadounidense Jack London que escribía sobre cosas muy norteamericanas pero con un estilo totalmente inglés. Quizás habran obrado en mi zapallo esas charlas con mi tía Celia que había ido a Londres y había cenado con estrellas de cine, con directores, había ido a un concierto de Pink Floyd cuando todavía tocaba Sid Barret y rompían vidrios en unos barriles de latón, que me llevó a ver Yellow submarine. El dock porteño de construcción de ladrillo a la vista me gustaba como con nostalgia, cuando ni remotamente pensaban en empezar a construir lofts y terminar creando la zona espectacular que es hoy Puerto Madero, la torre de los ingleses de la Plaza san Martín, el rugby, andar a caballo, tirar con carabina, el fútbol, y aunque no entendiese el polo, me encantaba ser del único país no británico que lo jugaba y ganaba campeonatos intercontinentales.

Yo mismo me digo, bueno, pero todo eso te podía gustar sin necesidad de que te gustase la mayor acumulación de riquezas después de la que protagonizó el Vaticano. Sin que te deleitase la representante del clasismo más excluyente, en el país donde surgieron las luchas obreras, los primeros sindicatos, donde tuvo lugar el primero feminismo sufragista burgués y el obrero, donde se dieron las primeras matanzas de trabajadores por realizar las primeras huelgas en las primeras fábricas del mundo, donde se revolucionó la ciencia con Darwin y Newton, donde fue a morir Marx y Freud, donde se escribieron piezas de teatro inolvidables, donde se adora al caballo el verde, el cordero asado, el rock, el esnobismo y ese acento maravilloso de la clase media.

Lo siento, sobre mi imaginario ejercía cierta fascinación esa reina que supo comportarse en la II Guerra, que mantuvo una pose durante más de 70 años, que vivió entre la abundancia de lo material y la privación de los placeres hedonistas, con esa sonrisa comedida que denotaba un refinado sentido del humor y el total desconocimiento del gozo que atesoran las juergas, que con tanto billete podría correrse sin interrupción. Su predilección por esos períodos estivales en el palacio de Balmoral en Escocia, bajo la lluvia en vez de en alguno de sus lujosos yates dándose chapuzones en los mejores mares del mundo. Por la caricatura pop de su imagen, y porque más que ejercer de pirata succionando las riquezas, visitó de buena voluntad los países sometidos a la Commonwealth mostrando respeto.

Pero por favor lloren con llanto tenue, no anden por ahí sollozando con ese estrépito mocoso, que mañana habrá que seguir celebrando el 4 de julio en Estados Unidos, reclamando Gibraltar en España, reivindicar la devolución de las Malvinas en Argentina, exigiendo el retorno del frisio del Partenón a Atenas, además de criticando a nuestros, en comparación, extremadamente humildes políticos ladrones.

En fin es una de esas contradicciones que no generan fricción, asumida y metabolizada. Aunque en mi favor puedo añadir que  jamás me acerqué al palacio Buckingham, ni osaría comprar una taza con su cara, lo único que tuve con su rostro fue el disco de Sex Pistols, ni pagaría un céntimo para subir a un ex barco suyo o uno de los tantos palacios visitables. Aunque la primera vez que fui a Inglaterra con mi amiga Gladys, fuimos a un hotelito en Chelsea donde la ventana de mi cuarto daba a una cancha de cricket que se extendía detrás del hotel, y me pasé buena parte de esa tarde mirando el partido, embrujado más por el verde y el inmaculado blanco de los jugadores, las mesitas, las tazas y los asistentes, que por el, reconozco, no demasiado divertido deporte que no obstante generaba un entusiasmo plácido. Al pasar el tiempo, tras una visita a la ciudad de York, a punto de partir, la estación de tren se llenó de caballeros emperifollados y mujeres con vestidos y sombreros exéntricos en colores vivos, para ver uno de esos derbys de caballos a los que la aristocracia es tan aficionada. Imagino que esos gustos los podría compartir con la reina.

Dos caras tuvo este reinado, por más que exoista un interés tan marcado en relarcar solo la reina que cumplió su deber.

Apenas 6 meses después de la coronación de Isabel II, Kenia sufrió la mayor masacre del ejército británico en Africa. Contra los Mau Mau (KLFA) quienes se habían organizado tras décadas de humillaciones, torturas y muerte, Churchill aprobó y la reina no se opuso al bombardeo indiscriminado con seis millones de bombas por la RAF, de decena de miles de keniatas.

La historiadora inglesa Caroline Elkins estima que entre 130.000 y 300.000 fueron muertos. Sin embargo, sus datos son cuestionados por el demógrafo John Blacker, que afirma que murieron “solo” 50.000. Una cosa es cierta: según los documentos militares 1.090 personas recibieron pena capital. Y las torturas variaban del corte de orejas a la perforación de los tímpanos, el derrame de parafina caliente en los cuerpos, la castración y los golpes hasta la muerte, entre los torturados estuvo el abuelo de Barack Obama.

Murieron muchos niños y abuelas, alguna incluso tan adorable como la reina.

Se fue un icono con 96 años de una vida repleta de placeres, ajuares, híper riquezas y algunas puntuales aunque severas privaciones. La última gran reina.

Después de los millones de niños que mueren de hambre sin siquiera haber comido bien un solo día, muchos de ellos a causa precisamente de la avaricia de esta y otras coronas, le deseo que descanse en paz. La necesitará allí a donde arribe.

Cricket y caballos
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4 septiembre 2022 7 04 /09 /septiembre /2022 11:55

A menudo, Gamsa caminaba por la rivera sur del río hasta el puente Blackfriars, iba hacia el centro donde se detenía y allí podía permanecer largos minutos dejando que el aire le llevase alguna idea, un recuerdo, o un nuevo pensamiento y de paso le lastrase los desteñidos. Solía decir que Blackfriars era el verdadero puente de la ciudad, ya que conectaba la avaricia de la City con la Londres incendiada de los comerciantes, los cacos navajeros y las putas, que hoy se reencarnaban en la Tate Modern, decía que un puente debía ceder protagonismo a sus dos orillas y al discurrir del agua, rol secundario que cumplía con orgullo aun siendo esas las dos orillas menos llamativas para el turismo consumidor de estridencias. Desde el Blackfriars observar ambos lados era como estar dentro de un cine a oscuras en un asiento central en la fila ocho, en medio de la acción, en el rol más protagónico, el del observador para quien todo está pensado, pero sin ser percibido, en cambio desde el puente Westminster o desde el puente de Londres, no hay manera de no ser parte de una película grandiosa, enorme, inolvidable, pero que hace mucho tiempo que nadie ve, solo se menciona como hito cultural, como Casablanca, Lawrence de Arabia o Lo que el viento se llevó.

Una tarde, tras comerse una salchicha de tipo búlgara en los puestos callejeros al lado del río, antes de que entre el ocaso y la niebla ya no se viese nada, se apresuró para llegar al Blackfriars, al llegar a la boca del puente, escuchó una fuerte discusión proveniente del centro del puente, exactamente desde el punto al cual se dirigía, dos hombres discutían acaloradamente, con el sol difuminado tras las nubes y a punto de desaparecer bajo el horizonte alcanzó a ver dos figuras que de repente se callaron y una se abalanzó sobre la otra, comenzando lo que casi seguro era una pelea a puñetazos, pero fue algo instantáneo, casi dejaron de pegarse en cuanto comenzaron, y entonces los vio dirigiéndose a la parte trasera de un coche, abrieron el baúl y sacaron un bulto considerable, cada uno lo tomó de un extremo, lo colocaron sobre la baranda y lo dejaron caer al río. Al chocar de plano con el agua emitió un fuerte sonido, y de inmediato se hundió entre los tenues destellos que platinaban las crestas de las pequeñas olas fluviales.

 

 

 

 

Blackfriars
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25 agosto 2022 4 25 /08 /agosto /2022 19:59

Sonny estaba de lo más pancho escuchando Midnight Rambler en el cinco punto uno enganchado a su computadora, cuando escuchó en medio de los punteos de guitarra y el sonido de la armónica, unos pequeños golpes, tímidos, sordos que parecían más en la puerta de entrada de su apartamento que en la batería de los Stones, bajó la música para cerciorarse de que no se equivocaba ya que las pocas veces que alguien lo llamaba, usaba el timbre cuyo botón estaba ala izquierda de la puerta.

En efecto, alguien estaba requiriendo su atención. Descalzó sus pies de las pantuflas que los cubrían y con los calcetines de lana se acercó sigilosamente a la puerta para mirar por la mirilla de quien podría tratarse. Generalmente quien está fuera escucha pasos ve alguna sombra por la mirilla o un resto por la hendija que se trasluce por debajo, pero aún así Sonny prefería tomar ese recaudo, ya después si conocía a la persona se excusaría. Era una chica de pelo castaño ondeado sobre los hombres, no la conocía, pero sin preguntar a través de la puerta cerrada, decidió abrir con cierto reparo torciendo un poco el torso porque estaba en calzoncillos.

-Por favor, déjeme pasar, le explico adentro- le dijo la muchacha en voz muy baja, casi imperceptible. Esto puso en alerta a Sonny, pero evaluó toda la situación, la chica era menuda, sus manos estaban libres, no parecía alterada por droga alguna ni padecer un estado síquico peligroso o delirante a juzgar por la firmeza de los ojos, lo que sí parecía asustada, y pensó que dejarla pasar sería el mejor desenlace de ese pequeño y misterioso percance.

Una vez que Ángela se había presentado, Sonny le ofreció agua y asiento, entonces ella le pidió que volviese a subir el volumen de la música de modo que si el que la perseguía llegaba a esa planta no sospechase que ella estaba dentro. No era exactamente susto lo que revelaban sus ojos, sino preocupación.

-No vaya a pensar que soy una de esas.

-Si no me explicas un poco que ocurre, quien eres y de donde vienes, no tengo ninguna pista para pensar nada.

Ángela, proveniente de un hogar de clase media bien establecida,  se había ido a dar la vuelta al mundo, hasta donde llegaran los caminos que emprendía y alcanzasen los billetes que en la medida que iban menguando, con más celo guardaba en el reverso de su pantalón vaquero. Conoció mucha gente, nadie le interesaba tanto como detenerse por más tiempo que el que podía subyugarla una buena habitación, algunas comidas, almohada o sofás acolchados hasta recobrar fuerzas y ánimo para continuar intentando alejarse de su espalda. En una de esas, en Francia, conoció a Pierre, un boxeador amateur cuya mayor aspiración era poder boxear algún día en Las Vegas y que lo presentasen con un cuadro de Monet detrás, era su pintor favorito y era lo único que, según él, Francia tenía de diferente para ofrecer al mundo. Ángela lo encontraba tan naif que pensaba que él se inventaba ese personaje con la nariz achatada a trompadas fetichista de un pintor impresionista. Pero le encantaba, más que por la conexión sexual que tenía con él, que no era en absoluto deficiente, lo que lo hacía irresistible era su capacidad de protegerla, de abrazarla y hacerla sentir segura sin poner ninguna condición, más bien estando siempre presto a abandonar todo para ir a pelear a los estados Unidos. Todo por un nocaut. Pierre aún era amateur porque la mayoría de su habilidad en el box la había adquirido en peleas callejeras en un suburbio de Brest, ciudad de la que se comentaba que pugnaba con Calais para ver quien era la más fea. Decidió apuntarse al deporte bastante crecido ya, cuando evaluó que si bien se había llevado unas buenas palizas, habían sido muchas más las veces que había ganado y casi siempre con contrincantes bastante más grandes, cosa que en el ringo no ocurriría. Lo cierto es que Pierre tenía dotes naturales para boxear bien, piernas, cintura, mandíbula, hombros, una pegada fuerte y sobre todo esa agresividad, ese deseo de someterse a la prueba para superarla, lejos del miedo que suele tener habitualmente la gente a llegar a las manos, a él lo excitaba si se terciaba la ocasión.

Ángela siguió Pierre a  Pontoise, ciudad cuna del impresionismo, donde él deseaba con vivir porque allí habían vivido casi todos los impresionistas, menos Claude Monet, además estaba cerca de Paris lo cual era muy conveniente por las peleas que podían surgir. Y porque era un pueblo bello, diferente de su barrio de jeringuillas y hormigón armado.

-¿Y qué haces aquí en la escalera de mi edificio, tan lejos de Pontoise?

Ángela creyó que había encontrado el fin de la búsqueda que implicaban sus traslados en la geografía, en las costumbres, en los climas y los acentos, si bien era opuesta a la convivencia en pareja, no vio con malos ojos la posibilidad de asentir cuando Pierre le  propuso que se mudase con él para estar juntos y solucionaban el tema de abaratar gastos. Ya que si bien Pierre era boxeador amateur entre cuerdas, fuera de ellas peleaba por dinero, y a veces hacía algún que otro trabajito que requería de sus habilidades en solucionar expeditivamente los entuertos más habituales y así fue que empezaron a compartir cafés matutinos, charlas nocturnas, la televisión, los libros, el olor del baño con uso reciente, el de los calcetines, pantalones y ropa interior colgada en las sillas hasta que llegaron los gases estomacales liberados por el orificio más cubierto y protegido del cuerpo humano. Ahí ambos llegaron al acuerdo de que, aunque costase un poco, se levantarían e irían al baño o al porche de la casita que alquilaban, a dejar que los aires interiores y exteriores se mezclasen lejos de las narices.

Fueron entrando en la monotonía que atrapa a toda buena vida, y que de a poco va pegando la vuelta para dejar de ser tan buena.

Un día lo llamaron desde París que si quería aceptar un combate en Worcester, cerca de Birmingham, de donde era la salsa oscura para carnes, le explicaron que el premio era una bolsa de dinero pero sobre todo era la posibilidad de saltar al boxeo inglés en Londres. Aceptó con entusiasmo, esa noche hizo el amor tres veces, primero por delante después por detrás y luego estuvo mamándole el chochín a Ángela hasta las dos de la mañana cuando le echó el último polvo de costado. A Ángela no le gustaba mucho cuando tenía que ir a fajarse, pero esa vez pensó “si va a ser así, ya nos vamos a Las Vegas”

Pierre ganó en Worcester, esa noche cató rendido en la cama, pero a la siguiente otra vez se sintió como un león rey de la manada con su leona elegida.

Con el tiempo Pierre fue ganando cada vez más dinero con las peleas, que ya las competía en el deporte profesional, aunque nunca peleó en Londres, era reclamado desde diferentes ciudades a las que viajaban juntos y luego regresaban ala tranquilidad de su pueblo impresionista donde ya habían alquilado una casita, un poco más cara pero bastante más mona. Pierre no guardaba el dinero en el banco, una de las cosas con que había si9mpatizado cuando conoció a Ángela es que ella lo escondiese en la costura interna del pantalón, exactamente como él. Ya las cantidades que ingresaban no eran susceptibles de tal escondrijo pero descansaban en el fondo de jarrones, bajo colchones, en el placard en gruesos fajos.

-¿Espérate, le robaste el dinero?

Pierre tuvo que partir casi de urgencia a Brest por un asunto familiar y Ángela, por primera vez en mucho tiempo se quedó sola. El tercer día se sintió tan bien, que empezó a recordar los efluvios dulzones del camino, de arribar a una nueva ciudad sin conocer a nadie, de escuchar silencio cuando se callaba y escuchar su música, ver sus películas, sus programas de radio y televisión, de levantarse a la hora que deseaba comer sola acuclillada en un sillón o en un café dejando las horas pasar frente a una ventana. Pierre le mandaba mensajes diciendo que estaba todo bien, que no se preocupase, y ella le respondía que se tomase todo el tiempo que precisase para resolver todos los problemas. La madre de Pierre había enfermado y no mejoraba con el paso de los días. Ángela decidió no esperar a que Pierre regresase y tomó un tren con hacia Brest con todo el dinero que él le había indicado que llevase. Pensó que no era justo que todo eso se gastase en una madre que no le había hecho ni caso, de la cual no había oído hablar ni una sola noche de revelaciones e historias, más que mencionada en episodios poco memorables. Se bajó en Rennes, se metió en una brasserie, comió bebió vino y se fue a un hotelito a dormir la mona mientras el teléfono no paraba de sonar.

A la mañana siguiente tras desayunar y aún con resaca, envió un texto a Pierre de que llegaría un poco más tarde porque se había sentido mal y tuvo que bajarse en el camino. Tomó un tren a Bordeaux, de ahí cambió a otro a Hendaya, cruzó a Irún, paró dos días en Fuenterrabía y de ahí decidió ir a Burgos, donde alquiló un pequeño apartamento de un living, un cuarto y un balcón a una plaza. Tiró el teléfono y compró una nuevo con una nueva tarjeta de prepago, pidió perdón a  la virgen de los ateos, y a un dios devorador por la poca culpa que tenía Pierre de sus impulsos de libertad, del abandono y del hurto. No pudo dormir tranquila pero no dio marcha atrás.

-Ángela, ¿Pierre te siguió hasta aquí?

La madre de Pierre murió a los tres meses mirando la foto de su hijo abogado, casado con una chica de familia proletaria pero que vestía de saco y corbata, de la propia ciudad de Brest, que, tras conseguir de ella que le cediese sus ahorros para balancear las apariencias en la boda, nunca más la fue a visitar, ni siquiera mientras Pierre la acompañaba en el final de su enfermedad, se comunicaba con él por las aplicaciones del teléfono móvil, y a veces, tras la insistencia de la madre, le enviaba un saludo con la mano.

Una vez que falleció la madre, el hermano se presentó en la casa para iniciar según él los trámites del sepelio, el entierro, y por supuesto de lo poco que restaba en pie de la herencia. Pierre llevaba unas semanas difíciles por la desaparición de Ángela, y no lo ayudaba mucho el empeoramiento de la salud de su madre. Le contó a su hermano Antón la historia con Ángela, su vida en Pontoise, el dinero que había conseguido amasar boxeando, y la inexplicable faena que le había hecho y que aun, no conseguía asimilar. Antón, al sentir a su hermano sin fuerzas incluso ni para ir tras Ángela, le ofreció sus servicios como abogado para seguirla allí donde se escondiese y formular una acusación por el robo. Pierre le dijo que no tenía como demostrarlo frente a un juez ya que el dinero no estaba declarado. Antón le dijo que no se preocupase, que él se haría cargo de eso.

Ahí comenzaron las pesquisas y minuciosas averiguaciones de Antón, que primero regresó a su casa de Marsella y acto seguido comenzó a pisar el rastro que habían dejado los talones de Ángela.

Lo que no podía imaginar Pierre, es que esta vez Antón no lo hacía movido por la avaricia habitual, por una vez en mucho tiempo, como cuando eran niños sentía compasión por el hermano, quería ayudarlo, encontrando a Ángela y resolviendo el tema todo lo más parecido al cuento la Intrusa de Borges, que el civismo y un mínimo de decoro permitiesen.

Pontoise y Brest
Pontoise y Brest

Pontoise y Brest

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
20 julio 2022 3 20 /07 /julio /2022 11:54

Basta ya, hay que exigir a Ucrania y a Rusia que paren la guerra, no incentivarla, incrementarla, y favorecerla como estamos haciendo, solo para ganancia de la gran industria armamentista...y por supuesto de sus lacayos.

Ucrania y Rusia tienen una historia compartida de errores aciertos, agresiones y uniones mutuas, Nikita y Brezhnev, máximos mandatarios de la URSS, eran ucranianos por ejemplo, no es nuestra historia en absoluto. ¡No es nuestra guerra! a los Ucranianos ni a nadie les importa un pepino cuando tenemos problemas con Marruecos, Argelia, las identidades nacionales catalanas o vascas o gallegas, precisamente porque son nuestros problemas y no solo no se convierten en ibéricos, como nosotros hoy casi nos creemos ucranianos a merced de una obsecuencia difícil de entender, sino que ni les importa, “les chupa un huevo”

¿Pasar hambre y frío por las veleidades de Putin y sus jenízaros o por la vanidad vacua de Zelensky y un grupo de nazis de Asov? Ni locos

¿Por qué, habiendo tecnología para introducir una mosca letal en el recinto más vigilado, o dinero para pagar a cualquier "traidor sensato", nadie acaba con Putin de una vez? Está más que claro que en las instancias que corresponden, quieren estirar esta situación hacia el infinito, Putin ha resultado ser el mejor aliado de la industria de las bombas y los cañones de nuestros amos y de sí mismo, y del miedo como instrumento para lacerar las conciencias y las aspiraciones de los europeos en el terreno de los logros en derechos y confort.

¿A qué viene esta obsecuencia extrema a los magnates de la industria armamentista?

No más adocenamiento a quienes están azusando esta guerra enviando armas y evitando cualquier posibilidad de punto final.

España no tiene que reducir el gas, ni gastar mil millones de euros en bombas y cañones, ni albergar y subvencionar a más marines estadounidenses  en la base de Rota. Y por otro lado, dadas las ya vicisitudes a que se ha sometido al pueblo español para satisfacer al imperio, exijamos que en el próximo episodio conflictual en nuestro suelo, se involucren todas las fuerzas y fondos europeos y estadounidenses para participar en la solución de nuestros problemas.

Basta de ser la meretriz y encima poner la cama y el champán.

 

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Opinion crítica.
19 julio 2022 2 19 /07 /julio /2022 11:37

El plan era pasar unos días en Catania para asistir a un simposio de literatura, con el tiempo se había hecho critico de escritura, más que literario.

Bruno pensaba que la crítica literaria comprendía un conocimiento integral de lo más importante publicado en la historia de la narrativa, en cambio ser experto en escritura, centraba su atención en el camino, la construcción de la sinopsis de las historias, tanto del trecho más conveniente para ascender la colina como de la visión de la montaña en su totalidad antes del momento de abordarla. La musicalidad de la palabra, el pentagrama que compone una idea plasmada con una fusión de sonidos imaginados que además de sorprender por los atajos tomados, por las asociaciones, o la inteligencia de la observación, lleven al lector a un salón de baile donde sea protagonista y partenaire. Bruno atesoraba profundos conocimientos sobre literatura universal, adquiridos únicamente  mediante la lectura que aun así aparentaban cierta solidez, no de modo académico, amalgamados en las esquinas menos visibles, en los costados menos expuestos, lo cual le daba a su retórica una belleza imperfecta, que sin llegar a ruinosa presentaba aspectos decadentes, en la cantidad suficientes para ser considerado una genialidad. Pero había un inconveniente difícil de salvar, detestaba más la mitad de lo consagrado como gran literatura, se había dado cuenta en un trabajo de unos meses en una librería en Palermo, cuando lo seleccionaron para la suplencia pensaba que flotaría en un oasis hecho a su medida, cosa que comenzó a mellarse en la primera ocasión que le pidieron con rotundidad un ejemplar de lo que él llamaba libros Kellog’s, que podían ir desde los infinitos bodrios de Danielle Steel, dan Brown llegando a los más disimulados de Stephen King, totalmente aptos para playa, sin dar lugar a consejos y recomendaciones, y fue incrementándose una vez que conoció a los verdaderos lectores en carne y hueso de Corin Tellado o de JJ Benítez, y así fue entrando en que existían en la realidad los devoradores de novelas de Pérez Reverte, Dueñas o  Isabel Allende, entonces, frente a estas evidencias, comenzó a sentir cierta inseguridad de sus premisas anteriores tan bien estructuradas en su primera juventud, y desde entonces no modificadas ni siquiera revisadas, sobre que el boom latinoamericano había sido el peor engaña bobos, un trampantojo para europeos o eurocentristas, una acertada distorsión sobre los fenómenos que la miseria, la explotación, la humillación de las razas marginadas, la brutalidad, el fetichismo, la superchería, recreada con colores vivaces, sazonada con crudeza digerible por las mentes acomodadas en su coqueteo con la sensibilidad social desde el buen sofá, así como el blues descubrió que con la voz y quitara de Son House nunca llegaría a las grandes masas y ofreció las mismas vicisitudes de la huida de los campos de algodón, pero suavizadas con trompetas, baterías, armónicas, guitarras y bajos en la voz de BB King, no menos conocedor de aquellas penurias. Tomó conocimiento de una nutrida cantidad de movimientos y épocas absolutamente prescindibles en la historia de la literatura universal, los "decoradores" latinoamericanos ni se acercaban a lo peor.  Y aún sin desconocer las grandes capacidades para la escritura, para mezclar el entretenimiento con cierta revelación de algunos aspectos verdad, más sugeridos que mostrados, como en los cuadros de Claude Manet, sentía un muy bajo aprecio por aquel movimiento literario del que sin embargo, y sin gustarle rescataba por su pericia como escritor a su máximo exponente, Gabriel García Márquez, y excluía de los cantamañanas, reconociendo como a uno de los grandes intelectuales y escritores de la lengua hispana a Mario Vargas Llosa, pero por la misma razón, prefería valorarlos y estudiarlos mientras los desgranaba en cursos de escritura en vez de verse obligado a catalogarlos acorde a sus criterios en charlas literarias. En la librería descubrió que quitando a los franceses de diferentes épocas, a los británicos, a las grandes espadas españolas en poesía y novela, algunos alemanes y muchos rusos, de los libros fundacionales griegos e italianos, por fundacionales, a los norteamericanos desde Mark Twain a Raymond Carver, a los argentinos Borges y Cortázar, sin evaluar la literatura oriental, la cual no alcanzaba a conmoverlo excepto Kenzaburo Oé y Mishima, luego un rejunte de varios países en que pueden entrar Kafka, Pessoa o Carpentier por ejemplo, lo demás no lo consideraba digno de una antología universal de lo que se podría considerar imprescindible en literatura, y como sabía, que como ocurre con todo en esta vida, lo más probable es que estuviese equivocado en algunos aspectos que el tiempo develaría, pero que aún desconocía, entonces prefirió dedicar sus charlas, simposios, cursos, exclusivamente a la belleza y el dolor de la escritura, más que a sus aspectos técnicos, lo cual, se decía a menudo, era una forma camuflada de hablar de literatura, evitando los inconvenientes.

Escritura literaria
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
4 julio 2022 1 04 /07 /julio /2022 11:10

La realidad es que ya entre EEUU y Europa con Reino Unido, cuentan con más de diez veces en cantidad, y varias en calidad, el armamento que posee Rusia. En una hipotética conflagración no haría ninguna diferencia tener veinte veces más de bombas que diez veces más, si no se les gana con esas diez veces má,s no se les gana con nada.

Una persona está igual de muerta con un solo tiro, que con una bomba que lo despedace en mil trozos. No es necesario el gasto que implica esa dflagración y es incluso violento, cuando es en base al empobrecimiento de la población.

Lo único que buscan las excusas escasamente confeccionadas de usar la invasión a Ucrania para fabricar más bombas y cañones en España, R.U., resto de Europa y EEUU, es obedecer y enriquecer de una forma intolerable a la industria armamentista.

En resumen, por principios, los cívicos demócratas decimos siempre no a la guerra y a las armas, a todas las armas, pero aún mucho más si en vez de abordar una hipotética unión de pequeños países del Caribe, Costa Rica y Belice para armarse, que ciertamente andan flojos en defensa, hablamos de Estados Unidos de América, Reino Unido y las potencias europeas, que cuentan ya con armamento suficiente para destruir a diez planetas Tierra.

Lo último que precisa el mundo es regresar a una carrera armamentista como la protagonizada por la URSS y EEUU en el siglo XX, a costa por supuesto, del empobrecimiento de la población trabajadora y la clase media, en este caso europea y en menor medida, estadounidense. Y ni siquiera me estoy refiriendo a los más necesitados del orbe en África, Asia, América Latina, donde, para tener lugar el incremento de bombas y misiles que se acordó en la última Cumbre de la OTAN 2022 en Madrid, deberían morir de hambre, unas cuantas decenas de millones de seres humanos.Si bien es cierto que el circulo vicioso de saturación de la situación de paz y crecimiento y a continuación guerra de cada vez mayor destrucción y muerte, parece natiral por extendida y repetida, lo cierto es que mediante la ciencia, los humanos hemos llegado a revertir peores ciclos que se consideraban igual de naturales e inevitables.

Unámonos a las fuerzas de Eros en su lucha contra Tanatos.

 

No más bombas
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Opinion crítica.
28 junio 2022 2 28 /06 /junio /2022 19:15

Más de dos mil periodistas acreditados, diecinueve mil plazas de hoteles, treinta y cinco millones de euros, treinta y sesis países, tránsito prohibido en casi todas las arterias principales de la ciudad, terrazas de bares cerradas, ciudadanos que aun avisados del caos en que se vivirían dos días, no tienen idea de si moverse de un punto a otro de la ciudad por si podrán regresar. Los mandatarios de las naciones más ricas, también más reputadas como adalides de la paz, el monarca del país anfitrión esperando interminables minutos en la base de la escalerilla del avión que trasladaba al rey de facto.

Ese es el ambiente de la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte durante dos días y medio en la ciudad de Madrid. Casualmente coincidirá el final de esta celebración con el inicio de otra, a priori diametralmente opuesta, las fiestas del Orgullo Gay, los festejos más multitudinarios en la capital de España, a la vez que la mayor celebración del colectivo LGTBI a nivel mundial, conocida como MADO, Madrid Orgullo.

La muestra de poder de la cumbre de la OTAN induce a reflexiones y sensaciones encontradas, por un lado están quienes conmemoran la mortaja sobre las declaraciones de Donald Trump sobre que la OTAN estaba condenada a muerta por la inanición de Europa y la conveniencia de que EEUU se retirase de ese permanente gasto que no le daba réditos. La actual cumbre es la constatación de lo contrario. Por otro lado los que lamentan que el sueño de una Europa unida se haya simplificado en una gestión marcial, que nació con una finalidad defensiva y hoy muestra un músculo militar que se aprecia como ofensiva, amenazante, hegemónica, que ante la imposibilidad de fusionar los límites de las naciones en el anhelo pacifista original, lo materializa en el otro rasgo más característico del continente, las veleidades belicistas, llegando incluso a convencer a Suecia y Finlandia, ambos de una larga tradición cívica antiblelicista, de entrar a la OTAN, eso sí, siempre para garantizar la paz y bajo el mandato de un demócrata no de un republicano pirado, para alivio de la progresía de papel cartón; es decir, de casi toda.

Tras dos años distópicos, en los cuales el distanciamiento, el aislamiento, la muerte, la soledad, la revalorización del instante, la reconversión de los proyectos a mediano y largo plazo en aspiraciones de carácter inmediato, la importancia del abrazo, de la sonrisa atrapada bajo las máscaras, a la vez que el retorno a la solidaridad, a recuperar el valor de lo cercano y de la pausa, el universo en lo minúsculo. Cuando creíamos que saldríamos más atentos a lo que pasa con el otro, más proclives a dar, a los significados y significantes de la vida, nos sorprende una guerra en el propio corazón de Europa, bueno, más bien en su ventrículo derecho, la cual involucra a Rusia, eterno enigma y amenaza de la paranoia occidental desde tiempos del zar Iván hasta la Patria de los Soviets, lo cual diluyó como un terrón de azúcar en una taza de té, las veleidades de bondad estupenda con que nos habíamos emperifollado.

El apoyo paulatino a Ucrania, con el envío de armas, de ánimos para no abandonar la resistencia, con la aplicación de una versión monolítica según la cual, los rusos son impíos destructores y los ucranianos, victimas de las más terribles acciones bélicas, todo se nubló y de repente revivió un rasgo del espíritu europeo que se creía superado. Con una diferencia, esta vez, en lugar de enfrentarse entre sí, toda la población del continente se une para padecer inflación, crisis, carencias, desvíos de ingentes cantidades de recursos para perpetuar una guerra, y ningún gobierno, ni conservador ni progresista, ni siquiera los políticos de partidos de lo que se suponía, era una izquierda consolidada, otrora militantes antibelicistas, se atreven a oponerse.

El Air Force One de Joe Biden llegó con un apoyo de otros once aviones, al pie de la escalerilla del avión el rey Borbón protagonizaba una espera interminable en términos protocolares, la reina Letizia aguardaba a un costado y saludaba a cuanta alma en júbilo se aparecía por la inmediaciones. En el discurso en el Palacio Real, Biden bromeó con cuanto le habría gustado a Felipe VI que no hubiese habido independencia en América y, la nieta de Biden llegando a la recpción Real en pijama, despeinada y mascando chicle de tutti frutti defecándose no solo en la etiqueta ceremonial, sino en la muestra del más básico respeto, cosa que de haber ocurrido con un nacional,  no lo dejarían ni cruzar la calle, así fuese descendiente del mismo Cid Campeador. Lo del privilegio del periodismo estadounidense, humillante para el resto de cronistas, al punto que no solo ocupan las primeras finas, sino que nadie más que ellos pueden formular preguntas al Presidente Joe, acaso puedan disimularlo mejor por ser de menos dominio público.

Todo lo referente a la Cumbre del Belicismo de los poderosos, da rubor ajeno y propio, como minimo, porque también da mucha bronca que se tire esa cantidad ingente de dinero en armas para matar en vez de en ayudas para vivir.

Lo único bueno si algo se puede rescatar de este espectáculo de entreguismo al imperio, es que el brillo fue para Sánchez, Macron o Biden. La ausencia de Ayuso la del gatillazo en Miami, de Feijóo y su insignificancia, de Marine Le Pen y del golpista de estado Tronal Gump son tan notables, como proverbiales y felices.

A todo esto, me place apuntar, que soy votante y activista de las virtudes del partido del Presidente Sánchez, así como frente a la ignominia del trumpismo, y siempre en clave de política interna de los Estados Unidos, fui contribuyente de la campaña de Joe Biden y aún me considero un fiel "supporter".

Se acabaron las mascarillas, se silenciaron los aplausos a los sanitarios, hoy suenan los tambores de la industria armamentista y los vivas son para el emperador, y para el dios Ares.

 

Vivas al emperador y al dios Ares
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Opinion crítica.
19 junio 2022 7 19 /06 /junio /2022 18:04

 

 

Pierre eligió uno de los caminos que le indicaba la aplicación de navegación contenida en el teléfono móvil, pero al rato de emprender el viaje le surgieron las dudas de si iba por el camino más conveniente- caramba, si siguiese mirando el callejero para tomar las rutas como en otros tiempos, tendría el camino entero grabado en mi cabeza- así que se lo dio a su hijo que iba de copiloto y le pidió qiue pusiese otra dirección, iban de Saint Tropez a Toulouse, pero sentía más confianza si ponía como primera meta a Narbonne, de todos modos debían detenerse un rato allí para comer algo, una vez lleno el buche volvería a poner Toulouse. Cuando el hijo terminó de poner el destino en el teléfono, la voz guía de la App saltó con una indicación insólita:

-Tome la A-8-

Y es que iban por la A-8 desde hacía una hora. Entonces el padre tomó el teléfono entre asombrado y ligeramente asustado, miró la línea azul que le proponía la pantalla y se alivió al constatar que en efecto había incurrido en redundancia, ya estaban donde les recomendaba incorporarse-

Cuando estaba emitiendo el leve suspiro de alivio, de la ventanilla de una furgoneta que se ubicó al lado en el carril izquierdo, salió una cabeza haciéndole señas con la mano- carajo, a ver si voy a tener humo negro, o una rueda baja justo ahora- pensó en el instante, pero al volver a mirar al costado atendiendo a la insistencia del hombre de la ventanilla, se dio cuenta que lo invitaba a seguirlo, que era policía camuflada, y que estaban felices de haberlo atrapado con las manos en la masa.

-La puta que lo parió, por un segundo que miro el móvil, que mala suerte, a ver si los convenzo de que solo me fijaba si lo de tomar la A-8 era correcto-

La furgo se puso delante del automóvil, encendió un cartel luminoso en la ventanilla trasera indicando al automóvil de Pierre que lo siguiese. Llegaron a una rotonda, tomaron la salida, se detuvieron y bajaron dos efectivos de la Gendarmerie. Le comunicaron que la multa era irrevocable, que lo cogieron in fraganti y que daba igual si estaba mirando las redes sociales o el navegador. Pierre se defendió explicándoles que tenía tan claro que no se debía tomar el teléfono manejando, que le pidió al hijo que le pusiese Narbonne en el GPS, y que se alarmó por la recomendación de que tomase la carretera por la que ya iba, solo miró la pantalla a la misma altura del parabrisas sin quitar ojo de la vía.

-No importa si es para el navegador, para hablar o para el Facebook, la ley penaliza tomar el teléfono conduciendo. Son 200 euros y seis puntos del carnet.

Pierre evaluó la situación y se percató de que no había nada que hacer discutiendo con los agentes felices de clavarle la multa, todo lo que podía conseguir era empeorar, aunque fuese solo los ánimos y por otro lado, prefería dar ejemplo de conducta a su hijo, mantener la dignidad y no mostrarles ni siquiera su contrariedad y tristeza al tener que despedirse de doscientos morlacos. Pero sí atinó a decirles a los gendarmes, "con tanto delincuente suelto, me vienen a esquilmar el dinero de la comida de mis hijos"

Un pataleo con el que incluso, los dos agentes se mostraron condescendientes, un poco porque ya habían conseguido amargarle el viaje a un vacacionista, y otro tanto porque se habían dado cuenta de que en verdad, Pierre había sido victima de un agudo rapto de tremenda mala suerte.

Pierre prefirió pagar la multa en el momento por dos razones, para salir mentalmente de ese bajón, y para recibir el papel con los números de los dos agentes que tramitaron el cobro por tarjeta. Así fue, de repente, él los tenía identificados. Siguió su camino con su hijo, comieron en Narbonne, llegaron a su casa, creyendo haber pasado página.

A los pocos días en el trabajo le comunicaron que sería despedido en dos semanas, ya que se había quedado sin carnet de conducir debido a la sustracción de seis puntos que lo dejaban sin ninguno, él explicó la situación a todas las instancias de la empresa, les pidió por favor que klo esperasen, que tomaría un mes de vacaciones mientras hacía el curso que le devolvería la mitad de los puntos y podría volver a desempeñar su labor de gestor de activos en el automóvil por toda la zona de Toulouse hacia toda Occitania, pero le dijeron que el retorno del carnet llevaría tres meses como mínimo si todo iba bien, no podían permitirse esa cantidad de tiempo, ni les parecía serio  mantener en plantilla a un empleado, delegado de un área, que se tomase tan ligeramente su responsabilidad en el trabajo. A partir del despido, Pierre comenzó a enfrentar paulatinamente los problemas característicos de su situación, no encontró trabajo, los ingresos en la casa mermaron, esto llevó discusiones conyugales, sinsabores, peleas, separación temporal, más tiempo de lo que el decoro sugiere calentando las copas de vino de los bares, en definitiva, un deterioro de la comodidad que él daba ya por sentada para siempre, como si fuese el estado natural.

 Al pasar un espacio de tiempo, Pierre decidió dedicar las semanas siguientes a conocer cuanto pudiese de la vida de los gendarmes,  sus nombres, la comisaría donde trabajaban, costumbres, horarios.

Se desplazó a Pourcieux, donde trabajaban los policías chupópteros de trabajadores en vacaciones que se desplazan en coches humildes. Alquiló un motel de carretera Ibis a solo doscientos metros de la comisaría donde consiguió averiguar que trabajaban los dos agentes. Empezó a comer en establecimientos de comida rápida, a dar paseos alrededor del barrio del motel, el polígono industrial y la comisaria y vigilando de ese modo se enteró de la hora en que empezaban a patrullar, cuando iban a comer, a tomar café, al baño, incluso cuando paraban a mear. Y entre todas las actividades descubrió algo de lo que buscaba, detectó cada cuanto tiempo se detenían a pasar un buen ratito en el burdel que estaba a dos kilómetros.

Los policías trabajaban en un automóvil camuflado de civil, con el uniforme de la gernarmerie, pero antes de ir a relajarse merecidamente al puticlub se vestían de paisanos.

Una tarde Pierre entró al local y vio que ambos subían con dos muchachas a las habitaciones, sacó fotografías de los besos y arrumacos que se prodigaban con las mujeres en la barra, generalmente con dos clases de deseos diferentes, él de follar, ella de vomitar. Alcanzó a fotografiarlos también subiendo la escalera hacia los cuartos.

Antoine pasó toda su infancia en Bretaña, había nacido en la Normandía baja y los padres prefirieron el clima de Quimper, le gustaba hacer surf, insistía en pulir su técnica en las olas de las Landas, y a veces de cerca de Brest, pero lo cierto es que era demasiado torpe como para lograr mantenerse de pie en la tabla. Por eso pasó al windsurf, deporte en cual llegó a mantenerse sobre el agua sin sobresalir de sus amigos, incluso de los que se subían por segunda a vez, pero tampoco nunca le importó demasiado la vela tabla, su ilusión habría sido ser aceptable en solo tabla, y su frustración, imperceptible a simple vista, crecía por dentro recordándole su inclinación al fracaso cada vez que emprendía un nuevo desafío. Con el paso del tiempo y los tropiezos, decidió no fantasear más y dedicarse a algo que le permitiese intervenir en su favor la voluntad de los demás ¿qué mejor que ser policía? Cada vez que le diese la gana podía detener a unos pringados y hacerlos sonreir como tontos, decir a todo que sí, hacerlos pedir, rogar disculpas incluso sin haber cometido ninguna falta, también podría repartir buenos porrazos de vez en cuando, o practicar con una bolsa humana los golpes de defensa personal que en una pelea se los harían meter por el mismísimo orto. Y si alguien decidía no dar su brazo a torcer, se lo podría llevar al calabozo por desacato, insultos a la autoridad, o cualquier otra excusa. Perfecto, definido, Antoine el gendarme, desastre de la ley. Se casó con la prima de sus hermanastros, lo mejor que compartía con su mujer es que solían reír mucho en las largas sobremesas de los fines de semana. Habían tenido grandes dificultades para conseguir tener hijos, hasta que ella quedó embarazada, a los nueve meses nació una niña con Síndrome de Down, que a la vez que unía y separaba al matrimonio todo lo más posible. Los unía en la promesa de jamás separarse, y los distanciaba en imposibilidad progresiva de siquiera poder tocarse, por esta razón ella conocía que de vez en cuando las andanzas de su esposo por las casas de citas, con la condición inalienable de que permaneciese en el más estricto de los secretos y la discreción. Lo de trasladarse de provincia varias veces en la vida le había legado cierta inclinación a sentirse bien con la idea de viajar, de dar la vuelta al mundo, de hacer todo el trayecto del transiberiano, recorrer en bicicleta América del Sur, conocer el lejano oriente. Pero entre una cosa y las otras, nunca ponía en práctica esos proyectos, lo cual no le impedía sentir el mismo gozo al abordarlos en su mente.

Renaud nació y creció en un suburbio de Nimes. Su padre le daba buenas palizas que más tarde, Reanud las achacaba a varias frustraciones, no había podido estudiar, era el hermano más torpe y feo, se casó con la única mujer que lo soportó un par de meses como novio pero no le gustaba demasiado de joven, y nada en absoluto después de llenarse de hijos, cuando ambos descuidaron la estética, la educación, incluso la higiene. Llegaba del trabajo e iba al bar, cuando regresaba cobraban todos los que estuviesen por delante, sobre todo Renaud, que se parecía a su padre en que era acaso el menos agraciado de los hermanos, el del medio, que no tenía ni la más mínima habilidad que pudiese enorgullecer a unos buenos padres, mucho menos a semejantes ogros, solo mostraba interés por pasar el rato con los amigos pateando pelotas contra una enorme pared al lado del riachuelo y de vez en cuando cazar los pequeños animales de la zona y cortarlos en pedacitos, disfrutaba de ver su reacción. A las lagartijas, sapos y ratones primero les cortaba las patitas, después les abría el estómago o les cortaba la cabeza, trayecto en el cual, el padecimiento de los animalitos lo llenaba de placer, exudaba alborozo. Lo mejor de su vida era cuando cada verano lo visitaba una prima con los tíos, siempre estuvo enamorado de su prima, fina, linda, graciosa, parecía siempre tan contenta con todo que solo se podía disfrutar con ella al lado. Tras darse cuenta que no destacaba en los estudios y que tampoco sentía una diáfana inclinación hacía oficio alguno, que ni siquiera le veía sentido a poseer habilidades, decidió que el mejor trabajo que podría desempeñar, era el de policía. De policía nadie le preguntaría por sus carencias, por su escaso interés ni sus renuncios, y podría practicar tiro, que era algo que en cierta forma sí le atraía. Renaud se casó con una chica de Nimes, de su propio barrio, con la cual comenzó a reproducir los mismos tics de su padre con su madre, salvando la distancia entre los sensibilidades convencionales que establecían y toleraban los tiempos en materia de maltrato. Si el padre aporreaba con la mano cerrada a la madre mientras esta conseguía escabullirse hasta el cuarto para evitar el rubor de ser vista por los hijos aguantando semejante humillación, él insultaba a la esposa hasta hacerla llorar y experimentar cierta vergüenza de sí misma, de su figura, de su fracaso, de su dejadez y de cómo cada día que pasaba soportando tal degradación, más lejos estaba de tener la fuerza necesaria para salir de todo aquello. Hacía años no quería hacerle el amor, visitaba cada vez con mayor frecuencia sitios de prostitución donde poder afirmar que aún su virilidad funcionaba, que aún no era prisionero irreversible de las fantasías sexuales inapropiadas que asaltaban su cabeza y espoleaban su deseo cada vez con mayor frecuencia. El tema era que la esposa, Claire, era la causa de que viviesen con cierta holgura económica poco habitual en familias de su extracto socio cultural, todo debido a una jugosa herencia que ella había recibido de su padre, y por nada del mundo deseaba perder su ya perfectamente establecido, nivel de vida. Tenían dos hijos, que se pasaban el día peleando.

Antoine y Renaud llevaban patrullando juntos en tráfico los últimos cuatro años. Compartían el placer de disparar, de vez en cuando Antoine acompañaba a Renaud a cazar, pero no disfrutaba tanto de matar animales como su compañero. Tanto Antoine como Renaud eran intimaban en la idea, de que el tipo de patrullaje de ellos ejercían, con la furgoneta camuflada de transporte civil, era un método puramente recaudatorio, no preventorio ni profiláctico, aunque reconocían sentir deleite cada vez que tras atrapar a un infractor veían la cara que ponía al conocer el monto de la multa que devengarían de su cuenta, así como los puntos que le restarían.

Era una discusión ética, ya que el motivo de la recaudación daba un sentido totalmente distinto a la finalidad misma de la existencia de la policía, que la persecución de la prevención que supondría un automóvil con sus sirenas, su color corporativo y la inscripción de la fuerza policial en a puerta del vehículo, de cara a refrescar la memoria de todos los conductores con que se cruzasen, respecto de las buenas normas de conducta en la carretera.  

Y aunque una cosa no lleva necesariamente a la otra, siempre sentían el incómodo paseo del pequeño bichito del mal proceder cada vez que cazaban a un incauto. La fuerza del placer domaba con suficiencia cualquier resto de cargo de conciencia.

Pierre hizo imprimir las fotos que obtuvo de forma furtiva en el burdel. Y en los momentos en que sabía que Antoine y Renaud se encontraban desempeñando su trabajo de patrullaje por la carretera, se presentó en la casa de cada uno, portando sendos sobres con una inscripción que dejaba claro que eran sobres confidenciales para abrir exclusivamente por sus destinatarios, el señor Antoine Roux, y Renaud Morel. Se tomó un tiempo para llamar al timbre entre una casa y otra, en ambas como tenía programado lo atendieron dos mujeres que dijeron ser sus esposas, les comunicó que eran para entregar en mano, que podían recibirlo ellas firmando un recibo que Pierre había improvisado, dando un documento de la persona firmante y un teléfono móvil, tras lo cual se despidió dando las gracias y recordándoles la importancia de que recibiese, cada uno, su correspondiente sobre. Lo mismo hizo en la comisaría a donde pertenecían, dejó dos sobres con los nombres en las manos de su jefe, una vez que logró que él saliese a recibirlos, se presentó como un empelado de correo privado, pidió un nombre una firma y un teléfono al superior, él sargento no le facilitó un móvil, pero sí el teléfono fijo de su oficina en la estación.

Después se dirigió al punto de la carretera donde sabía que en breve llegarían a tomar su acostumbrado café de la tarde, parada que hacían cada día, sin falta. Mientras esperaba cargó los números de teléfono de las dos esposas de los agentes, los volcó en una aplicación de chateo y preparó un correo en que les decía que abriesen los sobres, y al que adjuntó las seis fotos de los dos compañeros de trabajo y compinches de farras con sus partenaires ocasionales. Con el teléfono del sargento no pudo hacer lo mismo porque era de línea, pero lo grabó en la agenda telefónica, con el nombre y apellido con que había firmado el recibo del correo. Le pagó a un repartidor de la zona para que entrase a la cafetería, para que le dejase al dueño o encargado tres sobre idénticos a los ya despachados, con la clara indicación de que les fuesen entregados a los dos agentes una vez llegasen al local.

Dentro del sobre, además de las mismas fotos que había dejado a las esposas y al sargento, introdujo una hoja señalando una serie de simples pasos que debían ejecutar, ipso facto, si preferían mantener estos deslices en secreto.

Una vez que el muchacho de los recados se hubo ganado los euros más fáciles de su vida, Pierre entró al establecimiento, se sentó al lado de una ventana, pidió un café con leche, un croissant, cruzó los dedos bajo su perilla y las comisuras de sus labios se arquearon hacia arriba dibujando una tenue, cauta, pero luminosa sonrisa.

 

Autoroute A8
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