europa aorta
Mezquindad por partida doble
Estoy ciertamente shockeado por el comentario de un conocido de las redes, del cual no diré el nombre, pero sí que proviene de esas generaciones que como yo, llamábamos monstruos, crueles, aberraciones de la naturaleza a los dictadores de América Latina (ellos a los de una adscripción ideológica, yo a todos), y aun peor a sus esbirros torturadores. Hoy me sale defendiendo subrepticiamente, claro, porque a nadie en sus sanos cabales se atreve a protegerlas abiertamente a las madres de Lucio Dupuy que lo torturaron periódicamente teniendo cinco años, partiéndole bracitos, quemándolo con cigarrillos, pinchándolo con tijeras, propinándole duras palizas en la cara y todo el cuerpito, lo violaron con un consolador, rompiéndole los esfínteres, el anito, y lo mataron como a Tupac Amaru destrozándolo, tras lo cual festejaron con vino merca y muchas risas por haber acabado del todo y de la manera más cruel con un varón presente y futuro macho. Todo esto con el abandono de sus obligaciones de todas las instituciones que debieron cuidar de Lucio, desde la jueza que arrebató al niño de los brazos del padre, al jardín de infantes que no advirtió a las autoridades cuando el niño asistía frecuentemente con los brazos partidos, golpes, moretones, quemaduras, al igual que del hospital donde varias veces tuvieron que llevarlo porque se habían "pasado" en la tortura. Acaso temerosos de una reprimenda jerárquica coaptada por la más acérrima misandría, enemiga a muerte del espíritu igualitario del feminismo, otra cosa habría sido si al nene lo hubiesen llevado así mismo dos padres gays, o una pareja heterosexual, casos en los cuales de inmediato, con toda probabilidad se habrían encendido todas las alarmas.
Este buen samaritano con estas harpías, mientras, como todos nosotros, nunca escondió sus sentimientos hacia los torturadores de las dictaduras de derechas e izquierdas, que no se dedicaban a aplicar tormentos a niñitos y menos aún que fuesen sus hijos, o sea aun menos crueles que estas dos porquerías, sin embargo consideraba que con estas había que tener compasión y entender que las circunstancias socioeconómicas o psicológicas las llevaron a ser así.
En Primera diré que por supuesto, como a Hitler, a Videla, a Guarapo Stalin y todos sus esbirros, ninguno nació mordiendo la teta de la madre y buscando con los deditos el corazón para destrozarlo, y no por ello vamos a profesarles la ternura que alguno que otro muestra con estas dos criminales, aun cuando los crímenes de aquellos esbirros siendo execrables lo eran mucho menos que el de las dos en cuestión, al no concurrir agravante de edad y de parentesco.
En Segunda diré que he vivido ambientes de gente ralamente criada en la peores condiciones que se pueden criar en América Latina, conocí por casualidad al peor tipo del Morro de los Macacos de Río de Janeiro en el año mil novecientos noventa, daba miedo su mirada, conocí al Turco, el primer caso de SIDA heterosexual de Argentina, que llegó a dejar en garantía a Micky su hijo menor, en la Villa del Bajo Flores por una bolsa de merca de cinco gramos, y que Claudia, la madre, que había sido mi compañera de curdas, ocupaciones de casas y sustento cuando estuve preso en Villa Gesell, por, en este caso sí, error policial, al cabo de pocas horas fue a pagar lo que el Turco debía, pero aquel ser despreciable ni violó ni mató, ni siquiera le pegaba a su hijo. Y del brasilero Bibinho a quien debí conocer para obtener permiso de subir a casa de la Paraguaia que trabajaba conmigo lavando platos en Sat's , se comentaban en el morro numerosos crímenes, incluso sobre cabezas cortadas, pero ninguna a su propia descendencia. O sea que si fuese por las condiciones de vida pobres, toda América debería estar llena de esta bestias y en África no se podría decir ni - hola- . Y la verdad es que este fue el caso más sangrante que he escuchado en todo mi ya, considerable tiempo de vida.
Lo cual demuestra que no solo la crueldad es infinita, inagotable, sino que también puede serlo la completa irresponsabilidad enajenada o la más cruda mezquindad. Como el objetivo de las torturadoras, violadoras y asesinas no era un militante de izquierda o de derecha, mayor que sabe lo que hace, sino un niñito de cinco años absolutamente inocente del todo, y encima hijo, pues les importa un bledo.
Mi precepción, al menos desde que mi padre cayó prisionero y permaneció así por espacio de ocho años y medio, es que todo castigo estatal es venganza, y es un crimen aberrante. Hay que buscar nuevas formas de tratar lo que salió mal, en la mayoría de las veces por nuestra propia falta de responsabilidad, aun cuando hay que entender que existen casos imposibles de recuperar.
Estruendo y cebollas en Fracfort del Meno.
Una mujer gruesa, con las mejillas rosadas, de pasos firmes y semblante plácido, y un hombre mayor, atildado, vestido con sus mejores trapos, adquiridos tiempo atrás en las tiendas hebreas del centro, se cruzaron en la calle justo cuando cada uno regresaba de sus compras, o mejor dicho de sus pesquisas para conseguir algo decente para la cena, ya que en aquellos días poco quedaba en la ciudad, que no estuviese de ligera a severamente podrido. Hans Werner llevaba suficientes años viviendo solo desde que su esposa había fallecido por un ataque cardíaco, no dejando ninguna descendencia, como para saber lo deseable que era el despertar de cualquier tipo de ilusión en el alma, y aunque eran tiempos muy difíciles, y en la mayoría de la gente, parecía no quedar sitio para las expresiones más elevadas del espíritu, sí que en él se abrían camino a ráfagas, rachas casi imperceptibles de felicidad; y las de Hans en esos últimos tiempos estaban dadas, de especial manera cuando tenía la oportunidad de cruzarse al paso con la señorita Helga Sanders, soltera, quien a pesar de contar con una edad avanzada también, poseía aún la gracia de la inocencia en su semblante. Tampoco a ella le resultaba un hecho más de la vida cotidiana, los casuales encuentros diarios, lloviese nevase o relampaguease, con el estirado y bueno de Hans, quien siempre se mostraba tan amable con ella, y de quien sabía poco más que lo que en el barrio se sabía acerca de él, muy ario de estirpe, pero de alma arruinada por los ideales equivocados. Si bien todos los encuentros "repentinos" a Hans le causaban un cosquilleo en la boca del estómago desde que se acercaba la hermosa cara de reluciente redondez de Helga, los que eran casuales de verdad, aquellos que se producían fuera del instante previamente orquestado con minuciosidad de artista, eran aquellos en los cuales perdía casi el control de si, para dejar lugar a una fuerza que en principio le embargaba pero a la que de a poco , reconocía como liberadora, la expansión del universo interior presionaba hacia su cabeza, produciendo un ligero mareo, que amenazaba con ocasionarle un desmayo de placer, mezclado con un intenso temor a la espontaneidad. Helga sabía que cuando eso pasaba fuera de los horarios y trayectos acostumbrados, Hans se aproximaría con una tensión creciente, que en ese momento resultaría menos cortés que de costumbre, y sus ademanes adquirían la torpeza propia del que no había ensayado la jugada, pero en ese momento, y por las mismas razones, le resultaba adorable, era en esos instantes en que ella podía decir que sentía algo por él, y habría podido asegurarlo ya que, si bien no había tenido una dotada experiencia en artes amatorias, sí que había vivido en silencio profundos amores sin correspondencia. Ambos sabían lo tortuoso que podía resultar, el momento en que algún imprevisto les impedía concretar el encuentro, sin embargo estaban dispuestos a aceptar el riesgo de semejantes ataques de angustia.
Aquel era uno de los días en que se tropezaban gracias al azar.
Justo en el momento en que comenzaron a hablar , sacudiéndose el placer y la incomodidad de sus cuerpos, sonó la sirena de aviso de inminencia de bombardeo, y los aviones aparecieron en el cielo de Frankfurt más pronto que lo que se había convertido en habitual aquellos días, una de entre las cientos de bombas que se arrojaron desde los aviones aliados explotó a dos metros de Hans y Helga, no sin que antes él hubiese conseguido abrazarla, al ver el terror reflejado en el rostro. Murieron despedazados en el acto, junto a otras decenas de personas que aún moraban, o transitaban deambulando a esas horas, por la calle Grosser Hirshgraben.
Hans y Helga sabían antes de dar aquel bojeo al barrio en busca de alimentos, que a la guerra no le quedaba demasiado tiempo, y ello significaba para los dos, que eran todo lo antibelicista que aquella situación permitía, el arribo de una ilusión, un estado de ánimo juvenil sumado a sus particulares alumbramientos del espíritu, no obstante sabían también que el final debería arribar de la mano de una victoria contundente de los aliados, lo cual deparaba escasas esperanzas de sorpresas agradables en lo inmediato, para los habitantes de la ciudad.
Ambos habían sido amantes del hábito de la lectura en sus respectivas soledades, y era sobre esta temática, que fundamentalmente fantaseaba Hans, que acaso algún día podría abordar con su amiga, cuando se hubiesen acercado lo suficiente. El sabía que impresionarla en ese terreno, no sería una tarea fácil, y precisamente aquello constituía un alimento inagotable para su imaginación fértil.
El edificio del número 25 de esa calle, situado frente al punto donde murieron en el acto Hans y Helga, quedó arrasado por el bombardeo, con solo dos columnas pilares de su estructura en pie. En aquella casa había nacido y se había criado Johann Wolfgang Von Goethe, quien a lo largo de su vida se convirtió en el escritor más importante de las letras germanas, y a la sazón uno de los constructores de historias más relevantes de toda la Historia de la literatura universal.
Los dos vivían en esa calle, sin embargo solían encontrarse unos cincuenta metros más abajo, en dirección del río Main, no frente a la casa de Goethe, donde no tanto el deseo, como la imprecisión de su alcance podrían significar una afrenta de escaso decoro. Una vez, muchos años atrás en ocasión de una festividad nacional veraniega, comentaron en el fragor de la conversación, autorizada por la multitud, sus admiraciones mutuas por la literatura y el alma de Goethe, Helga consideraba que era un hombre admirable, ya que pudiendo continuar una carrera exitosa como comerciante importador de alta costura, prefirió desde muy temprana edad, obedecer la pulsión por el arte, rodeándose siempre de entornos intelectuales y gentiles, y produciendo algo mucho más imperecedero que buenos trajes y vestidos para la corte. Su obra.
La que si bien fue concebida en su parte más notoria en Weimar, en todo momento debe sus raíces no solo a la belleza del río, de la antigua ciudad de Frankfurt, de sus cielos cambiantes, sino de la propia casa, con su nutrida biblioteca ecléctica de más de dos mil títulos, el salón de pinturas, con ejemplares de la escuela flamenca en Alemania, y sobre todo con el apoyo incondicional del padre y la hermana.
Más de un siglo después de la muerte de Goethe, a quien no le entusiasmaba la violencia social en ninguna de sus formas, su casa de la infancia, que llevaba un tiempo funcionando como museo, fue destruida a bombazos frente al único abrazo de Hans a Helga.
Quizás para que no hubiese ni la más mínima posibilidad de olvidar aquel horror, en que se vio sometido el mundo, o acaso, según resulte ser la finalidad de la existencia, solamente haya ocurrido para que Hans, antes que se fundiesen los primeros copos de nieve del año, con la polvora y la habitación del joven Werther, hubiese tenido la oportunidad de borrar el terror de los ojos de Helga, en la que sería su última mirada.
Juicio de ratas
-Así que tu compromiso con la justicia era menor que tu pleitesía a los capos de tus logias ideológicas.
-No exactamente, es que recibía presiones, presiones imposibles de soportar, además crecí en ese medio, esa era mi gente, entre una cosa y la otra se me hacía imposible juzgarlos con imparcialidad.
-Pero estudiaste derecho romano, empezaste con el principio de equidad de Lustitia. Sabías los crímenes que estabas encubriendo, sabías el daño que estabas ocasionando a las víctimas.
-Sí, y me arrepiento mucho, me avergüenzo de mi mismo.
-Ya es tarde para lo primero, pero para lo segundo tendrás la oportunidad de morir con algo de decencia.
-No, no, no por favor, no quiero morir, la decencia me importa un comino, solo quiero vivir, ser rico, oler a magnolias y comer langostas con salsa golf, por favor no me mate, quíteme los platos.
-Echad esta basura al costado, traed al policía. Tú, mierdecilla de juez, quédate mirando a uno de los que encubriste, después pasarán banqueros, políticos corruptos, generales, empresarios del fútbol inescrupulosos y al cabo veremos que hacemos contigo.
-Hola- dijo el hombre que interrogaba a los reos en la cueva bajo el acantilado- ¿tú eres el prestigioso torturador de la nación al que tanto han protegido gobiernos, fuerzas y jueces? Menuda piltrafa te veo hecho, parece que no te sentó nada bien el recibimiento de los muchachos. No te sientas culpable, ellos no son justicieros, sencilla y llanamente les encanta, igual que a ti, repartir palizas.
-Por favor, no me peguen más, pido todo el perdón que sea necesario- dijo el apocado otrora torturador agente del orden, que hasta dos días atrás había vivido protegido por todo el aparato que, sibilinamente había mal simulado pasar de dictadura a democracia, con todo el patio sin barrer.
-Un poco tarde para perdonar porque muchos de los que dejaste lisiados de por vida, con dolores terribles durante años y aterrorizados en sus casas ya han muerto. Si te hubiera juzgado la ley, si te hubiesen quitado los privilegios y habrías expirado tu último aliento en un calabozo como correspondía dada la magnitud de tus crímenes, esa sería la piedad que merecerías, pero no hay posibilidad ni de perdón ni de muerte rápida. Lo único que podemos pensar es en no descender hasta tu calaña y propiciarte la posibilidad de una muerte menos atormentada Pero mucho más no podemos ni queremos hacer.
-Tiren esta inmundicia a las ratas.
-No, no, no, por favor a las ratas no.
-Ten un poquito de dignidad, las ratas tardarán en comerte completo, te dará tiempo a pensar en las barbaridades que hiciste, y si un día vuelves a nacer, recuerda los ojos inexpresivos y a la vez ávidos de horror de estos magníficos roedores y el brazo implacable de la justicia que parte del hombro de un hombre nacido del vientre de una mujer y hermanado con el dolor.
Toscar hizo un movimiento brusco por un repentino dolor lumbar y al regresar a su posición perdió estabilidad, trató de sujetarse pero ya era tarde, la cabeza había comenzado a tirar del cuerpo hacia abajo y cayó con todo el peso del cuerpo sobre el hombro, del toro mecánico con que extraía los palets dispuestos en stock en la nave industrial en la que llevaba dos años trabajando. Tuvo fractura de clavícula y una vértebra dorsal, el yeso lo tuvo que llevar puesto seis meses, cada dos meses se lo renovaron por el desgaste y para analizar el progreso de la cura, esos instantes los aprovechaba para rascarse, ventilarse, asearse, moverse y volverse a rascar con una sensación de alivio retrospectivo que le proporcionaba un placer orgiastico.
A los seis meses, cuando le retiraron la escayola se dirigió al departamento de Recursos Humanos para ponerse a disposición de la empresa y comenzar a determinar cual sería la cuantía de su indemnización. La empresa le comunicó dos decisiones en ese mismo instante, ni regresaría al trabajo ni recibiría un solo céntimo por su accidente laboral. Ahí comenzó la andadura por el desierto de adhesiones, solidaridades y apoyos de parte de la ley para Toscar, cada día que pasaba en su lucha por reparar lo que consideraba una injusticia medieval se quedaba más solo en el apoyo en público, más acompañado en el apoyo en privado, pero sobre todo más indignado y apertrechado de una fuerza de voluntad que desconocía en absoluto.
Añoranza
El hombre de estatura mediana, de apariencia elegante, comenzó a golpear la puerta, tocar el timbre, no aguantaba más el olor nauseabundo que salía del apartamento aún con la puerta cerrada, además de que el no haber escuchado ningún ruido ni visto a la vecina en bastantes días le hacía temer lo peor. Al ver que nadie abría, convencido de que algo andaba mal allí adentro, llamó a la policía a la cual casi no tuvo que explicarle sus sospechas, llamaron al cerrajero previsto para esas ocasiones por el cuerpo policial y abrieron la puerta sin necesidad de tirarla abajo, como ocurre en las películas que las puertas parece que únicamente sirviesen para no ser visto ya que la derriban con una simple patada. Y entonces sí se desprendió un hedor insoportable a cuerpo en descomposición. En efecto, yacía sobre la cama semidesnuda, hinchada, en el cuerpo deformado presentaba lo que parecían ser varios orificios de un arma blanca, el colchón y el suelo estaba manchado de una costra oscura que parecía ser sangre, junto a otros líquidos viscosos, pestilentes, y en diferentes lugares de la cama y del cuerpo se movían inquietos acaso por la repentina irrupción de extraños en su tranquilidad, decenas, cientos, miles de gusanos contorneándose unos sobre otros.
Dos hermanos irlandeses emigraron a España y se casaron con dos mujeres españolas.
Cian y Brendan se llevaban un año, Rowan y Erin solo habían tenido dos varones, tuvieron otro, Liam, que no llegó a la semana, toda la vida lo extrañaron y veneraron, tanto que le pusieron su nombre a la casa familiar, una casita adosada en las afueras de Kilkenny, el pueblo de la cervecería de St. Francis Abbey, la más antigua de Irlanda.
Clara y Camino también eran hermanas y se llevaban un año y poco cada una, eran naturales de Lois, un coqueto pueblo de la montaña leonesa próximo a Asturias, pero se criaron en Puebla de Lillo un pueblo cercano a donde decidieron trasladarse por razones de trabajo sus padres Raúl y Cipriana cuando las hijas aún eran unas niñas. Lois había sido un pueblo todo lo aristocrático que podía ser un enclave entre aquellos picos, con escuelas de oficios desde la era medieval , casas blasonadas, familias de estirpe, y en la zona a todos los que provenían de allí los solían tener en una consideración aún mayor que si llegasen de la gran ciudad, donde en definitiva, la gran mayoría no eran más que borregos practicando como mulas de carga.
Transcurrían los inicios del siglo veinte cuando el ser humano comenzaba a jugar con una guerra en la que podía mostrarse a sí mismo hasta que grado de destrucción habían alcanzado, cuando Rowan decidió emigrar a España a causa de la persecución de que ya era objeto e iba in crescendo debido a su activismo cada vez más involucrado y beligerante por la libertad de su tierra del imperio británico.
1942
El barco salía de Vigo a Buenos Aires un día después que el de su hermana rumbo a Nueva York. Habían decidido entre los cuatro que en medio del clima violento y la miseria que vivía el país, un matrimonio emigraría donde se hablaba el idioma del marido mientras el otro donde la lengua madre fuese el de la mujer, eligieron Estados Unidos y Argentina por la promesa de futuro que brindaban sus economías boyantes.
Irlandés en Nueva York y española en Buenos Aires, a priori la integración estaba garantizada, además de la paz y el progreso, pero nada de eso era lo que les esperaba.
Vivan la cadenas
A muchas reflexiones y sornas nos invitó esta Copa Mundial, desde la hipocresía occidental regalándole un campeonato a los Talibanes con dinero, porque esa es la única diferencia de Catar o Arabia con Afganistán respecto de los derechos humanos, hasta el altísimo nivel deportivo expuesto en los 32 selecciones, que llevaron a grandes seleccionados volver cuando aún no habían cerrado del todo la puerta de su casita. El manejo no siempre adecuado de la herramienta VAR para minimizar las injusticias, una organización exquisita sobre los cadáveres de seis mil quinientos trabajadores socialmente ubicados entre obreros y esclavos, la riqueza de los jeques y la impunidad de todas las violaciones a las libertades y derechos fundamentales. La superioridad como equipo de Argentina y como ente deportivo futbolístico de Leonel Messi Cuccittini y la calidad de Marruecos, Croacia, Costa Rica o Canadá. La altísima competitividad de una gran Francia y el seguro segundo puesto y relevo como primero de Kylian Mbappé. Y mucho más.
Pero acaso lo que más me sorprendió no de la manera más grata fue la inquina-envidia que en primer momento pensé que era producto exclusivo de la prensa y elite madridista con respecto a Argentina, toda vez que no solo no mediaba una razón histórica para la bronca, sino más bien muchas para la gratitud o el respeto, pero al final pude ver lamentablemente que se trataba también del público común, de los parroquianos de los bares. Me pregunté si Argentina había invadido a España alguna vez, o los habría colonizado, o si sus empresas explotaban españoles, me pregunté si no había sido Argentina el hogar de millones de españoles desde la conquista, y muy especialmente luego, cuando no fueron a mandar sino a saciar el hambre, a trabajar para progresar y sentirse ciudadanos de pleno derecho, el que les otorgó la Constitución Argentina. Al mismo tiempo me pregunté si no había venido a España Evita Perón en un duro período, literalmente famélico, para hacer formal entrega de 400.000 toneladas de trigo, 120.000 de maíz, 8.000 de aceites comestibles, 16.000 de tortas oleaginosas, 10.000 de lentejas, 20.000 de carne congelada, 5.000 de carne salada y 50.000 cajones de huevos, todo para el pueblo español, en solidaridad de un Perón criado en el fascismo de Mussolini, para con el fascista ibérico pero también con las vicisitudes extremas del pueblo español. Antes de encontrar respuesta empecé a preguntarme si en serio todos esos feligreses de barra y chato que habían sido hooligans primero de Polonia, después de Australia, más tarde de Holanda, luego de Croacia, se atreverían a hinchar en favor de Francia contra un país que además de haberlos ayudado en los momentos más difíciles, eran hijos, descendientes suyos, que atesoran tanto el idioma español que lo recrean, lo enriquecen se envanecen hablándolo, enseñoreándolo, se pavonean honrando la lengua de Cervantes cosa que debería enorgullecer a España, y que al parecer, a algunos les da bronca. Mientras rotativos ingleses, país con el cual Argentina mantuvo un conflicto armado relativamente reciente, como The Sun o Daily Mirror se alegraban de la victoria argentina, la madre patria se enojaba por la alegría de su hijo benefactor.
Acaso más sorpresa aun que esa inquina tan pronunciada, para la que sin duda, aunque de manera muy oculta, alguna razón mediará, fue que hinchasen a favor de Francia en la final. Ese maravilloso país al que mi educación le debe todo el refinamiento cultural, la noción de la rebeldía y los valores cívicos del modernismo, pero que acaso a la Historia de España no sea lo más amable toda vez que fue padeciendo sus invasiones que murieron cientos de miles de españoles, que eligieron cortar las cabezas de monarcas que España decidió servir, y más hacia nuestros días siempre han mostrado un halo de superioridad muy manifiesta respecto del resto del mundo pero en particular de sus vecinos tras los Pirineos. Y para rematar, específicamente en el mundo del fútbol, solo se puede explicar la animadversión con Argentina a merced del lobby madridista por el daño futbolístico causado por Messi en la casa blanca, el mayor goleador de la historia de los clásicos, cosa que era su obligación. Pero es un disparate que el amor a Francia partiese de ese mismo lobby después de la humillación a que sometió al Real Madrid su estrella Kylian Mbappé, no solo tomándoles el pelo hasta un día antes de su contrato, sino riendo cuando su afición cantaba el ya famoso “puto Real Madrid “ en el campo del Paris Saint Germain.
Fue triste y así se los hice saber a los presentes en aquel bar, les comenté que jamás los argentinos irían contra España o Italia si jugasen contra cualquier otro país, que era sorprendente, triste y una dura enfermedad española que se venía repitiendo desde las Guerras Carlistas, nunca algo más cainita, antes con la traición de Fernando el Deseado- el Felón vendiendo la España de los liberales a su "padre" Napoleón tras tanta sangre derramada y tanto trabajo para confeccionar la Constitución de Cádiz, más tarde con el golpe de estado de Franco matando más de medio millón de compatriotas, el odio a catalanes y vascos, el de estos a los godos. Obviamente tuve amigos españoles que me felicitaron, pero eran amigos, ello no alcanzó a camuflar. Lo más gris es que casi todas las hinchadas del mundo querían que ganase Argentina, por Messi, pero su madre, ex peticionaria y beneficiaria de pan, paz y patria, no.
Radiografía de un mal endémico. Y por qué no admitirlo, también hereditario.
Paga, asueto, cesta y cena
En España, antes de flotar a merced de mi suerte, trabajé en distintas empresas, cada vez que se acerca el fin de año, hay alicientes para cualquier trabajador de cualquier rublo, cada uno valorará más el que mejor le parezca, yo los ubico en este orden aunque no por importancia; la paga doble, no está nada mal recibir dos veces lo acostumbrado, más aún si uno no tiene la tradición de gastárselo todo en mariscos y jamones para una sola cena. Luego están los días de asueto, que van desde el mínimo, dos en navidad, dos en año nuevo y dos en Reyes magos, al máximo, desde el 22 de Diciembre al 8 de enero, pasando por la media, que es desde el 24 de diciembre al dos de enero y luego dos días de Reyes. Disfrutaba como un enano pensando en tantos días para curdar, rascarme el ombligo o viajar con la familia. La tercera es algo que toda empresa que se precie debe tener a bien cumplimentar de la mejor manera posible. Cesta de navidad, una caja, que según la empresa puede ir desde un par de botellas de vinos y cava con turrones, mazapanes y algún embutido incluso un sobre de jamón, a una caja con una pierna del pobre porky pig ya salado, varias botellas y demás exquisiteces. Y sobre todo junto a esto, la cena de Navidad.
La cena de navidad no es la más importante, la que más ensoñaciones despierta en la muchedumbre empleada, sin embargo una vez allí, sí es de lo que más se disfruta. Empresa que se precie, siempre según su envergadura, lleva a sus fieles al mejor sitio posible, y además de ofrecerles el mejor banquete posible regado de todo el vino que los buches puedan tragar, una vez concluido el empacho, paga la primera copa en un garito de la ciudad. Me han tocado todo tipo de cestas aunque la mejor era siempre la de Pat con esa paleta o ese jamón que duraba en la mesada de la cocina lo mismo que un pedo en un canasto, y he disfrutado de diversos tipos de cenas, más o menos suntuosas no determinan la intensidad del buen rato, algunas veces las más humildes son más divertidas o "licenciosas". Porque la cena de navidad era el día que se puede llegar a rozar el pezón de una considerable pieza del trabajo, o el día que la jefa se suelta y concede un baile con machete arrimado. Los más suertudos terminan emparedados, pero no siempre es lo más recomendable para el discurrir del resto del año.
Una vez nos tocó en un restaurante en Huertas, detrás de plaza Santana, un argentino de carnes asadas regadas con vinos de Rioja y Ribera del Duero. Comimos unos chuletones que no se hacen en Argentina, típicos españoles, exquisitos, quien quiso le dio al cordero o al cerdo, vino tinto, blanco y rosado, cava, postres de gourmet y espirituosos, antes de salir de ahí bolingas arreglé un aumento de sueldo, luego nos metimos en una garito de copas, mi sensación de festejo era total, el pecho henchido y las pupilas afiladas, la empresa pagaba la primera, el pedo fue astronómico, pero el Hotel que nos habían reservado estaba a la vuelta de la esquina. Era un hotel de cuatro estrellas en Cuzco, enfrente de Bernabeu. La contracara fue otra vez trabajando para France Telecom, que la comida era de picada en un banquete de variadas delicatesen exquisitas de las que uno iba sirviéndose según la angurria. Estaban los que vaciaban las bandejas de langostinos, los que arrasaban con las alitas, los que se abonaban al jamón y al queso. El vino y el cava estaba por toda la enrome carpa situada en la Casa de campo de Madrid, al lado del zoológico y en medio de la zona de trabajo de las churris con y sin pito, que a partir de la medianoche poblaban las callejuelas entre pinos ofreciendo sus movidas y lamidas. Dejé mi coche rojo, flamante, pequeño pero matón, en un descampado que estaba en diagonal, doblando a la izquierda y luego a la derecha, donde también otros compañeros lo aparcaron. Después de la comida hubo baile, ron, cola, mareo, curda y atrás de todo ¡a encontrar el tutú!. Suerte que era rojo brillante, pero ninguna churri ni churro podía decirme desde el alto de sus tacones, donde estaba, hasta que al cabo de no sé cuantas vueltas de cabeza lo encontré. Me acosté un rato en los asientos azules, hasta que decidí que era hora de encender el motor y tomar vía. Nunca antes ni después manejé tan borracho a punto tantas veces de chocar a uno de los también llaneros solitarios que a esas horas surcaban la M-40, tres veces pasé por delante de la salida a casa antes de por fin tomarla y llegar al parking de mi apartamento moderno, con cancha de squash y piscina climatizada, con bebé y esposa durmiendo y caí sobre el sofá odiando aquella cena de navidad.
A menudo apareció durante una época en mis sueños aquel suplicio dando vueltas por la M-40 sin encontrar la salida, con tétricos finales creativos adecuados a la pesadilla.
Una vez fue carne argentina y la otra fue de la telefónica francesa, como la final del domingo próximo.
Un amigo que solía montar distintas empresas me dijo una vez que, entre paga doble, días de asueto, cena de navidad y cesta, el empresario español prefería tener diez hijos bobos a que llegase el mes de diciembre
Jacobinos, girondinos y pan calentito
Parte de esos sectores encargados burocráticamente de difundir lo que hoy se llaman “bulos” o fake news, junto, incluso a una buena parte de mi familia, dijeron en Cuba que yo era agente del Imperio por denunciar las aberraciones de la dictadura y la total incoherencia entre discurso y modo de vida de Guarapo Castro. Más cerca de aquí, una amiga muy derechista, me acusó de comunista, por ser socialdemócrata y en el caso español, particularmente anti franquista, toda vez que aun, a día de hoy, no ha tenido lugar en el arco parlamentario al completo una condena unánime al golpe terrorista al gobierno elegido en las urnas, ni a la a posterior dictadura marcadamente sangrienta que se extendió cuatro décadas, y que por ende, sus reminiscencias, en ocasiones, sazonan con tal ahínco la realidad actual que con frecuencia colonizan su sabor.
No señores, no tengo esos honores tan elevados, ni tengo la fortuna de haber sido contratado por la CIA ni el honor de figurar en la Historia junto a Ho Chi Min o Karl Marx. Mi anti totalitarismo y antifascismo se debe a que sólo acepto como modo de vida, la paz, la concordia en pos de la convivencia, el respeto a las personas independientemente de su raza, sexo, clase social, la libertad de expresión y de empresa, el progreso entendido en ambos sentidos, progresismo y crecimiento, con prioridad en la protección de los menos favorecidos, y de todos los seres vivos.
Desde mi punto de vista Stalin, Hitler y Franco pertenecen al mismo conjunto, aunque se sitúen en los extremos opuestos, precisamente para resultar complementarios, del mismo modo que Helmut Kohl, Mitterrand y González, ocupan un mismo compartimento más allá de situarse en uno u otro punto cardinal del espectro ideológico sujetos a cánones cívicos.
Izquierda y derecha solo alcanzan para explicar donde se ubicaron girondinos y jacobinos en la Asamblea Nacional de Versalles, pero es insuficiente para describir la enorme gama de sensibilidades que cohabitan nuestro espacio. Una verdadera ruptura de paradigmas es la violencia o la opresión, ahí sí podríamos situar una línea divisoria entre el tipo de sociedad en que deseamos, trabajamos, exigimos o luchamos para vivir y otras formas de existir situadas en otro plano, en otras dimensiones, dentro de las cuales, como es obvio, también existen los matices y las diferencias tan reconciliables dentro de cada dimensión, como irreconciliables entre ellas.
No me sitúo en una posición equidistante entre un extremo y otro y ni siquiera entre una ideología y otra para encontrar el centro, ya que eso conduce a depender permanentemente de los estados de ánimo puntuales de la sociedad. No, mi posición se sitúa fuera de ese antagonismo interesado, no es de centro, mi posición es hegemónica, absoluta abarca todo el espectro, todo el espacio de la conviviencia, tanto en la conicidencia como en la diferencia. Un juglar argentino nacido en la inmediatez de la radio pero fluctuante hacia el reposo de la filosofía popular, Alejandro Dolina, sentenció: "La inteligencia se caracteriza por distinguir los matices; el poder necesita a extremos que carezcan de esta habilidad para que se odien a partir de la primera mirada"
Nada cambia, excepto...
Hace años escribí un artículo sobre la gestión del accidente de Spanair, en la cual el estado directamente se presentó como abogado defensor de la compañía y como acusador de las víctimas mortales y sus familiares, dejando el caso en nada, como cada tema que involucra al estado, ya sea policía, guardia civil, AENA, ministerios, etc.
En la misma época escribí otro artículo titulado “Sonsoles habría visto el Jaguar” haciendo referencia a la esposa del ex presidente del gobierno Rodríguez Zapatero y de la extrema miopía de Ana Matos, jerarca del Partido Popular que no había percibido los ingentes ingresos de emolumentos de su esposo Jesús Sepúlveda, también cóndor o cuervo del PP, a la vivienda y cuenta común de ambos, llegando incluso a no detectar un automóvil Jaguar de alta gama pago en modo de trapicheo de algún favor a tiempo. Con énfasis en la connivencia de la Justicia para con la despistada política invidente.
Hoy se repite la historia de Spanair en el juicio por el descarrilamiento del tren de alta velocidad en una curva de Galicia donde perdieron la vida decenas de personas, en el cual el Estado español no ha escatimado en esfuerzos y gastos para entorpecer las investigaciones, para cargar con toda la responsabilidad del siniestro al maquinista, para no presentar la más mínima duda sobre la perfección de los trenes de cara a sus contratos sustanciosos con la dictadura de Arabia Saudí y otros.
Al mismo tiempo tenemos a toda la judicatura movilizada para exculpar de cualquier manera a toda la cúpula del partido Popular en los flagrantes casos de Gürtel y Púnica. A los jerarcas más importantes ni siquiera tocarlos, ni siquiera investigarlos, caso Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy o M. Rajoy, Jorge Fernández Díaz, importante caballero del Opus, y absoluciones, sobreseimientos y amnistías para los menos importantes, caso Cifuentes quien resultó absuelta de un delito del cual fue la única beneficiaria mientras en su lugar fueron condenados ejecutivos bajo su mando que no ganaron nada con la falsificación.
Mientras tanto, a Griñan y Chávez del PSOE sí se les aplicó las penas más duras, sin atenuantes.
Torturadores que mueren condecorados protegidos por el estado, militares retirados que amenazan con matar a veinte millones de españoles, policías municipales madrileños que amenazan abiertamente a la alcaldesa y a políticos con asesinarlos, y a magrebíes, subsaharianos y sudamericanos matarlos mediante horas de tortura, sin consecuencia penal para ninguno de ellos.
Nada ha cambiado excepto acaso, que estos elementos del poder fascista, otrora obligados a esconder o disimular sus inclinaciones xenófobas, nazis, criminales, hoy gozan de un partido legitimado por la democracia, que les proporciona un ámbito político para expresar sus aspiraciones corruptas, clasistas, dictatoriales y terroristas, con total libertad.
Bernesga
BERNESGA
Lo que más le gustaba a Liz de León es como usan el diminutivo, una bolsita es una “bolsina” y el vuelto de un billete son “las vueltinas”, y cuando lo escuchó pro primera vez fue cuando alquiló una casina en un pueblo del Torío. En este diminutivo se basaba para decir que León era mucho antes astur que castellana, aunque los asturianos usan el mismo diminutivo más en masculino y León en femenino. Después fue observando que en el norte de la provincia estaba desapareciendo una lengua autóctona que era muy similar al bable, además del uso de hórreos con pies de madera al estilo asturiano en vez de los de piedra íntegros, típicos de Galicia, que sin embargo sí tienen lugar en la parte noroeste de la provincia de León, en el Bierzo. Pero bueno el Bierzo es mucho Bierzo como para llamarle León, ni siquiera Galicia, ellos son ellos, como cada uno de nosotros lo somos aunque estemos a veces perdidos, mezclados, entrelazados con la influencia de otros que han ejercido influjo más que seducción, pero los bercianos tienen claro que son verdes, caminantes y mineros. Que hacen buen vino y preparan buen café.
Ella llegó desde Melbourne, a donde habían ido a parar sus antepasados ingleses díscolos con las buenas costumbres que pretendía la corona en tierras británicas. Se había casado siendo jovencita con un hombre mayor, que tenía unas hectáreas de tierras en un campo que aunque no llegaba a ser árido, le costaba mucho mantener bajo la línea de flotación de su tierra, los brotes de hierba tiernos, donde intentaba hacer crecer y engordar unas vacas Hereford de cabeza blanca como si estuviese en el Yorkshire.
De este lado del mundo primero pasó un tiempo en Gijón, le encantaba el mar, lo había disfrutado de pequeña, pero luego se mudó tierra adentro, cerca de la ciudad de Victoria, y aunque era relativamente cerca de Melbourne, entre una cosa y la otra nunca volvió a ver el mar, hasta que después de divorciarse regresó a su ciudad natal, donde su padre y madre padres habían dimitido hacerse cargo de su crianza dejándola al cuidado de una tía por parte de madre, dedicándose a tiempo completo al alcohol y, al inicio a las malas compañías, para terminar completamente solos, cada uno por su lado, perdidos en los laberintos a los que lleva la panacea de la curda, la gloria del pedo olímpico. Intrincada y penosa, peor auténtica en cada personal, abismal, desértica, atronadora, tenebrosa, cegadora, ardiente o fría como el metal de la última hora, de la última cortina.
Por eso le gustaba Gijón, y ese diminutivo en masculino, “culín” de sidra, el vecino “Pepín” y sus perrines. Por eso se quedó sin saber bien que buscaba. Ella se había ido del dolor que le ocasionaban una y otra vez los suyos, sin falta, pero no era exactamente una huida, una fugitiva, era más bien una hoja o una rama desprendida, se había colmado de pesares, de hollín, de nidos de pájaros pesados, de frutos indeseados y un día se partió y se soltó del árbol, hasta ese momento fue frágil pero la liviandad la hizo fuerte, bailó con el viento y no paró de moverse. Hasta el día en que se detuvo frente al mar de Gijón y pensó que era hora de retomar un viaje al centro de la tierra, en horizontal, por eso se internó en Asturias, donde unas vacas Hereford se habrían criado comiendo incluso lo que sobresalía de las carreteras y de las bocas de los túneles, del verde que sale hasta debajo de las uñas, mejor que lo que se habían criado en la Pampa argentina, donde su amigo porteño Gabor, le había comentado que tras la primera fundación del país, los españoles dejaron unas vacas y caballos, y cuando regresaron habían miles, percatándose de que ese era el oro del sur del Potosí, la Hereford llegó más tarde pero proliferó igual que las vacas españolas. Continuó caminando con su mochila y su tarjeta de crédito hasta que se perdió de vista entre las nubes, y sólo ella veía sus pies ascendiendo hasta que la ladera de la montaña, ya gris, fría, ya viril, hosca, se aterciopelase nuevamente en un verde gentil del otro lado, en la ladera opuesta.
Pero aunque en un punto de ascenso, nieve, frío y viento se avistó el descenso como la esperanza de una nueva Victoria y de la repetición de una boda anodina, con mucha comida y hectolitros de alcohol pero pocos invitados interesantes, no volvió a ver las hortensias saliendo de entre unas inmensas hojas verdes henchidas de clorofila a reventar, sino que veía en su bajada montoncitos de pasto por aquí y otros montículos por allá, donde casi seguro se debían esconder los bichos que la esperarían, aunque sabía que en España no debía temer a víboras ni a escorpiones, lagartos y arañas de mordida venenosa. Y siguió bajando por la ladera de la montaña gris, camino sobre piedra, flanqueada de águilas y milanos, miradas torvas, una economía en la amabilidad que casi era hostil a no ser por las miradas, siempre cordiales de la poca gente que se encuentra en la montaña.
Durmió en algunos albergues y hostales de los pueblos en camino a la ciudad, hasta que las pocas pero seguras luces de León se hicieron presentes iluminando a su señora absoluta, esa catedral gótica comenzada a construir cuando, al cabo de un periplo muy similar al suyo, habían arribado a aquel Páramo ya templado tiempo atrás por romanos rudos, sobre el año 900, la Pulchra Leonina, alzada con pose majestuosa pero piadosa, como una abuela.
Entró a una tienda de embutidos y quesos, compró un cacho de salchichón y una barra de pan de verdad, y la dependienta le preguntó ¿bolsina? Sonrió por el diminutivo, se armó unos bocadillos y se fue al Bernesga a comerlos, tras lo cual se metió al agua, la profundidad del río le impediría morir ahogada, pero su temperatura podría matarla de hipotermia antes de repetir la boda, de sacarse las ganar de hacer el amor como le diese la gana, encima, de costado, debajo, siendo lamida, lamiendo, besando, gimiendo, gritando o arañando a Baco por no enseñarle también a ella, las plegarias en el tono preciso para ser atendida por el hada de la displicencia.
El amor volvió a su entrepierna, pero esta vez no le volverían a quitar una sonrisa de un puñetazo, ni un cacho de piel de un latigazo con el rebenque de apurar las vacas, ni siquiera el escozor que produce el soslayo de una mala mirada. Ella no volvería a enfundar el hierro en la carne tibia una y otra vez con frenesí. Todo lo que ahora tocase a su puerta debía aprender a desprenderse del tronco, de la rama, de la flor.
Liz había padecido alucinaciones en su juventud, en las que padecía un encierro en una torre de un castillo de tipo alemán, pero frente a la capilla que queda en pie del El Palat le llegó la certeza de que sus ensueños provenían directamente de ese sitio, construido por Ramiro II para su hija Elvira. La intriga y las traiciones vividas en sus sueños eran las que sufrió el fiel escudero del rey Ramiro II, Mederos, quien a merced de la lealtad debida por su señor perdió dos dedos en los combates del norte de Portugal, donde reinó primero, y luego, cuando el hermano de Ramiro se retiró a un monasterio en Sahagún, descansaron un tiempo en León antes de continuar litigando a espadazos con los aguerridos soldados musulmanes.
El centro de León siempre había sido el punto al que debía arribar. Mederos era natural de Lantarón, además de ser un fiero guerrero era el confidente de mayor confianza del rey Ramiro, quien le confesó que aunque en Portugal mandaba con poderes reales no era allí un verdadero rey, cosa que sí sintió en cada rincón de Leionens o Lione como le llamó tras derrotar a los musulmanes en el castillo de Madrid y que luego persiguió hasta los muros de Osma propinando una dura derrota a Abd-al-Rahmán III.
Una tarde, como cuando generalmente Ramiro quería tener una charla con Mederos, ya fuese de confidencia, de chanzas, porque aunque de muy diferente crianza eran de idéntico sentido del humor y reían de las mismas observaciones, despachó a los señores de la corte y se fue a las caballerizas donde lo siguió Mederos
-Los musulmanes me han demostrado un altísimo sentido del honor, tanto en la batalla, como en la palabra dada, cosa que no he podido apreciar de nuestros correligionarios de Trasmiera, Carranza, Sopuesta o la Bureba, aún continúo sintiendo tras el lóbulo de mi oreja las últimas habladurías sobre mi potestad y lo que es peor, los silencios que vaticinan una traición. Mederos solo quiero que un día de igual modo siento el frío del metal entrando bajo mis costillas traseras, sepas decirles que soy fui y seré el mejor rey, vasallo del señor, con que podían haber soñado, y que cualquier complot con Burgos y Treviño los llevará a conocer el merecido desprecio de la deshonra. Mi enfermedad persiste, no remite, tu buena compañía atenúa la angustia pero languidezco mi buen servidor y amigo, escucha, he decidido que convocaré a los condes Vermudo Núñez con esa nariz inmensa y Guisuado Braóliz con su hijo que bueno, mejor haber tenido una señorita, ya muertos Osorio Muñoz y Asur Fernández, que sabes que fueron leales a mi, a los obispos Oveco, de aquí de León, y Salomón de Astorga, y los abades de San Marcelo, San Claudio y Palat de Rey, Sahagún que espero se haya curado, y Santiago de Peñalba, que yo mismo inauguré en el año de novecientos treinta y siete ¿te acuerdas?, pobre tendrá que bajar desde allá arriba, espero que no haya nieve, también algunos cenobios asturianos y gallegos y haré una confesión ante ellos.
-Pero mi señor, las enfermedades se curan, aun tiene mucha vida, mucho respeto de todos los súbditos, nadie ha hablado tras sus orejas de manera tal que haya podido llegar a la altura de sus oídos y menos aun, de sus preocupaciones ¿no estará pensando en abdicar? Sea como fuere, mis rodillas también me están pidiendo un descanso donde sea que su majestad decida establecerse.
-Oh, no Mederos, tus servicios han sido incomparables, y desde luego impagables, pero si de algún modo puedo retribuirlos es dándote la libertad total de la que siempre has dispuesto pero también declinado por lo que muy grato es mi corazón, y dedicarte a Lucinda que no ha dejado de esperarte y a tus hijos o los hijos de tus hijos. Nadie podría negar que pasamos buenos tiempos, pero también los hubo ásperos como la tez de Ermesinda, que sé de las habladurías, pero créeme mi buen Mederos que nunca toqué más allá de los huesos de su mano, siempre me tuve en la misma medida que soberano de mis súbditos, por buen vasallo del Señor, ¡que venimos de Covadonga!. Pero Mederos, tú a lo tuyo.
-Ramiro, mi señor, no existe lealtad relativa. No para mi.
-Gracias mi buen Mederos-
Al poco tiempo, en la iglesia de Palat de Rey, que había mandado construir en recuerdo de la del Salvador de Oviedo, antes sus testigos, se despojó de los signos de la realeza y vertió la ceniza ritual sobre su cabeza, pronunciando las palabras de Job: “Desnudo salí, Señor, del vientre de mi madre y quiero volver a ti también desnudo. Tú eres mi ayuda y nada puedo temer de parte de los hombres”. De ahí en más vivió retirado en el palacio junto a Mederos, la visita de sus hijos Ordoño y Sancho y la proximidad de su hija Elvira en el convento de las infantas leonesas, hasta el momento de su muerte en el año novecientos cincuenta y uno. Fue enterrado allí mismo junto al atrio de la iglesia del Palat del Rey.
La ciudad estaba poblada de callejuelas donde moraban artesanos, se dedicaban a las telas, a la herrería, a la elaboración de todo tipo de prendas y artículos con cuero, y a las afueras eran agricultores o ganaderos, en las plazas se vendía el grano, las legumbres y las carnes, las mujeres trabajaban en los mismo oficios que los hombres exceptuando la herrería. Existía un claro progreso en los beneficios de los oficios, todos se precisaban mutuamente, incluso clérigos y nobles eran sedentarios pero de igual manera necesitaban alimentarse y vestir, la ciudad era bulliciosa, agitada y de ese gentío abigarrado que crecía con vigor surgieron quienes obtuvieron el camuflaje perfecto para desarrollar sus actividades al margen de cualquier decoro y buena ley.
Mederos regresó a su casa en Lantarón, besó a Lucinda como hacía mucho no la besaba, succionó sus pechos, ella al inicio se mostró esquiva pero también hacía mucho no sentía algo así, no tanto como Mederos pensaba porque el pueblo, en épocas de paz permanecía concurrido de testosterona. Mederos contando con que era confidente del rey tampoco conoció la falta de mujer, incluso se rumoreaba que era padre de algunos hijos adjudicados a maridos en la batalla. Sin embargo entre ellos dos hacía mucho tiempo que no tenia lugar esa escalada de deseos tan explosiva, Cuando terminaron se quedaron mirando hacia el techo, él le dijo "Lucinda, hace poco sentía orgullo de mi lealtad, hoy siento pena de haber dicho adiós a mi juventud lejos de casa"
Frente a la puerta del convento de el Palat, Liz sintió el llanto de la princesa de sus sueños, lo experimentó en el cuerpo, como una descarga de corriente eléctrica, y al cabo, escuchó estas palabras:
-No te vayas, amor.
Twitter comenzó a arder, con hashtags como “Mederos traidor” o “Mederos campeón” , también en alusiones a la esposa del rey Ausenda, algunos decían que no merecía el ilustre apellido gallego Guterres, linaje de Coimbra, también aparecieron tweets destacando la figura de la segunda esposa del rey, Urraca Sánchez como la esposa que debe ser.
Liz enamorada de la presencia del río en la vista de la ciudad, aun con su estrechez, decidió quedarse en León, habitada por gente fenotípicamente agradables, de buen gusto al vestir, educadas pero no invasivas, lo suficiente cívicas como para sentir la distancia y lo pueblerinos como para percibir la necesaria algarabía en los meses de intenso frío. Las carreteras de circunvalación de la ciudad están rodeadas de prados con vacas o caballos pastando, salen caminos al costado de sus ríos que permiten distenderse en paseos escuchando el sonido de aves y del viento colándose entre las copas de los arboles, al lado de la ciudad. Las charlas y discusiones más interesantes se podían escuchar en la zona de trabajos para hacer peatonal la calle de los cubos y la muralla romana a continuación del arco de la cárcel, que al final, como todo en la coqueta y tranquila Lione, también dicha labor se tomó con calma exasperante para unos y eternamente agradecida para otros, se colocaron lonas sobre las bases de la muralla cuando el departamento de arqueología detuvo las obras, que quedaron mucho más allá de haber permitido su reanudación, apisonadas por piedras de los propios hallazgos, cubriendo las ruinas casi intactas de la lluvia y de paso, imprimiéndole el impasible carácter de lo eterno de la ciudad a la propia búsqueda. En las noches de luna llena se podía escuchar voces provenientes de los contubernios, hablando en latín sobre los asuntos del día, solo había hombres destinados a la Centuria de la Legió VII.
Atticus había nacido en Vulci veintiocho años atrás, se consideraba un hombre con más experiencia de la que le gustaría admitir, un poco aprensivo por haber atravesado de costado varias pestes y enfermedades de vecinos y parientes que no tuvieron su misma suerte. A la edad permitida de quince años se alistó para convertirse en legionario, sirvió en tierras de Dalmatia, en Galia, y finalmente en Hispania, añoraba la época de las Galias porque tuvo la más bella novia con que nunca había soñado, una celta gala llamada Sedatia, quien le aclaró que sin traicionar la resistencia de su pueblo a asumir la cultura romana aún cuando ya habían sido derrotados en la resistencia armada, no obstante se había enamorado de él. Esa confesión la llevaba en el corazón, lo que no llevaba muy bien es el abandono pro la fuerza de Sedatia y la pequeña Venaesia, hija de ambos a quien pro deferencia que el costó una fuerte reprimenda de su centurión no bautizó con nombre romano, sino celta. Tuvo que dejar Aremorica camino a Hispania, pero no fue nada sencillo, intentó por todos los medios quedarse en Galia cobrando su premio en metálico concedido por el Aerarium Militaris proporcional al tiempo servido, que felizmente había sustituido Augusto por el lote de tierra que se otorgaba anteriormente, pero no allí donde el legionario la solicitase sino donde se determinara desde Roma. No se lo podían conceder porque no llevaba los veinte años de servicio, y las dos heridas graves que había recibido y le servirían de baja prematura, habían curado a la perfección, aunque al correr sintiese ese perpetuo dolor en la ingle que le recordaba el lanzazo sufrido en Dalmatia. De todos modos pudo dejarles a Sedatia y Venaesia unos cuantos denarios con la promesa de que regresaría, con más, mucho más en dinero y en gloria. Atticus era un hombre de palabra y de sentimientos fuertes, pero su entrega a la Legión estaba por encima de toda otra consideración. Atticus tenía que dormir en el contubernio, pero iba de visita a ver a su amada, una tarde cuando tras una guardia se dirigió con un permiso a la palloza de Sedatia, escuchó un ruido impropio, que conocía bien de los forcejeos en la batalla, pero acompañados de pequeños alaridos femeninos, irrumpió con fuerza en la palloza la cual tenía la puerta semiabierta, y encontró un hombre con la espalda desnuda asiendo contra el suelo de paja a Sedatia que luchaba por deshacerse de él, rápidamente desenfundó su espada y la clavó en el costado derecho bajo las costillas del violador justo cuando este volteaba la cabeza, le abrió el abdomen, Sedatia dio un salto atrás acuclillada con los ojos aterrados y emitió un pequeño gemido, Atticus le hizo un gesto para que no gritase y entendió que lo mejor era no llamar la atención de nadie más. Cuando Atticus viró el cuerpo lo reconoció en el acto, era Casiano, un legionario que estaba postulando para Centurión. Si no actuaba rápido y preciso podía encontrarse en serios problemas, abrazó a Sedatia, le preguntó si estaba bien, le dijo que se quedarían en la palloza esperando la caída total del sol, una vez que estuvo oscuro fue a buscar su caballo, entre los dos subieron el cuerpo de Casiano, y él salió al galope camino del arroyo, depositó el cuerpo entre dos rocas, donde lo más probable es que esa misma noche los lobos se hiciesen cargo de la carne. Había matado una cantidad de personas en las contiendas en que había participado que ni siquiera recordaba la cifra, se acordaba la cara y la sensación del primer hombre que mató, pero los demás se le mezclaban de vez en cuando en esos sueños imposibles de disfrutar, pero nunca había matado a un legionario, a una persona conocida suya, con le que si bien mediaba una antipatía nada hacía pensar que un día podría llegar a presentarse tal situación, sentía escozores en la espalda, Casiano ya había pasado pruebas y era considerado un buen conductor como para convertirse en Centurión y aunque sabía que era un ser poco apreciable, y que había intentado nada menos que violar a su novia, a la madre de su hija, ello no conseguía evitar que sintiense una culpa muy diferentes de cualquier otra muerte, esta además de poder comportar un peligro, lo perseguiría hasta el fin de sus días, aunque todos los dioses le concederían el perdón él sabía , que su fantasma no le dejaría descansar en paz. Regresó a la palloza le dio las directrices a Sedatia de lo que debía decir, y que por ninguna razón comentase nada, y si alguien había escuchado sus gritos que dijese que era un lobo que estaba asediando la choza por la bebé. Regresó al contubernium donde a los dos días se comentó mucho la desaparición de Casiano y a los cinco días el hallazgo de su cuerpo devorado por las fieras. Se fortaleció la idea de que nadie debía salir solo, si bien ya era una ordenanza que tenía siglos.
Duilio había nacido en Volterra veinte nueve años atrás, se había hecho inseparable amigo de Atticus desde que fueron adiestrados como legionarios en Roma y sabía que ese día había algo raro en los horarios de salida y entrada de su amigo y compañero, también percibió nervios poco habituales y una mirada esquiva, pero no preguntó nada al respecto sino que se interesó por Sedatia, y en esos días estuvo más unido aún al bueno de Atticus. Con el paso del tiempo, juntos, partieron a Hispania y formaron parte de la Legio Gemina VII, y nunca le preguntó por aquella noche en que había desaparecido el pretendiente a Centurión obsecuente de los jefes, que en varias ocasiones, había hecho bromas sobre la bella Sedatia.
-Atticus, a que no sabes en que se diferencia una burra de tu esposa
-Te lo digo si tú Duilio me respondes en que se parece tu esposa a una hispana- respondió Atticus ante la risa de Casio que llegaba a la posta de la muralla con un pote de barro y un liquido espeso-
-Eh, muchachos hoy nadie duerme, mañana tenemos que partir temprano a la mina- dijo Duilio.
-Sí, a escoltar dos carros hasta Saldania, así que no sé si beber tu menjunje- respondió Casio.
-Pueden ir a dormir, Atticus, te dejé la manta en el suelo para los pies que hoy está frío, por ahí viene Elio, vayan, vayan a dormir, que mañana tenemos un viaje largo, el Centurión dijo que apenas amanezca.
-Una pregunta ¿escucharon o vieron hoy deambulando por la muralla a Mederos?- preguntó Duilio y miró fijamente a Atticus, y este entendió en un destello de la mirada que bien podría estarse refiriendo al ánima de Casiano.
Escuchar las voces de los romanos de la Centuria que tenían el contubernium al lado de esa parte de la muralla, a Liz le producía un efecto contradictorio, ellos no podían verla, ni escucharla, pero ella sentía cierta seguridad gracias a tantos soldados romanos protegiendo su paseo a horas tan tardías, y a veces, por los comentarios que escuchaba, temía que el tiempo transcurrido de servicio les hubiese apresurado tanto el natural deseo de carne de mujer, que llegaran a percibirla, al fin y al cabo cada noche establecían contacto con Mederos, un fantasma del futuro.
Había un sitio por donde Liz no pasaba jamás cuando la tarde estaba por dar paso a los primeros desperezos de la noche. El Hostal San Marcos, e incluso por el puente que los leones llaman romano, porque dada la antigüedad de la fundación de la ciudad y el importante emplazamiento militar que era, lo más probable es que estuviese plagada de puentes, lo cierto es que la primera aparición en los legajos, en mil ciento cincuenta y nueve como Ponti de Vernesga. Cruzando el puente regresando de un paseo por el parque Quevedo, frente a ella, vio como cuatro soldados fusilaron un grupo de tres personas, extremadamente delgadas, con las ropas sucias, en la baranda sur del puente y los arrojaron al río, corrió hacia el portón de entrada de lo que antaño fue el hospital de San Marcos, hoy un hospedaje de cinco estrellas de Paradores, apenas entrar a la derecha en el claustro escuchó unos gemidos, quejas, voces a punto de extinguirse detrás de una gran reja que llegaba casi hasta el techo, podía establecer comunicación extra temporal , escuchar los sonidos, pero no podía percibir los olores ni sabores, aun así era tan representativo el espectáculo tras las rejas, una muchedumbre enorme de personas hacinadas, sucias, con excrementos a los costados, que hizo un gesto de repulsión como si pudiese oler. Manuel Fernández, uno de los presos llamó al guardia:
-Guardia, por favor, tráeme un poco de agua aunque sea un buche, a esta hora nadie te verá, tengo mucha sed.
-¿Traerte agua? ¡para lo que te queda! – Apenas terminó el macabro chiste su compañero de guardia, rompió en carcajadas
-Abran el portón- se escuchó la voz firme del sargento, iba con dos soldados detrás, los guardias abrieron la puerta, el sargento, que se había burlado de la sed de Manuel entró por encima de los cuerpos acostados pisando a algunos en las manos y mostrando enfado por no poder colocar convenientemente los pies en el suelo, hasta que detrás de Manuel un preso lo tomó por la pierna otro por la otra y lo derribaron al suelo, en ese momento se levantaron varios presos, los otros dos guardias se asustaron y dieron unos pasos atrás cerrando la puerta para que no escapase nadie y comenzaron a gritar para alarmar a los demás guardias para que acudiesen a socorrer al sargento. Dentro del claustro, todos quería un pedazo del cuerpo del sargento para poder atizarle un golpe o arrancarle un pedazo de piel con las pocas fuerzas que les quedaban a la mayoría, Manuel se giró, fue hasta el tumulto y gritó ¡paren! al ver al guardia ya magullado tras pocos segundos de golpiza, le preguntó ¿dónde está Jesús Álvarez de Omaña, el que te llevaste anoche? Dime o dejo que te despedacen.
Manuel era maestro, natural de Omaña, por primera vez en su profesión pudo enseñar la Historia incluyendo la traición a la Constitución de Cádiz, principalmente por el rey que había sido muy querido antes de ser apresado por los franceses y enviado a Francia, para que pase unos años de fiesta y orgías, que se fue siendo El deseado y al tiempo fue el Felón, pudo enseñar los aportes de Clara Campoamor en el sufragio femenino de 1931, incluso se tomó atribuciones para reivindicar el trabajo de Miguel Castaño, en su contribución a la revolución de octubre de 1934, y las esperanzas que despertó entre los trabajadores su elección como Alcalde de León, tras el triunfo del Frente Popular. Ni Miguel en su puesto ni Manuel en su profesión formadora pudieron disfrutar mucho de esa nueva era, ya que al poco tiempo la guarnición leonesa se sublevó contra la República y tomaron presos a todos los políticos republicanos del Ayuntamiento y en noviembre fusilaron al alcalde sin juicio ni razón. Manuel se enteró de este crimen estando ya detenido en el claustro del edificio que fuese hospital, palacio, convento, caballeriza y que ahora era mortaja. Jesús Álvarez era otro maestro de su pueblo, gran amigo suyo pero sobre todo ejemplo a seguir, un hombre de principios, con tierras y posesiones que databan de varias generaciones lo cual no le impidió arribar un nivel de conciencia, que consideraba mandatorio transmitirla, en la medida de lo posible a las nuevas generaciones y a quienes no tuvieron la suerte de contar con una educación académica. En el tiempo de reclusión en el claustro había visto todo tipo de barbaridades, aun con un hambre que le juntaba el espinazo con la espalda y el abdomen se adentraba en las reflexiones sobre la condición humana, logró escribir la observación, de que aun con todas las calamidades a que vio sometida la población carcelaria, de hambre golpes, terror, frío, nunca vio acercarse siquiera el comportamiento abyecto, inhumano, como una oda la mal como una carrera hacia los límites concebibles de la crueldad, de sus carceleros, que estaban bien alimentados y dormidos. Las dos caras de la moneda humana.
El guardia le comentó que fueron ordenes superiores llevarlo a un campo. -¿Llevarlo a un campo para qué? Entonces el guardia balbuceando dijo que “otros que él no conoce lo fusilaron” -Pero tú también has matado a varios de nosotros - Manuel sintió deseos casi irrefrenables de asestarle una patada a modo de pisotón en el rostro, gritando ¡asesinos! Pero se giró y cruzando las masas casi informes de cuerpos que habitaban aquel infierno, se dirigió hacia un rincón, y ese instante en que decidió que a pesar de asistirle todo el derecho de destrozar al sargento, de ensañarse con cada milímetro de su cuerpo antes de que llegasen los guardias al rescate, pensó, fue el momento en que sintió mayor orgullo de sí mismo a lo largo de toda su vida, y no habían sido pocos los anteriores “la barbarie no me ganó”. Lo cual no impidió que buena parte del el resto de presos reanudasen su ínfima, su pequeña pizca de porción de justicia sobre el asesino y torturador de tantos de ellos, dejando un bulto de una masa informe manchada de rojo oscuro, justo cuando entró un batallón de doce guardias dispersando a golpes a los presos con culatas, y bastones de caoba. Fueron directo hasta Manuel Fernández, que fue el primero que tomaron los soldados golpeándolo severamente, también aprehendieron a dos hermanos de dieciséis y catorce años, a su padre, y a veintitrés personas más. Se llevaron los restos del sargento y juraron que nadie más bebería ni comería hasta que les tocase la hora de ser fusilados. Sacaron al grupo a la calle los subieron a un camión, la mayoría estaba muy débil y necesitaban la ayuda de sus compañeros para subir, aunque aun excitados por los acontecimientos que se habían precipitado minutos antes, preguntaban insistentes hacia donde los llevaban aunque les quedasen pocas dudas de ello, una parte del cerebro los invitaba a buscar el resquicio de la esperanza, Manuel dijo “llegó nuestra hora”. Nunca más volvieron. Desde lo lejos se hizo audible la reverberación de cientos de disparos fundidos con el sonido apagado de alaridos mínimos, resignados a irse sin siquiera un adiós. Aún hoy, cuando los grajos callan, un manto de sombras se cierne sobre el Páramo, una inmensa mancha de dolor junto a un grito de sangre persisten, como petrificados en cada partícula del aire. Liz dio un salto atrás, tropezó con cuatro escalones y aun cuando lo único que pudo volver a ver cuando se incorporó, fue un bello patio adornado con columnas y sarcófagos antiguos, escudos nobiliarios e inscripciones en piedra, sus ojos quedaron inundados por el horror, salió de San Marcos corriendo, un matrimonio de turistas que ingresaba cuando ella salía despavorida, le preguntaron si le ocurría algo, “nada, nada, gracias” les respondió también en su inglés de marcado acento aussie y nunca volvió a poner un pie en el puente ni a pasar de noche por la fachada de aquel edificio donde antaño, ora se curó y ora se mató.
En cualquier caso, atrapada por la coqueta y diminuta León, Liz alquiló un apartamento de un cuarto abuhardillado, un baño, una cocina coqueta y un balconcito a una calle que daba a al Catedral. En ese mismo lugar, en la planta baja, mil años atrás, en la víspera de un pogromo, una mujer tuvo que tomar la misma determinación que ella había ejecutado en el ala opuesta del planeta.
Viena
En el exterior los argentinos habían echado mano de un manojo de costumbres, actos reflejos, y unificación de gustos, en busqueda caótica ese ser nacional, al que ya no se alcanza a representar a través de la figura del gaucho, la Pampa, el asado, el mate, los ñoquis lo itálico en castellano o el fútbol, por sí solos, sino con el rejunte de todo ello sumado al rasgo más genuino de cada país. Lo que más había extrañado era el sentido del humor. En el fondo él era un burlón, se pasaba el día riéndose de todo, de todos y de sí. El sentido del humor es lo que más extrañaba Gabor de cada cultura con la que se familiarizaba.
Cuando volvió a ver los adoquines de San Telmo, se los encontró escondiendo con celo el brillo de los papelitos usados, confundiendo la búsqueda desesperada y minuciosa, con pestañas abre latas de gaseosas, o el papel plateado de las cajas de cigarrillos arrugadas, arrimadas al contén de la vereda, avergonzadas por confundir a los merqueados que subían hasta la calle Defensa desde el bajo, auditando cada hendija entre adoquín y adoquín, observados por el gato cabezón centinela del Bar Sur, en la esquina de Balcarce y EEUU, donde Aníbal Troilo,“Pichuco”, ilustre pionero de la cocaína en Argentina, tiempo atrás había dejado sus mejores improvisaciones al bandoneón. Todo el tiempo que estuvo preso del divino y destructivo vicio del hada blanca, Gabor fluctuaba por dentro de San Telmo, era como si a la vez de retenerlo secuestrado y al borde de un infarto permanente, también lo protegiese de todas las otras consecuencias y le permitiese estar emparentado con la casa más antigua de Buenos Aires, la más angosta, la iglesia Ortodoxa, la danesa, el parque más alucinante, el café Británico, Mi tío, la casa de Castagnino y los adoquines. Un poco más allá, el coqueteo con los márgenes de la sociedad dejaría de ser una pose, y se convertiría en algo grotesco sin interés, una pura actividad delictiva para la que no tenía ni ánimo ni madera, y un poco más acá sería como un centímetro de costurera para medir el pantalón desde el tiro, hasta la caída sobre la punta de los zapatos. En San Telmo había dormido en hoteles destinados a recibir mano de obra del interior del país, e incluso en algún albergue gestionado por Caritas para personas sin techo. Cuando se liberó del alcohol y de la cocaína Gabor salió disparado de San Telmo, incluso cuando estaba de visita en casa de Lena, bajaba y tomaba un taxi en la misma puerta de Paseo Colón, o a lo sumo, si era fin de semana se introducía entre los peatones que poblaban la calle defensa cuando la cerraban al tráfico, y entonces sí, disfrutaba del barrio sin ser llamado por sus arterias. Las venas eran los anticuarios, los restaurantes, los museos, pero la sangre que alimentaba su alma llegaba desde otro tiempo, nació en una pelea a cuchillo en frente al Bar Sur entre dos guapos que se ataron pie con pie derecho para que solo uno saliese vivo, como en la pelea de los años 40 ambos perdieron la vida, se decía que todavía sus fantasmas continuaban peleando cuando caía la luz natural y un farol reflejaba las sombras sobre las esquinas. Entre la multitud foránea podía ir a comer pizza a Pirilo sin ser importunado por el recuerdo de cuando saludaba al viejo Juan que fumaba un pucho sentado en un escalón de su negocio tradicional, con la persiana a medio cerrar, y le aceptaba alguna porción sobrante de mozzarella hecha en un auténtico horno de leña. O los choripanes de la parrillita Desnivel, que tuvo la oportunidad de regresar a pagar en cuanto le empezó a ir bien, cosa que no pudo hacer con Juan Pirilo porque de viejo o de fumador, un día se fue con total seguridad al cielo, si esa posibilidad seguía abierta, aunque sí volvió a comer sus pizzas de la mano de sus hijas que mantuvieron el piringundín idéntico. Pero solo si estaba poblado de paseantes de afuera del barrio. Además de las ventas de sus discos, Gabor había recibido en calidad de herencia una suma de dinero, de la que debida, desprejuiciada y concienzudamente gestionada, conseguía beneficios que le permitían vivir sin penurias aunque sin dispendios excesivos, en cierta forma sentía un constante deseo de vivir en alguna casona o departamento antiguo del barrio como lo hacían los poetas y pintores, con suelos de madera crujiente y altos techos artesonados, también temía el poder de atracción de la parte tórrida y placentera de ese yo que había logrado controlar, no aplacar. Vivía en Charcas y Anchorena. En cambio Lena tenía una mirada totalmente diferente del barrio, aunque también le conocía las arterias, solo que desde otro ángulo. Lena era incapaz de mostrarse superficial. Ella había sido abogada de presos políticos presentando Hábeas Corpus por militantes de izquierda detenidos justo antes del golpe de estado de 1976. Después se quedó viviendo en Buenos Aires y poco antes de regresar la democracia se convirtió en la abogada de la incipiente Comunidad de Homosexuales Argentinos, de hecho varias reuniones se hacían en su departamento. Argentina salía de siete años de un baño de sangre, pero más aún de terror, ya que la manera de combatir a las organizaciones armadas de izquierda era secuestrando militantes, obreros, estudiantes, sindicalistas, activistas, profesores, escritores, periodistas pero individualmente, lo cual desarrolló una paranoia palpable en la ciudad cada vez, que aun arribada la democracia se acercaba por detrás cualquier automóvil en marcha lenta, y mucho más si el coche era Ford Falcón o cualquier patrullero. Cualquiera por aquellos días admitía que prefería sentir detrás el aliento de un elemento marginal que el ronroneo de un motor de Ford. La gente desaparecía y nadie más sabía nada, y nadie más se atrevía a preguntar nada, así que no hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para figurarse como eran tratados los homosexuales, si por casualidad o consecuencia detenían a uno. Y además se sumaban los prejuicios universales, así que cuando por una pelea o una venganza aparecía el cadáver o un homosexual muy golpeado, la policía ni siquiera investigaba, de manera coloquial en la taquería lo caratulaban como “asunto de putos”. Lena sumó toda su profesionalidad y esa garra y coraje indomable que tenía, de una bronca que parecía llegarle por las venas de sus antepasados italianos, muy probablemente sicilianos. Ella había elegido el barrio de San Telmo para vivir porque si bien guardaba gratos recuerdos de Flores, en San Telmo podía dar rienda suelta a su excentricidad, le encantaba decir que ella era “snob”, buscaba los escritores de moda en Nueva York y en París y los leía antes que nadie, y le gustasen o no hacía gala de conocerlos como si los hubiese parido, y la verdad es que sí, los conocía, quizás no tanto como la mamá pero mucho. Es el mayor legado que le cedió a Gabor, a su sobrina, y a sus sobrinos siempre alegres de verla y pasar el día con la tía tan loca como cuerda. Para ella eran su tesoro, nada, ni siquiera sus gatos o su plata estaban por encima de sus sobrinos. También conocían a Gabor cuando iban a pasar el día con la tía y estaba de visita y se divertían mucho todos refrendando el humor de cada franja etaria, riendo todos al mismo tiempo del mismo chiste. Cierta vez que Lena había reformado el departamento y lo había convertido en una ermita posmoderna todo blanco y con muebles de cuero negro, en una de esas visitas haciendo payasadas entre todos, los niños se excitaron tanto que empezaron a echar espuma de jabón por todo el departamento, Gabor creía que ahí había llegado el límite de paciencia de Lena, pero al contrario se sumó a la fiesta con los pibes que corrían por todos los pasillos mojando paredes, suelos y sillones, que acababan de ser estrenados. Gabor se llevó una lección pero que no era para él, en su departamento de parqué deteriorado y marcos de ventanas despintados si se armaba un quilombo semejante los sacaba a por la puerta a todos cagando leche.
Juan había muerto de SIDA. Se contagió en la época en que había poco investigado acerca de como atenuar la enfermedad una vez que se desataba, se probaban cócteles de medicamentos cada día para mejorar la vida de los contagiados y evitar que contrajesen una enfermedad, pero cuando las defensas de los pacientes bajaban de cierto punto y enfermaban poco se podía hacer. Se contagió en Viena, trabajaba como interprete simultáneo para la ONU desde hacía décadas, fue trasladado de Nueva York, a Bruselas, a Viena, donde había comprado un departamento en el distrito uno dentro del ring principal al lado del Graben y allí fue Lena a cuidar a su amigo de la infancia, de quien siempre había estado enamorada y de quien en cierto modo también había recibido gran afecto. Juan le pidió qie se casase con ella antes de morir, aunque ese había sido el sueño de lela cuando adolescente, le dolía que fuese la última voluntad y se le confundía la felicidad por vivir esos últimos meses o años casada con Juan con la angustia del final y la tristeza de saber que Juan tomaba el estado civil ulterior como la mortaja que lo podía eternizar con la madre y las hermanas: murió casado con una mujer. Pero Lena dejó de lado toda consideración que pudiese arruinarle aquellos días y se entregó a la tarea de esposa una vez más tras años de divorciada, a la vez que de enfermera, de terapeuta y de confesora. Fue feliz en ese lapso de tiempo pero no por ello dejó de ser una carga fuerte que le provocó un gran estrés que se liberó apareciendo en todo el cuerpo una vez que Juan murió.
Lena se había ausentado un par de años de Buenos Aires, había hecho amigos, se había acostumbrado a la ciudad de Viena, se había llenado de futuros recuerdos y además tenía que pensar que hacer con las cosas que Juan había acumulado durante décadas, que comparado con la mayoría no era nada, pero evidentemente tenía un contenedor de objetos, muebles, libros, discos, cuadros, después de descartar la mayoría de la ropa, zapatos, mantas, colchones cojines, elementos de la cocina, del baño etc. Le pidió a Gabor que fuese a ayudarla a vaciar el departamento hasta que lo vendiese, más que un auxilio físico necesitaba una mano anímica. En esa época Gabor estaba en la lona, ella le mandó el pasaje y pasaron unos meses despidiéndose de la ciudad ella y él conociéndola. Los amigos de Lena, los rusos de la ciudad que se vestían de Mozart en la Stephan Platz para vender entradas a los conciertos incluso para anunciar las misas con música de Mozart. Toda Viena le rinde homenaje a Wolfgang Amadeus, cada paso se siente su presencia aparte del recuerdo oficial, en cambio a Freud lo marginan al precioso museo de su casa, un par de sitios emblemáticos y no muy resaltados. Es que el viejo Sigmund ya lo decía, en mi Austria natal nadie quiere sentarse a hablar mal de la madre, y mucho menos pagando por ello. Viena era lo más parecido que imaginaba a un oasis dentro del paraíso. Parecía no existir ningún problema, las cosas eran lindas limpias todo funcionaba, al metro se accedía sin pasar por ningún control, los periódicos se tomaban de un cajón de polietileno y se pagaba a conciencia, las mujeres parecían siempre dispuestas, no es que haya tenido demasiadas amantes, no pasaron de tres, pero le asombró la facilidad con que se apareó. Con Sabrina fue haciéndose muecas en el Graben, tomaron varias cervezas Zipfer, “Herr Ober, eines Grosses, Starkes und Kaltes bier bitte”, andere und andere, und andere, y se fueron a hacer el amor al aire libre, en el verde, al lado de la tumba de Mozart, semiocultos al costado de un arbusto. Con Monica se conocieron en un bar musical de zurullos mal llamados latinos, latina era la música de Mozart antes de la Flauta Mágica y la de Verdi, Bellini o Donizetti. Me llevó Hugo el uruguayo tupamaro que llevaba mil años en Viena, según él, los amigos de Lena, Hugo y Judith, ya mayores, solo se dedicaban ella a tomar té y él a tomar cerveza y kirchwasser. Gabor solo lo acompañaba con la primera para tomar aquella aguaardiente de cerezas había que llevar en Austria, como mínimo, esos mil años que llevaba Hugo. Ni siquiera tuvo que bailar con Mónica, se quedaron mirando y él se acercó le habló las tres primeras palabras en alemán, lo demás lo chapurreó en inglés y a la hora estaban en la casa de Mónica donde había que descalzarse para entrar, y donde el baño de las deposiciones estaba en el pasillo. Al día siguiente cuando salió para regresar a Naglergasse vio que era otra parte de la ciudad, residencial, paredones de edificios sobrios de colores pasteles, con puertas de madera verdes o marrones, el obligado puesto de salchichas y leverkasse en la esquina y un silencio bajo el sol que penetraba las nubes que le pareció precioso, pensó que podría acostumbrarse a vivir allí. El departamento de Juan era una ilusión, en un edificio del siglo XVI con reformas interiores que permitiesen un ascensor, toda la madera era noble, las puertas coronadas por arcos de muro grueso, y tenía baño completo dentro. Mónica le dijo a Gabor que vivir así era muy caro y que los austríacos estaban más interesados en gastar sus emolumentos en viajes, comidas, cerveza y teatro.
Repartieron todo lo que no se llevaría Lena a Buenos Aires entre los amigos austríacos y rusos, y con Hugo y Judith y entonces Gabor volvió a Buenos Aires, Monica le había insistido que se quedase, le consiguió un empleo en el banco donde trabajaba, le dijo que tendría una vida holgada y divertida y que cuando quisiese podría visitar o regresar a Argentina, Gabor le explicó que Lena le había pagado el pasaje para que la ayudase en todo el regreso, no solo en la limpieza de la casa y el flete de los enseres perdurables en un contenedor como habían acabado de hacer, sino también el regreso a un país imprevisible, que era como una volcán en constante ebullición, donde incluso no necesitaba cambiar nada para estar todo distinto. No sabía como explicarle que precisamente Freud, aquel hombrecito nacido en su ciudad tiempo atrás había calado mucho más en aquel remoto sur que en su tierra, y que los argentinos de clase media eran prisioneros del diván y sus afluentes, Lena necesitaba abordar todas las aristas de lo vivido antes de recomenzar y quien mejor que el amigo que siempre la escuchaba, casi siempre atentamente.
Tiempo después cuando Gabor contó con fondos fue a visitar a su amigo ruso Vladimir y a Mónica, en la nueva casa de la cual se quedó unos días, en la calle Tigergasse, ella lo fue a buscar al aeropuerto, fueron a comer una Wiener Schnitzel, las milanesas vienesas, y cuando llegó al departamento, le dijo a Gabor “tengo una sorpresa para ti, cierra los ojos” lo tomó de la mano, anduvieron por un pasillo, se detuvieron, él escuchó el click de un interruptor de luz, y Mónica dijo “ahora abre los ojos” ¡fabuloso! había un baño interior.
Gabor siguió luchando para llevar a su hijo consigo pero era difícil, en medio de ellos se juntó con una mujer más joven tuvieron una niña, se dedicaron a leer a educar a la criatura, a pasear por los parques de Buenos Aires, a ir a Villa Gesell en verano, de vez en cuando a un viaje al exterior si las cuentas exponían algún sobrante. Lena no pudo acostumbrarse nuevamente a Argentina, la familia de Juan fue extremadamente ruda llegando a ser insolente y en ocasiones groseros cuando se referían a ella como la que se había casado para quedarse con todo, solo una hermana de Juan sabía como se habían querido desde niños y con que celo y cuidado Lena cuidaba cada recuerdo, tangible o no de Juan. Ella volvió a vivir cerca del Graben en un departamento más pequeño y menos exclusivo pero igual de luminoso y céntrico. Aprendió alemán y aprendió una cosa que siempre le comentaba Gabor en las charlas en su departamento de San Telmo, la sensación rara de extrañar un país que ya no existe, un jardín que ya se endureció. Hugo y Judith murieron y un tiempo después murió Lena de un derrame cerebral.
Entonces Gabor recordaba como Lena le contó que ya plagado de sarcoma de Kaposi, de infecciones pulmonares, de debilidad, en una sala de un hospital de Viena, Juan tomó la mano de Lena, y unos minutos antes de dormirse para no despertar más en esta dimensión, le dijo:
-La vida es bella
Lena odió esa frase, sintió que todo lo que habían padecido desde niños, de todo lo que ella creía que había huido Juan al mismo modo que ella, de la imposibilidad de amarse como habría sido deseable, el padecimiento de la enfermedad, era traicionado con esa frase lapidaria, última, incorregible. Gabor le había aconsejado que meditara acerca de si debía enojarse, quizás Juan había sentido que tomado de la mano de Lena fue el mejor modo de despedirse de la vida, quizás no había huido de lo mismo que ella, acaso dentro de sus soledades fue feliz, con intensidad intransferible, como cuando pasó la noche con el Chablis hablando de literatura con Julio Cortázar en su departamento de Paris.
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