King's Cross St Pancras
Como nadie quiso responder a las preguntas Gamsa dejó claro que no volvería nunca más a armar un debate de aquellas características. Había dejado de confiar en sus correligionarios, todo le parecía vacío, superficial, él mismo se veía como un exponente de la frivolidad, decidió no hablar nunca más, pero antes debía llegar a un rincón de la India en donde algunos gurús meditaban durante meses, incluso años sin emitir palabra alguna. El problema es que no pensaba dejar de comer y los gurús acompañaban la economía de palabras con la de alimentos.
Decidió hacer lo mismo pero más cerca de su casa, a la vuelta de un Kentucky Fried Chicken, a donde podía escabullirse cada vez que los gurús sucedáneos de los indios, de la ciudad de Londres, reunidos en aquel edificio húmedo y sin ascensor de King's Cross, estuviesen durmiendo la mona de sus fumatas hachís y ácidos dedicadas a Visnu y a Brahma, como aporte inglés a las deidades ciertamente humilladas durante la colonización británica.
En ese KFC contaban con pantallas para ordenar y pagar el menú sin necesidad de dirigir la palabra a nadie. Cuando se puso obeso como una bola de grasa, empezó a fumar la mezcla dedicada a los dioses para amortiguar la gula. En efecto adelgazó de forma notable, y en cambio de comer compulsivamente, dormía como un lirón, se despertaba fumaba, y volvía a dormir.
Al cabo de dos años Gamsa, se había olvidado de hablar las palabras pero también de pensarlas, solo conseguía divagar en un lenguaje inconexo aunque puro, tan espiritual como inmaterial, hasta que en un paso por la esquina un perrito Yorkshire le meó el tobillo y el pie derecho, que desde hacía dos años calzaba solo con sandalias llevándolo al descubierto en su parte superior.
Líquido a raudales, el perrito lo tomó por un árbol al ver que no emitía sonido alguno, Gamsa sintió un repentino placer al sentir ese calor en su pie en aquel día húmedo y frío, pero cuando se dio cuenta que lo estaban meando, cambió la expresión atolondrada de su rostro, mostró los dientes y gritó:
-¡Mierda!
Un transeúnte que cruzaba frente a él, atildado con un saco de tweed escocés, con expresión de contrariedad levantó la mirada hacia los ojos encendidos de Gamsa, y le aclaró:
-No hijo, no es mierda, es pis.
Entonces Gamsa volvió a hablar, primero con el hombrecito del tweed, estaban parados justo en la esquina de Brill Place, el verde persistía a la caída de las hojas, la dueña del perrito llegó solicita aunque tarde pidiendo perdón por las molestias y se apresuró a desaparecer parque adentro, al principio Gamsa quería explicar que su expresión no respondía al estado de los desperdicios del Yorkshire sino que era una interjección, pero no hallaba las palabras, entonces el hombre de los zapatos impolutos lo calmó con una sonrisa "solo tenía ganas de hablar con alguien y usted me dio pìe", el hombre que ya entraba en sus años menos ágiles, advirtió en un comentario, que era una mañana fría para ser otoño, pero con una luz especial que junto a la humedad dotaba de perlas de brillo a las hojas que persistían aun en las ramas, mientras que desnudaba a las caídas mostrando toda la gama de marrones, beige, carmelitas, amarillos, rojos bordeaux de que eran capaces, ofreciendo, junto a esos cuervos que exploraban la base de las raíces, un ambiente digno de ser mirado a párpado extra abierto y aspirado a pulmón lleno, en vistas de podría pasar tiempo para que alguien debidamente vestido, paseando a esas horas por al lado de la terminal donde miles de almas corretean cada día de un lado a otro en busca de conexión de tren, pudiese volver a apreciar un espectáculo de semejante belleza y calma. Gamsa asentía a todo lo que el hombrecito decía, le parecía que el tono con que expresaba sus palabras obraban, junto al paisaje que estaba describiendo, una suerte de milagro que no podía desperdiciar. Atinó a balbucear los primeros vocablos con sentido razonable que pudo construir en mucho tiempo, y tras despedirse, recoger sus cosas del antro gurú, usó el impulso para charlar con el conductor del ómnibus, con una señora que paseaba sin perrito, más tarde con su familia anonadada, mitad feliz mitad atribulada, cuando regresó a su casa. Dejó los ácidos y el hash, el pollo frito, los alrededores de King's Cross St Pancras, las chancletas en otoño, y retornó a sus simposios, debates y conferencias convencido de que tenía suficiente profundidad que aportar a la superficie de sus reflexiones de antaño, partiendo de la premisa de lo compacto o licuado que puede expeler un lobo devenido en Yorkshire y de un rincón de la India, algo distorsionada y muy comprimida, que consiguió instalarse en las inmediaciones de su poco querido, pero familiar Brixton.
La revancha
No necesariamente con los mismos protagonistas, pero a menudo la vida te da la revancha, la oportunidad de riposta.
Cuando recién había salido de la pubertad, me levanté una mulatica muy mona, estuvimos tomando y yendo de un lado a otro hasta que nos fundimos en un beso y empezamos a apretar, pasamos las manos por cada centímetro de lo que cubría la ropa interior. En un momento en que ya me había deshecho de lo que tapaba las tetas y las había estado sobando, fui a besar un pezón y cuando acerqué la cara a la redondeada teta, un pestazo de mil demonios me echó para atrás como puñetazo de Clay.
Se me hacía incomprensible ese hedor en un pezón, hasta que cuando el viaje de la razón concluyó en su morada cerebral, se evidenció que era mi mano la que olía a rayos y centellas, porque primeramente había estado hurgando en el complemento del chichón: el chochín; a veces se es tremendamente afortunado sin saberlo, como en esa ocasión que por la razón que fuese, no había bajado a libar del pozo.
Muchos años después, más recientemente, también en una tarde de suerte en que conseguí sacar el anzuelo con pesca, ya no de esas presa tan titis ni tan ricotas de antaño, pero para mis abriles, un bomboncito más que aceptable. Tras paseos y charlas arrancamos sobre la pista del "peeting", la apretadera en los asientos delanteros del coche salvando palancas de cambios y de frenos, manos por aquí, no había suficientes dedos para tanta teta, bollo y culo, como suele pasar al inicio, por eso ese momento hay que disfrutarlo como un enano, nunca habría otro instante como ese con la misma mujer, la primera exploración es una explosión de clorofila, un chorro de sangre nueva. Ella ora metía mano por aquí, desabrochaba cinturón por allá, hasta que bajó a saludar al amigo, que a esa hora reclamaba más atención que un controlador aéreo a los empleados de pista. Le estuvo sacando brillo a la flauta durante buen rato y cuando subió a darme un beso en la boca de repente recordé a la mulatica del pezón descompuesto, sus labios olían a sobra de langostinos, pero de la navidad pasada. Pegué el respectivo respingo hacia atrás todo lo que las cervicales me permitieron, y cuando vi su cara de asombre, caí en que esa vez, las sobras de la pescadería no provenían de su oquedad sino de mi prominencia.
Estábamos más calientes que una cafetera así que la cosa siguió con los elementos menos afectados, y tras el dispendio de las secreciones del caso, esbocé una sonrisa y salvando los obstáculos de la cronología, uní las dos pestes en una, entendiendo por fin aquella sentencia tan mentada que rezaba:
"Hoy por ti, mañana por mi"
11 de Julio
11 de Julio
Hubo un día que la gente explotó, hubo un día que la gente dijo basta, hubo un día que la gente perdió el miedo a expresarse, hubo un día más cívico que todos los demás días en que la gente si bien no no gritaba, y acaso no rompía ningún vidrio, sin embargo durante décadas acumulaban la indignación, la humillación, la burla generalizada, las parafilias que generaban la metabolización de los abusos, la perturbación que causa la doble moral permanente, cronometrada al milímetro y al segundo como un viaje al espacio, la sordidez del espacio donde la vergüenza reside, donde se cobija
donde intenta apartarse de la cotidianeidad de las vidas que deben seguir funcionando como si todo anduviese sobre ruedas engrasadas y bien atornilladas.
Porque cívico es construir una sociedad justa, cívico es reclamar y hacer valer derechos, cumplir con deberes para con la sociedad, largamente sobrecumplidos en más de sesenta años, cívico es protestar, cuando se rompe el asa que sostiene la taza de la razón, de la equidad, de la justicia, manifestarse en consecuencia, mostrar no solo el enfado generalizado, el hastío colectivo, sino la energía y las ganas de establecer un espacio conjunto, donde todos tengan cabida, donde ninguna idea sea reprimida, donde ninguna persona sea secuestrada, abusada, reprimida por sus aspiraciones, anulada por sus sueños, donde el único límite para ejercer la libertad de un individuo, sea donde comienza el derecho y la libertad de otro individuo.
El 11 de Julio, día en que desde San Antonio de los Baños, en la provincia de La Habana se produjo una protesta masiva que alcanzó 62 puntos de la isla, representa el día de la dignidad, del civismo, de la conciencia de progreso, y de la certeza de que la lucha pacífica, la lucha democrática es capaz de mover todas las conciencias.
La dictadura cometió el más grave de los pecados al no ser capaz de interpretar con algo más de inteligencia y empatía las protestas a lo largo de toda la isla, y responder en la persona del presidente Díaz Canel puesto a dedo por Raúl Castro, con un abierto llamado a reprimir sin piedad cualquier muestra de descontento por las paupérrimas condiciones de vida de los ciudadanos, la opresión y prohibiciones en que viven sometidos. Una vez más el sistema saturado, perimido, incapaz de dar de sí ni siquiera una respuesta a la problemática de alimentar a su población, en lugar de leer en clave incluso socialista, que los hastiados, los manifestantes, eran el sujeto de la Revolución, el pueblo más humilde, el pueblo más trabajador, marginado de los privilegios, mestizo, estigmatizado y en consecuencia escucharlos aunque fuese de manera hipócrita y mostrar cierta sensibilidad. Tras reprimir a golpes y prisión inmediata, a lo largo del año, el poder ratificó su mano dura aplicando penas de prisión absolutamente desmedidas y violadoras de los Derechos Humanos a casi trescientos manifestantes, bajo la excusa de que las protestas fueron orquestadas e inducidas por elementos contrarrevolucionarios desde el exterior, incurriendo en el absurdo de señalar el dedo y no hacia donde el dedo apunta. Ninguna manifestación en la historia tiene lugar si no existen causas, y todas desde la revolución francesa, la rusa, la cubana, la polaca, la portuguesa o la tunecina son dirigidas por un partido o líder.
Hoy, a un año de aquella deflagración pacífica, el deber de quienes estamos a salvo de las necesidades permanentes, acuciantes y selectivas (nunca a quienes detentan el poder ni sus familiares), lejos de los golpes, de la represión, de la prisión y las sentencias condenatorias a décadas de reclusión en condiciones inhumanas, conviviendo con criminales de toda laya, quienes estamos distantes de tener que decidir si por una vez somos libres, dignos y salimos a dar el pecho en lugar de seguir aguantando un cúmulo insoportable de privaciones e injusticias, quienes tenemos la barriga llena y la almohada mullida, estamos obligados moralmente, como mínimo a rendir homenaje a los valientes que sembraron un hito, un paradigma, que obligará aún a los más fieles seguidores de la utopía inicial de la revolución, a los más puros cultores de los sueños de los años sesenta, a que cuando observen e intenten explicar la Historia del proceso cubano, hagan un obligado alto en el camino, para reflexionar o desentenderse, del grito desesperado de un país entero.
No más bombas
La realidad es que ya entre EEUU y Europa con Reino Unido, cuentan con más de diez veces en cantidad, y varias en calidad, el armamento que posee Rusia. En una hipotética conflagración no haría ninguna diferencia tener veinte veces más de bombas que diez veces más, si no se les gana con esas diez veces má,s no se les gana con nada.
Una persona está igual de muerta con un solo tiro, que con una bomba que lo despedace en mil trozos. No es necesario el gasto que implica esa dflagración y es incluso violento, cuando es en base al empobrecimiento de la población.
Lo único que buscan las excusas escasamente confeccionadas de usar la invasión a Ucrania para fabricar más bombas y cañones en España, R.U., resto de Europa y EEUU, es obedecer y enriquecer de una forma intolerable a la industria armamentista.
En resumen, por principios, los cívicos demócratas decimos siempre no a la guerra y a las armas, a todas las armas, pero aún mucho más si en vez de abordar una hipotética unión de pequeños países del Caribe, Costa Rica y Belice para armarse, que ciertamente andan flojos en defensa, hablamos de Estados Unidos de América, Reino Unido y las potencias europeas, que cuentan ya con armamento suficiente para destruir a diez planetas Tierra.
Lo último que precisa el mundo es regresar a una carrera armamentista como la protagonizada por la URSS y EEUU en el siglo XX, a costa por supuesto, del empobrecimiento de la población trabajadora y la clase media, en este caso europea y en menor medida, estadounidense. Y ni siquiera me estoy refiriendo a los más necesitados del orbe en África, Asia, América Latina, donde, para tener lugar el incremento de bombas y misiles que se acordó en la última Cumbre de la OTAN 2022 en Madrid, deberían morir de hambre, unas cuantas decenas de millones de seres humanos.Si bien es cierto que el circulo vicioso de saturación de la situación de paz y crecimiento y a continuación guerra de cada vez mayor destrucción y muerte, parece natiral por extendida y repetida, lo cierto es que mediante la ciencia, los humanos hemos llegado a revertir peores ciclos que se consideraban igual de naturales e inevitables.
Unámonos a las fuerzas de Eros en su lucha contra Tanatos.
Vivas al emperador y al dios Ares
Más de dos mil periodistas acreditados, diecinueve mil plazas de hoteles, treinta y cinco millones de euros, treinta y sesis países, tránsito prohibido en casi todas las arterias principales de la ciudad, terrazas de bares cerradas, ciudadanos que aun avisados del caos en que se vivirían dos días, no tienen idea de si moverse de un punto a otro de la ciudad por si podrán regresar. Los mandatarios de las naciones más ricas, también más reputadas como adalides de la paz, el monarca del país anfitrión esperando interminables minutos en la base de la escalerilla del avión que trasladaba al rey de facto.
Ese es el ambiente de la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte durante dos días y medio en la ciudad de Madrid. Casualmente coincidirá el final de esta celebración con el inicio de otra, a priori diametralmente opuesta, las fiestas del Orgullo Gay, los festejos más multitudinarios en la capital de España, a la vez que la mayor celebración del colectivo LGTBI a nivel mundial, conocida como MADO, Madrid Orgullo.
La muestra de poder de la cumbre de la OTAN induce a reflexiones y sensaciones encontradas, por un lado están quienes conmemoran la mortaja sobre las declaraciones de Donald Trump sobre que la OTAN estaba condenada a muerta por la inanición de Europa y la conveniencia de que EEUU se retirase de ese permanente gasto que no le daba réditos. La actual cumbre es la constatación de lo contrario. Por otro lado los que lamentan que el sueño de una Europa unida se haya simplificado en una gestión marcial, que nació con una finalidad defensiva y hoy muestra un músculo militar que se aprecia como ofensiva, amenazante, hegemónica, que ante la imposibilidad de fusionar los límites de las naciones en el anhelo pacifista original, lo materializa en el otro rasgo más característico del continente, las veleidades belicistas, llegando incluso a convencer a Suecia y Finlandia, ambos de una larga tradición cívica antiblelicista, de entrar a la OTAN, eso sí, siempre para garantizar la paz y bajo el mandato de un demócrata no de un republicano pirado, para alivio de la progresía de papel cartón; es decir, de casi toda.
Tras dos años distópicos, en los cuales el distanciamiento, el aislamiento, la muerte, la soledad, la revalorización del instante, la reconversión de los proyectos a mediano y largo plazo en aspiraciones de carácter inmediato, la importancia del abrazo, de la sonrisa atrapada bajo las máscaras, a la vez que el retorno a la solidaridad, a recuperar el valor de lo cercano y de la pausa, el universo en lo minúsculo. Cuando creíamos que saldríamos más atentos a lo que pasa con el otro, más proclives a dar, a los significados y significantes de la vida, nos sorprende una guerra en el propio corazón de Europa, bueno, más bien en su ventrículo derecho, la cual involucra a Rusia, eterno enigma y amenaza de la paranoia occidental desde tiempos del zar Iván hasta la Patria de los Soviets, lo cual diluyó como un terrón de azúcar en una taza de té, las veleidades de bondad estupenda con que nos habíamos emperifollado.
El apoyo paulatino a Ucrania, con el envío de armas, de ánimos para no abandonar la resistencia, con la aplicación de una versión monolítica según la cual, los rusos son impíos destructores y los ucranianos, victimas de las más terribles acciones bélicas, todo se nubló y de repente revivió un rasgo del espíritu europeo que se creía superado. Con una diferencia, esta vez, en lugar de enfrentarse entre sí, toda la población del continente se une para padecer inflación, crisis, carencias, desvíos de ingentes cantidades de recursos para perpetuar una guerra, y ningún gobierno, ni conservador ni progresista, ni siquiera los políticos de partidos de lo que se suponía, era una izquierda consolidada, otrora militantes antibelicistas, se atreven a oponerse.
El Air Force One de Joe Biden llegó con un apoyo de otros once aviones, al pie de la escalerilla del avión el rey Borbón protagonizaba una espera interminable en términos protocolares, la reina Letizia aguardaba a un costado y saludaba a cuanta alma en júbilo se aparecía por la inmediaciones. En el discurso en el Palacio Real, Biden bromeó con cuanto le habría gustado a Felipe VI que no hubiese habido independencia en América y, la nieta de Biden llegando a la recpción Real en pijama, despeinada y mascando chicle de tutti frutti defecándose no solo en la etiqueta ceremonial, sino en la muestra del más básico respeto, cosa que de haber ocurrido con un nacional, no lo dejarían ni cruzar la calle, así fuese descendiente del mismo Cid Campeador. Lo del privilegio del periodismo estadounidense, humillante para el resto de cronistas, al punto que no solo ocupan las primeras finas, sino que nadie más que ellos pueden formular preguntas al Presidente Joe, acaso puedan disimularlo mejor por ser de menos dominio público.
Todo lo referente a la Cumbre del Belicismo de los poderosos, da rubor ajeno y propio, como minimo, porque también da mucha bronca que se tire esa cantidad ingente de dinero en armas para matar en vez de en ayudas para vivir.
Lo único bueno si algo se puede rescatar de este espectáculo de entreguismo al imperio, es que el brillo fue para Sánchez, Macron o Biden. La ausencia de Ayuso la del gatillazo en Miami, de Feijóo y su insignificancia, de Marine Le Pen y del golpista de estado Tronal Gump son tan notables, como proverbiales y felices.
A todo esto, me place apuntar, que soy votante y activista de las virtudes del partido del Presidente Sánchez, así como frente a la ignominia del trumpismo, y siempre en clave de política interna de los Estados Unidos, fui contribuyente de la campaña de Joe Biden y aún me considero un fiel "supporter".
Se acabaron las mascarillas, se silenciaron los aplausos a los sanitarios, hoy suenan los tambores de la industria armamentista y los vivas son para el emperador, y para el dios Ares.
Expectativas erradas
Hace pocos días, en un post de Luz Escobar constatando asistencia al concierto de Pablito en la Ciudad Deportiva, muy comentado, esperado, con que los espinosos de siempre generaron controversia barata de chancleta con chicle en la suela, hice un comentario y me cogió un trumpista y no me soltó, hasta que por fin le salió lo de mi tío asesino y mi sangre diabólica, y toda esa cascada de verborragia aportada por décadas de civismo democrático excelentemente absorbido. Al final tuve que multiplicarlo por cero.
Esto me recordó que no hace mucho, comenté que a pesar de que siempre lamentaré que Silvio hubiese firmado aquel bochornoso apoyo subrepticio a los fusilamientos de los tres raptores de la lanchita de Regla, lo fui a ver en una entrega de premios en León, porque no dejaba de ser la banda sonora de mi generación (no la mía, yo fui, soy, y si el progreso musical continúa hacia bingo con el reguetón, seré hasta las mil muertes, rockero y bluesero acérrimo), ocasión en que una muchacha, acometió un salto virtual a la yugular de mi generoso cogote ¿cómo tú vas a decir eso de Silvio? ¿en qué te basas? ¿cuando Silvio apoyó esos fusilamientos? muéstrame la carta, etc.
La verdad es que me cogió desprevenido sin el manuscrito firmado en mi bolsillo analógico, vecino del cojón más misterioso y ecléctico que ha pisado la faz de la tierra y raspado el bolsillo de un blue jean. La chiquita acto seguido me dijo que era la hija de Silvio, y me dio su versión de aquella carta firmada y como el propio Silvio se había opuesto a esos fusilamientos, en fin, le pedí disculpas pero le expliqué que no era personal, no atacaba al padre sino al ídolo, con quien en un pasado presente, tuve una fuerte discusión en un pasillo del ISA esperando un concierto con cascadas de ron Bocoy, y un buen encuentro en Buenos Aires cuando la rompieron en Obras Sanitarias junto a Pablito, le comenté que precisamente estaba diciendo que todos tenemos contradicciones y aunque ejercía esa critica, fui a su homenaje, y adoro por ejemplo "fusil contra fusil" , terminó diciéndome que usaba otro nombre pero era la hija mayor de Silvio, y recordé vagamente historias de ella de cuando yo vivía en La Habana y producto de haber tenido una novia que era asidua y muy amiga de varios integrantes de la Novísima Trova, recordé que algunas cosas por ahí, se oían. Y después me despedí cordialmente, sin dejar de recordarle que con mi tío seguro se meten mucho más que con su papá, e igual que ocurre con ella, se meten gente que son de mi bando.
Respecto a las declaraciones, flagelaciones o incineración pública que algunos esperaban de parte de Pablito en su concierto, digo, que cada uno exprese sus ideas del mejor modo que pueda allí donde su necesidad, ímpetu o valor se lo permitan, pero no espere y mucho menos exija, que otro las exprese por él/ella. Del mismo modo que es rerpobable una posición alineada con cualquier gobierno de parte de cualquier intelectual, es también rechazable de plano que en un concierto de música, donde las entradas son puestas a la venta para personas de todas las sensibilidades ideológicas, se espete una soflama para contentar a solo a una parte de la audiencia. El arte puede ser reivindicativo, combativo incluso, acaso incendiario, pero ante todo, conviene que sea libre.
Cosas vederes Sancho, y cosas aguantares
Décadas atrás, gran cantidad de chistes en la calle cubana, giraban en torno a que si la buenaventura daba un "chance" (en forma de retirada de mar, de un Superman con una capa gigante, de una patada en el trasero del propio Guarapo en la misma Plaza de la Involución) la isla se quedaría vacía. Hoy, aquellos chistes, mitad risas mitad anhelos inconfesables como tales, se han convertido en la única aspiración de todos los cubanos pobres, de todos los cubanos que no pertenecen al aparato dueño del país, los cuales, también de facto, con sus millones mal habidos, se están yendo de la isla si bien no del todo aun, sí garantizándose un nido alternativo en alguna arteria del corazón capitalista.
Esas sí, aunque tristes, a diferencia de las exigencias a Pablito, son expectativas bien direccionadas.
Carlitos
Carlitos Cecilia era un fiel amigo de la secundaria que murió de un cáncer devastador a los 22 años.
Había acabado de regresar de Argentina a vivir nuevamente en Cuba, fui a su casa y la madre me dijo "si quieres verlo ven con nosotros, porque no le queda mucho". Ella, el hermano y el padrastro estaban destrozados, se veía en las líneas que el dolor continuado pinta en el rostro de la gente, así como las arrugas de la risa en las comisuras de los labios y el extremos de la órbita ocular.
Llegamos al Oncológico, entramos al cuarto y le di un abrazo a mi amigo, pero no debía apretar mucho porque acababan de amputarle un brazo hasta el omóplato, estaba lleno de amputaciones, heridas, dolor, pero su cara era la misma de siempre, con los ojos bien abiertos de ilusión y con esa sonrisa pícara. Cuando me dirigía a su casa pensaba charlar toda la tarde de lo que había extrañado Cuba, de Buenos Aires, del regreso, etc, reírnos , dar vueltas por el barrio, tirar besos a mujeres, a lo mejor alguna se pegaba, Carlitos fue quien me introdujo a Moraima la primera muchacha con quien apreté en la secundaria. En octavo grado falté cuatro meses lectivos seguidos a clases, ni siquiera me fugaba, salía del Habana Libre directo a su casa, hasta que se armó un lío padre entre la escuela, mi madre, los del ICAP y este seguro servidor, tenía la lengua cargada de charlas para dejarlas caer junto con mi amigo. Pero al final me quedé cortado, creo que aun me dura el shock de verlo sin brazo, tan cerca del más allá, yo ni sabía lo que era eso, ni que nos podía pasar a nosotros, todavía estábamos naciendo coño. Carlitos empezó a decirme que en unos días saldría de allí y aunque ahora tenía solo un brazo, con ese mismo tocaría el piano y las niñas se nos pegarían como moscas, yo participé de su entusiasmo y dije una canción que había que tocar, "Soldier of Fortune" de Purple, y las tendríamos desmayadas a nuestros pies. Estuve un rato más pero dejé a los padres y al hermano, la montaña hecha de tristeza y amor que vi y sentí allí es muy difícil de describir.
Me fui solo del oncológico, es una zona de hospitales históricos, llena de vegetación y avenidas amplias, bellas para pasear, pero inmensamente crueles para acompañar a un ser empequeñecido por el absurdo, por un dolor nunca antes experimentado, por la vergüenza de ser acreedor de la fortuna de caminar, de respirar, de tener futuro, de poder construir o destruir mis opciones, de tener opciones. Al poco tiempo me enteré que a los tres días partió dormido, sedado, soñando.
Le dije a Carlitos en esa sala de hospital, que tocaríamos Soldier of Fortune, para las chicas, así que sigo esperando que salga y mientras tanto cada día que lo recuerdo, y cuando no también, lo llevo conmigo, junto a aquella montaña.
Autoroute A8
Pierre eligió uno de los caminos que le indicaba la aplicación de navegación contenida en el teléfono móvil, pero al rato de emprender el viaje le surgieron las dudas de si iba por el camino más conveniente- caramba, si siguiese mirando el callejero para tomar las rutas como en otros tiempos, tendría el camino entero grabado en mi cabeza- así que se lo dio a su hijo que iba de copiloto y le pidió qiue pusiese otra dirección, iban de Saint Tropez a Toulouse, pero sentía más confianza si ponía como primera meta a Narbonne, de todos modos debían detenerse un rato allí para comer algo, una vez lleno el buche volvería a poner Toulouse. Cuando el hijo terminó de poner el destino en el teléfono, la voz guía de la App saltó con una indicación insólita:
-Tome la A-8-
Y es que iban por la A-8 desde hacía una hora. Entonces el padre tomó el teléfono entre asombrado y ligeramente asustado, miró la línea azul que le proponía la pantalla y se alivió al constatar que en efecto había incurrido en redundancia, ya estaban donde les recomendaba incorporarse-
Cuando estaba emitiendo el leve suspiro de alivio, de la ventanilla de una furgoneta que se ubicó al lado en el carril izquierdo, salió una cabeza haciéndole señas con la mano- carajo, a ver si voy a tener humo negro, o una rueda baja justo ahora- pensó en el instante, pero al volver a mirar al costado atendiendo a la insistencia del hombre de la ventanilla, se dio cuenta que lo invitaba a seguirlo, que era policía camuflada, y que estaban felices de haberlo atrapado con las manos en la masa.
-La puta que lo parió, por un segundo que miro el móvil, que mala suerte, a ver si los convenzo de que solo me fijaba si lo de tomar la A-8 era correcto-
La furgo se puso delante del automóvil, encendió un cartel luminoso en la ventanilla trasera indicando al automóvil de Pierre que lo siguiese. Llegaron a una rotonda, tomaron la salida, se detuvieron y bajaron dos efectivos de la Gendarmerie. Le comunicaron que la multa era irrevocable, que lo cogieron in fraganti y que daba igual si estaba mirando las redes sociales o el navegador. Pierre se defendió explicándoles que tenía tan claro que no se debía tomar el teléfono manejando, que le pidió al hijo que le pusiese Narbonne en el GPS, y que se alarmó por la recomendación de que tomase la carretera por la que ya iba, solo miró la pantalla a la misma altura del parabrisas sin quitar ojo de la vía.
-No importa si es para el navegador, para hablar o para el Facebook, la ley penaliza tomar el teléfono conduciendo. Son 200 euros y seis puntos del carnet.
Pierre evaluó la situación y se percató de que no había nada que hacer discutiendo con los agentes felices de clavarle la multa, todo lo que podía conseguir era empeorar, aunque fuese solo los ánimos y por otro lado, prefería dar ejemplo de conducta a su hijo, mantener la dignidad y no mostrarles ni siquiera su contrariedad y tristeza al tener que despedirse de doscientos morlacos. Pero sí atinó a decirles a los gendarmes, "con tanto delincuente suelto, me vienen a esquilmar el dinero de la comida de mis hijos"
Un pataleo con el que incluso, los dos agentes se mostraron condescendientes, un poco porque ya habían conseguido amargarle el viaje a un vacacionista, y otro tanto porque se habían dado cuenta de que en verdad, Pierre había sido victima de un agudo rapto de tremenda mala suerte.
Pierre prefirió pagar la multa en el momento por dos razones, para salir mentalmente de ese bajón, y para recibir el papel con los números de los dos agentes que tramitaron el cobro por tarjeta. Así fue, de repente, él los tenía identificados. Siguió su camino con su hijo, comieron en Narbonne, llegaron a su casa, creyendo haber pasado página.
A los pocos días en el trabajo le comunicaron que sería despedido en dos semanas, ya que se había quedado sin carnet de conducir debido a la sustracción de seis puntos que lo dejaban sin ninguno, él explicó la situación a todas las instancias de la empresa, les pidió por favor que klo esperasen, que tomaría un mes de vacaciones mientras hacía el curso que le devolvería la mitad de los puntos y podría volver a desempeñar su labor de gestor de activos en el automóvil por toda la zona de Toulouse hacia toda Occitania, pero le dijeron que el retorno del carnet llevaría tres meses como mínimo si todo iba bien, no podían permitirse esa cantidad de tiempo, ni les parecía serio mantener en plantilla a un empleado, delegado de un área, que se tomase tan ligeramente su responsabilidad en el trabajo. A partir del despido, Pierre comenzó a enfrentar paulatinamente los problemas característicos de su situación, no encontró trabajo, los ingresos en la casa mermaron, esto llevó discusiones conyugales, sinsabores, peleas, separación temporal, más tiempo de lo que el decoro sugiere calentando las copas de vino de los bares, en definitiva, un deterioro de la comodidad que él daba ya por sentada para siempre, como si fuese el estado natural.
Al pasar un espacio de tiempo, Pierre decidió dedicar las semanas siguientes a conocer cuanto pudiese de la vida de los gendarmes, sus nombres, la comisaría donde trabajaban, costumbres, horarios.
Se desplazó a Pourcieux, donde trabajaban los policías chupópteros de trabajadores en vacaciones que se desplazan en coches humildes. Alquiló un motel de carretera Ibis a solo doscientos metros de la comisaría donde consiguió averiguar que trabajaban los dos agentes. Empezó a comer en establecimientos de comida rápida, a dar paseos alrededor del barrio del motel, el polígono industrial y la comisaria y vigilando de ese modo se enteró de la hora en que empezaban a patrullar, cuando iban a comer, a tomar café, al baño, incluso cuando paraban a mear. Y entre todas las actividades descubrió algo de lo que buscaba, detectó cada cuanto tiempo se detenían a pasar un buen ratito en el burdel que estaba a dos kilómetros.
Los policías trabajaban en un automóvil camuflado de civil, con el uniforme de la gernarmerie, pero antes de ir a relajarse merecidamente al puticlub se vestían de paisanos.
Una tarde Pierre entró al local y vio que ambos subían con dos muchachas a las habitaciones, sacó fotografías de los besos y arrumacos que se prodigaban con las mujeres en la barra, generalmente con dos clases de deseos diferentes, él de follar, ella de vomitar. Alcanzó a fotografiarlos también subiendo la escalera hacia los cuartos.
Antoine pasó toda su infancia en Bretaña, había nacido en la Normandía baja y los padres prefirieron el clima de Quimper, le gustaba hacer surf, insistía en pulir su técnica en las olas de las Landas, y a veces de cerca de Brest, pero lo cierto es que era demasiado torpe como para lograr mantenerse de pie en la tabla. Por eso pasó al windsurf, deporte en cual llegó a mantenerse sobre el agua sin sobresalir de sus amigos, incluso de los que se subían por segunda a vez, pero tampoco nunca le importó demasiado la vela tabla, su ilusión habría sido ser aceptable en solo tabla, y su frustración, imperceptible a simple vista, crecía por dentro recordándole su inclinación al fracaso cada vez que emprendía un nuevo desafío. Con el paso del tiempo y los tropiezos, decidió no fantasear más y dedicarse a algo que le permitiese intervenir en su favor la voluntad de los demás ¿qué mejor que ser policía? Cada vez que le diese la gana podía detener a unos pringados y hacerlos sonreir como tontos, decir a todo que sí, hacerlos pedir, rogar disculpas incluso sin haber cometido ninguna falta, también podría repartir buenos porrazos de vez en cuando, o practicar con una bolsa humana los golpes de defensa personal que en una pelea se los harían meter por el mismísimo orto. Y si alguien decidía no dar su brazo a torcer, se lo podría llevar al calabozo por desacato, insultos a la autoridad, o cualquier otra excusa. Perfecto, definido, Antoine el gendarme, desastre de la ley. Se casó con la prima de sus hermanastros, lo mejor que compartía con su mujer es que solían reír mucho en las largas sobremesas de los fines de semana. Habían tenido grandes dificultades para conseguir tener hijos, hasta que ella quedó embarazada, a los nueve meses nació una niña con Síndrome de Down, que a la vez que unía y separaba al matrimonio todo lo más posible. Los unía en la promesa de jamás separarse, y los distanciaba en imposibilidad progresiva de siquiera poder tocarse, por esta razón ella conocía que de vez en cuando las andanzas de su esposo por las casas de citas, con la condición inalienable de que permaneciese en el más estricto de los secretos y la discreción. Lo de trasladarse de provincia varias veces en la vida le había legado cierta inclinación a sentirse bien con la idea de viajar, de dar la vuelta al mundo, de hacer todo el trayecto del transiberiano, recorrer en bicicleta América del Sur, conocer el lejano oriente. Pero entre una cosa y las otras, nunca ponía en práctica esos proyectos, lo cual no le impedía sentir el mismo gozo al abordarlos en su mente.
Renaud nació y creció en un suburbio de Nimes. Su padre le daba buenas palizas que más tarde, Reanud las achacaba a varias frustraciones, no había podido estudiar, era el hermano más torpe y feo, se casó con la única mujer que lo soportó un par de meses como novio pero no le gustaba demasiado de joven, y nada en absoluto después de llenarse de hijos, cuando ambos descuidaron la estética, la educación, incluso la higiene. Llegaba del trabajo e iba al bar, cuando regresaba cobraban todos los que estuviesen por delante, sobre todo Renaud, que se parecía a su padre en que era acaso el menos agraciado de los hermanos, el del medio, que no tenía ni la más mínima habilidad que pudiese enorgullecer a unos buenos padres, mucho menos a semejantes ogros, solo mostraba interés por pasar el rato con los amigos pateando pelotas contra una enorme pared al lado del riachuelo y de vez en cuando cazar los pequeños animales de la zona y cortarlos en pedacitos, disfrutaba de ver su reacción. A las lagartijas, sapos y ratones primero les cortaba las patitas, después les abría el estómago o les cortaba la cabeza, trayecto en el cual, el padecimiento de los animalitos lo llenaba de placer, exudaba alborozo. Lo mejor de su vida era cuando cada verano lo visitaba una prima con los tíos, siempre estuvo enamorado de su prima, fina, linda, graciosa, parecía siempre tan contenta con todo que solo se podía disfrutar con ella al lado. Tras darse cuenta que no destacaba en los estudios y que tampoco sentía una diáfana inclinación hacía oficio alguno, que ni siquiera le veía sentido a poseer habilidades, decidió que el mejor trabajo que podría desempeñar, era el de policía. De policía nadie le preguntaría por sus carencias, por su escaso interés ni sus renuncios, y podría practicar tiro, que era algo que en cierta forma sí le atraía. Renaud se casó con una chica de Nimes, de su propio barrio, con la cual comenzó a reproducir los mismos tics de su padre con su madre, salvando la distancia entre los sensibilidades convencionales que establecían y toleraban los tiempos en materia de maltrato. Si el padre aporreaba con la mano cerrada a la madre mientras esta conseguía escabullirse hasta el cuarto para evitar el rubor de ser vista por los hijos aguantando semejante humillación, él insultaba a la esposa hasta hacerla llorar y experimentar cierta vergüenza de sí misma, de su figura, de su fracaso, de su dejadez y de cómo cada día que pasaba soportando tal degradación, más lejos estaba de tener la fuerza necesaria para salir de todo aquello. Hacía años no quería hacerle el amor, visitaba cada vez con mayor frecuencia sitios de prostitución donde poder afirmar que aún su virilidad funcionaba, que aún no era prisionero irreversible de las fantasías sexuales inapropiadas que asaltaban su cabeza y espoleaban su deseo cada vez con mayor frecuencia. El tema era que la esposa, Claire, era la causa de que viviesen con cierta holgura económica poco habitual en familias de su extracto socio cultural, todo debido a una jugosa herencia que ella había recibido de su padre, y por nada del mundo deseaba perder su ya perfectamente establecido, nivel de vida. Tenían dos hijos, que se pasaban el día peleando.
Antoine y Renaud llevaban patrullando juntos en tráfico los últimos cuatro años. Compartían el placer de disparar, de vez en cuando Antoine acompañaba a Renaud a cazar, pero no disfrutaba tanto de matar animales como su compañero. Tanto Antoine como Renaud eran intimaban en la idea, de que el tipo de patrullaje de ellos ejercían, con la furgoneta camuflada de transporte civil, era un método puramente recaudatorio, no preventorio ni profiláctico, aunque reconocían sentir deleite cada vez que tras atrapar a un infractor veían la cara que ponía al conocer el monto de la multa que devengarían de su cuenta, así como los puntos que le restarían.
Era una discusión ética, ya que el motivo de la recaudación daba un sentido totalmente distinto a la finalidad misma de la existencia de la policía, que la persecución de la prevención que supondría un automóvil con sus sirenas, su color corporativo y la inscripción de la fuerza policial en a puerta del vehículo, de cara a refrescar la memoria de todos los conductores con que se cruzasen, respecto de las buenas normas de conducta en la carretera.
Y aunque una cosa no lleva necesariamente a la otra, siempre sentían el incómodo paseo del pequeño bichito del mal proceder cada vez que cazaban a un incauto. La fuerza del placer domaba con suficiencia cualquier resto de cargo de conciencia.
Pierre hizo imprimir las fotos que obtuvo de forma furtiva en el burdel. Y en los momentos en que sabía que Antoine y Renaud se encontraban desempeñando su trabajo de patrullaje por la carretera, se presentó en la casa de cada uno, portando sendos sobres con una inscripción que dejaba claro que eran sobres confidenciales para abrir exclusivamente por sus destinatarios, el señor Antoine Roux, y Renaud Morel. Se tomó un tiempo para llamar al timbre entre una casa y otra, en ambas como tenía programado lo atendieron dos mujeres que dijeron ser sus esposas, les comunicó que eran para entregar en mano, que podían recibirlo ellas firmando un recibo que Pierre había improvisado, dando un documento de la persona firmante y un teléfono móvil, tras lo cual se despidió dando las gracias y recordándoles la importancia de que recibiese, cada uno, su correspondiente sobre. Lo mismo hizo en la comisaría a donde pertenecían, dejó dos sobres con los nombres en las manos de su jefe, una vez que logró que él saliese a recibirlos, se presentó como un empelado de correo privado, pidió un nombre una firma y un teléfono al superior, él sargento no le facilitó un móvil, pero sí el teléfono fijo de su oficina en la estación.
Después se dirigió al punto de la carretera donde sabía que en breve llegarían a tomar su acostumbrado café de la tarde, parada que hacían cada día, sin falta. Mientras esperaba cargó los números de teléfono de las dos esposas de los agentes, los volcó en una aplicación de chateo y preparó un correo en que les decía que abriesen los sobres, y al que adjuntó las seis fotos de los dos compañeros de trabajo y compinches de farras con sus partenaires ocasionales. Con el teléfono del sargento no pudo hacer lo mismo porque era de línea, pero lo grabó en la agenda telefónica, con el nombre y apellido con que había firmado el recibo del correo. Le pagó a un repartidor de la zona para que entrase a la cafetería, para que le dejase al dueño o encargado tres sobre idénticos a los ya despachados, con la clara indicación de que les fuesen entregados a los dos agentes una vez llegasen al local.
Dentro del sobre, además de las mismas fotos que había dejado a las esposas y al sargento, introdujo una hoja señalando una serie de simples pasos que debían ejecutar, ipso facto, si preferían mantener estos deslices en secreto.
Una vez que el muchacho de los recados se hubo ganado los euros más fáciles de su vida, Pierre entró al establecimiento, se sentó al lado de una ventana, pidió un café con leche, un croissant, cruzó los dedos bajo su perilla y las comisuras de sus labios se arquearon hacia arriba dibujando una tenue, cauta, pero luminosa sonrisa.
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