El aroma de Chávez y la fragancia del Che
-¡Caballero denle nariz a eso! -dijo mi amigo el Nene causando una mezcla de risa y asentimiento generalizado de los viajeros que se atiborraban al principio de la guagua, mientras el grupo de rusos recién ascendido en la anterior parada, continuaba conversando con el conductor del autobús preguntando algo referente a la dirección a donde se dirigían.
Yo no me había enterado de cual era la procedencia de aquel supuesto fuerte olor que llevó a mi amigo a “pitar” de ese modo, porque me encontraba un poco más adentro, hacia el centro, aprisionado por el resto de componentes de aquella morcilla ambulante encargada de trasladar al pueblo trabajador.
Pero sí que pude enterarme cuando a empellones, hubieron llegado a mi proximidad aquellos ciudadanos técnicos extranjeros provenientes de la “Gran madre patria roja” que desinteresadamente ofrecían sus servicios y auspicio solidarios al indisciplinado pueblo cubano.
¡Santo cielo! eso no era solamente olor a sobacos mezclado con ajo, cebollas, pies, calcetines y otras interioridades, aquello era un fenómeno superior, poseía volumen, aunque no se pudiese notar a simple vista se podía intuir que aquel aroma le daba cierta espesura y consistencia al aire, era el súmmum de lo vomitivo, de lo repugnante, era la verdadera bomba humana, la revelación del secreto de la victoria de los rusos sobre Napoleón y los soviéticos sobre los alemanes. ¡Santo cielo!-repetí.
En La Habana la gente era graciosa cuando estaban en masa, porque el cubano a nivel íntimo es en realidad mucho más melancólico de lo que se cree, aunque la identidad colectiva más reconocible sea su dicharachería, la propensión a la risa, los ademanes exagerados al modo andaluz, canario, calabrés o napolitano, y casi siempre cuando alguien con características especiales, subía a una guagua algún gracioso tomaba la iniciativa y expresaba en voz alta un criterio que buscaba convertirse en una gracia, en un chiste.
Cuando algún pasajero reduce su volumen a causa de una accidental pérdida de gas intestinal, los comentarios son generalizados y casi siempre permiten pasar el fétido momento acompañados de carcajadas. Pero nada de eso fue ni siquiera posible con este notable grupo de rusos, que asaltaron a bombazos fétidos nuestro trayecto colectivo, ya suficientemente merecedor de un premio a la resistencia estoica frente al escarnio y el suplicio cotidiano, el comentario del Nene no daba demasiado sitio a la risa, a la gracia, acaso a duras penas conteniendo la respiración, se sostenía la esperanza de salir de allí liberado de una intoxicación letal.
Con todo y eso conseguir ascender, abordar, conquistar otra guagua era considerada una empresa tan arriesgada e improbable, que la gente no sin sopesar el dilema en su fuero interno, en su mayoría se decantaron por continuar en la guagua con un halo de esperanza de que el dios de los Urales, nos asistiese invitando a aquellas sus criaturas, a descender en cualquiera que fuese la próxima parada.
La vida entera estaremos en deuda con las deidades eslavas que atendieron nuestras súplicas haciendo que dos paradas más allá, el chofer les dijese a los aromatizados inocentes que habían llegado a su destino.
Cuando nos hubimos bajado en la parada de Alamar, mi amigo el Nene me espetó:
-Brother al lado de esos bolos tu eres un jabón, un champú, un perfume, un naranjo en flor.
Debo reconocer que casi me incomodó que alguien me hubiese arrebatado con tal nitidez y rotundidad la presea que me otorgaba mi desafección a la ducha y la consiguiente inclinación a las esencias enfrascadas.
Por entonces yo solía pensar, que quitando todo lo referente a la temeridad, a la propensión al trabajo, al afecto al sacrificio y a la espantosa repentina atracción por la estética comunista, una de las pocas cosas que sí me situaban en primera línea de parentesco con mi tío Ernesto, era precisamente esa desaprensión a las citas higiénico sanitarias con el agua y el jabón, además de compartir el disfrute de la poesía y de las cosas genuinas.
Quizás fue por ello que me causó un instintivo rechazo más que por cualquier otra razón, la noticia de estos días de que en el marco del aluvión de actuales disparates y los coqueteos con la fruta prohibida por décadas de las diversas formas de mercadeo, que está atravesando, disfrutando o padeciendo Cuba y sus políticas, se incluía la aparición de dos originales fragancias enfrascadas por un ministerio del Estado, por supuesto para vender en moneda de valor en divisas, llamadas una de ellas "Ernesto" por el Che Guevara, y la otra "Hugo" por Chávez.
Perfume Ernesto.
¿Podría algo superar aquella estrambótica invitación en la escuela primaria cubana a ser como el Che, todas las mañanas, en cada matutino escolar luego de saludar la bandera?
Aquella frase de: Pioneros por el comunismo ¡Seremos como el Che! para mí, lejos de invitar a los niños a ser disciplinados, obedientes, rectos, delatores de sus compañeros, o amantes del jabón, precisamente incitaba a los pioneros a lo opuesto, ser como el Che era mostrarse rebelde, desobediente, critico ante el poder, original, libre pensador, autónomo, y en temas de aseo, por supuesto, muy, pero muy poco apegado al paso por la duchas.
Más que el hecho de que cada día sin pedir disculpas, sin abandonar el poder por el estrepitoso fracaso por las penurias infligidas, comandasen nuevas ocurrencias para llevar a una especie de menjunje, de cóctel terriblemente injusto mezclando lo peor del socialismo con lo peor del capitalismo al país caribeño, la misma dirigencia, las mismas personas, que habían reprimido durante años con mano intransigente, cualquier desviación ideológica de los cerrados principios dogmáticos importados de la fría y lejana Rusia de los sobacos prohibidos, más que el hecho irritante de que sean ellos quienes hoy mercadeen con las imágenes y los fetiches revolucionarios; más incluso que por el hecho del ultraje a la razón que significa comparar, ubicar en el mismo parangón, en la misma línea ideológica, de vida, de clase, de finalidades, de objetivos y de procedimientos, a dos seres tan disímiles como pueden haber sido Ernesto Guevara y Hugo Chávez, uno, la persona más ácida y menos populista y demagoga de sus tiempos, y la otra la persona más cubierta por barnices y vacía de contenidos, de sustrato y sustento filosófico, uno, un intelectual de la acción y el otro un prestidigitador de los tiempos que corren, en todo caso en ese terreno mucho más emparentado con Fidel, dicharachero, encantado de conocerse, de ejercer el culto a la personalidad hasta el paroxismo, un hombre procedente del ejército, que hizo carrera de la obediencia, de la obsecuencia, del no debate, de la no discusión, aunque luego paradójicamente y también a diferencia de Ernesto, fue un buen usuario de las urnas para sus finalidades de poder , y más que probablemente como corresponde a un natural de un país cálido, haya sido un hombre limpio, aseado, enjabonado, planchado, peinado, insípido, impersonal como toda piel recién liberada de su ph genuino con el restregar de la esponja, incluso mucho más que las abismales diferencias entre esos célebres latinoamericanos, y la descarada adaptación de la dirigencia cubana al nuevo estilo de sociedad dictatorial china, de concesiones mínimas en lo económico pero intransigencia total en el control político, aún más que todo eso me incordió el hecho, de que algún atrevido desalmado de algún departamento ministerial, me usurpase sin más uno de los escasos parecidos indiscutibles que me identifican con la figura de mi tío, me habría sentido menos agraviado si en su reclamo publicitario rezase: "Si eres del estilo del Che, neutraliza el tufillo de tu sudoración comunista con en esta colonia de gran raigambre revolucionaria", en lugar de bautizar a dicho extracto de esencias con el nombre de -Ernesto- en honor al "buen olor" que el conocido revolucionario solía pasear por pampas, selvas y ministerios.
Pero-me dije- no hay demasiado motivo para la preocupación, el paso de los años me ha acercado entre otras sorpresas, la de verme convertido en un hombre aficionado a esas excéntricas sesiones periódicas de agua enjabonada, aunque he de admitir que en cuestión de perfumes, como siempre, sigo prefiriendo lo francés.
El Toro de la Vega
El Toro de la Vega, una masacre disfrazada de tradición en modo de fiesta con carácter oficial de "atracción de interés turístico", en la ciudad de Tordesillas.
Allí donde se decretó que la mitad del mundo nuevo pertenecía a España y la otra mitad a Portugal, y allí donde pasó largas décadas recluida la depuesta reina Juana la Loca, se suelta un toro por las calles del pueblo, que va dando tumbo entre muros de edificios de prosapia universal, y se lo persigue hasta un descampado donde literalmente se lo lincha a lanzazos, picotazos, cuchilladas, con el disfrute de la población enardecida por el dolor, por la humillación, por el abuso, por la sangre, la gente corre por el campo lanza en mano invocando a la muerte, llamando a los dioses que deben cobrar el sacrificio del animal, hasta el año siguiente en que nuevamente disfrazado de "tradición ancestral e identitaria" se volverá a dar rienda suelta a los odios, a las tensiones, a toda la cobardía acumulada durante tanta humillación sufrida durante el año sin protestar, se suelta toda la pus contra un toro despistado, que corre sin entender nada por donde le permiten las barreras y los verdugos.
La policía y la guardia civil acude allí para reprimir a los manifestantes en contra del festejo, este año estuvieron allí incluso para proteger a los violentos que lanzaron piedras y objetos contundentes a los manifestantes hiriendo de gravedad a una joven en el rostro. Las protestas antitaurinas y en oposición a la legalización de otros maltratos animales, al intentar ofrecer algún tipo de garantía legal al desprotegido animal, también procura marcar la diferencia entre los que sienten que esa es la identidad nacional, que esa es la síntesis del ser español al son de su enseña roja y gualda, la sangre reluciente al sol, y los que creen en otros valores que los unan como Nación, es un desesperado llamado al Dios devorador para que tercie en pos de algún giro sensible en la celebración de tales costumbres, para que nos asista en la desintegración de tan putrefactas y tóxicas raíces.
Diría que es la tradición más denigrante de la España moderna, si no fuese porque hay una decena de ellas en la geografía nacional que le ofrecen una apretada competencia, entre ellas una que le impide al Toro de la Vega declararse ganador absoluto de los festejos de la cobardía y la crueldad colectiva, que es la fiesta de Cazalilla, en Jaén, en la cual se tira una pava desde una torre campanario coronada por una cruz, a treinta y cinco metros de altura para disfrutar el momento en que se destroza al legar al suelo.
En este caso la fiesta no se considera como la de Tordesillas de "interés turístico" y cada año el encargado de lanzar el animal para hacerlo papilla, recibe una multa de dos mil euros por maltrato, pero el pueblo unido, previamente deposita la cantidad de la multa para que el "valiente" mozo lance al confiado pájaro no volador que asciende en sus brazos al cristiano campanario. El pueblo, al estilo de aquel Fuenteovejuna de la obra de Lope de Vega, se une en pos de una causa común, sólo que quizás en este caso no tan dignificante como para una oda.
Ya que nos dicen desde las instituciones que no hay posibilidad de anular la costumbre, la tradición o la manía de tirar bichos que no vuelan, desde campanarios de iglesias para verlas reventarse al llegar al suelo, o de correr tras bovinos despistados y luego lincharlos lentamente en un descampado, me pregunto:
¿No habrá habido, aunque por supuesto mucho menos auspiciada, alguna tradición que en el lugar de las anonadadas pavas, los sorprendidos toros, y las molestas reinas Juanas, colocase truhanes banqueros, mentirosos políticos y sádicos represores en su lugar?
Aunque sólo fuese para recrearlas hoy asomándolos a un campanario, pinchándoles un buen rato el trasero con banderillas y lanzas, o poniéndolos no sé si cuarenta años, pero sí una buena temporada en algún retiro forzado a resguardo del astro mayor.
Metrópolis
A lo largo de los años y por diferentes causas me tocó vivir en países del antiguamente llamado Primer, Segundo y Tercer Mundo, a saber: la primera denominación continúa dándosele a los países capitalistas desarrollados, la segunda ya extinguida, era para referirse a los países desarrollados socialistas o en avanzado proceso de desarrollo, y la tercera continúa definiendo a los países subdesarrollados o en vías de desarrollo precarias. Aunque estas tres categorías resulten demasiado vagas si se entiende que Brasil y Bangladesh o Luxemburgo y EEUU quedaban en el mismo saco, sí que había trazos que los emparentaban, tenues, sí, pero concretos.
De la observación de las diferencias, de las contradicciones y las paradojas que se daban en unos y otros, muchas me resultaban flagrantes, divertidas, llamativas. Pero había una paradoja que por sus aristas evidentes, cromáticas, imposibles de ocultar, me resultaba muy curiosa, y que hoy habiendo caído al menos todo el entusiasmo revolucionario de aquellos años aunque perduren los estertores de algunos dinosaurios, me sigue pareciendo sumamente visual.
Los países en cuyos seleccionados nacionales generalmente no hay ningún atleta de procedencia extranjera, ni siquiera de los países vecinos, es en aquellos países que pasaron por el experimento de las dictaduras dirigidas desde la URSS, incluyendo a las repúblicas que conformaban aquella sórdida unión.
En los únicos equipos de fútbol de las selecciones nacionales europeas que no hay jugadores procedentes de la inmigración, es los de los países que pretendidamente fueron los adalides de la solidaridad universal entre los proletarios del mundo.
Inglaterra, Francia, Portugal, Austria, Bélgica, Holanda, Alemania, hasta Italia que se resistía a la inclusión ya tiene sus hijos de extranjeros inmigrantes, sin embargo los rusos sólo tienen rusos, los polacos sólo polacos, los serbios ni siquiera tienen croatas, los húngaros sólo magiares, y así con los búlgaros, letones, estonios, ni hablar de las ex repúblicas soviéticas.
En los equipos de béisbol cubanos no hay ni un sólo jugador extranjero, mucho menos norteamericano. En los equipos dominicanos tampoco hay demasiada interacción con el vecindario. En cambio en los equipos norteamericanos están los mejores jugadores de Cuba y también de República Dominicana.
A juzgar por la pinta, sin indagar demasiado se podría aventurar que los jugadores de béisbol tienen derecho a proceder de cualquier clase social, pero preferentemente los inversores se inclinan a apostar por genéticas que puedan garantizar un buen manojo de jonrones en condiciones, ello otorga clara ventaja a las clases trabajadoras, de igual modo que los manager de los ajedrecistas deben procurar jugadores más proclives a dar jaques mates que nocauts o jonrones. De la abrumadora diferencia entre los emigrantes de una sociedad a otra, se podría inferir que al proletariado le podrían interesar otras cosas que las que nos inculcaron en las lobotomizadoras academias de adoctrinamiento ideológico. Quizás cosas más relacionadas con el placer, con el confort, la vanidad, la holgazanería, el descanso, el relax. La vergüenza de la virtud.
El comunismo real, la revolución socialista, la dictadura del proletariado no sólo parece haber constituido un fallido despropósito, una experiencia de opresión continuada sin parangón al haber tenido lugar a partir de una premisa viciada, ficticia, imposible, sino que fue también como Roma en su momento cuando pasó de ser verdugo del viejo Jesús a ser su más ferviente valedor, la mayor estafa y tomadura de pelo a que se ha sometido la confianza de los necesitados.
Como mínimo resulta curioso el hecho de que no haya ni un representante del proletariado de los países capitalistas, emigrado por causas políticas a los países ex comunistas o los pocos socialistas que a duras penas se mantienen en pie, que hubiese aguantado un minuto más en dicha sociedad, que lo que tardó en expirar la prohibición de entrada a su país, ni que se hayan quedado la descendencia de estos, llama la atención que no nunca hubo oleadas de norteamericanos pidiendo asilo en la URSS Corea o Cuba, no me refiero a ricos, sino a multitudes de homeless, de trabajadores explotados, y por supuesto no hay un sólo indignado inglés, francés o español que quiera pasar ni siquiera un sólo día como ciudadano cubano, ex soviético, polaco o vietnamita. Ni siquiera las pobres personas en condiciones extremadamente precarias de África centraron jamás sus esfuerzos para cruzar fronteras hacia las patrias del obrero y el campesinado, de la ex Yugoslavia, de Bulgaria de Rumania, o de las más cercanas Argelia, Angola, Mozambique, Etiopía cuando tenían revoluciones socialistas, ni los Guatemaltecos, costarricenses, salvadoreños o mejicanos se desvivieron por entrar clandestinos al paraíso del hombre humilde que pregonaba Nicaragua, ni los pakistaníes e indios a las repúblicas soviéticas.
Contrasta por la cantidad ingente de personas agraviadas por el colonialismo en los orígenes de sus nacionalidades o etnias, que no obstante ello, no sólo no reniegan ni un ápice de la Metrópolis, sino que la han procurado como la mosca al residuo intestinal.
Podría dar que pensar una de dos cosas.
O bien que cada una de esas sociedades son bien diferentes a lo que nos enseñaron, o que el ser humano, con el proletario incluido y en destacadísimo primer lugar, no es demasiado diferente de una perecedera y medianamente útil pieza mecánica de plástico, lo más alejada posible de cualquier precepto moral.
En todo caso parece que el ser humano, incluso la clase trabajadora, con tiempo y posibilidad de elección, más que la muerte de la burguesía, la distribución equitativa de todos los bienes, el estímulo moral y la solidaridad de clases, termina haciéndose simpatizante de muy buena gana, de las opciones que contemplen al individuo, la libertad de opinión y movimiento y ¿por qué no? también amante incondicional de unos buenos morlacos en el bolsillo, como sucedáneos del amor eterno y la paz universal, en tanto ésta se toma su tiempo y recaudos para darnos ese tan esperado alcance.
Confianza
Ayer tuve una experiencia que me llevó a pensar que estaba a punto de obtener la diplomatura de "Lelo" o “Poco avispado” que parezco estar persiguiendo deliberadamente en los últimos tiempos.
Después de estar pasenado y olfateando exquisiteces en una feria del Pez espada, donde los platos se servían generosos y a precios sumamente atractivos, fuimos a cenar a una fonda nada especial aunque de aspecto agradable.
Los precios anunciados eran también muy sugerentes al bolsillo y la carta al paladar. Desde que nos sentamos, el camarero nos trató con una familiaridad poco habitual, verdaderamente cercana, una amabilidad que lindaba con la lisonja, con la zalamería, con la confianza de corral. Mano en hombro, tuteo de colegas, en fin, buenas dósis de cálidez en el trato.
Antes de llevar a la mesa lo que ordenamos, nos sirvió unas aceitunitas negras, un platito tamaño postre con unos moluscos filipinos llamados Buzios, nada malos, y otro platito del mismo tamaño con ocho o nueve mejillones, aliñados con cebolla y pimientos a la vinagreta. Además de pan y deliciosa mantequilla salada, y entonces yo me deshice en elogios hacia tal atención, hasta me mostré incluso proclive a reconocer semejante presente súbito, con una jugosa e inusual propina llegado el momento de la despedida.
Luego vinieron los platos solicitados, terminamos de jantar. Y hasta nos alegramos por el arribo de un buen número de comensales a aquella parroquia de profunda calidez humana y buena onda, ya que a nuestra temprana llegada estaba vacía de clientes.
Estábamos a punto de caramelo, orondos, pletóricos, rozagantes y de súbito un color pálido asaltó el rostro de Patricia reflejando en el vidrio de la ventana contigua todo el dolor de una traición, el rictus de su semblante contagió mis tendones faciales, al escuchar el monto numérico registrado en el papelillo que el simpaticón camarero nos acercó atendiendo a mi petición de:
-¡La cuenta por favor!
Nos había clavado más del doble de lo que habíamos deglutido imbuidos en la ternura, embebidos en la experiencia de la generosidad entre extraños. Desarmados ante tanto repentino amor. Cada otrora alabada delicia pasó a ser un mísero platito con un precio desorbitado, introducido de manera sibilina, subrepticia, en la paz de nuestra presupuestada alegría.
Nos marchamos sin sospechar donde se habría ido toda nuestra experiencia, todo nuestra cancha, acodados a que barra de cual remoto bar yacerían cabizbajos mis años de calle.
Por el bien de la paz estival decidí pasar por alto el desliz, no obstante quedó el resquemor, la espina atravesada, o una imagen más soez.
Hace unos minutos, en la pensión Corredoura de Caldelas, un pueblo precioso entre montes boscosos del norte de Portugal, cercano a Braga, la chica de la recepción se acercó con una sonrisa, ofreciéndonos un aperitivo a mi mujer, a mi hijo y a este humilde servidor, mientras consultábamos nuestros malditos correos con el wi fi del living room, cauto, acepté un café, de estos ricos caldos de esta tierra, ofreció además un oporto y un refresco para el niño y como un resorte dijimos a una voz:
-No gracias, estamos bien- y mi mujer y yo nos miramos recordando la herida aún fresca de la aguja envenenada.
Una vez terminé de saborear al café, le pregunté a la simpática recepcionista por el precio, y entonces asustado, paralizado por el terror, a punto de quebrarme, la escuché decir cual bálsamo a mi ya fláccida, inasistida y torpedeada filosofía, mezcla de hipismo, rastafari y krishnamurti trasnochados, o bien como castigo a mi apresurada desesperanza:
-No señor, no es nada, todo lo que quisiesen tomar era una oferta gratuita, una cortesía de la casa!
Afrodita impertérrita
Joan Manuel Serrat cantaba una canción sobre un tipo que se enamoró de un maniquí y un buen día rompió la vidriera cuando era de noche y se la llevó a vivir con él.
La canción era previa a la existencia de las muñecas inflables a las que también las llaman las infalibles, o al menos previa a su popularización (ahora casi todos menos yo tienen una de esas muñecas escondidas en su armario).En cuanto escuché la canción me reconocí en ella.
Hubo una época en que durante las noches para lograr llegar al amanecer tenía que pasar por un calvario de pesadillas, estaba la del toro que me perseguía por el living, estaba la de la vieja horrible esperándome a la salida de abajo de una mesa con las sillas al revés, estaba la de mi abuela que se iba hacia arriba, hacia las nuebes desde un rincón del patio, aquella en la de que no podía correr, la de que estaban por encontrar el cadáver que había dejado hacía tiempo bajo el lodo, y una nutrida variedad de etcéteras, pero también había de los buenos sueños.
Estaba el sueño aquél en que podía volar a la altura de dos personas adultas casi sin mayor esfuerzo, haciendo el gesto de que nadaba, y en algunas ocasiones podía elevarme por encima de los edificios, pero no era disfrutable subir demasiado, así que lo placentero llegaba hasta la altura de tres plantas quizás, no más que eso. Luego estaba aquél en que tenía todo lo que quería, pero cuando me iba a comer algo no podía morderlo. También por supuesto en ese terreno, abundaban de los picantes, y más aún cuando iba emplumando el gallo. Maestras, alumnas, amigas, primas, todo lo que se movía "con falda y a lo loco" aparecía alguna vez en alguno de esos sueños tan agradables.
Dentro de ese conjunto también estaban los sueños raros, de los cuales recuerdo puntualmente dos.
En uno estaba sobre un terreno de batalla aún humeante y simulando estar muerto, una mujer con falda aparecía de repente, se paraba con una pierna a cada lado de mi cuerpo y yo podía disfrutar mirándole todo. Y todo era delicioso.
En el otro sueño perturbador era yo el que caminaba por un campo de batalla humeante y encontraba una mujer preciosa con grandes y jugosos pechos tapados por una camiseta blanca, enotnces yo se los destapaba y los disfrutaba como pocas cosas se han disfrutado sobre la faz de la Tierra. Es de suponer que esta segunda mujer se estaba haciendo la muerta igual que yo en el primer sueño. O quizás estuviese muerta.
Desde la más temprana juventud los maniquíes despertaron len mi un intenso deseo, un repentino torrente de expendio de testosterona. No cualquier maniquí, desde luego, precisaba ser uno en el cual hubiese producido en su diseñador el mismo tipo de baba que me aparecía súbitamente en la boca al verlo. Y preferentemente con camisetas blancas ceñidas que lleguen hasta el muslo y con ropa interior debajo de la cintura, o directamente con lencería.
Una cosa extraña es que el maniquí no necesita tener cabeza, es más creo que los prefería decapitados desde su concepción.
Hoy salí de la Conferencia de escritores de Willamette para comerme un sandwich porque me parecía demasiado un almuerzo entero a las 12:00 del mediodía, así que crucé al centro comercial que hay al lado del Hotel donde tiene lugar el certamen. Subí a la cuarta planta a través de la tienda Macy's, muy similar a las de El Corte Inglés en España, y antes de salir directamemte a la parte de los restaurantes, atravesé un pasillo plagado de maniquíes con diferentes pantalones, con trajes de baño, con vestiditos, y justo antes de salir por la puerta ancha munida de alarmas, estaba ella, con la camiseta de color claro ceñida a su figura perfecta, marcando una braga ni grande ni diminuta, que también parecía se de algún color claro.
Ahí estaba ella deliciosa, impertérrita, entregada y por supuesto: sin cabeza.
Aspirinas y semáforos
Hay dos cosas con las que no conviene meterse en Estados Unidos, ni con la salud ni con las disposiciones legales por mínimas que puedan parecer; todo lo demás es una maravilla.
Carne de vaca
Sarita intentaba comer carne de vaca a todas horas, los muchachos de Ciego de Ávila decían que estaban tan acostumbrados a comer bistec todos los días en sus casas que no importaba si dejaban de comerlo algún día, lo decían delante de ella y del maquinista que era también de Santiago de Cuba y también le daba a la carne que era un espectáculo temiendo no volver a verla en el resto de la existencia.
Sarita se picaba con las puyas pero no dejaba de comer sus bistecs con cebolla, ajito y limón.
Un día fuimos a su casa a buscarla porque teníamos que zarpar antes de lo previsto, y la madre nos dejó en el salón de su casa, sentados en sillones balancines de preciosa madera y confección. Nos ofreció café, Sarita demoraba y nos ofreció otra tacita más, mientras yo me entretenía observando la casa, el techo azul, con artesonados, tenía vigas a la vista, las rejas de las ventanas habían sido hechas muy cuidadosamente por algún buen herrero de los ya muertos, y desde allí se veía el empedrado de la calle, esa casa tenía en sí más buen gusto que todas la conversaciones que manteníamos cada noche. Y entonces Sarita Salió por fin pero con la cabeza tapada por una especie de gorro de baño.
Cuando llegamos al barco en el coche Sarita se metió en el camarote y zarpamos, a las dos horas, Ponce la llamó y le dio la orden de entrar al agua y practicar un buceo mientras nosotros observábamos en la borda mirando. La chica no quería de ningún modo, hasta que no tuvo más remedio que tirarse con el equipo, salió con el pelo absolutamente enroscado, a merced de toda la grasa que se echaba, intentaba taparlo de cualquier manera, y corriendo al camarote para echar mano de su máquina de alisar y pasarse las próximas horas en esa ardua tarea, que cualquier improvisto como aquel podía derribar, me dio pena que pensase que hasta ese día no era evidente la escasa suavidad de su pelo. y me di cuenta hasta en que pequeñas cosas está presente la ignominia que debieron sufrir esos seres humanos completamente abusados y desprovistos de todo , hasta del simple orgullo de mostrar su belleza. Ella tenía el pelo largo por los hombros, cada noche le pasaba la plancha para que quedase liso, algo que hacían muchas mujeres mulatas, yo prefería la belleza de ese tipo de pelo enrulado, pero las que eran más claras de piel quizás pensarían que estirándoselo podrían pasar por blancas, y que gozarían de mejor status.
El resultado de aquel pelo duro caído sobre el hombre podía ser pasable solo si se tratase de una foto, pero que en la realidad cuando la mujer mueve la cabeza, va en todas direcciones como un casco, era para mí mucho más agraviante que cualquier sitio al que las pudiese condenar el prejuicio racial, ya que se sumaba el elemento de la anomalía. Pero aún así podía comprenderla.
Era algo más profundo que un simple patrón estético el que ella ocultaba. Sobre esta particularidad de los descendientes de africanos en América leí muchos trabajos, siempre escritos por blancos que estudiaban la negritud, pero nunca pude leer algo que sitúe la belleza o menoscabo de la raza afroamericana alejada de estridentes orgullos o complejos raciales, por eso considero que el crimen aquel aún continúa vivo, nadie que viva hoy es culpable, pero aún hay víctimas, tan brutal fue lo que se hizo. Entendía el principio de su complejo. Si bien yo siempre sentí aprecio por mi pelo oscuro, sabía que no era un patrón precisamente de representación del poder de tipo europeo, ya que indicaba que podía descender de africanos, de indígenas o de judíos, sin embargo hacer algo por disimularlo me habría parecido además de una tarea ardua que no merecía tal esfuerzo, un serio ataque a mi ya deficiente estructura de amor propio. Por otro lado quizás gracias a la libertad que me obsequió mi perenne actitud de concentración exclusiva en mis cavilaciones, siempre le brindé muy poco interés a las convenciones, y de alguna manera me quedó la convicción de que justamente, la raza de Sarita no solo no tenía nada de qué avergonzarse, sino que si afinamos la óptica de observación acaso cuenten con muchos más motivos para sentirse dichosos y agradecidos de la naturaleza que la gran mayoría. Pero el orgullo de una etnia que se le había dado históricamente un trato tan duro, y se le continuaba tratando despectivamente en la Revolución de todos, es algo que precisa de trabajo y de un definitivo destierro de prejuicios tan bochornosos.
La Siberia habanera
Esa parte del barrio llegó a albergar a cincuenta mil habitantes, no había tiendas dentro, ni estancos de tabaco, ni alimenticios, ¡no había un punto expendedor de agua!. La guagua tampoco entraba, solo rodeaba ese inmenso sub barrio de Alamar, y por supuesto los apagones de luz eran allí de récord, motivo de asombro interestelar. Mi edificio estaba justo al principio, por suerte teníamos una cafetería al lado, donde de vez en cuando había helado y el resto de las veces un sirope azucarado muy frío, que al bajarse uno de la guagua resultaba una bendición, y más aún para aquellos vecinos a los que aún les quedaban minutos de caminata hasta sus casas, desde el mostrador en que dos empleadas tenían casi todo el día para charlar sobre sus historias de guaguas llenas y hombres restregones, debido al escaso público comensal y claro, a la rapidez con que se acababa el helado durante el día.
Y aunque se tratase del principio del barrio, los ejemplares de mosquitos con que tuve contacto, podían haber sido amaestrados y adiestrados en las milicias de tropas territoriales de no ser porque en su excesiva agresividad, no habrían distinguido entre enemigos y lugareños.
La vecindad ocurrente como siempre en Cuba, a ese trozo de Alamar que nacía en mi casa y se extendía hasta allende los horrores, colindando con la playa de Baconao, a través de la costa y hacia el infinito en su profundidad, la bautizaron: “la Siberia”.
El Che había muerto en Bolivia antes de que se empezara a construir Alamar, pero él había bautizado la frase “el hombre nuevo”. Había ideado una generación posterior a la del triunfo de la Revolución, que educada en una sociedad que ofreciera estímulos morales y no materiales, una sociedad justa, de la cual estuvieran desterrados los valores del capitalismo, valores individualistas, egoístas, daría lugar a nuevos valores que el hombre adoptaría en solo una generación. Pensaba que el recuerdo genético de la ferocidad animal que habita en el ser humano para sustraer el alimento al prójimo se erradicaría en una generación, o en dos. Aplicando claro está, una concienzuda instrumentalización ideológica, una limpieza de vicios antiguos, capitalistas según decían, a través de la educación. Este hombre nuevo, compuesto de la arcilla de las nuevas generaciones llegaría a ser la envidia de los hombres del mundo, regidos por la rapiña en que han sido engendrados y educados. Estas nuevas generaciones criadas en la solidaridad, en el internacionalismo proletario, en la motivación moral para ser mejores trabajadores, también tendrían una férrea disciplina revolucionaria, y entenderían justo el castigo a cualquier desvío ideológico, deberían tener un orden, una moral y una conducta ejemplares. De esto se lo podía responsabilizar al Che, pero del espanto estético y funcional de Alamar y su Siberia, doy votos como Guevara, que con toda seguridad, ni en sus más estrictas y perversas ideas de construcción de una nueva estética que estuviese privada de apéndices, de artilugios, de adornos inútiles, a Ernesto se le habría pasado por la cabeza semejante engendro de la fealdad hecho a la más pulcra perfección.
Sentía que mi tío desde donde sea que estuviese, me decía de vez en cuando algo más o menos así:
_ Martín, esta fue una buena intención , no una ocurrencia vacía, sino el engranaje de una cadena que llevaría a una sociedad que algún día pudiese suplantar al capitalismo, y a la explotación del hombre por el hombre, ya no por el medio de la revolución violenta , sino de la invitación a los obreros y hombres de bien de todo el mundo, con un modelo que los sedujese mucho más que el del éxito personal, un ejemplo más de tracción paralela; pero tú sobrino, hijo de mi hermano siempre aturdido, el risueño Patatín, no desmayes, ni se te ocurra ser un vasallo de nadie, y menos aún de mis designios y errores, no son estos proyectos para ti, aunque sí lo fuesen para tu padre, mantente libre de la manera que sea, aturdido si quieres, bravo o acobardado, fresco o perturbado, pero distante de toda esta porquería en que se ha convertido lo que hice o quise hacer, si quieres pelea contra ello, y si no tienes ganas de luchar no lo hagas, pero no te doblegues, no te conviertas, no me aflojes viejo, que ya quedan pocos”.
En fin ¿por qué uno iría a tratarse mal a sí mismo?
Santiago de Cuba
Como todo lo que habíamos acordado había salido no demasiado bien, me dijeron en Consejo de Estado que conseguía un trabajo y lo hacía bien de inmediato o me tenía que largar de la isla. Froilán, un ser humano único, me salvó de garras de la EJT donde me querían enviar, un sitio donde sin dudas, el primer día habría perecido ahogado ante el asalto abrupto de las toneladas de sudor o perforado por los embates que los mosquitos MIG 17 que entrenan entre los cañaverale. Froilán intercedió para que me enviasen a Santiago de Cuba al proyecto Baconao Turquino.
En el aeropuerto me recibió Iván, un joven ingeniero de La Habana, que me dijo que sería mi guía por unos días hasta que me reuniese con el general Robertico y hablásemos de cuál sería mi trabajo. Me llevó en su Lada 1500 a la “casa de visita” donde viviría unos días, una preciosa casona, con habitaciones disponibles para invitados del General. Iván me enseñó dos habitaciones y me dijo escoge la que quieras, y me elegí una que daba a un jardín florido, y que era muy espaciosa para mí solo. Iván me dijo que había cocineras y mucamas para limpiar la habitación que no había que cocinar nada, pero me llevó a la despensa y las neveras para mostrarme que había todo tipo de carnes embutidos y quesos para comer a la hora que quisiese, de igual modo cervezas y ron a espuertas. Las habitaciones tenían aire acondicionado y los baños eran individuales y muy cómodos, con toallas que se cambiaban cada día. Al otro día por la mañana fuimos a dar una vuelta por el Parque Baconao Turquino y me explicó que allí estaban desarrollando un complejo turístico que debía dejar pequeño a Varadero cuando estuviese terminado, pero que llevaría años. A él le habían propuesto como ingeniero mudarse allí y poder desarrollar todo el potencial de sus ideas con total libertad, y me dijo que lo estaba haciendo, me llevó por las obras que había construido y realmente eran inusuales. En una parte de la costa donde chocaban con fuerza las olas Iván había mandado poner una serie de cañas de bambú de unos quince centímetros de diámetro y diferente altura, formando un sikus gigante y cada vez que las olas daban contra la costa emitía el sonido de una melodía que parecía provenir del mar. Era lindo y además salía de ese esquema socialsita de que sólo se construyan cosas prácticas, nada que tuviese como fin la estética pura o el hedonismo de por sí. Luego proyectó un valle plagado de dinosaurios en estatuas de diferentes tamaños, un hombre prehistórico con su mazo en la mano con los pies a cada lado de la carretera, había que pasar por debajo de él, y eso conducía a un museo de miniaturas que había hecho un suizo. Cosas raras en la Cuba revolucionaria. Y eso en un par de años solamente, estaba orgulloso y lleno de energía con ganas de hacer cosas, que no necesariamente eran útiles en el sentido clásico que se entiende por la utilidad, que embellecían un lugar tanto, le daban un toque tan personal, que sería eso lo que lo diferenciaría de los sitios exclusivamente estivales.
Tomamos unas cervezas frente al mar y cuando nos fueron a cobrar lo cargaron a una cuenta del Plan, y así en dos hoteles más, y me contó que además de tener crédito libre en el Plan Baconao, por todo Santiago tener nuestra posición era considerado como un privilegio mayor y podíamos entrar en todos los sitios, como restaurantes cabarets, marinas, clubes deportivos, con solo mencionar donde trabajábamos y bajo las ordenes de quien. Iván me dijo que Robertico le pidió que estuviese unos días conmigo llevándome con él al trabajo y que yo fuese viendo en que me gustaría desempeñarme.
Cuando regresamos a la casa de visita, me eché en la cama con los brazos abiertos mirando el techo, me sentía mejor que si hubiese ido a recoger un premio, yo había ido a enfrentarme a un trabajo que me enderezaría, una especie de castigo, sin embargo cada paso que daba, cada cosa que me enseñaban era mejor, parecía una broma donde había una cámara oculta. Y aún faltaba que me dijesen en donde iba a trabajar.
A la semana de dar vueltas con Iván y tener claro que cualquiera de esos sitios me gustaba para trabajar, me mandó a llamar Robertico a su casa de visita. Me pasaron a recoger en un jeep y tuvimos una conversación informal, en la cual por supuesto no podía faltar la admiración de él por mi tío, yo me sentí un poco intimidado ante tanto espacio, tantas botellas de whisky, escoltas o subordinados comiendo sándwiches de jamón, langosta, aquello era una maravilla, ese tipo de castigo era como arder en el infierno de las ninfómanas y el jolgorio. Me dijo que se tenía que ir ya mismo en un helicóptero, que estaba supervisando las obras del Plan, y que me tenía reservada una sorpresa, que al día siguiente me mudaría al sitio donde iba a trabajar, que por la mañana me iría a ver mi nuevo instructor y jefe.
Lo saludé le di las gracias me tomé dos vasos de whisky antes de salir de allí, y me fui a la casa de visita preocupado por donde sería que me llevaría, pero me daba buena espina la manera en que me había tratado, y además me dijo que si no me gustaba que lo dijese y procuraría otra cosa. Cuando llegué, Iván me estaba esperando para cenar y para irnos a tomar algunas cervezas por ahí en su coche. El ya sabía que al día siguiente dejaba la casa de visita, y también sabía dónde iba, y me dijo que no podía decirme nada, pero me aseguró que me iba a gustar, que según lo que yo le había comentado y él había visto en mi durante esa semana seguro que me gustaría. Y me aseguró que si no fuese así se lo dijese a él que él se lo decía a Robertico, que le había caído bien y creía que yo tenía que estar donde mejor me sintiese.
Al día siguiente apareció en la casa de visita un hombre bajo, de voz fuerte y con mucha vitalidad, parecía eléctrico, me dio la mano y sonrió a regañadientes, se me presentó como Lázaro, y me dijo que él estaba a cargo del desarrollo de la flota de buzos, de barcos hundidos para hacer turismo subacuático, lo que se llama pecios, y de la extracción de coral negro en las costas de la isla para financiar el proyecto. Me preguntó si me gustaría vivir en un yate y me preguntó si sabía bucear. Le dije que en apnea sí, y me dijo:
_ ¡No hay problemas vamos a hacer de ti un señor buzo!
Cuando llegamos al puerto y subimos al yate me dio un camarote comodísimo, empapelado a la inglesa, en el ropero cabían todas mis cosas, tenía mesita de luz y dos camas muy cómodas, con aire acondicionado, y en cuanto dejé la ropa me presentó al resto de la tripulación, su sobrino Omar buzo de unos treinta años delgado y atlético, Albertico un buzo de unos cuarenta años grueso, el cocinero, su hijo que se llamaba Iván como el ingeniero, y Sarita, la bióloga de a bordo. Sacaron unos trozos de jamón y cervezas y me dijeron que había que brindar. Entre todos me daban una bienvenida que aún parecía que estaba en un cuento, me decían que sería buen buzo, que no preocupase que aprendería con ellos, que Albertico era uno de los mejores buzos de Cuba, a lo que Albertico me dijo que de eso nada, que el mejor era el mismo Lázaro. Me contó que había sido quien había protagonizado una acción para detener un atentado a Raúl Castro, que era famosa porque había sido llevada al cine con éxito bajo el nombre de Operación Patty Candela. También Lázaro fue uno de los buzos que trabajaron en la pantomima de la búsqueda del cadáver o de algún resto de la avioneta de Camilo Cienfuegos.
Cuando me quedé sólo con mi cervecita en la borda mirando hacia al isla Granma en medio de la bahía de Santiago mientras caía el sol no me sentí especialmente bien, necesitaba otra cervecita más.
La respuesta
El periodista, una persona templada, equilibrada, que no sólo posee sino que transmite sosiego, tranquilidad, un poco lo opuesto a mi escasa flema inglesa, me preguntó sin animadversión:
_Hay cubanos que critican al sistema y otros que no, no ha habido un intento de derrocar al gobierno en 55 años- seguido de una pregunta que aunque ahora la puedo encontrar clara e inofensiva en las redes sociales, entonces las percibí como: ¿No será un poco exagerado esto de la represión, de lo anacrónico de la Revolución cubana?
Y entonces respondí en consecuencia. Cuando sentí que debía ir a la defensiva hice el viejo truco de ir a la ofensiva, todo dentro del marco del decoro de la simpatía que me despierta y de las formas recomendadas fuera de la jungla, pero ciertamente al ataque.
Respondí echando mano del recurso socorrido y efectista aunque no poco cierto de que el hecho de que en Kampuchea, China, URSS, España de Franco, Polonia, o Rumania de Ceaucescu no haya habido casi nunca a una revuelta, y desde luego jamás el más mínimo disenso explícito dentro del poder, pasando como en la URSS , China, Mongolia, Cuba o Corea, décadas de votaciones con unanimidad total, con una prensa que jamás ha publicado una noticia critica al sistema, convendría pasarlo por el tamiz de la reflexión antes de traducirlo en la lectura de que estamos frente a una sociedad sin conflictividad, sin antagonismos, sin el más mínimo disenso, feliz, y unánime como podría llevar a pensar esa falta de diferencias manifiestas. Ya que apresurándonos podríamos llegar a concluir que por esa misma regla matemática, en Francia, Holanda o Inglaterra se vive una pesadilla de desacuerdos, disfonía y caos que se traduce en la peor calidad de vida al observar, que es en esos países donde con más frecuencia salen sus ciudadanos a protestar, se hacen huelgas masivas, los políticos piensan cada uno a su manera y los medios denuncian numerosas irregularidades de los Partidos en el poder y de los gobernantes, y nadie parece estar de acuerdo del todo con nadie!
Aún cuando no fue respondido en ese tono, sí que pido disculpas, desde el pudor que me da el haberme sentido cuestionado en los medios ambientes de mis perturbaciones, transportado a una escena de la eterna infancia, y haber atacado socarronamente en consecuencia; obviamente ni el periodista quería mi atesorada fruta conseguida a capa y espada, ni la respuesta más acertada, correcta, reflexionada, podría parecerse demasiado a la que di.
Antes de una entrevista nunca sé ni siquiera del tema que voy a hablar y prefiero que así sea siempre, si un día me llegan a dar un cuestionario lo más probable es que le agregase preguntas comprometidas, o sea que siempre me toman por sorpresa las interrogantes inteligentes, disparatadas o snobs, y en realidad por esto elegí expresarme escribiendo, porque nunca me paso ni me quedo corto, me hago responsable de todo lo que escribo desde todas las instancias que la conciencia me provee, pero en el habla verbal, ay amigo, como he metido la pata a lo largo de toda mi vida, porque presento esa característica que les achacan a los niños y a los borrachos, siempre digo la verdad. Aunque una verdad viciada del rencor eterno atesorado en elementos intangibles que se posaron en mi alma para hacer nido, tengo los mismos dedos que cuando era bebé, la misma boca, las mismas piernas, algunas cosas han cambiado de tamaño aunque no es para hacerse ilusión que tampoco ha sido para tanto, y del mismo modo tengo también las mismas viejas cicatrices.
Si pudiese rebobinar dejaría ese intento de repuesta empática tal y como la dije, aunque con con menor extensión ( otro de mis males en la comunicación verbal que en la escrita controlo más, aunque todo hay que decirlo, era más austero aún cuando debía consumir papel) y agregaría que sí, que quizás y no importa por cual razón, hay un gran número de cubanos que están de acuerdo con seguir con ese sistema, quizás incluso más que los quieren el cambio, es imposible desear aquello que no se conoce, pero en todo caso, es eso precisamente lo que le han usurpado al pueblo cubano, ya no sólo el poder manifestar las ideas que no coinciden con las del establishment, y no sólo formar partidos , asociaciones, prensa escrita TV y radio para quienes piensan de todas las diversas maneras que existen de canalizar las ansias o las frustraciones sociales, sino que han aleccionado al que genuinamente sería partidario de ese experimento y lo han embotellado dentro de un manojo de consignas huecas, impidiendole defender sus ideas con mucha mayor convicción cuando supiese que es una decisión propia en un mar de posibilidades de elegir, lo podría sostener dialécticamente si encontrase la oportunidad de debatir con las posiciones opuestas o distintas, y a cada uno que sintiese que la Revolución no es su modelo de sociedad le permitiese a su vez escoger uno definido, no simplemente aunarse, amucharse, reunirse con todos los demás que por disimiles razones reniegan del proceso, bajo el mismo paraguas de desafectos, de opositores o de disidentes, tal como ocurre en Miami, que personas de las extracciones sociales y de usos y costumbres diametralmente opuestos están de un bando, unidos precisamente por la intolerancia del castrismo oxidado.
Muy diferente de hecho pero con rasgos familiares a lo que ocurre hoy en España, que el totalitarismo y las actitudes autoritarias tanto del gobierno como de la Banca que imparte las órdenes a sus subordinados de la Política, han llevado a una enorme parte de la población a sentirse unidos bajo un mismo lema a causa de la indignación, sensibilidades que jamás habrían convergido, convertidas de repente en una fuerza no invitada a la fiesta, a causa de la petulancia, la ambición de poder, y la sordera de los gobernantes.
Lo cierto es hablar no es lo mío, y lo de menos es esa eterna voz nasal que me obliga a escucharme antes que mis interlocutores, razón por la cual casi siempre me río antes que ellos. Un poco por eso y otro poco por el cariz escasamente universal de mis chistes.
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