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El blog de martinguevara
Ultimos Posts

Un rayo de agua

18 Agosto 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Argentina frizzante, #Relax

Apareció como un rayo de agua

empapando nuestras vidas de luz y calor

pasó el primer día en una incubadora, el pichón.

Su mamá, con la calma de que es acreedora,

Lo esperó en la soledad íntegra de senos henchidos

Cuando nos lo dieron tardó en prenderse a la teta

Pero allí permaneció tres años sin dimitir.

Los mismos ojos almendrados que mientras su boca mamaba.

miraban desafiantes al mundo, con su ceja levantada

hoy miran de frente, con la misma intensidad,

con la misma tranquilidad, idéntica seguridad

y marcan la distancia que existe entre lo cotidiano

y lo extraordinario convertido en un hábito .

A veces cuando lo observo comiendo,

o hablándome de sus pensamientos políticos, filosóficos o científicos

mientras me los hilvana o devana con pasión ,

me percato de lo que lo hemos querido bien,

con un amor tan fuerte que puede dañar, paralizar, doler

pero supimos poner la valla de prohibido pasar

con la seguridad de que todo ese cariño

está ahí, en una caja con su nombre

para cuando lo necesite, al costado de su libertad.

Su mirada es escudriñadora, inquisitorial, curiosa,

o de superioridad a veces,

Como cuando con dos años me reprendía desde su asiento trasero del coche rojo que aún lleva el alma de aquel bebé en su interior

“papá ¿por qué te enojas? no solucionas nada"

sin embargo tras sus pupilas, anida el temor al futuro

¿cómo será el mañana de quién todo lo cotidiano se le presenta como una montaña a la que desdeña, y lo extraordinario como un pañuelo de seda al que atesora?

Va tranquilo, seguro, sin bastón.

Y yo, sigo sintiendo ese afecto tan profundo, que arde empapado.

Como por un rayo de agua.

Un rayo de agua
Un rayo de agua
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Ronnie

5 Agosto 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Opinion crítica.

Andaba jugando con Fernando en el lobby, cuando entró un hombre vestido de pantalón blue jean de pata ancha, camisa apretada poblada de colores, chaqueta de jean, zapatos plataforma, y el pelo al modo afro, con una mujer tomada de su mano vestida igual  y con el pelo aún más largo hacia arriba, un niño con un pantalón jardinero de jean, zapatillas y también afro, y una niña más pequeña también colorida en su indumentaria. Caminaban como salidos de una película, y cuando pasaron cerca escuchamos que hablaban en otra lengua. Por el hotel pasaban unos días o semanas niños africanos hijos de algún revolucionario de los que en aquellos años intentaban descolonizar sus países, pero aún cuando eran de la misma raza, no tenían nada en absoluto que ver con esa imagen. Era la familia Newton. Huey era el nombre del padre, su mujer se llamaba Gwen, su hija Jessica y nuestro nuevo amigo: Ronnie.

Ronnie hablaba muy poco español, había estado unos meses en otro lugar de la isla, cuando quería que fuésemos a dar un paseo fuera del hotel, decía, “Marchín, Fernano, vamos a cambia por e caji”-, nos costaba entender esa jerigonza pero en la medida que fue mejorando el castellano, empezó a traducirlo como  “vamos a caminar pore calli”  y recién ahí lo comprendí, aunque siempre como si lo hubiésemos comprendido, cuando decía aquel galimatías, salíamos a echar ese pisteo por el barrio.

En aquellos años sonaba Jackson Five, “María” cantada por un jovencito Michael, Ronnie tenía el pelo como ellos y bailaba el mismo boggie-boogie auténtico. Los norteamericanos que solían pasar por el hotel eran progresistas, antirracistas, antiimperialistas, pero por lo general desde una perspectiva pacifista, los Black Panther en cambio abrazaban la lucha armada, pero para la autodefensa, no tenían como objetivo la toma del poder de los EEUU, lo cual revela cierto nivel respetable de cordura y sentido común. Aunque en realidad su mayor actividad y aportes fueron en el terreno de la asistencia social, tanto cultural, de conciencia, como de proveedores de alimentos en los casos más necesitados.

Las dos aberraciones más terribles que ha vivido la humanidad desde que existe recopilación de nuestra Historia como humanidad, son el Holocausto en el siglo XX y la esclavización de africanos durante dos siglos y medio, en algunos casos casi tres siglos, siendo lo más terrible en los primeros años de tráfico .

La totalidad de los inmigrantes africanos a tierras americanas se produjo por medio del uso de la más cruel de la fuerzas. En ningún caso emigraron por sus deseos ni por sus medios, y mucho menos para convertirse en casi el cien por cien de los casos en esclavos, escapando de esta suerte un reducido grupo en Centroamérica, que ha vivido todos estos siglos sin haber pasado por el látigo, ya que fueron tres galeones que se quedaron sin dueños y resultaron libertos. Los únicos casos entre los millones de africanos que fueron transportados en galeones a América para trabajar en el nuevo continente.

El grueso de los esclavos que llegaron a EEUU fue después de la Independencia, en el siglo XVIII, antes eran cantidades residuales. Las grandes mayorías de flujos de esclavos africanos fueron a parar a las plantaciones del Caribe y Brasil, donde morían muy rápido por las condiciones de vida y trabajo, por lo que había que reponer permanentemente mano de obra nueva desde África. En los EEUU se reprodujeron en mayor cantidad y velocidad por las menos miserables condiciones de vida y trabajo. Llegaban tanto desde los puertos de Méjico y San salvador de bahía como desde Liverpool. Cabe destacar que además de la avaricia y escasos escrúpulos europeos, en este tráfico participaron reyes y jefes de tribus africanas, el rey Ndongo de parte del Congo se convirtió en un acaudalado esclavista suministrando esclavos a portugueses y holandeses. En EEUU se dio la particularidad que durante mucho tiempo convivieron Maryland, esclavista, y Pensilvania, abolicionista. En 1860 se decreta la abolición dela esclavitud, y la vida de los descendientes de africanos mejoró considerablemente respecto de lo que era, pero aún estaba muy alejado de poder considerarse ciudadanos de pleno derecho.

Black Panthers Party, se fundó en 1966, concentró su mayor actividad en la ciudad de Oakland, su nombre se debe a la característica de la pantera negra, que es un felino que no ataca, sino que lucha para defenderse. Fundamentalmente era un Partido de autodefensa de las comunidades negras en los Estados Unidos, llegaron a tener miles de militantes y a tener representación en varias ciudades, no era una organización clandestina, pero sí fue duramente perseguida y atacada. Plantearon diez puntos sobre los cuales se asentaba su condición de partido en su afán de servir. Protegían a la población de los abusos policiales, enseñaban a leer, intentaban sacar a los jóvenes de uno de los trabajos caminos que se les ofrecía con garantías: la delincuencia, la venta minorista de drogas. Intentaban dotar de dignidad a la oblación negra. Esto supuso ataques subrepticios directos por parte del FBI. Hoover declaró en una ocasión que eran el enemigo número uno de la sociedad. 

Producto de esa persecución, se exilió en Cuba Huey y su familia. Una detalle al dorso: el único programa de radio en Cuba que reproducción música funky, rock y blues, “Now” lo había establecido un militante de los Panthers exiliado a finales de los años sesenta. Media hora de buena música a las seis de la tarde.

Todas las habitaciones del hotel tenían balcón y era un punto de interconexión. Un día de gran tedio probé la diversión de pasar de un balcón a otro. Mediaba la pared que daba a la otra habitación, pero la baranda era generosa en vericuetos donde introducir los dedos pudiendo asirme de forma segura. La parte de abajo dela baranda dejaba un espacio perfecto para poder mantener el pie firme sobre el suelo, lo demás era agilidad propia de la edad. Era una condición sine qua non no mirar hacia abajo, ya que había 21 pisos y daba impresión de estar en el vacío al pisar del otro lado de la baranda. La vez que cometí el error de mirar, mis dedos se hicieron pequeñas heridas de lo fuerte que me así de los agujeros de metal de la baranda.

Y entonces les propuse un juego a los muchachos. Fernando, Ronnie y Pedrito. Una competencia, a ver quién recorría más balcones, Fernando y yo fuimos los que llegamos al límite establecido por unos cuantos metros de pared hasta que comenzaba la otra hilera de balcones. Tras ese límite había que regresar. Cuando soplaba el viento, y a veces soplaba fuerte, sentía como la especie de libertad que los motoristas describen cuando alcanzan gran velocidad en sus recorridos por carreteras semivacías, aquel viento cargado de salitre despejaba todo obstáculo, así que cuando probé colgar del lado de afuera del balcón a veintiún pisos, era como si a la moto la propulsase una bocanada del mismo Barrabás.

Un día un transeúnte entró al hotel a comunicarle a la seguridad que había visto a unas personas pasarse de una habitación a otra en lo alto. Poco crédulos, se lo comunicaron a los padres de los supuestos escaladores, y estos nos preguntaron si hacíamos tal cosa a lo que respondimos, por supuesto, que no.

Un día regresando a mi balcón del que habíamos partido, vi los trofeos que se había cobrado un ruso que estaba hospedado por un trabajo técnico temporal, dos habitaciones más allá. Tenía una bolsa con agua y aguas malas adentro, unas estrellas de mar y un par de caracoles cobo, que se deben dejar al sol para que la sigua , el huésped que lo habita, salga y pueda ser arrancado, cosa muy difícil porque están pegados por la cola al final del laberinto del caracol. Esos caracoles con nácar, los típicos que parecen sonar a mar, usados también por las tribus antiguas para avisar, como una trompeta, eran muy codiciados por los extranjeros, y sobre todo por los rusos. O, los pescaban o los pagaban hasta en cien pesos cubanos que por entonces era mucho dinero, el salario mínimo estaba en noventa y seis pesos, pero no regresaban a su tierra sin uno de esos. Había otra manera de sacar la sigua, que es hirviendo el caracol, pero las habitaciones no tenían cocinas. Además para mantener el nácar intacto y brillante lo mejor es dejarlas al sol.

Al regresar de mi bojeo, propuse la broma de tirarle sus botines de mar hacia el vacío. Estuvimos todos de acuerdo, así que primero nos fijamos bien que el ruso no estuviese en su habitación yendo a golpear la puerta previamente y escondiéndonos para que en caso de que estuviese no nos reconociese. La primera vez estaba en la habitación. Al día siguiente lo volvimos a intentar y al golpear en repetidas ocasiones su puerta constatamos que no estaba en la habitación. Crucé los balcones, y tiré primero la bolsa con aguas malas,  luego las estrellas de mar y un caracol, y me quedé mirando como éste recorría todos los pisos hasta que dio con el techo rojo del tercer piso. La calle quedaba unos cuantos metros más allá y, fue tal el estruendo que hizo para hacerse añicos, que regresé a la habitación casi de dos saltos. Estábamos eufóricos con esta nueva picaresca.

Cuando el ruso regresó a la habitación, armó un lío tremendo llamando a la recepción, pero era inaudito que alguien penetrase a su habitación para robar esas pertenecías que en Cuba no significaban gran cosa, hasta que descubrieron que estaban en el tercer piso destrozadas. Cuando nos cruzábamos al ruso en el pasillo, el ascensor o en el lobby nos miraba como intuyendo algo, seguramente, era más una percepción nuestra por el cagazo que teníamos de que nos descubriese.

Al parecer que le dieron credibilidad a la versión del transeúnte, nos estaban vigilando y cuando ya había regresado el vecino a su tierra caucásica sin sus souvenires, nos sorprendieron en nuestra diversión, pero sin tirar nada de nadie. Así que nunca se pudo probar que fuimos nosotros los que privaron al ruso de regresar con la sigua y las estrellas de mar, aunque pasamos unos días castigados sin salir de la habitación tras regresar del colegio.

Los castigos eran más duros para unos que para otros, a Fernando, sus padres lo llevaban tenso si alguna queja llegaba a la habitación de Dina y Jorge, pero al pobre Ronnie le tocaban más días de castigo e ir a dormir más temprano.  El padre era recto, le había puesto una condición para poder quedarse jugando más allá de las siete, hasta las nueve de la noche; nadar cuarenta largos en la piscina del hotel. No sé si la idea surgió de que yo nadaba cada día esos cuarenta largos aunque terminaba con los pulmones en la garganta, dado el esfuerzo sumando a mi asma o fue pura coincidencia. Recuerdo un profesor de buceo que me dijo que para el buceo no es recomendable el asma, pero para el asmático el buceo y la natación son espectaculares. Años más tarde trabajé en un yate como buzo de una estrella, y recién cuando llevaba tres meses de graduado y varios buceos hechos me descubrieron el aparatito del asma en el camarote, pero ya era parte del equipo. Lo cierto es que pasé las pruebas por haber pasado bueno parte de mi juventud en el agua nadando, poniendo a prueba el límite de mis pulmones, que siempre se cansaban antes que mis escuálidos muslos y pantorrillas.

Ronnie empezó a nadar cuarenta largos desde el primer día, y terminó cansado, pero ya el segundo día los terminaba como si se tomase un vaso de agua. Yo no lo podía creer, a mi cada día me requería el mismo esfuerzo, y este monstruo los hacía de “taquito”. Al principio nadábamos a la misma hora, pero al sentir la mordida del agravio comparativo, y más aún teniendo en cuenta que yo era el “hombre de los cuarenta largos” empecé a ir más tarde o más temprano.

Cuando Huey vio que Ronnie conseguía todos los días quedarse hasta las nueve, le cambió el reto; tenía que ganarle a las damas, y eso ya era más complicado, porque Huey había sido muy bueno a las damas, como también había sido el hombre que comía más caliente en su pueblo de Luisiana, lo cual explicaba que a menudo llegase de la mano de la camarera del restaurante un plato mucho más humeante que los demás. Algo muy norteamericano ser el mejor en una cosa, en lo que sea, el asunto es no figurar destacado en el menos atractivo de los extremos antagónicos: ganador/perdedor. Entonces Ronnie tuvo que buscar alternativas y esforzarse más que con el nado, para seguir hasta más allá de las siete de la tarde con el resto de pibes, porque ganarle a Huey a las damas, no era fácil.

Cuando yo veía estas relaciones filiales, tanto de Ronnie, como de Pedrito o Fernando con sus padres, aunque fuesen regaños, los dedos del pie se me encogían dentro de las zapatillas, y los oídos se me cerraban produciendo sonido sordo, a medio camino entre el ruido del paso de un tren y una ventisca constante, que me ayudaban a disipar la imagen de ese instante de ternura que había presenciado y del que yo, dadas las circunstancias, carecía.

Jessica era de piel un poco más clara que Ronnie, como la madre, se hizo amiga de mi prima. Era una niña alegre, se reía con cualquier simpleza que hacíamos que no llegaba ni al esbozo de chiste. A veces les mandaban chicles de verdad, en Cuba no había ningún tipo de goma de mascar, las inventábamos con la leche de los caimitos, una planta que daba unas bolitas como uvas, de las que había detrás de Coopelia. Eran de sabor amargo pero tras masticarlas un poco sacaba una leche, se escupía la semilla y la piel, y con eso se hacía una especie de chicle insípido. Había quienes le ponían pasta de dientes para terminar de armar un chicle casi perfecto, al que no obstante, en tres masticadas se le iba el sabor. En este sentido no eran muy distintos de los otros chicles que se podían encontrar más comúnmente en el hotel, los del campo socialista, que traían búlgaros, checos, alemanes de la RDA. Nosotros le llamábamos chicles rusos, pero no, en Rusia tampoco había, eran durísimos, sin gracia la envoltura, pero al menos se mascaban más tiempo que el caimito, Eso sí, había que pedírselo a los que por la razón que sea estaban hospedados en el hotel, yo no me atrevía. Antes de caer preso mi viejo nos mandó un paquete con golosinas y algunas camisetas con onda, el olor de los chocolates, alfajores, o chicles de tutti frutti era como entrar en un sueño donde me encontraba en mi primera niñez, un pedacito de mi país de mi escuela y amigos en el sabor de unos chicles y unos chocolates. Pero no me gustaba masticarlos fuera del hotel, eso de tener lo que los demás no tenían ya estaba cubierto con creces con lo que teníamos en el hotel, sin jamás hablarme de comunismo en Argentina, me habían educado para ser sensible a cualquier diferencia social notable.

Pero quien más solía andar con esas gomas de mascar era Ronnie, también por eso le echaban la culpa las ascensoristas cuando, al cabo de haber masticado esas gomas hasta que el sabor ya era agrio de chapistería, se lo pegábamos en el asiento en que se sentaban cuando el ascensor subía. Y en parte porque era el único negrito de los amigos, seamos justos, racismo había mucho menos en Cuba que en EEUU, pero subrepticiamente permanecía.

Una vez se fueron a EEUU y trajeron provisiones de golosinas “yumas” para semanas. Cuando ya nos habíamos olvidado que Ronnie tenía chicles, aparecía con un nuevo paquetito amarillo de tabletas imperialistas de tutti frutti.

Los chicles, las golosinas, la ropa de moda, la música llamativa, cualquier objeto que mostrase que en su confección había contado con un departamento que tuviese en cuenta el “buen gusto” era considerado sospechoso de enemigo de la clase obrera, de la construcción de un sistema social en que la “diferencia” no se establezca como un valor, en que el brillo no radique en lo que se posee, sino en lo que se es. En cierta medida recordaba a la condena de la Iglesia al chocolate en el viejo Méjico, por considerarlo afrodisíaco e inductor de estridencias y libertinajes pergeñados por el demonio. Algo así, esas líneas y colores demasiado estéticos, podían pervertir el verdadero sino de la clase obrera que era lo contrario a asemejarse a las pretensiones burguesas.

A veces, cuando iba a buscar a Ronnie a la habitación me quedaba un rato en silencio para escuchar la música que Huey y Gwen ponían en su habitación. Mucho James Brown, mucho Groove. Una vez los vi a los cuatro bailar en rueda, daba gusto, los afronorteamericanos y los afrocubanos, aunque hablasen lenguas diferentes tenían ese común denominador, sabían bailar sueltos, haciendo muecas, figuras, eran contenedores de ritmo que a una hora del día se tenían que soltar, fuese en una conversación con mímica y ademanes, gesticulando el lenguaje corporal de la “guapería”, describiendo en el aire un arco con la mano partiendo desde debajo del mentón hacia adelante acompañándolo de ¿que volá? ¿qué pinga es? o, simplemente siguiendo los vaivenes de los sonidos acompasados.

Solo veía bailar en la escuela, pero cada cuadra estaba organizada por Comités de Defensa de la Revolución, que en un inicio, allá por los sesenta, había servido para combatir la contrarrevolución, pero con el tiempo y la ociosidad, había terminado por convertirse en una obligación de reuniones rutinarias, guardias nocturnas en las que se alternaban todos los vecinos, denuncias a quien escuchaba música  y programas de radios estadounidenses, que dada la cercanía, llegaban con cierta claridad en onda corta y en frecuencia modulada pero también cumplían un cometido más hedonista; las fiestas de la cuadra. Un día que me había entretenido en la cuadra de Evelio, primero comiendo en su casa, donde su madre Elsa hacía unos huevos y papas fritas con sabor a casero, que extrañaba, mientras los demás deseaban comer las langostas y jamones que yo comía en el hotel y, después profundizando la amistad con Jacko, un perro pastor alemán que tenía un vecino en un patio trasero de la calle J entre 21 y 23. Cuando estaba por irme al hotel porque ya empezaba a oscurecer, comenzó una fiesta del CDR. Todos bailaban, acaso unos mejor que otros, pero ninguno se quedaba sentado, todos adultos; la canción que sonaba y que ponía a mover el esqueleto hasta a los gatos ajustados de la cuadra, decía “tiene mendó, tiene mendó, el ritmo Upa Upa tiene mendó”. Casi hasta consiguió que mis brazos, piernas y caderas pudiesen seguir el compás.  Para mí, lo que escuchaba Ronnie y su familia era una traducción al inglés norteamericano del ritmo Upa Upa de Pacho Alonso.

 

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

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Díaz Canel, heredero de lo peor

13 Julio 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba Opinión, #Cuba flash., #Opinion crítica.

 

Como por casualidad o por azar, la explosión social sin precedentes desde el primero de Enero de 1959 en Cuba, me tomó de sorpresa como a todos, pero no desprevenido, es como si hubiese sentido el rumor de una ola desde una lejanía inusual antes de la llegada del tsunami. Pero esto no obedece a poderes mágicos adivinatorios o a un sexto sentido para el vaticinio, sino que cada día me llegaban noticias del empeoramiento del Covid 19 y con ello del suministro de los demás medicamentos, ya habitualmente escasos y “perdidos” en la isla, unido a la mayor escasez de alimentos, las batallas por el pollo, esto sumado a las cada vez mayores dificultades para hacerse con moneda divisa, que es con la única que pueden adquirirse alimentos, medicamentos y enseres de primera necesidad.

 

 El crecimiento del Covid 19 cuando más pecho sacaba el gobierno por la vacuna cubana, la carestía y la carencia de comida, medicinas, artículos de todo orden para la vida cotidiana, los interminables cortes de luz y agua en pleno verano caribeño, fueron ya demasiado para un pueblo que lleva generaciones de prohibiciones y de obligaciones a cambio de salud y educación gratuita, que incluso estos, en las últimas décadas, han ido mermando en calidad de manera vertiginosa.

 

La mecha se encendió en San Antonio de los Baños, población popular del sudoeste de La Habana, multitud de personas salieron a las calles al grito de ¡Libertad! y se extendió por toda la geografía nacional, replicándose en pueblos de trabajadores, exclusivamente de gente humilde. Ese es el rasgo más doloroso para lo que pudiese quedar del espíritu verdaderamente socialista de la Revolución, que la rabia está en los pechos y las gargantas de la población negra, mulata, de machete en la zafra, de bolígrafo en la universidad, de guardias eternas del CDR. Jóvenes que hasta antes de este grito de ¡basta! no veían otro futuro que irse afuera del país.

El alcance, la profundidad, el sustrato de ideas y de propuestas que guía la expresión de lucha, resumida en la consigna más difundida: “Díaz Canel singao”,   da la pauta del resultado del nivel de educación, intelectual, de preparación actual, al que la Revolución sometió al pueblo, luego de, ciertamente, en los primeros años haberlos alfabetizado. Acaso no haya mejor consigna, para también describirse a sí mismos y decir: “miren lo que nos han hecho”.  Una generación que usa el sexo como medio para escapar del país, que roba al estado, que no siente remordimientos de engañar, robar a todo aquel que puede proveer un “escape, un salve”,  una generación que estaba comenzando a desandar el camino de la alfabetización, cada vez con peores maestros, con un desinterés casi absoluto por la cultura, por los aspectos de la vida que no estén anudados a las necesidades fisiológicas más inmediata. Esa generación ha dicho ¡ya no más! Y ha vuelto a sentir el placer inigualable de la rebeldía, de sentirse cubanos de honra, de elevar el gentilicio de “cubano” hasta equipararlo al de la lucha, al del valor, al de las esperanzas, al de la unión, por primera vez en mucho tiempo no debe emplear el valor en huir.

Ya lo han probado en este grito, en este atreverse a lanzar piedras contra tiendas de comida y entrar a consumirla, de dar vuelta patrullas de policía, cosa que pensamos que jamás llegaría a pasar por el nivel de inmovilismo a que someten las dictaduras del proletariado  a sus pueblos, que como la Iglesia en el medievo hacía sentir culpable al justo, torturado por el precursor del bien, consigue raptar el lenguaje de la justicia social y hacer suponer que todo lo que sea ir contra su doctrina, forma parte del mal.

Y la diferencia con los hechos del maleconazo de 1994, además de la envergadura, el alcance y el calado, es que ya no está Fidel para dirigir la represión, al cual por una cuestión histórica se le temía en partes iguales a como se le respetaba. Ni siquiera está Raúl, a quien solo se toleró por ser hermano de Fidel. Está el “puesto a dedo” Díaz Canel, a quien con todo a favor para buscar nuevas herramientas para satisfacer las infinitas demandas ciudadanas, andando sendas de apertura y cambio con la ventaja de tener el control, solo se le ocurre la idea de dar la orden de reprimir, de condenar a quienes ya no soportan más, de acusar de obedecer al imperialismo a ese pueblo mestizo y trabajador alejado de los barrios pudientes de dirigentes y de empresarios afines, alentando a la enorme masa de cubanos que no querrían perder sus míseras prebendas en una sociedad que exigiese alguna aptitud, a salir con furia a golpear a sus hijos y hermanos.

Cuando Lech Walesa lideró las protestas que culminaron en la caída del régimen en Polonia, la agencia TASS soviética dio la orden a todos sus satélites de publicar, que eran escaramuzas alentadas por la CIA, y esa versión se dio en la prensa y la TV cubana. Agentes de la CIA camuflados en los espigones y las minas de Gdansk, como hoy lo están disfrazados de hijos de obreros y campesinos afrocubanos en los pueblos y ciudades del interior de la isla.

La esperanza que albergo, y la baso en el conocimiento de al virtud y la ética del cubano, es que en caso de continuar las manifestaciones, y las detenciones arbitrarias, y la situación adquiera matices de rebelión, el ejército no dispare contra su pueblo, aunque “Puesto a dedo” llegase a darles tal orden.

También debe abrirse el embargo/bloqueo, una medida más pertinenete a una dictadura que a la democracia por excelencia, y una vez entendido que es tiempo de cambios sin sangre, los caminos para una sociedad más abierta, participativa, desarrollada, plural, están todos virgenes para ser explorados. Con todas las sensibilidades ideológicas, filosóficas y culturales cubanas en la palestra.

Ese será otro reto, para los retrógrados de la otra cara de la moneda, y no será un reto menor.

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Hoy por ti, mañana por mi

4 Julio 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

No necesariamente actúan los mismos protagonistas, pero casi siempre la vida te da la revancha o la riposta.

Cuando recién había salido de la pubertad, me empaté con una mulatica muy mona, estuvimos tomando ron y yendo de un lado a otro hasta que nos fundimos en un beso y empezamos a apretar, pasamos las cuatro manos por cada centímetro de lo que cubría la ropa interior. En un momento en que ya nos habíamos deshecho de lo que tapaba sus tetas y las había estado disfrutando mediante caricias, fui a besar un pezón y cuando acerqué la cara a la paraíso redondeado, un pestazo de mil demonios me echó para atrás como puñetazo de Clay.

Se me hacía incomprensible ese hedor en un pezón, hasta que me di cuenta, era mi mano la que olía a rayos y centellas, porque primeramente había estado metiéndola en la cuna del amor, justo uno de esos calurosos y ajetreados días caribeños en los que escasea el agua y el papel en los baños; suerte que no había tenido oportunidad de bajar al pozo.

Muchos años después, más recientemente, también en una tarde de suerte en que conseguí sacar el anzuelo con pesca, ya no una presa tan titi ni tan ricota, pero para mis abriles, más que aceptable, después de paseos y charlas, patinamos sobre la pista del "peeting" dentro del coche, las manos por aquí y por allá, no había suficientes dedos para tanta teta, bollo y nalga, como suele pasar al inicio, ese momento hay que disfrutarlo como un enano, nunca habría otro como ese con la misma dama, la primera exploración es una explosión de placer permanente. Y ella, ora manoseaba por aquí, ora desabrochaba cinturón por allá, hasta que bajó a saludar al amigo, que a esa hora reclamaba más atención que un controlador aéreo en la pista. Le estuvo sacando brillo durante buen rato y cuando subió a darme un beso en la boca, de repente recordé a la mulatica del pezón hediondo, sus labios olían a sobra de langostino pero de la navidad pasada. Pegué un respingo hacia atrás como abducido por mandinga, y cuando vi su cara de asombro, caí en que en esa ocasión, las sobras de la pescadería no provenían de su oquedad sino de mi prominencia.

Estábamos más calientes que una cafetera así que la cosa siguió por los mismos derroteros pero con el énfasis puesto en los elementos menos afectados, y tras el dispendio de las secreciones del caso, esbocé una sonrisa uniendo en mi hipotálamo ambas pestes de concavo y convexo y entendiendo por fin aquella sentencia tan mentada que rezaba:

"Hoy por ti, mañana por mi"

 

Hoy por ti, mañana por mi
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Quizás nos una más el espanto

2 Julio 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Europa Aorta, #Opinion crítica.

Desde que nací viví guerras, dictaduras, hambrunas, pero nunca como hoy una tragedia para todo el mundo por igual.

Nunca se llegó a este nivel de globalización ni siquiera en la Segunda Guerra Mundial, donde se viese afectado el mundo entero, como un volcán, un terremoto, un tsunami universal Cada uno en su idioma hoy debate si es mejor usar mascarilla, cual de ellas, cuando y donde; si es mejor vacunarse con Astra Zeneca, Pfizer, Sputnik, Moderna, Janssen, si conviene salir o quedarse en casa, si la sobreprotección es sinónimo recorte de derechos humanos o es el clímax de dedicación a gobernar. Un punto de inflexión, un hito de igualdad, que ojalá si se vuelve a producir algún día, sea en el ámbito de algo feliz.

Aunque, quizás nos conforme más como especie la tragedia que la dicha, como culminaba el maestro Jorge Luis Borges su poema "Buenos Aires", en el cual decía sobre su ciudad:

 "...No nos une el amor sino el espanto/

Será por eso que la quiero tanto."

 

Quizás nos una más el espanto
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Paisanos

8 Junio 2021 , Escrito por martinguevara

Hay momentos importantes en la vida, no hay nada como poder percatarse a tiempo de que se está cerca de vivirlos o notar que se están atravesando.

Mi segundo hijo está en estos días inmerso en una batalla de estudios que desde mañana y por dos días, definirán en las pruebas de acceso a la universidad, la carrera que podrá optar y en que Universidad. A ver, el grueso de lo que le cuentan son las notas de estos dos últimos años, pero los resultados de los cinco exámenes del acrónimo EvAU (Evaluación de acceso a la universidad) son definitivos.

Y a mi entender deciden demasiado futuro en muy poco tiempo, por ello no solo conviene apertrecharse de los conocimientos que se evaluarán. Igual de importante es la mayor tranquilidad mental posible, abrir ventanas al azar con el fin de mantener el cerebro aireado, con el riesgo de no saber si se abre el compartimento que constipa.

Yo ya le voy buscando albergue en la ciudad en que es más probable que termine estudiando, pero por suerte, y es lo que más me congratula, más incluso que sus previsibles buenas notas, es el hecho de que el pibe tiene claro que esta semana, estos días, estas horas, forman parte de un momento verdaderamente importante en lo que será su vida, aunque en realidad sean producto de todos y cada uno de los días de su formación previa, como estudiante y como persona, desde que pateaba en su nido pélvico cada vez que escuchaba un estímulo armónico.

Conozco otro paisano, que necesita que lo internen en un hospital con el corazón al veinte por ciento para coscarse de que el presente, aunque aparente ser insostenible por su peso, insoportable por su tedio sempiterno e impresentable por su vacuidad, es el único tiempo posible y el único laboratorio donde se podrá amalgamar o separar, los cables que vienen del pasado con los conductos del futuro.

El cruces de caminos donde espera tranquilo Mefisto, a la sombra, con una limonada fría en la mano para encarar una negociación, de la que inexorablemente, siempre sale victorioso.

 

Cruce de caminos

Cruce de caminos

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Bolso de viaje

22 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

Hace un año y cuatro meses que no me he movido de León. Ha sido una experiencia extraña. Desde que salí de la imposibilidad de viajar en Cuba, a mis veinte y pocos años, no he parado de preparar el bolso o la maleta cada pocos días. A veces por necesidad, otras por trabajo, y otras por ocio, aunque casi siempre con placer.

Muy pocas veces fui turista, alguna ocasión en Santo Domingo, Huelva, Landas, París, Londres. Nueva York, Roma, Kyoto o Cádiz. Pero casi siempre he sido viajero. La diferencia radica fundamentalmente en que los viajeros vamos disfrutando de cada metro del camino si es a pie, si es un tren Shinkansen, diría de cada cien metros. Cuando he viajado caminando y a dedo, he ido prestando atención a las vacas, las piedras, incluso la educación de los mosquitos que cuando perciben que no eres un visitante ocasional, sino que estarás un tiempo entre ellos, respetan tu piel; te pican, sí, pero como penúltima opción, la última son los pescadores. Iba mirando cada planta que mis pies pisaban, los árboles y animales, las personas que me cruzaba, las historias de los conductores que me recogían. Si el bolso lo armé porque tenía que abandonar un aposento improvisado, la atención se centraba en los timbres de quienes me podían dar albergue, y en no tomar en cuenta las negativas, dar por descontados los rechazos y sólo reaccionar ante las buenas sorpresas, esos son los únicos viajes que no les deseo a nadie.  Cuando he viajado en ómnibus, la ventanilla. La ventanilla es como si desde el útero se tuviese la posibilidad de mirar por la vagina hacia afuera para ir disfrutando del mundo antes de tener que salir. En tren lo que más he disfrutado son los compañeros de viaje. A veces en compartimentos cerrados, a veces en asientos, sus caras, sus entretenimientos, los libros que leen, y en los trenes más trenes, he disfrutado del aire en la cara, del sonido de los postes pasando cerca del oído, agarrado de pasamanos de las puertas de entrada y salida entre vagones. En los aviones, de todo, desde la llegada al aeropuerto, la investigación de la puerta de facturación cuando llevo maletas transatlánticas, o de embarque si viajo con valijitas de neceser, calcetines calzoncillos y alguna medicina. Todo, las caras de los que están en ese mismo instante de limbo, de impasse entre sensaciones, entre experiencias, que es la espera del avión. Me apasiona ver como la gente gestiona ese tiempo perdido, esa especie de propina en que no tenemos nada que ser, no estamos obligados a representar nada, incluso podemos cambiar nuestros personajes y ser el actor de la última escena, o el que nunca llegó a salir al escenario. Podemos caminar por los pasillos con aire de importancia, o de impotencia, protagonistas o voyeurs, podemos echarnos perfumes, comprar un chocolate que jamás compraríamos en nuestra cotidianeidad. Sentarnos, caminar, ir al baño y siempre evitando esas malditas botellas de agua de a dos o tres euros el medio litro. Bajar del avión en aeropuerto nuevo, donde nunca se estuvo previamente es una experiencia divina, a mi me invita a tomar un café de ese país, saber cuanto cuesta, tener el primer contacto con alguien de allí, que a la sazón, entiende que uno no hable bien su idioma ni sepa que son esos bollos horneados o fritos de la vitrina que aparentan tan buen sabor. Salir a la puerta del metro o tren si es una gran ciudad, o a los buses si es un pequeño aeropuerto o un enclave menos populoso. Sentir la vida cotidiana del país desconocido pro primera vez, escuchar su lengua, verlos alejarse del aeropuerto, ese sitio de impasse, ese limbo, y reingresar a sus vidas naturales, o ver como ingresan los otros viajeros como yo. Cuando viajo acompañado también miro todo esto pero en mi idioma y con mis chistes, en cambio cuando viajo solo todo es distinto, desaparece el idioma, la tradición, me libero de puntos de anclaje, excepto el café de cada aeropuerto.

Un año y casi medio sin salir siquiera a la carretera por más de una hora, hace que hoy ante la perspectiva de retomar los viajes, sienta cierta intriga, cierto temor al cambio, a que nunca más pueda regresar ni a aquellas sensaciones, ni a esta pauta de seguridad, a esta cueva alumbrada y caliente al resguardo de los lobos bípedos.

 

Bolso de viaje

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Elabuela

15 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Europa Aorta, #Relax

Se llamaba Elena, nació a inicios del siglo veinte, en una aldea de la provincia de Burgos que está en el medio del triángulo idílico formado por Lerma, Santo Domingo de Silos y Covarrubias. Su padre vendía carne o directamente los animales que criaba a esos tres pueblos llenos de historia y de casas blasonadas. Atravesaba las elevaciones que los rodeaban con los burros cargando la mercadería y con la nieve garantizando su conservación y ralentizando el ritmo de la marcha. Valentín murió por un disgusto causado por la traición de un amigo, eran otros tiempos en que un embuste podía matar. Los jóvenes fueron partiendo de a dos por vez a Burgos, apertrechados de sus petates, de ahí a Vigo, y de ahí en barco a Argentina, un país donde se prometía trabajo y nueva vida en una tierra fértil, una gran ciudad, cielo azul y gente amable.

Mi abuela salió con su hermana mayor y con otra vecina de la aldea, contaba que nunca consiguió quitarse del todo el acceso de rabia de que fue objeto, cuando fondearon en Río de Janeiro, y su hermana y vecina no la dejaron bajar del barco con ellas para pasear y pavonearse, porque era demasiado joven, tenía quince años y les haría parecer una niñatas cazurras. A menudo contaba como volvieron con bananas y frutas, la piel tostada y alegres como nunca las había visto mientras ella solo veía las luces por la noche que inundaban toda la costa. Tan bien lo contaba y al cabo se reía de ella misma y que no pudiese olvidarlo, que me lo trasladó como si me hubiese sucedido a mi mismo.

La abuela trabajó cuidando niños de una familia pudiente, como la de mi otra abuela, en aquel tiempo el europeo viajaba a América para servir al criollo. En América hubo tres épocas, una en que el europeo viajaba al continente para ser servidos por peones esclavizados, después  viajaron para servir al criollo, y hoy los americanos viajan para servir al europeo en sus casas. Trabajó y fue muy querida por los niños que crió hasta que se casó. Mi abuelo no era el tipo más cariñoso, ni siquiera el más considerado, la abuela fue una de esas mujeres que aguantó de pie y en silencio y nunca dejó de trabajar en la casa ni la escuché quejarse.

Cuando nací casi pasaba más tiempo con la abuela que con mis padres que trabajaban ambos, para mi estar cerca de “elabuela” era el paraíso, una especie de nube de la que no quería bajar, tal como le pasaba al dragón verde con la nube dulce. La paciencia, el cariño, el olor a limpio de la abuela aun me conmueven. Cuando la recuerdo escapa de mi hipotálamo y me llena el cuerpo, y va más allá, se instala en mi derredor, lo cual me prueba que la abuela nunca me abandonó. Después se fue a vivir con nosotros, se levantaba antes que todos, nos hacía el desayuno, empezaba a las cinco y media con mi viejo, su yerno, y se acostaba tarde, cuando todos ya estábamos en la cama, tras lavar el último plato de la comida que también ella había hecho. Así fue hasta que partió, quedándose en cada intersticio de nuestras vidas.

Hace más o menos un mes, no podía pegar un ojo, llegué a un punto de dificultad de respiración que solo podía estar sin sentir que me ahogaba si me ponía en posición de alumno descansando en su pupitre, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa. Solo así lograba conciliar el sueño aunque fuese unos minutos. Solo así el aire conseguía entrar y salir de los pulmones con una victoria pírrica. El segundo día no pude siquiera dormir unos minutos y por la mañana fui al Hospital de León, previamente pasé por una panadería, compré dos palmeras grandes, las llevé a casa de mi ex mujer y mi hijo, lo desperté y le dije que ahí le dejaba desayuno. No sé por que me dio por ahí. Llegué a urgencias y pude aparcar en un sitio gratis. Me dirigí a la puerta de Covid 19, ya que estaba convencido que mi obstrucción pulmonar era debido a haberle dado albergue a este virus. Curiosamente el personal que me atendió también pensaron que podía deberse a este virus. Ipso facto me hicieron varios estudios, y al cabo de un tiempo me invitaron a acostarme en una cama con un pijama, y tras un electrocardiograma y una ecografía, la cardióloga me pidió el teléfono de un familiar para avisarle que me quedaba ingresado. En el momento en que me dijo que me quedaba allí sentí como si tuviese fiebre y entrase mi abuela en aquella habitación. De ahí me subieron a un área intermedia de Covid mientras esperaban los resultados de la prueba PCR, me dieron la indicación de no levantarme para nada ese día, y pasada la cena me llevaron al área cardíaca. Desde ese momento hasta ocho días más tarde en que me dieron el alta, el trato fue de una exquisitez, de una calidad humana y profesionalidad, por parte de todas y cada una de las enfermeras y médicos que sentí en cada instante como si mi abuela hubiese aparecido para cuidarme, para que mi corazón no se detuviese como el de su padre, sabiendo que Cupido ya no aloja ahí su saeta, pero que los disgustos y la amargura continúan opacando su brillo.

Además del calor humano, destaco la tecnología, la limpieza, la comodidad de la habitación de la cama eléctrica, de cada medicamento o tratamiento aplicado. Siempre fui defensor de la salud pública, de la sanidad para todos a coste cero, pero en esta ocasión quedé realmente impresionado por todo lo que hacen esas personas heroicas, no solo para que continuemos con vida, sino para que nos sintamos como en el más protector de los brazos.  Todo sin pagar un céntimo.

Tenemos que defender con todos nuestros esfuerzos y recursos la salud pública, pero incluso ir más allá, dedicarles un amor y una porción de respeto a esas almas que van de un lado a otro mientras estamos en ese limbo, intentando que nos quedemos en esta dimensión, y que si nos tenemos que ir, que sea en el viaje menos traumático posible.

Más cariño y más salario para todas esas personas que cuando entran al tajo se visten con el alma de mi abuela y la dignidad de su padre.

Abuela Elena a los 90

Abuela Elena a los 90

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La tía Eloa

8 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

Radio era casi sordo cuando le convenía, tenía la velocidad exacta y las ideas claras cuando salía de su casa en la tarde después de la hora en que todos almuerzan. Pero era un cabeza de zapato si por la razón que fuese tenía que poner un pie en la calle en horas de la mañana.

Ese día salió dormido, aletargado, como embotado en sus pensamientos pastosos, con los ojos inyectados en plumas de ganso para almohadas anti asmáticas. Era un fantasma callejón abajo por el costado de la panadería, tenía una moneda en la mano que llevaba metida en el bolsillo derecho y la punta de sus dedo medio tocaba las llaves del coche viejo. Del rojo, ese que todavía estaba rodando con sus ruidos y su rock’n’roll. La moneda era de pocos céntimos.

Su casa se abrió en canal a lo lejos mientras despejaba el presente en esas calles espesas, dragadas hasta las cloacas donde la mierda navegaba a contramano con pedazos de piel, pelos y gotas de sangre. Todo lo que logra sobrevivir a los jugos gástricos naufraga por las entrañas del callejón, cloaca abajo. Su casa a lo lejos se partía en dos como un higo, la esposa dormía al lado de la cuna, reinaba la paz del sueño, la inconciencia del descanso. El menefreguismo de la haraganería levantaba los tablones del parquet y los convertía en remos que se impulsaban contra el haz de luz que emanaba de la lámpara del techo. Una bombilla Phillips sin obsolescencia programada que dejaba ver los agujeros de las caries e iluminaba el mal olor que escapaba entre las costuras flojas de los calzoncillos y las bragas. El remanso de la holgazanería.

Radio no paraba de caminar aumentando la prisa, como si cada balcón de las calles cada vez más anchas y bañadas por el sol fueran a desprenderse de sus paredes y caer sobre sus talones, sobre sus gemelos, sobre el paisaje trasero en que él imaginaba su casa abriéndose como una flor unas horas antes al amanecer, como el mar pacífico, como la rosa Shakespeare. Apretaba el paso con la moneda asida entre sus dedos índice y pulgar, mientras el medio ya había dejado la llave del coche para acariciar un huevo por encima de la tela del bolsillo del jean “oh que sensación”.

La panadería estaba cerrada pero enfrente estaba la tienda de golosinas que también vendía unas barras de miga horneada parecida al pan. Cuando hubo despejado sus dudas de porque permanecía cerrada a esa hora de la mañana la panadería de los coscorrones tostados y el suelo grasoso, bajó la acera y cruzó la calle que cubría los ríos de mierda, olió un aroma breve pero inconfundible a alimento horneado y entró en la tienda de los chinos. Se bajó los pantalones le hizo señas a la china para que le manosease el rabo, ya que se le había parado de tanto tocarlo con el dedo medio, y la mujer oriental dueña de la panadería auxiliar accedió como de costumbre. Su marido no sentía el mismo entusiasmo que ella cada vez que la sorprendía dando placer. Precisamente el chino estaba sacando el pan del horno eléctrico y Radio le pidió dos barras. Las pidió entrecortando las palabras para acariciar la mano de su esposa, pagó, y sin poder esperar a saciar sus deseos, se despidió de los dedos suaves de la china, guardó el venoso en su bragueta y volvió a jugar con la moneda.

Apretó el paso más liviano de toda aquella mañana e impulsado por la intuición de los efluvios de la peste que no quería oler, fue alejándose con dos barras de pan industrial calientes bajo el brazo, dejando atrás la descomposición de los balcones y el duelo de los guapos, camino a su casa que de a poco volvía a la normalidad a lo lejos, donde con calcetines y camiseta de una semana dormía su esposa cerca de la cuna del bebé, un cabezón divino que con los pañales bien cagados se aferraba a Morfeo.

Cambiarle los pañales al niño, calentarle un biberón, prepararle la bañadera, meter la ropa sucia y olorosa en el tambor giratorio de la bendita lavadora, radio recordaba cuando su abuela le lavaba todo a él a su madre y padre a mano, a lo sumo con la ayuda de una tabla e madera, que a veces era del mismo material que la pileta porque venía ya incorporaba. La abuela se levantaba primero que todos y se acostaba cuando ni las moscas de al cocina tenían más energía para seguir jodiendo bssssss, bsssss, ni tenía sentido que lo hiciesen si no había nadie entre migas y alguna fruta. Radio no esperaba que su mujer de la que no estaba casado pero llevaban más de diez años juntos, se despertase para atender a la criatura, ni para hacerle un café descafeinado con leche sin lactosa y sacarina, él casi de manera instintiva lo hacía todo, no necesitaba a nadie más que el recuerdo de su abuela, que podía con eso y con todo lo que le echasen.

Dejó las barras de pan en la encimera, puso la cafetera y una tetera eléctrica porque él no podía tomar café, al menos no ese café tostado y metido en el paquete hace tanto tiempo, que en el mejor de los casos sale de la cafetera con un sabor la cuarta parte de bueno que en una buena cafetería con una buena máquina con café portugués o italiano recién molido, en su mesita leyendo o mirando pasar los culos enfundados en sus jeans jamoneros de temporada. Prefería infusión, y dañarse el estómago de vez en cuando con verdadero placer de labios y papilas.

Puso unas tostadas de paquete sobre la sartén para calentarlas, sacó mantequilla y mermelada de fresas y puso todo sobre una bandeja que llevó a la cama de su querida dormilona.

Ella abrió un ojo, sonrió, dijo buenos días soltando un leve aroma a boca cerrada durante horas reteniendo los resultados de los procesos digestivos y sus descartes, que fue in diminuendo en la medida que siguió hablando palabras en voz baja y sin demasiado sentido. Radio le miró el culo, era algo que no podía evitar, el culo de Perna era francamente una delicia para la vista, contornos de nalgas, caderas, y vientre, columna, piernas y cintura que rozaban la perfección, solo la resistencia a una higiene más pulcra, equilibraba un tanto aquella maravilla. La braga que era rosada tenía la parte del bollo con toques amarillentos sobre el color original. A eso se refería Radio cuando le decía “mi amor ve a lavarte y no te eches agua así nomás, dale jabón y estopa a eso” y en silencio, en su interior aunque estaba seguro que Perna lo entendía con un sexto sentido de comunicación: “porque si no te va a mamar el bollo tu abuela”.

Él sostenía su taza cerrada comprada en Starbucks, llena de ese té de Sudáfrica, que le permitía ir tomando de a sorbos durante una hora o así.

-¿Qué hacemos hoy cariño?, podemos ir a la sierra con el niño- a ambos les encantaba ver con la alegría que el bebé se tomaba los viajes en coche saliendo de la ciudad y viendo el verde o la nieve. el niño era la verdadera fiera de esa casa.

-¿No te comenté que viene tía Eloa este fin de semana. Pero se queda en un hotel, dice que no quiere molestar– dijo Perna

- Coño, dile que venga al menos un día, le va a gustar estar con el niño.

Se metió en su habitación de lectura, computadora, televisor, música, y retiro, puso un disco de los Grand Funk, el concierto grabado “Caught in the act” y se tiró en el sofá, a lo largo, con la cabeza sobre un cojín forrado de cuero que impedía la entrada y salida de cualquier partícula de polvo, de ácaros, un cojín tan cómodo como saludable. Se quedó pensando con los ojos cerrados. La tía de Perna era la única persona que soportaba un día entero en la casa, también porque solía ser muy estricta en sus horarios y en sus buenas costumbres de “visita” , nunca hacía ruido cuando dormían, ni ocupaba demasiado tiempo los lugares principales de la casa, la mesita de la cocina, sus dos sillas del comedor preferidas, su sillón favorito, ni entraba al cuarto de pensar excepto si alguna señal la invitaba a pararse en la puerta preguntar algo y luego a pasar. Ese era el mejor momento con la tía Eloa, que a pesar de sus años, seguía estando más buena que el pan caliente con mantequilla salada y ajito picado. Radio nunca le metió mano pero muchas veces estuvo a punto, y aquello lo ponía muy excitado. Cuando la tía cruzaba las piernas y dejuaba ver pispear dentro del escote, el cuartito se convertía en un oasis

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Alamar, el coscorrón del pan

21 Abril 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba flash., #Relax

Faltaba poco para fin de año y nos pasó a recoger un automóvil Volga para ir a conocer los dos nuevos departamentos que nos daría el ICAP. Atravesamos Centro Habana hacia La Habana Vieja, no era el lugar donde había que vivir, íbamos para el lado contrario al que sería considerado mejorar, todo lo que era del Habana Libre hacia la parte más destruida de la ciudad en busca del túnel, era claramente un castigo, todo lo que fuese internarse en ell Vedado en procura del otro túnel que llegaba a Miramar, era un premio. Pasamos a La Habana del este, los paisajes eran amplios, los conocía de cuando iba a la playa, circunstancia en la cual, cuando la vista se perdía de un lado hacia el mar y del otro hacia la frondosidad caribeña de la naturaleza salvaje apenas recortada por algún jardinero anual, solo cabía el disfrute de la contemplación, modificaba diametralmente la percepción cuando uno entendía que ese sería el camino a casa, o l,o que es peor, desde casa, enterrado en casa, ahogado en casa, conminado y enclaustrado en casa.

Por primera vez salí de la carretera antes de las playas del Este para entrar en una carretera más angosta que anunciaba que estábamos en los dominios del barrio obrero de hombre nuevo de Alamar, y aparecieron en el perfil que marcaba la horizontal de mi ventanilla bajada los primeros edificios de la barriada dispuestos de forma desordenada, con sus típicos tanques de agua arriba y sus cinco plantas por escalera, ubicados sobre jardines improvisados en la tierra roja. Estacionamos,, bajamos del Volga y tomamos un camino de concreto que nos llevaba a dos escaleras, donde estaban situadas las que serían nuestras viviendas. Del lado derecho había un Círculo Infantil,. Y del izquierdo se alzaba el espanto de bloque al que de ningún modo quería mirar.. subimos la escalera observados sin el más mínimo reparo por decenas de pares de ojos, y entramos a la vivienda, amoblada, dotada de refrigerador, televisor, radio, y utensilios de cocina y limpieza, de ahí fuimos a la otra que era exactamente igual pero estaba dos escaleras más allá. Llegado ese momento la nuez y los esfínteres se me aflojaron, fue el primer uso que le di al baño, cuando tiré de la cadena quería que agua me llevase consigo y no solo concluyese aquella pesadilla, sino que quedase muy atrás, lejos, tanto com estaba ese espanto del Hotel Habana Libre. Creo que a todos se les quitaron las ganas de comer los ravioles de la abuela, nos habríamos conformado con los cientos de platos humeantes que llegaban de manos de las camareras a nuestras mesas de refrigerio, y habríamos con gusto aplazado esa romántica idea de de tener vida de barrio como solía decir mi madre.

A la semana pasaron a recoger nuestros enseres en camionetas y nos volvió a llevar el Volga pero sin regreso al hotel. Los obreros subieron los libros y algunas cosas más que se habían juntado en tres años y medio, y el encargado del ICAP que nos llevó, esa vez sin subir al departamento, acaso también no demasiado emocionado con la estética que le brindaba el edificio de la zona 6 de Alamar, su vecindario tan popularmente revolucionario,  esas flores Mar pacífico que recubrían los muros del círculo infantil y la sombra del framboyán, nos brindó su última sonrisa servil, la de ¡buff, que bueno, terminó todo! Se subió al coche ruso, encendió y antes de que mi brazo extendido pudiese detenerlo, pudiese lograr devolverme a la habitación 21-31 de L y 23 3n 3el Vedado, para conservar las últimas gotas de argentinidad que amenazaban con diluirse en esa calle de cemento sin rejillas, sumideros ni historia. Volví a caminar con la cabeza baja.

Así fue que finales de 1976, tres años y medio después de haber llegado a La Habana, una vez cerrado el sarcófago a toda licencia estética, fue cuando realmente aterricé en proyecto revolucionario cubano.

Jamás nadie escuchó de mi boca ni de mi madre y abuela una queja al respecto, porque éramos agradecidos y educados, y porque me dolía ver exiliados que se quejaban amargamente, mientras los cubanos debían trabajar tres años para obtener una de esas casas sin muebles ni electrodomésticos; pero esta es la pura verdad.

Alamar, el coscorrón del pan
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