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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 14:57

Cuando era chiquito era muy tímido, enfermizo, aunque un poco cabroncete también.

Después me volví un poco loquito, no paraba de joder desde la mañana a la noche.

Y cuando adolescente se me destapó la olla, fuera estudios, rock'n'nroll, vagancia, cochinada, niñas si alguna quería y drogas.

Fue la etapa cuando más fuerte me drogué, pero con drogas de farmacia. En Cuba. Unas eran un blíster de pastillas para el Parkinson, que con una ya ibas puesto, pero si tomabas cinco era de verdad un suene que nunca volví a conocer. Hablaba con uno, me giraba, volvía a girarme y cuando lo veía, le decía ¡ coñó, tú aquí! ¿qué volá?

Todo era brillo en la piscina de los rusos.

Y otras eran de una enfermedad mental, también con tres te ponías a saco.

Las pastillas se conseguían si buscarlas, si te ponías a buscarlas nadie te iba a suplir, en aquellos años era algo muy delicado. Un amigo de un amigo , siempre después que ya hubieses faltado suficiente a clases, fugado del campo o roto cristales.

Cuando probé el efori, por más que me gustó y pasé la tarde escuchando "Midnight Lightning" de Hendrix una y otra vez y partiéndome de risa con Jardines, el del espendrún del edificio que la conseguía suave y rica, no me pareció ni la milésima parte de despingante y descojonante que las pastillas.

De viejo mi toque sabroso fue con el alcohol, pero ojo, me hice adicto a otra droga que no mencionaré porque tampoco hay que contar todo; hace mucho la toqué por última vez, pero seguiré siendo su fiel escudero hasta el fin de los tiempos, en el confín del Averno.

Un cabrón al que los románticos llaman "bichito", que vuela de ala en ala pudriendo las plumas.

Es curioso porque hoy que no tomo ni fumo ni bebo nada que interceda en el sistema nervioso central, el bajón del corazón, actuó como un frenazo lisérgico. Camino como si nunca fuese a llegar y tampoco me importase más que paisaje de los lados.

Es un largo camino para llegar a la cima si te gusta el rock'n'roll.

 

Tremenda agua

Tremenda agua

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27 marzo 2021 6 27 /03 /marzo /2021 12:27

Evelio nos enseñó a fumar en el segundo piso en los asientos frente al Salón de Embajadores.. El primer cigarrillo que me eché, uno de tabaco negro de la marca Populares, sin filtro, me dejó mareado y casi vomitando. A los demás le pasó igual. Al siguiente día insistí, y ya me dolía menos la cabeza y las arcadas eran menores. Y así no sé bien porque razón me empeciné en fumar y, en breve estaba yendo a comprar paquetes de cigarrillos con la tarjeta de la habitación, de mejor calidad que los Populares, pero también más fuertes. Aunque lo cierto es que no fumaba más de un cigarrillo por día, y eso si me juntaba con Evelio y con alguno más que se aventuraba a la humareda Los chicos queríamos parecer hombres, salir a trabajar y conseguir el sustento no podíamos, tener la pinga más larga y singarnos todas las mujeres que creíamos había que taladrar para que n hubiese dudas por ese lado, tampoco podíamos, pero ¿un cigarrito? ¿quién no se podía echar una bala?

Mi mamá fumaba mucho y no se notaba en el entorno si alguien más olía a tabaco quemado. Evelio me había enseñado a tirar piedras, decía que los extranjeros tirábamos piedras que parecíamos patos. Se les llamaba extranjeros a los que generalmente provenían de países donde no se jugaba béisbol no a un dominicano o a un venezolano que también eran buenos pitcheando y por ende tirando piedras. Me había enseñado también un par de trucos para empezar a una bronca, para no perder de entrada. Ese par de trucos me han servido toda la vida para las contadas ocasiones en que debí echar mano de ellos y, por último, a fumar.

Por eso cuando jugábamos a escondidos, a atraparnos en la piscina al tesoro escondido u otros juegos similares, y yo invitaba a Evelio, me parecía que nos estaría viendo como unos nenes caca, en su cuadra jugaban a las bolas, cosa que muy a menudo llevaba bronca incluida con Carlitos Becil o cualquier otro que se quedaba con todas bolas porque le daba la gana, lo que se llamaba "manigüiti"; se jugaba al trompo, enrollado en una pita se lo tiraba con fuerza y habilidad y se competía en quien lo hacía girar más tiempo , o en condiciones más difíciles. Había algunos que recogían el trompo girando en el suelo con la pita, y hacían que el trompo mantuviese el equilibrio girando en la cuerda. Eso se jugaba sobre tierra, nosotros no teníamos tierra dentro del hotel, y donde había en las inmediaciones había pandilleros también, o simplemente cubanos normales, que estaban invitados desde la cuna a medirse con los demás en broncas. Claro que también había muchos cubanos que no les gustaba la bronca, pero esos no jugaban en la tierra ni a las bolas, ni al trompo, ni a la carriola ni a la chivichana.

La chivichana era un carrito de madera armado de modo artesanal por cada vecino, por lo general para acarrear barriles, cajas, bolsas pesadas, tiene una base donde apoyar el producto, y debajo dos palos con ruedas formadas por cajas de bolas del desguace de automóviles, las ruedas delanteras estaban atadas por una soga que era el timón, y cuando no lo usaban los mayores, los chamacos se tiraban con eso por una pendiente y a eso le llamaban diversión. Una vez traté de tirarme en chivichana pero me iba contra la acera porque no controlaba el tiimón, Cuando yo veía una chivichana me producía escozor, era como si me garantizase que ya me estaba aplatanando tanto que nunca conseguiría salir de aquel cúmulo de “chealdades” de esa especie de reino del mal gusto que rodeaba todo lo que no fuese extranjero.

Pero no, Evelio no sólo no se reía de nosotros, sino que a su vez aprendía a ver el mundo de otra forma, el mini mundo o la madeja que cada uno tenía en su coco. Era tremendamente respetuoso de todo lo que hacíamos por más imbécil que a mi me pareciese. Disfrutaba e los juegos igual que nosotros, dentro del hotel era otro más que no jugaba a las bolas ni andaba en carriola, saltaba por la piscina, leía a Salgari, se interesaba por las incumbencias de cada uno de los pibes del hotel.

Se daba esa circunstancia, dentro del hotel los bobos eran los de afuera, en los barrios de donde eran los alumnos de nuestras escuelas,  claramente los bobos éramos nosotros, ese equilibrio era el responsable de que ningún grupo se burlase del otro, de alguna manera ambos se atraían a la vez que se temían.

 
Con Evelio en el hotel

Con Evelio en el hotel

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24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 21:18

Llegó el 24 de Marzo de 1976. ERP y Montoneros creían que la toma del poder era cercana. Empezó una masacre sin parangón en Argentina, los que podían, o querían escapar, llegaban por contingentes a Cuba, México, Brasil, Paris, Madrid, y decían: "la lucha será prolongada".

La mayoría del pueblo estaba con los milicos.

Yo solo pensaba en mi padre, en aquella celda, en aquella sangre, en aquel terror. Mi viejo, como su hermano mayor, son los únicos que pagaron con cara la llave de nuestra guarida. Nosotros dormíamos sobre la incertidumbre, ellos sentían la mordida de la rata.

A los dos años tuvo lugar el Campeonato Mundial de Fútbol, la gente gritaba ¡gol! mientras sacaban un ojo de su orbita o le metían un escorpión en la vagina a una joven militante en un torturadero clandestino.

La gente gritó ¡gol! hasta el hastío, mientras más gritaban los torturados más alto se gritaba el gol. Argentina ganó y todos fueron a festejar, ya no gritaban gol, gritaban Argentina Campeón. Y si veían a un botón o a un militar lo abrazaban y gritaban más alto ¡Viva el dolor!

La lucha será prolongada decía JP Vivanco de juventud Guevarista cuando llegó a LH, los Montoneros decían que había que rearmarse. Y así al año siguiente mandaron la "Contraofensiva Popular" a la máquina de hacer carne picada. La Negra Cordero, llena de vida, de amor, de risas, de fuerza, fue perdiendo cada milímetro de sus tendones en esa máquina. Todos murieron, menos quienes los mandaron. Todos sufrieron horrores menos quienes los usaron.

La lucha será prolongada decía el ERP. Lo que quedaba del ERP, que era casi nada. El Partido Comunista seguía órdenes de la URSS y de Fidel, todo el cono sur estaba sometido a horrendas dictaduras menos Argentina, que tenía un gobierno cívico-militar, que rompió el bloqueo de granos que había impuesto EEUU a la URSS, y eso los convertía en acreedores de medallas de honor del Ejército Rojo, que Videla intercambiaba por medallas de honor José de San Martín.

Fidel en Cuba se cuidó mucho de jamás condenar a la dictadura argentina. En los discursos decía el fascismo de Chile, Uruguay, Bolivia Paraguay y “otros”. Así fue que Cuba neutralizó la denuncia de Carter sobre la violación de los derechos humanos en Argentina, Cuba apoyó a Videla, y Videla hizo que la OEA no condenase a Cuba. Todo en casa. Todo por un puñado de rublos.

No había dictadura en Argentina pero era el país con más torturados y asesinados del Cono Sur de América Latina. No hubo Contraofensiva ni lucha prolongada. Se siguió oyendo el arrastrar de las ojotas fuera de la cancha de River: éramos campeones del Mundo de Fútbol y la gente gritaba ¡gol!.

 

 

Dolor y gol
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24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 01:10

La verdad

Para un argentino lo única comida cubana que podía ser considerada rica, es la fruta, el pescado y marisco. Nada de carnes, la de res se hace con mucho ajo, cebolla, limón y machucada. La de cerdo, para quien está acostumbrado a la mejor carne del mundo, tiene un retrogusto que no es otra cosa que lo que el cerdo come y su modo de vida. El pollo, bueno, el pollo es pollo en todo el mundo.

Luego estaban las guarniciones o acompañantes, arroz, de muchos colores, pero sólo arroz, acaso alguna vez papas fritas, pero casi siempre arroz. Blanco, con frijoles negros, con frijoles rojos, con azafrán y pollo o petit pois, pero siempre arroz, como chinos o como japoneses. También malanga o yuca, e incluso plátano.

¡Banana con arroz!

De a poco me fui acostumbrando, llegó un momento en que el arroz congrí, ese con frijoles negros y una yuca con ajito, aceite y limón me encantaban, pero al principio me parecía algo trivial, de una película de Tarzán, de un documental sobre leones.

Pero las frutas, ¡oh! el mango, la piña, la chirimoya, la guanábana, el mamoncillo, el tamarindo, el mamey o la fruta bomba eran una delicia.

Y los pescados.

En el Habana Libre comíamos todo tipo de pescados, en filetes, con salsas, en buñuelos, ripiados, con o sin espinas y al costado estaban los mariscos. Cada día un coctel de camarones, o una cola de langosta, o cualquier otro ser jodedor del mar. Yo era el único de mi familia que adoraba los pescados y los mariscos, mi abuela Elena también, era una complicidad que teníamos.

Mangos y pescado, ninguno de los dos necesitaba ajo.

Hoy, hay días que busco entre los bares y restaurantes al mediodía, a ver si uno, aunque sea uno de todos me da arroz como guarnición en vez de papas fritas o ensalada.

Y cuando voy a Madrid, siempre un par de días, uno almuerzo en un argentino, una parrillda, y el otro en un cubano, lascas de puerco asado, congrí y yuca con mojo.

Cosas vederes Sancho.

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho
Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 15:33

Zanelli era abogado y tenía un sentido del humor tan bueno como persistente.

Su hijo Marcelo sacó el mismo sentido del humor, pero además de hacer cuentos chistosos como el padre, aprovechaba la realidad más inmediata para convertirla en el mejor de los chistes. Todas las reuniones con Marcelo, generalmente en su casa se veían aderezadas con la hierba que conseguía Valeria, mate, literatura, rock, y coronadas por cataratas de risas. Lo más alucinante es que Valeria que vivía con él desde hacía un pilón de años, se sorprendía igual que todos los demás con los estoques de humor de Marcelo, quedaba claro que sí, que Marcelo hacía reir.

Sicoanalista, pintor, guitarrista de una banda icónica, lector, actor, conocedor de los escasos nexos que pueden unir la tierra del campo, el lazo del gaucho, los patos del lago, con la sensibilidad artística, cívica, intelectual y sociológica, y ambas dos, a la cancha de Boca.

Marcelo jugaba al fútbol también, tenía un tobillo fino, un día lo vieron jugar unos brasileros en Necochea y lo alabaron. Delgado, de rulos rubios de ojos verdes y de piel muy blanca, les daba gusto a los propios brasileros ver como los driblaba y se llevaba la pelota un tipo que no parecía provenir de la favela.

Era ganador de chicas, no al estilo chulo-putas, sino del tipo intelectual gracioso, bien parecido, ocurrente y con una fuerte convicción estética.

Conservaba sus amigos de la niñez, Waldo, Alejandro, y le encantaba hacer nuevos amigos. No nació en Capital Federal pero se había aporteñado en buena parte, y en otra parte llevaba siempre ese infinito campo argentino en su falta de interés en las mieles de la vanidad. Las buscaba, le encantaba ser centro, pero una vez logrado era el primero en reírse de sí mismo y de todo salame que se creyese algo sin saber poner una tranquera, pintar una casa, jugar al fútbol, pasar unos cuantos gramos de merca por la frontera boliviana, beber hasta caer, o levantarse y volver a ser porteño, sensible, fino y psicoanalista.

Una tarde, a un amigo suyo que trabajaba en un diario de moda que no duró más de dos años, lo invitaron a una fiesta de una revista underground sobre rock, drogas y literatura bukowskiana, y le pidió a Marcelo que lo acompañase. Eran muy amigos, eran parecidos y distintos a la vez, fumaban Parisienne. Marcelo decía de él, que para la cultura de sobremesa que mostraba, era increíblemente prefreudiano, Martín decía de él que aún siendo muy freudiano no tenía ni la más reputisima idea de cual de todas las cosas que le seducían, quería ser. Se burlaban de las pretensiones más intimas.

La fiesta no era gran cosa, pero había gente del mundillo under porteño arrastrados por Enrique Symmns que protagonizó varios proyectos más o menos pretenciosos de la época del reviente. Entre las figuritas había una rubia alta, musa de Enrique, decía que se llamaba Vera. El amigo de Marcelo le tocó las tetas cuando ya atesoraba un pedo considerable, y la musa Vera le dio una trompada en la cara que lo tiró del banco de la barra donde estaba sentado, al suelo del bar. Marcelo se percató  de que ya era hora de dejar la fiesta, recogió a su amigo, lo puso en el hombro, apuraron sus tragos y salieron. Pero Martín había llegado al punto de curda en que todo lo que no sea acostarse en la cama o en el baño arropado por el vómito, es una mala idea. Y empezó a gritar como si cantase blues haciendo zigzgag por el medio de la calle, entre los dos carriles, un blues indio, una baguala con berridos porcinos. Marcelo ya estaba con las pelotas llenas, pero no abandonaba a un amigo aun cuando ya tenía más que sellado el documento exculpatorio para dejar al indigerible Martincho en medio de su melopea.

Una patrulla de la policía se acercó en sentido contrario a los pasos sinuosos de los dos amigos.  En aquellos años todavía la policía argentina detenía a los transeúntes beodos y se los llevaba a dormir a la comisaría, en calabozos habitados por otros huéspedes, con mucha suerte también borrachines, pero a menudo, ladrones, minoristas, pendencieros. Por supuesto, los canas frenaron, bajaron y les pidieron los documentos. Marcelo desplegó un sketch de hermano mayor llevándose casi en andas al benjamín, visiblemente afectado por la no costumbre de ingesta de cualquier bebida alcohólica.

-Agente, él no está acostumbrado, se tomó una cerveza y le cayó así de mal, mañana tiene que trabajar, deje que me lo lleve a casa- los agentes accedieron y le reocmendaron que desapareciese ya.

Marcelo paró un taxi, dejó a su amigo en el edificio en que vivía y se fue a dormir. De madrugada lo llamaron por teléfono para preguntarle si conocía a un tal Martín, esta vez lo llamaban de la comisaría 14 de San Telmo, lo iban a dejar ahí apolillando hasta que se le quitase las ganas de cantar en el patio frontal del edificio, unas notas etilicas que iban desde una baguala al réquiem de un cerdo.

Marcelo dijo: sí lo conozco, mañana lo recojo.

Ayer Martín leyó una nota de despedida de Marcelo a Rosario Bléfari, que ya había fallecido un año atrás, en un diario argentino, las palabras que le dedicó a su también gran amiga Rosario, le llevaron el recuerdo de la calidad de su amistad. Fue un bálsamo en tiemposs de no demasiados festejos.

Y otro día, una vez más, como treinta años atrás, Marcelo le salvó el pertuso a su amigo.

 

 

 

Obra de Marcelo Zanelli

Obra de Marcelo Zanelli

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17 marzo 2021 3 17 /03 /marzo /2021 00:31

Llegó el día que me tocó dejar la pañoleta de la primaria. Se acabó el verano y empezaba un año escolar nuevo, pero en la secundaria. Mi madre y los del ICAP habían decidido que como era casi norma general entre los hijos de exiliados, fuese interno a una escuela al campo, lo que se denominaba de manera coloquial “la beca”, porque sus siglas eran ESBEC, Escuela Secundaria Básica en el Campo. Yo no estaba particularmente interesado, mis amigos seguirían la secundaria en la ciudad, y eso de crecer era algo para lo que no me sentía particularmente preparado.

Una camisa celeste, pantalón y corbata azul, zapatos kikos plásticos, una maleta con algo de ropa y poco más, y a la parada del autobús que nos llevaba a la beca a Quivicán. La escuela se llamaba “Amistad Cuba Canadá”.

La idea de que los adolescentes estudiasen y trabajasen se le había ocurrido a Fidel como manera de aprendizaje temprano de la disciplina de trabajo, de los rigores de estar lejos de casa, y de paso dar un aporte a la producción, que no a la productividad, para el sustento de la educación. Para ello le echó la culpa a José Martí, pobre apóstol, desde que fue abatido en Dos Ríos, le venían atribuyendo cada vez más responsabilidades. Martí había reflexionado sobre la conveniencia de que los estudiantes aprendiesen algún oficio mientras cursaban sus estudios y se preparasen para la vida, pero ni remotamente participó de aquel esperperto experimental hijo de la idea de que la familia es una cualidad o un defecto de la burguesía.

Eran dos edificios, uno para estudios, el otro de albergue, donde se disponían literas de dos camas en fila. La mitad de los alumnos estudiaban en la mañana y trabajaban en el campo en la tarde, la otra mitad viceversa. En aquellos campos se sembraba y cultivaba la fresa y la papa, el trabajo consistía en desbrozar la hierba mala los surcos de fresa con una guatca o azada. Tras los tres surcos que tocaban por cabeza, la zona lumbar nos quedaba arruinada. Cada brigada tenía un jefe de brigada que por lo general era un mal estudiante, repetidor de grado, pendenciero, con quien nadie quería tener un mal entendido. Por encima de ellos estaba el profesor, que nunca aparecía por los surcos, y al mando de ellos, el guajiro que gestionaba la zona y conocía el trabajo. Una vez uno de esos guajiros me confesó que ningún campo trabajado por los chavales de las becas era redituable, generaban pérdidas. Las mujeres hacían los trabajos menos duros, pero las mismas horas.  Esa idea de que la mujer es más frágil en los trabajos duros, nunca fue demasiado combatida por el feminismo, así como tampoco la de que en caso de emergencia, mujeres y niños se salven primero, a diferencia de la emancipación femenina para ocupar los cargos directivos.

La ropa de estudio y de trabajo la proveía la escuela, zapatos y botas incluidas. Tres comidas, merienda, entrábamos los domingos y salíamos los sábados por la mañana. Hice un amigo particular, Juan José Sánchez, hijo de Sacha, una militante revolucionaria argentina, y de padre boliviano también revolucionario pero separados, Juanjo nació en Bolivia pero era argentino y se estaba volviendo cubano igual que yo, tenía una hermana desaparecida en Argentina, Graciela, que al ser detenida estaba embarazada. Vivía en el Hotel nacional, a unas pocas cuadras del Habana Libre.  Unos años atrás había tenido un grave problema en el corazón,  lo tuvieron que operar y quedó perfecto, sólo le quedó de recuerdo una enrome cicatriz en el pecho. Mis primos le pusieron el mote de “corazón” un lindo apodo más allá de que le pudiese recordar el pos operatorio. Sacha, la mamá de Juan José cuyo verdadero nombre era Matilde Artés, fue la primera abuela en econtrar a su nieta desaparecida años más tarde en democracia en Argentina, el famoso caso de la niña Carla Rutilo Artés, la primera recuperada de las manos de los asesinos de sus padres.

Con Juanjo pasábamos horas charlando de mil temas, las cosas que se nos ocurrían, que añorábamos, las chicas, sobre las cuales yo empezaba ya a tener un secreto interés muy acuciado, aunque sólo se resolvía el desenlace en la intimidad que ofrece la manta una vez que los demás duermen.

La parte en que tocaba estar en el albergue era jodida. Era el medio ambiente soñado de los guapos y los repetidores, que se amigaban con los mismos profesores que no los querían ni ver en las aulas, porque eran quienes podían manejar a los alumnos, así los profes tenían más tiempo para andar en los pasillos ya no iluinados con las profes. Los abusos de los más fuertes con los menos afortunados muscularmente hablando, eran frecuentes y a menudo se pasaban de la raya y dejaban a alumnos muy tocados, con miedo a ir al albergue, incluso con miedo a llevar algo rico para comer desde la casa por temor a que los guapos le abriesen la maleta y se lo quitasen, o si lo escondía mucho, le diesen una buena paliza. A mi me robaron muchas veces, denunciarlo era ser chivatón, se lo contaba a mi madre cuando iba de fin de semana al hotel, pero ella no podía hacer gran cosa excepto hablar con el director o con alguien del ICAP cosa que yo le pedía que no hiciese, sería peor, lo que yo quería era que me sacaran de la beca.

Hasta un día que empecé a desquitarme robando yo las cosas que veía fuera de las maletas, pero así como las robaba las tiraba por la ventana al barro. Camisetas, botas de campo, medias, calzoncillos, todo lo tiraba, y rompía maletas cuando no había nadie en el albergue. A veces faltaba a un turno de clases para ir al albergue vacío y poder tirar todo lo que encontraba y romper maletas de guapos y de profesores que también eran abusadores. Un día me descubrieron y me chivatearon a dirección. Se armó un lio, y cuando me llamaron dije que llevaba meses aguantando esos abusos, así que decidí cobrármelos como podía. Llamaron a mi madre, pero fue mi abuelo, aunque para montar un buen lío, se encerró en la dirección con el el director que estaba asustado porque un mal entendido con el padre el Che no era cualquier cosa. Yo llevaba semanas pidiéndole al abuelo que fuese a recogerme un viernes como hacían los pocos padres que tenían automóviles o los que a veces iban en coches alquilados. Juan José y yo nos quedábamos en el balcón las noches de viernes charlando con la mirada puesta en la carretera, con la esperanza de que uno de los coches que aparecía fuese el Lada de mi abuelo, que también lo recogería a él.

El abuelo fue un día a buscarme, y luego fue ese día a ponerle los puntos al director, a decirle que iba a denunciar que en esa escuela nadie cuidaba de los alumnos. Antes que fuese el abuelo, yo, escuálido, cabezón, mucho más tendiente a la risa que a la bronca, ya estaba por subir un escalón en mi toma de justicia vengativa. Llevaba semanas con la idea fija de cómo meterle una puñalada en las nalgas mientras dormía a uno de los abusadores repetidores, que se quedaban con la comida de los demás y tiraba botas llenas de orin en la noche por encima de las literas de los chamacos en brazos de sus sueños. Por suerte o por desgracia hay unos límites que están más acá de lo que uno supone, y también por suerte llegó mi abuelo a poner de rodillas a aquel bastardo de director. No sé si habría pasado el resto del curso fantaseando con algo tan poco tranquilizante, si lo habría hecho con la mano temblando y no habría podido hacerle más de un rasguño, o le habría agujereado el culo como un colador, como deseaba ya casi más que abandonar aquel lugar. Pero en todo caso, suerte que ahí terminó todo, ninguna de las opciones habrían cosido los flecos sueltos que habían vagando mi hipotálamo.

 

Parte II

La mayoría de la gente que pasó por mi beca tiene alguno de estos recuerdos a no ser que fuesen los abusadores, pero a algunos aquellas experiencias les dañaron la vida. En mi albergue había un muchacho que era alto, y le llamaban “el perro”. Cuando llegaba la noche los repetidores y algunos profesores lo llamaban a su cubículo para divertirse tirándole alguna cosa al suelo y, haciendo que el perro la recogiese y se las llevase gateando. El perro ponía todo tipo de caras mientras los demás miraban, yo no podía asistir a aquel espectáculo humillante. El bullying entre estudiantes siempre existió, pero en la beca se potenciaba porque vivían todos juntos como en un gran pabellón de prisión. Un pichi corto fue expuesto sin la toalla que lo cubría al salir del baño, incluso delante de las chicas, a los más débiles los intentaban “coger para el trajín” que era como esclavizarlos, “ve y búscame esto” “lávame la ropa” “hazme las tareas” etcétera, en una escuela normal esas victimas de bullying regresan a sus casas cada tarde, por lo menos, pero en la beca pasaban la semana a expensas de la crueldad juvenil que ruge de manera natural en las manadas. También es cierto que esto ocurría en mayor o menor medida según que becas. Tengo también amigas mujeres que quedaron marcadas por la maldad de sus compañeras. Quizás una de las cosas que también procuraba enseñar la beca, es aprender a odiar el abuso, aunque a veces se corra el riesgo de reproducir patrones una vez crecidos. Aunque en honor a la verdad, los primeros callos que tuve en la mano fueron de aquellos trabajos, muchos no habrían sabido lo que es un callo en toda su vida, si no pasaban por la beca.

También es posible que la suerte, que ya me había regado con todos los perfumes de los que los cubanos carecían, hubiese decidido reservarme un tiempo de Cuba real, la tangible, una noción empírica de su esencia, para que así acaso valorase mucho más lo que se nos daba en el hotel. Visto en perspectiva sería bastante razonable. Que se yo, si lo inescrutable es el misterio o son los caminos.

Tras el incidente entre mi abuelo y el director me trasladaron a otra beca, la Máximo Gómez, en Güira de Melena,  con piscina, todo reluciente, la comida muy rica, en que no había ni rastro de ese tipo de elementos. Era una escuela ejemplar, allí aunque me sentía bien porque incluso estaba un primo, que me trataba como un hermano menor. Duré poco, porque ya mi madre había entendido que tras perder a mis amigos de Argentina, mi colegio y barrio, y luego mi padre, era conveniente que estuviese al menos cerca de lo que me quedaba, mi familia.

Aún así, puedo decir que la beca me fortaleció, me dio compañeros con los que conviví de una manera más real que en la dualidad esquizofrénica que se presentaba en el hotel, conocí el  campo cubano no para andar a caballo como solía conocerlo, sino para trabajar. Y es justo destacar que desde la guagua que llevaba a la beca hasta el jarrito para el café con leche o el yogur de la merienda eran sufragados por el Estado, el acceso a la educación era absolutamente gratuito y general. Conocí la existencia de los cantantes y grupos de música que estaban de moda, aún estando prohibidos, como Feliciano, Julio Iglesias, Roberto Carlos, y los ingleses y norteamericanos de los que de a poco me fui haciendo fan, Grand Funk Railroad, Rolling Stones, Deep Purple, Zappa o Led Zeppelin. Y por otro lado es cierto que no todas las becas eran como la Cuba Canadá.

Albergue de una beca

Albergue de una beca

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10 marzo 2021 3 10 /03 /marzo /2021 18:42

Andaba jugando con Fernando en el lobby, cuando entró un hombre vestido de pantalón blue jean de pata ancha, camisa apretada poblada de colores, chaqueta de jean, zapatos plataforma, y el pelo al modo afro, con una mujer tomada de su mano vestida igual  y con el pelo aún más largo hacia arriba, un niño con un pantalón jardinero de jean, zapatillas y también afro, y una niña más pequeña también colorida en su indumentaria. Caminaban como salidos de una película, y cuando pasaron cerca escuchamos que hablaban en otra lengua. Por el hotel pasaban unos días o semanas niños africanos hijos de algún revolucionario de los que en aquellos años intentaban descolonizar sus países, pero aún cuando eran de la misma raza, no tenían nada en absoluto que ver con esa imagen. Era la familia Newton. Huey era el nombre del padre, su mujer se llamaba Gwen, su hija Jessica y nuestro nuevo amigo: Ronnie.

Ronnie hablaba muy poco español, había estado unos meses en otro lugar de la isla, cuando quería que fuésemos a dar un paseo fuera del hotel, decía, “Marchín, Fernano, vamos a cambia por e caji”-, nos costaba entender esa jerigonza pero en la medida que fue mejorando el castellano, empezó a traducirlo como  “vamos a caminar pore calli”  y recién ahí lo comprendí, aunque siempre como si lo hubiésemos comprendido, cuando decía aquel galimatías, salíamos a echar ese pisteo por el barrio.

En aquellos años sonaba Jackson Five, “María” cantada por un jovencito Michael, Ronnie tenía el pelo como ellos y bailaba el mismo boggie-boogie auténtico. Los norteamericanos que solían pasar por el hotel eran progresistas, antirracistas, antiimperialistas, pero por lo general desde una perspectiva pacifista, los Black Panther en cambio abrazaban la lucha armada, pero para la autodefensa, no tenían como objetivo la toma del poder de los EEUU, lo cual revela cierto nivel respetable de cordura y sentido común. Aunque en realidad su mayor actividad y aportes fueron en el terreno de la asistencia social, tanto cultural, de conciencia, como de proveedores de alimentos en los casos más necesitados.

Las dos aberraciones más terribles que ha vivido la humanidad desde que existe recopilación de nuestra Historia como humanidad, son el Holocausto en el siglo XX y la esclavización de africanos durante dos siglos y medio, en algunos casos casi tres siglos, siendo lo más terrible en los primeros años de tráfico .

La totalidad de los inmigrantes africanos a tierras americanas se produjo por medio del uso de la más cruel de la fuerzas. En ningún caso emigraron por sus deseos ni por sus medios, y mucho menos para convertirse en casi el cien por cien de los casos en esclavos, escapando de esta suerte un reducido grupo en Centroamérica, que ha vivido todos estos siglos sin haber pasado por el látigo, ya que fueron tres galeones que se quedaron sin dueños y resultaron libertos. Los únicos casos entre los millones de africanos que fueron transportados en galeones a América para trabajar en el nuevo continente.

El grueso de los esclavos que llegaron a EEUU fue después de la Independencia, en el siglo XVIII, antes eran cantidades residuales. Las grandes mayorías de flujos de esclavos africanos fueron a parar a las plantaciones del Caribe y Brasil, donde morían muy rápido por las condiciones de vida y trabajo, por lo que había que reponer permanentemente mano de obra nueva desde África. En los EEUU se reprodujeron en mayor cantidad y velocidad por las menos miserables condiciones de vida y trabajo. Llegaban tanto desde los puertos de Méjico y San salvador de bahía como desde Liverpool. Cabe destacar que además de la avaricia y escasos escrúpulos europeos, en este tráfico participaron reyes y jefes de tribus africanas, el rey Ndongo de parte del Congo se convirtió en un acaudalado esclavista suministrando esclavos a portugueses y holandeses. En EEUU se dio la particularidad que durante mucho tiempo convivieron Maryland, esclavista, y Pensilvania, abolicionista. En 1860 se decreta la abolición dela esclavitud, y la vida de los descendientes de africanos mejoró considerablemente respecto de lo que era, pero aún estaba muy alejado de poder considerarse ciudadanos de pleno derecho.

Black Panthers Party, se fundó en 1966, concentró su mayor actividad en la ciudad de Oakland, su nombre se debe a la característica de la pantera negra, que es un felino que no ataca, sino que lucha para defenderse. Fundamentalmente era un Partido de autodefensa de las comunidades negras en los Estados Unidos, llegaron a tener miles de militantes y a tener representación en varias ciudades, no era una organización clandestina, pero sí fue duramente perseguida y atacada. Plantearon diez puntos sobre los cuales se asentaba su condición de partido en su afán de servir. Protegían a la población de los abusos policiales, enseñaban a leer, intentaban sacar a los jóvenes de uno de los trabajos caminos que se les ofrecía con garantías: la delincuencia, la venta minorista de drogas. Intentaban dotar de dignidad a la oblación negra. Esto supuso ataques subrepticios directos por parte del FBI. Hoover declaró en una ocasión que eran el enemigo número uno de la sociedad. 

Producto de esa persecución, se exilió en Cuba Huey y su familia. Una detalle al dorso: el único programa de radio en Cuba que reproducción música funky, rock y blues, “Now” lo había establecido un militante de los Panthers exiliado a finales de los años sesenta. Media hora de buena música a las seis de la tarde.

Todas las habitaciones del hotel tenían balcón y era un punto de interconexión. Un día de gran tedio probé la diversión de pasar de un balcón a otro. Mediaba la pared que daba a la otra habitación, pero la baranda era generosa en vericuetos donde introducir los dedos pudiendo asirme de forma segura. La parte de abajo dela baranda dejaba un espacio perfecto para poder mantener el pie firme sobre el suelo, lo demás era agilidad propia de la edad. Era una condición sine qua non no mirar hacia abajo, ya que había 21 pisos y daba impresión de estar en el vacío al pisar del otro lado de la baranda. La vez que cometí el error de mirar, mis dedos se hicieron pequeñas heridas de lo fuerte que me así de los agujeros de metal de la baranda.

Y entonces les propuse un juego a los muchachos. Fernando, Ronnie y Pedrito. Una competencia, a ver quién recorría más balcones, Fernando y yo fuimos los que llegamos al límite establecido por unos cuantos metros de pared hasta que comenzaba la otra hilera de balcones. Tras ese límite había que regresar. Cuando soplaba el viento, y a veces soplaba fuerte, sentía como la especie de libertad que los motoristas describen cuando alcanzan gran velocidad en sus recorridos por carreteras semivacías, aquel viento cargado de salitre despejaba todo obstáculo, así que cuando probé colgar del lado de afuera del balcón a veintiún pisos, era como si a la moto la propulsase una bocanada del mismo Barrabás.

Un día un transeúnte entró al hotel a comunicarle a la seguridad que había visto a unas personas pasarse de una habitación a otra en lo alto. Poco crédulos, se lo comunicaron a los padres de los supuestos escaladores, y estos nos preguntaron si hacíamos tal cosa a lo que respondimos, por supuesto, que no.

Un día regresando a mi balcón del que habíamos partido, vi los trofeos que se había cobrado un ruso que estaba hospedado por un trabajo técnico temporal, dos habitaciones más allá. Tenía una bolsa con agua y aguas malas adentro, unas estrellas de mar y un par de caracoles cobo, que se deben dejar al sol para que la sigua , el huésped que lo habita, salga y pueda ser arrancado, cosa muy difícil porque están pegados por la cola al final del laberinto del caracol. Esos caracoles con nácar, los típicos que parecen sonar a mar, usados también por las tribus antiguas para avisar, como una trompeta, eran muy codiciados por los extranjeros, y sobre todo por los rusos. O, los pescaban o los pagaban hasta en cien pesos cubanos que por entonces era mucho dinero, el salario mínimo estaba en noventa y seis pesos, pero no regresaban a su tierra sin uno de esos. Había otra manera de sacar la sigua, que es hirviendo el caracol, pero las habitaciones no tenían cocinas. Además para mantener el nácar intacto y brillante lo mejor es dejarlas al sol.

Al regresar de mi bojeo, propuse la broma de tirarle sus botines de mar hacia el vacío. Estuvimos todos de acuerdo, así que primero nos fijamos bien que el ruso no estuviese en su habitación yendo a golpear la puerta previamente y escondiéndonos para que en caso de que estuviese no nos reconociese. La primera vez estaba en la habitación. Al día siguiente lo volvimos a intentar y al golpear en repetidas ocasiones su puerta constatamos que no estaba en la habitación. Crucé los balcones, y tiré primero la bolsa con aguas malas,  luego las estrellas de mar y un caracol, y me quedé mirando como éste recorría todos los pisos hasta que dio con el techo rojo del tercer piso. La calle quedaba unos cuantos metros más allá y, fue tal el estruendo que hizo para hacerse añicos, que regresé a la habitación casi de dos saltos. Estábamos eufóricos con esta nueva picaresca.

Cuando el ruso regresó a la habitación, armó un lío tremendo llamando a la recepción, pero era inaudito que alguien penetrase a su habitación para robar esas pertenecías que en Cuba no significaban gran cosa, hasta que descubrieron que estaban en el tercer piso destrozadas. Cuando nos cruzábamos al ruso en el pasillo, el ascensor o en el lobby nos miraba como intuyendo algo, seguramente, era más una percepción nuestra por el cagazo que teníamos de que nos descubriese.

Al parecer que le dieron credibilidad a la versión del transeúnte, nos estaban vigilando y cuando ya había regresado el vecino a su tierra caucásica sin sus souvenires, nos sorprendieron en nuestra diversión, pero sin tirar nada de nadie. Así que nunca se pudo probar que fuimos nosotros los que privaron al ruso de regresar con la sigua y las estrellas de mar, aunque pasamos unos días castigados sin salir de la habitación tras regresar del colegio.

Los castigos eran más duros para unos que para otros, a Fernando, sus padres lo llevaban tenso si alguna queja llegaba a la habitación de Dina y Jorge, pero al pobre Ronnie le tocaban más días de castigo e ir a dormir más temprano.  El padre era recto, le había puesto una condición para poder quedarse jugando más allá de las siete, hasta las nueve de la noche; nadar cuarenta largos en la piscina del hotel. No sé si la idea surgió de que yo nadaba cada día esos cuarenta largos aunque terminaba con los pulmones en la garganta, dado el esfuerzo sumando a mi asma o fue pura coincidencia. Recuerdo un profesor de buceo que me dijo que para el buceo no es recomendable el asma, pero para el asmático el buceo y la natación son espectaculares. Años más tarde trabajé en un yate como buzo de una estrella, y recién cuando llevaba tres meses de graduado y varios buceos hechos me descubrieron el aparatito del asma en el camarote, pero ya era parte del equipo. Lo cierto es que pasé las pruebas por haber pasado bueno parte de mi juventud en el agua nadando, poniendo a prueba el límite de mis pulmones, que siempre se cansaban antes que mis escuálidos muslos y pantorrillas.

Ronnie empezó a nadar cuarenta largos desde el primer día, y terminó cansado, pero ya el segundo día los terminaba como si se tomase un vaso de agua. Yo no lo podía creer, a mi cada día me requería el mismo esfuerzo, y este monstruo los hacía de “taquito”. Al principio nadábamos a la misma hora, pero al sentir la mordida del agravio comparativo, y más aún teniendo en cuenta que yo era el “hombre de los cuarenta largos” empecé a ir más tarde o más temprano.

Cuando Huey vio que Ronnie conseguía todos los días quedarse hasta las nueve, le cambió el reto; tenía que ganarle a las damas, y eso ya era más complicado, porque Huey había sido muy bueno a las damas, como también había sido el hombre que comía más caliente en su pueblo de Luisiana, lo cual explicaba que a menudo llegase de la mano de la camarera del restaurante un plato mucho más humeante que los demás. Algo muy norteamericano ser el mejor en una cosa, en lo que sea, el asunto es no figurar destacado en el menos atractivo de los extremos antagónicos: ganador/perdedor. Entonces Ronnie tuvo que buscar alternativas y esforzarse más que con el nado, para seguir hasta más allá de las siete de la tarde con el resto de pibes, porque ganarle a Huey a las damas, no era fácil.

Cuando yo veía estas relaciones filiales, tanto de Ronnie, como de Pedrito o Fernando con sus padres, aunque fuesen regaños, los dedos del pie se me encogían dentro de las zapatillas, y los oídos se me cerraban produciendo sonido sordo, a medio camino entre el ruido del paso de un tren y una ventisca constante, que me ayudaban a disipar la imagen de ese instante de ternura que había presenciado y del que yo, dadas las circunstancias, carecía.

Jessica era de piel un poco más clara que Ronnie, como la madre, se hizo amiga de mi prima. Era una niña alegre, se reía con cualquier simpleza que hacíamos que no llegaba ni al esbozo de chiste. A veces les mandaban chicles de verdad, en Cuba no había ningún tipo de goma de mascar, las inventábamos con la leche de los caimitos, una planta que daba unas bolitas como uvas, de las que había detrás de Coopelia. Eran de sabor amargo pero tras masticarlas un poco sacaba una leche, se escupía la semilla y la piel, y con eso se hacía una especie de chicle insípido. Había quienes le ponían pasta de dientes para terminar de armar un chicle casi perfecto, al que no obstante, en tres masticadas se le iba el sabor. En este sentido no eran muy distintos de los otros chicles que se podían encontrar más comúnmente en el hotel, los del campo socialista, que traían búlgaros, checos, alemanes de la RDA. Nosotros le llamábamos chicles rusos, pero no, en Rusia tampoco había, eran durísimos, sin gracia la envoltura, pero al menos se mascaban más tiempo que el caimito, Eso sí, había que pedírselo a los que por la razón que sea estaban hospedados en el hotel, yo no me atrevía. Antes de caer preso mi viejo nos mandó un paquete con golosinas y algunas camisetas con onda, el olor de los chocolates, alfajores, o chicles de tutti frutti era como entrar en un sueño donde me encontraba en mi primera niñez, un pedacito de mi país de mi escuela y amigos en el sabor de unos chicles y unos chocolates. Pero no me gustaba masticarlos fuera del hotel, eso de tener lo que los demás no tenían ya estaba cubierto con creces con lo que teníamos en el hotel, sin jamás hablarme de comunismo en Argentina, me habían educado para ser sensible a cualquier diferencia social notable.

Pero quien más solía andar con esas gomas de mascar era Ronnie, también por eso le echaban la culpa las ascensoristas cuando, al cabo de haber masticado esas gomas hasta que el sabor ya era agrio de chapistería, se lo pegábamos en el asiento en que se sentaban cuando el ascensor subía. Y en parte porque era el único negrito de los amigos, seamos justos, racismo había mucho menos en Cuba que en EEUU, pero subrepticiamente permanecía.

Una vez se fueron a EEUU y trajeron provisiones de golosinas “yumas” para semanas. Cuando ya nos habíamos olvidado que Ronnie tenía chicles, aparecía con un nuevo paquetito amarillo de tabletas imperialistas de tutti frutti.

Los chicles, las golosinas, la ropa de moda, la música llamativa, cualquier objeto que mostrase que en su confección había contado con un departamento que tuviese en cuenta el “buen gusto” era considerado sospechoso de enemigo de la clase obrera, de la construcción de un sistema social en que la “diferencia” no se establezca como un valor, en que el brillo no radique en lo que se posee, sino en lo que se es. En cierta medida recordaba a la condena de la Iglesia al chocolate en el viejo Méjico, por considerarlo afrodisíaco e inductor de estridencias y libertinajes pergeñados por el demonio. Algo así, esas líneas y colores demasiado estéticos, podían pervertir el verdadero sino de la clase obrera que era lo contrario a asemejarse a las pretensiones burguesas.

A veces, cuando iba a buscar a Ronnie a la habitación me quedaba un rato en silencio para escuchar la música que Huey y Gwen ponían en su habitación. Mucho James Brown, mucho Groove. Una vez los vi a los cuatro bailar en rueda, daba gusto, los afronorteamericanos y los afrocubanos, aunque hablasen lenguas diferentes tenían ese común denominador, sabían bailar sueltos, haciendo muecas, figuras, eran contenedores de ritmo que a una hora del día se tenían que soltar, fuese en una conversación con mímica y ademanes, gesticulando el lenguaje corporal de la “guapería”, describiendo en el aire un arco con la mano partiendo desde debajo del mentón hacia adelante acompañándolo de ¿que volá? ¿qué pinga es? o, simplemente siguiendo los vaivenes de los sonidos acompasados.

 

Solo veía bailar en la escuela, pero cada cuadra estaba organizada por Comités de Defensa de la Revolución, que en un inicio, allá por los sesenta, había servido para combatir la contrarrevolución, pero con el tiempo y la ociosidad, había terminado por convertirse en una obligación de reuniones rutinarias, guardias nocturnas en las que se alternaban todos los vecinos, denuncias a quien escuchaba música  y programas de radios estadounidenses, que dada la cercanía, llegaban con cierta claridad en onda corta y en frecuencia modulada pero también cumplían un cometido más hedonista; las fiestas de la cuadra. Un día que me había entretenido en la cuadra de Evelio, primero comiendo en su casa, donde su madre Elsa hacía unos huevos y papas fritas con sabor a casero, que extrañaba, mientras los demás deseaban comer las langostas y jamones que yo comía en el hotel y, después profundizando la amistad con Jacko, un perro pastor alemán que tenía un vecino en un patio trasero de la calle J entre 21 y 23. Cuando estaba por irme al hotel porque ya empezaba a oscurecer, comenzó una fiesta del CDR. Todos bailaban, acaso unos mejor que otros, pero ninguno se quedaba sentado, todos adultos; la canción que sonaba y que ponía a mover el esqueleto hasta a los gatos ajustados de la cuadra, decía “tiene mendó, tiene mendó, el ritmo Upa Upa tiene mendó”. Casi hasta consiguió que mis brazos, piernas y caderas pudiesen seguir el compás.  Para mí, lo que escuchaba Ronnie y su familia era una traducción al inglés norteamericano del ritmo Upa Upa de Pacho Alonso.

 

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

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Published by martinguevara - en Opinion crítica.
2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 19:43

 

Una vez, cerca de nuestra llegada a Cuba, padre, madre y hermanos bajamos hasta el malecón y dimos una vuelta por el Vedado. La mezcla de zapatos nuevos y calor le hizo a mi madre una ampolla en el talón que no le permitía caminar, así que fuimos a una farmacia en M y 23, donde pedimos curitas. La farmacéutica creería que caímos de Marte ese mismo día, porque no sabía ni lo que eran. Entonces pidió alguna pomada, tampoco había, y cuando me madre le enseñó la ampolla la farmacéutica le dio un rollo de esparadrapo pero le dijo que no tenía gasa, que se pusiese una tela en su casa. Ese episodio fue mi primer contacto con una realidad con que el cubano tenía una gran familiaridad: la carencia. En todos los lugares el mundo hay carencia de algunos productos para unos y para otros abundancia, pero en Cuba de lo que carecían unos carecían todos, y lo que tenían unos lo tenían todos; bueno, obviamente con salvadas y poco honrosas excepciones, situadas donde siempre rompen las burbujas, arriba del todo.

 

Había veces que a a las ferreterías llegaban tenazas, y estaban todas las ferretyerías de La habana llenas de tenazas por un envío en un barco, entonces aunque no tuviesen nada que arrancar más les valía comprarlas entonces, porque no se sabía cuando volvería a haber. O martillos sin clavos, o tornillos sin destornillador. La costumbre más arraigada cubana era, a donde fuese que uno se desplazase, ir con una “jaba” , una bolsa, por si las dudas aparecía algo que comprar.

 

Yo solía pedir cada día en la mañana para desayunar: café con leche, yogur, huevos fritos, y los panecitos calientes que nos ponían con esa mantequilla salada que se derretía apenas tocaba la miga. Pero debajo de los huevos fritos siempre iba un alimento extra, dos lascas gruesas de jamón asado. Más de una vez le dije a los camareros que no los trajesen porque yo no los comía, no sé si porque después esperaban comérselos en la cocina ellos, o por pura burocracia del Mezzanine, me hacían cero caso y siempre bajo mis huevos fritos estaban mis dos jamones. Así que se me ocurrió empezar a llevarlos dentro del pan con  mantequilla a la escuela, pensando en la merienda. Cuando llegó el receso en el colegio y el olor del envo0ltorio se empezó a expandir, los compañeros se acercaban y me decían la frase que había que decir para que alguien compartiese lo que traía: “abierto” antes que uno emitiese el grito de “cerrado”. Al ver el entusiasmo que despertaban mi bocadillos del jamón que yo descartaba en las mañanas, me sentí mal y se me ocurrió llevar todos los días sándwiches de jamón, para lo que fui sofisticándolos pidiendo lascas de queso en el desayuno, así el pan que no comían mis hermanos y amigos, los llenaba de jamón y queso.

 

Una tarde mi madre me dijo que el encargado del ICAP quería hablar conmigo un ratito, fui al lobby donde estaba Onix sentado con un periódico y un cigarro,  me dijo: “Mira Martín, aquí todos los niños y todos somos iguales, pero todavía estamos trabajando para serlo del todo, me llamaron de la escuela que en los recesos se estaba armando un alboroto cada día mayor porque tú les llevabas bocaditos de jamón, te quería decir que muchos niños cubanos no comen eso, pero estamos en camino de que todos lo coman, así que te pido por favor que no lleves más esos bocaditos al colegio” . La cosa es que aunque yo llevase bocaditos para compartir y esto curase culpa de mi ingesta diaria de alimentos diferenciada de los demás, lógicamente había niños que se quedaban sin su preciado sándwich. Pensé, que dentro el infortunio, era mejor que mi madre de ninguna forma encontrase una curita, aunque fuese extranjera, a que un0s pocos conociesen el jamón y otros no, lo que no excluía que todos dentro del hotel siguiésemos devorandolo a dentelladas secas y calientes. 

Bocaditos de jamón y curitas
Bocaditos de jamón y curitas

Bocaditos de jamón y curitas

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Relax
14 febrero 2021 7 14 /02 /febrero /2021 12:53

 

Al triunfo de la Revolución lo mínimo esperable era un bloqueo, de hecho al declarar el carácter socialista de la revolución, lo que se esperaba era un ataque furibundo. A nadie se le ocrurría quejarse de que los dueños de las empresas, bancos, dinero, hoteles, todo tipo de negocios confiscados, de alguna manera expresasen su contrariedad. Y todos habrían firmado porque sólo fuese un bloqueo sin invasión sin bombardeos. La revolución se había conquistado en contra de Batista en principio, luego del capitalismo y su fase superior el imperialismo, que estaba a sólo 90 millas, cuyo mayor blasón identirario y simbólico, es su divisa: el dólar. Estaba clarísimo que no les iban a regalar un Cadillac a cada comandante, tras semejante afrenta.

La idea era industrializarse y no depender del flujo de mercancías y divisas de ninguna de las dos superpotencias, pero en medio ocurrió que se fueron acostumbrando al aliniamiento con el campo socialista, bajo el mando de la URSS. Es verdad que era demasiado atractivo, una oferta como las de Don Vito, no se puede rechazar. Petróleo, armas, alimentos, asesores, todo tipo de insumos, sólo a cambio de total acatamiento de las "sugerencias ordenadas" desde la tía Patria Moscú.

Durante décadas en que vivió el comandante Fidel Guarapo Castro, se tejieron tácticas y políticas ocultas de pequeños intercambios, pactos de no agresión y algún que otro detalle, con el campo capitalista, paradójicamente quien nunca rompió el comercio y la diplomacia, fue la España del genocida fascista Francisco Franco. México fue su mayor apoyo siempre, Japón y algunos países de Europa. Pero cada vez que podía estar cerca un relajamiento de la tensión comercial con EEUU, de una manera casual sucedía algo que obligaba a la parte estadounidense a tensar aún más el embargo, como Bill Clinton cuando había trabajado en la propuesta al Congreso para humanizar las relaciones, y el derrribo de las avionetas lo obligó  a la aplicación de la ley Helms Burton que le exigieron desde el ala republicana y a la que no se pudo oponer, que buscaba internacionalizar el sitio a la economía cubana. Las clases altas de ambas orillas se beneficiaban de tal clima de amenaza y aparente hostilidad sin llegar a una agresión concreta, azuzando a sus huestes con argumentos más gástricos que cerebrales.

La persistencia en el sitio a la isla, es criminal, pero levantarlo sin ninguna negociación, aunque siempre sería mejor para la gente en Cuba, también sería una necedad. Porque para que los beneficios lleguen directamente a la gente, no se queden trabados en la superestructura, hay que establecer mecanismos engrasados que permitan el desarrollo de autónomos, emprendedores, libertades de movimiento, sin decuidar, y como prioridad, la atención a los sectores más pobres y menos preparados para un nuevo modelo de sociedad, quienes si empieza un desarrollo vertiginoso, quedarán en la más absoluta miseria. Ahí se deben mantener férreamente los principios humanistas provenientes del socialismo, de protección al más débil, al menos adaptado.

Hoy parece haber cambiado algo, como quiera que se analice a Fidel Castro, lo que siemrp0e habrá que decir es que fue anti imp'erialismo estadounidense hasta el último día, cuando puso verde a su hermano por estar pasandola tan bien en compañía de Obama, en su editorial en Granma "El hermano americano". Pero el tiempo incluso para los mamuts. Distintos sectores de la dirigencia nueva. aunque con los mismos lemas, no con iguales intereses, cada vez buscan más el acercamiento a los EEUU a como de lugar. Cuba se desangra entre una economía más sujeta a la inspiración del panteón santoral yoruba que a planes económicos conretos, a un bloqueo que ya es inexplicable en un mundo de libre movimientos de capitales, al Covid 19 y a una tozudez que ya se va enredando entre las algas del fondo.

Una solución habrá que encontrarle, sin violar la soberanía del país, ni tampoco la de su gente, cada vez más asfixiada.

Paradójicamente el bloqueo/embargo es lo más opuesto a una economía de mercado capitalista, es un Estado interviniendo el natural desarrollo de los negocios a cualquier escala. Su espíritu es más inherente y cercano al proteccionismo propiedad de los planes quinquenales comunistas, que al libre mercado.

Así es que ambas partes en pugna por el bloqueo/embargo de EEUU a Cuba, están reivindicando lo contrario a los principios que dicen defender.

El gobierno cubano le pide a EEUU que recuerde su esencia y naturaleza capitalista y liberal, e implora por la materia prima y la divisa del imperio del que, todo hay que decirlo, cada vez con menos convicción, reniega, mientras el GOP y la comunidad cubana en el Miami exige una mayor intervención del Estado en el libre movimiento de los capitales y las personas, al mejor estilo de las más cerradas teorías estatales comunistas.

Cosas vederes Sancho

 

¿Desbloqueo/Desembargo?
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Published by martinguevara
31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 20:59

Jair o gaucho era de familia italiana del sur de Brasil, estaba en Sao Pablo pero ya le picaba el bicho de irse a otro estado con las pertenencias de alguien. Yo le dije:

-Jair ¿por qué no te  sacas la nacionalidad italiana y te vas allá a trabajar? Un día te van a agarrar y aquí tú sabes mejor que yo que “malandro morto é bom malandro

Él no era ladrón, lo hacía por la adrenalina, trabajaba duro pero de vez en cuando necesitaba ese subidón, de todos modos a cualquiera que no haya vivido en aquel Brasil es muy difícil explicarle.

Así se fue a Río, desplumó la taquilla de su compañero de habitación en la pensión donde dormía y se fue de madrugada.

Yo llegué a Río un par de meses más tarde, tras dar un buen rodeo a carona con Joao Bautista Pintos, un fiel parceiro que conocí en un hotel de mala muerte en el puerto de Santos. Joao no quería de ninguna manera llegar a Rio, ni siquiera a las inmediaciones,  de hecho, cuando ya agotábamos los pueblos de la carretera Sao Pablo-Río, tras pasar por Guarujá, Parati, Angras do Reis, Ubatuba, llegamos a un pueblo costero de los últimos antes de Río que se llama Mangaratiba y Joao no estaba tranquilo. En un momento que paseábamos por el centro dos tipos nos miraron porque otro nos señaló desde unos cien metros, y Joao me dijo:

-Vámonos de aquí a donde sea, nos marcaron porque no quieren maluqieiros, ni gente extraña que llega de o vaya a Río, nos van a matar.

Claro, escuchando eso de un compañero de carretera con el que habíamos andado cientos de kilómetros y visto de todo, y nunca había perdido la risa, me alarmó y como se suele decir: me cagué.

Fuimos a una iglesia bautista, habíamos acordado que en el camino Joao hablase con los religiosos porque él lo era, y sabía como entrarles, y yo con los encargados de hoteles y restaurantes porque era extranjero y me prestaban más atención.  Y dentro de los religiosos, Joao decía , con buen criterio, que los curas católicos conseguían albergue o comida, pero jamás dinero. En cambio los pastores al revés. Estaba tan asustado que ni siquiera quería dormir en un sitio seguro porque de todas formas debíamos salir a comer o buscar como seguir viaje y creía que ya nos tenían marcados para servirnos con papas fritas.

Fue a ver a un pastor, y a la primera, regresó con tabaco y papel, le pregunté ¿te dio tabaco? –no, me dio dinero y fui a comprar tabaco-

Ahí mismo fuimos a la Rodoviaria y tomamos el primer bus a Río de janeiro. Pero Joao todavía menos quería llegar a Río, yo le decía que estuviese tranquilo, que tenía un amigo, Jair o gaúcho, que estaba en un restaurante, Sat’s y nos iba a conseguir trabajo con el dueño, que ya me lo había dicho en una llamada por teléfono que me hizo al restaurante O Comilao de Sao Pablo donde habíamos sido compañeros de trabajo, cuando ya consiguió asentarse en Río.

Así y todo Joao no quería saber nada, me doblaba en edad, era brasilero y había recorrido varias veces el país ¿qué no habrían visto sus ojos? Pero decidí no volver a dejarme influenciar por ese miedo, aunque confiaba plenamente en mi amigo, quería regresar a Río, donde sólo había estado un día infausto, inolvidable, pero sólo un día.

Cundo llegamos llamé a Jair, me dijo que fuésemos al restaurante Sat’s al lado del morro dos Macacos, fuimos, me saludó efusivamente, me dijo que tenia un lugar para que pasásemos la noche, Joao no quería ir a un albergue como hacíamos en el camino, no en Río.

Un hombre nos abrió un portón de un parking, y luego la puerta de una caseta, nos dio unos cartones para tirarnos sobre ellos, y nos explicó que cerraría la puerta con candado para que no pudiese entrar nadie, y que a las siete nos abriría, si queríamos orinar en una esquina había un latón. Al recordar aquellas situaciones ni siquiera entiendo como pude haber estado ahí, hoy ni siquiera consigo dormir si no tengo colchón,  topper, edredón, cuatro paredes y un baño en condiciones.

Tal como prometió a las siete abrió el candado y nos trajo dos cafés, un pedazo de pan y un periódico, como si hubiésemos dormido en la suite del Ritz, el diario enseñoreaba una noticia en primera plana, dos cabezas cortadas. Había habido un ajuste de cuentas y les cortaron la cabeza a dos de la otra banda, desde la guillotina de la revolución francesa no se escuchaba hablar de decapitaciones, no eran frecuentes ni siquiera en los campos de la Alemania nazi. Todavía no había hecho su aprición estelar el sumún del hampa mejicano de los carteles que hicieron cotidiana esta práctica. Ahí entendí a Joao, era como una oda a la violencia, como demostrar que no hay límite. Dos cabezas cortadas en una portada del periódico con el exquisito cafezinho brasilero y un pan caliente para empezar la mañana.

Jair me dijo que había trabajo para mi limpiando cacerolas, fui con Joao a una cafetería a comer algo y tomar algo para despedirnos, una mujer hablaba en voz alta de su relación con la que tenía tomada de la cintura, y , según ella, con varias más, decía “eu sou zapatao” de manera orgullosa, recién ahí después de llevar meses en Brasil supe que así llamaban a las lesbianas.  Nos dimos un abrazo de los de hasta siempre, me comentó que dormiría en un hotel porque su hermana le había podido enviar por fin algo de dinero, y al día siguiente partiría al exilio a cualquier otra ciudad, yo tenía todos sus datos en una pequeña libreta, mi gran amigazo Joao Bautista Pintos, a veces cuando pienso acerca de que será de su vida, una pelusita me entra en el ojo causando una súbita irritación.

El restaurante era un Rodizio, la típica parrillada brasilera al espeto, muy bueno, enorme, rápido supe en todo lo que estaban metidos los tentáculos del dueño, Jorge Guerra, jogo de bicha, en escolas de samba, y al parecer, en algún asunto aún menos legal. Me dio una cama  para dormir arriba del restaurante, donde ya dormía otro empleado que barría el local, pero era un ambiente muy grande hubiésemos cabido sin estrecheces más de dos, me enseñó a trabarlo con una viga de madera. La gente en Río se toma seguridad muy en serio.

El segundo día de limpiar calderos llegó un chaval joven también a lavar vajilla, hablaba mucho y hacía chistes, se le unió el hombre de confianza de José Guerra, terminó el día y en la noche cuando me iba a dormir, empiezo a escuchar gritos, el compañero de morada me llamó para mirar por una ventana, no se veía mucho, pero sí varios hombres rodeando una mesa y le daban con un cinturón a un desgraciado que no paraba de berrear, entonces se escuchó claro que le preguntaban por qué había entrado a robar, que a Guerra no se le hace eso, y otra vez cinturonazos. Yo creí que no lo contaba, los demás eran policías vestidos de paisano, lo soltaron sin ropa, le dijeron ¡corre! y tiraron un tiro al aire, mirando como el tipo corría en calzoncillos casi sin tocar el suelo. Me quedó claro que con Guerra no se jugaba. Al día siguiente me enteré por Jair que era el chaval que había entrado el día anterior, el alcahuete se había juntado al ladronzuelo y cuando este le contó que entraría por la noche, le avisó a Guerra y lo estaban esperando como cosa buena.

A veces iba a la playa Ipanema, por la mañana o por la tarde según cuando me tocase trabajar, Guerra me dijo que si me cortaba el pelo sería su camarero preferido, tenia el pelo largo y desparejo, yo sonreía y le decía que estaba muy bien en la cocina.

Una noche, tarde, sonaron unos disparos justo abajo del cuarto de dormir, dieron en el restaurante. Apenas el automóvil que disparó siguió camino, bajamos los dos a ver que había pasado, toda la entrada de vidrio estaba desmoronada, el compañero de albergue se fue hacia adentro y yo me quedé en la acera cuidando que no entrase nadie, era pasada la medianoche, no había nadie en la calle, hasta que llegó el hermano de Jorge Guerra con algunos policías, me reprendió por quedarme ahí porque si volvían a pasar, con toda probabilidad me tirarían. Ni siquiera había pensado en eso. El asunto es que al día siguiente pusieron los vidrios, y Guerra me llamó a su despacho, me dijo:

-Muchas gracias, nadie hace lo que hiciste, me contó mi hermano que vigilaste el restaurante. Este mes cobras doble y el que viene empiezas en el salón.

Le di las gracias, me sentí bien y de repente mal, con alguien así no convenía tener esa cercanía, cualquier día se podrían convertir en un problema aunque Guerra fuese a la vista, un tipo que se conducía y que valoraba la lealtad, si yo hubiese sido un tipo duro, o del hampa, sí me habría convenido, pero no era lo mío estar tan en el centro de los fierros. Tenía dos restaurantes más, varios negocios y tomaba y repartía "merca" aunque no praecía que eso fuese parte de su negocio, cosa frecuente en Río. Muchas veces su alcahuete me había preguntado si quería, él se daba cada diez minutos para limpiar esos calderos enormes, siempre rechacé la oferta.

Otro detalle que tuvo Guerra fue permitirme estar en el restaurante cuando cerrasen y comer y beber lo que quisiese. Al día siguiente entré a su despacho, estaba la puerta abierta, tenía un enorme pantalla con un proyector de televisión , sofás, un gran escritorio y sobre él un teléfono. El auricular me miraba y me decía ven, úsame. Pasado de cervezas como estaba me puse a llamar a Argentina, a Cuba, a EEUU, a Holanda donde tenía amistades y familia. Por enésima vez volví a perder la cabeza con un teléfono, como en casa de Roberto donde Taco me había dejado dormir, lo cual desembocó en un episodio desagradable, como en el anterior restaurante “O comilao”  de Sao Pablo, donde no podría regresar jamás por la factura que le había dejado al portugués, y como en varios lugres más, trabajos, oficinas, casas.

Ya llevaba seis meses, así que de todos modos pensaba irme, pero al día siguiente la determinación fue tajante, al saber de lo que era capaz Guerra si sentía que le habían tocado las nalgas. Mi compañero de albergue me había visto entrar al despacho de él, y desde que llegué yo sabía que prefería tener toda la habitación del segundo piso para él solo, así que convenía cuidarme con él.

Llamé a Jorge Guerra a la mañana, le dije que se había agotado el tiempo de permanencia, me dijo que si estaba con él no había ningún problema, insistí en ir a Argentina, y regresar con otro permiso. Me pagó el doble como prometió y volví a Sao Pablo antes de regresar a Buenos Aires, pero en camión, no iba a gastarme en el regreso el pago a mi riesgo, si no lo había gastado siquiera en mis llamadas internacionales, además sabiendo que los camioneros argentinos, agradecen a un compañero de viaje para cebarles el mate.

Y así terminaron mis días en el país más musical y sorprendente que he conocido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Restaurante Sat's

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Published by martinguevara - en Relax

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  • : El blog de martinguevara
  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria. Presentes Argentina, Cuba y España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario de diferentes experiencias y significantes correlativos.
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