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30 agosto 2014 6 30 /08 /agosto /2014 21:19

A lo largo de los años y por diferentes causas me tocó vivir en países del antiguamente llamado Primer, Segundo y Tercer Mundo, a saber: la primera denominación continúa dándosele a los países capitalistas desarrollados, la segunda ya extinguida, era para referirse a los países desarrollados socialistas o en avanzado proceso de desarrollo, y la tercera continúa definiendo a los países subdesarrollados o en vías de desarrollo precarias. Aunque estas tres categorías resulten demasiado vagas si se entiende que Brasil y Bangladesh o Luxemburgo y EEUU quedaban en el mismo saco, sí que había trazos que los emparentaban, tenues, sí, pero concretos.

De la observación de las diferencias, de las contradicciones y las paradojas que se daban en unos y otros, muchas me resultaban flagrantes, divertidas, llamativas. Pero había una paradoja que por sus aristas evidentes, cromáticas, imposibles de ocultar, me resultaba muy curiosa, y que hoy habiendo caído al menos todo el entusiasmo revolucionario de aquellos años aunque perduren los estertores de algunos dinosaurios, me sigue pareciendo sumamente visual.

Los países en cuyos seleccionados nacionales generalmente no hay ningún atleta de procedencia extranjera, ni siquiera de los países vecinos, es en aquellos países que pasaron por el experimento de las dictaduras dirigidas desde la URSS, incluyendo a las repúblicas que conformaban aquella sórdida unión.

En los únicos equipos de fútbol de las selecciones nacionales europeas que no hay jugadores procedentes de la inmigración, es los de los países que pretendidamente fueron los adalides de la solidaridad universal entre los proletarios del mundo.

Inglaterra, Francia, Portugal, Austria, Bélgica, Holanda, Alemania, hasta Italia que se resistía a la inclusión ya tiene sus hijos de extranjeros inmigrantes, sin embargo los rusos sólo tienen rusos, los polacos sólo polacos, los serbios ni siquiera tienen croatas, los húngaros sólo magiares, y así con los búlgaros, letones, estonios, ni hablar de las ex repúblicas soviéticas.

En los equipos de béisbol cubanos no hay ni un sólo jugador extranjero, mucho menos norteamericano. En los equipos dominicanos tampoco hay demasiada interacción con el vecindario. En cambio en los equipos norteamericanos están los mejores jugadores de Cuba y también de República Dominicana.

A juzgar por la pinta, sin indagar demasiado se podría aventurar que los jugadores de béisbol tienen derecho a proceder de cualquier clase social, pero preferentemente los inversores se inclinan a apostar por genéticas que puedan garantizar un buen manojo de jonrones en condiciones, ello otorga clara ventaja a las clases trabajadoras, de igual modo que los manager de los ajedrecistas deben procurar jugadores más proclives a dar jaques mates que nocauts o jonrones. De la abrumadora diferencia entre los emigrantes de una sociedad a otra, se podría inferir que al proletariado le podrían interesar otras cosas que las que nos inculcaron en las lobotomizadoras academias de adoctrinamiento ideológico. Quizás cosas más relacionadas con el placer, con el confort, la vanidad, la holgazanería, el descanso, el relax. La vergüenza de la virtud.

 

El comunismo real, la revolución socialista, la dictadura del proletariado no sólo parece haber constituido un fallido despropósito, una experiencia de opresión continuada sin parangón al haber tenido lugar a partir de una premisa viciada, ficticia, imposible, sino que fue también como Roma en su momento cuando pasó de ser verdugo del viejo Jesús a ser su más ferviente valedor, la mayor estafa y tomadura de pelo a que se ha sometido la confianza de los necesitados.

 

Como mínimo resulta curioso el hecho de que no haya ni un representante del proletariado de los países capitalistas, emigrado por causas políticas a los países ex comunistas o los pocos socialistas que a duras penas se mantienen en pie, que hubiese aguantado un minuto más en dicha sociedad, que lo que tardó en expirar la prohibición de entrada a su país, ni que se hayan quedado la descendencia de estos, llama la atención que no nunca hubo oleadas de norteamericanos pidiendo asilo en la URSS Corea o Cuba, no me refiero a ricos, sino a multitudes de homeless, de trabajadores explotados, y por supuesto no hay un sólo indignado inglés, francés o español que quiera pasar ni siquiera un sólo día como ciudadano cubano, ex soviético, polaco o vietnamita. Ni siquiera las pobres personas en condiciones extremadamente precarias de África centraron jamás sus esfuerzos para cruzar fronteras hacia las patrias del obrero y el campesinado, de la ex Yugoslavia, de Bulgaria de Rumania, o de las más cercanas Argelia, Angola, Mozambique, Etiopía cuando tenían revoluciones socialistas, ni los Guatemaltecos, costarricenses, salvadoreños o mejicanos se desvivieron por entrar clandestinos al paraíso del hombre humilde que pregonaba Nicaragua, ni los pakistaníes e indios a las repúblicas soviéticas.

Contrasta por la cantidad ingente de personas agraviadas por el colonialismo en los orígenes de sus nacionalidades o etnias, que no obstante ello, no sólo no reniegan ni un ápice de la Metrópolis, sino que la han procurado como la mosca al residuo intestinal.

 Podría dar que pensar una de dos cosas.

 O bien que cada una de esas sociedades son bien diferentes a lo que nos enseñaron, o que el ser humano, con el proletario incluido y en destacadísimo primer lugar, no es demasiado diferente de una perecedera y medianamente útil pieza mecánica de plástico, lo más alejada posible de cualquier precepto moral.

En todo caso parece que el ser humano, incluso la clase trabajadora, con tiempo y posibilidad de elección, más que la muerte de la burguesía, la distribución equitativa de todos los bienes, el estímulo moral y la solidaridad de clases, termina haciéndose simpatizante de muy buena gana, de las opciones que contemplen al individuo, la libertad de opinión y movimiento y ¿por qué no? también amante incondicional de unos buenos morlacos en el bolsillo, como sucedáneos del amor eterno y la paz universal, en tanto ésta se toma su tiempo y recaudos para darnos ese tan esperado alcance.

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión
24 agosto 2014 7 24 /08 /agosto /2014 00:04

Ayer tuve una experiencia que me llevó a pensar que estaba a punto de obtener la diplomatura de "Lelo" o “Poco avispado” que parezco estar persiguiendo deliberadamente en los últimos tiempos.

Después de estar pasenado y olfateando exquisiteces en una feria del Pez espada,  donde los platos se servían generosos y a precios sumamente atractivos, fuimos a cenar a una fonda nada especial aunque de aspecto agradable.

Los precios anunciados eran también muy sugerentes al bolsillo y la carta al paladar.  Desde que nos sentamos, el camarero nos trató con una familiaridad poco habitual, verdaderamente cercana, una amabilidad que lindaba con la lisonja, con la zalamería, con la confianza de corral. Mano en hombro, tuteo de colegas, en fin, buenas dósis de cálidez en el trato.

Antes de llevar a la mesa lo que ordenamos, nos sirvió unas  aceitunitas negras, un platito tamaño postre con unos moluscos filipinos llamados Buzios, nada malos, y otro platito del mismo tamaño con ocho o nueve mejillones, aliñados con cebolla y pimientos a la vinagreta. Además de pan y deliciosa mantequilla salada, y entonces yo me deshice en elogios hacia tal atención, hasta me mostré incluso proclive a reconocer semejante presente súbito, con una jugosa e inusual propina llegado el momento de la despedida.

Luego vinieron los platos solicitados, terminamos de jantar. Y hasta nos alegramos por el arribo de un buen número de comensales a aquella parroquia de profunda calidez humana y buena onda, ya que a nuestra temprana llegada estaba vacía de clientes.

Estábamos a punto de caramelo, orondos, pletóricos, rozagantes y de súbito un color pálido asaltó el rostro de Patricia reflejando en el vidrio de la ventana contigua todo el dolor de una traición, el rictus de su semblante contagió mis tendones faciales, al escuchar el monto numérico registrado en el papelillo que el simpaticón camarero nos acercó atendiendo a mi petición de:

-¡La cuenta por favor!

Nos había clavado más del doble de lo que habíamos deglutido imbuidos en la ternura, embebidos en la experiencia de la generosidad entre extraños. Desarmados ante tanto repentino amor. Cada otrora alabada delicia pasó a ser un mísero platito con un precio desorbitado, introducido de manera sibilina, subrepticia, en la paz de nuestra presupuestada alegría.

Nos marchamos sin sospechar donde se habría ido toda nuestra experiencia, todo nuestra cancha, acodados a que barra de cual remoto bar yacerían cabizbajos mis años de calle.

Por el bien de la paz estival decidí pasar por alto el desliz, no obstante  quedó el resquemor, la espina atravesada, o una imagen más soez. 

Hace unos minutos, en la pensión Corredoura de Caldelas, un pueblo precioso entre montes boscosos del norte de Portugal, cercano a Braga, la chica de la recepción se acercó con una sonrisa, ofreciéndonos un aperitivo a mi mujer, a mi hijo y a este humilde servidor, mientras consultábamos nuestros malditos correos con el wi fi del living room, cauto, acepté un café, de estos ricos caldos de esta tierra, ofreció además un oporto y un refresco para el niño y como un resorte dijimos a una voz:

-No gracias, estamos bien- y mi mujer y yo nos miramos recordando la herida aún fresca de la aguja envenenada.

Una vez terminé de saborear al café, le pregunté a la simpática recepcionista por el precio, y entonces asustado, paralizado por el terror, a punto de quebrarme, la escuché decir cual bálsamo a mi ya fláccida,  inasistida y torpedeada filosofía, mezcla de hipismo, rastafari y krishnamurti trasnochados, o bien como castigo a mi apresurada desesperanza:

-No señor, no es nada, todo lo que quisiesen tomar era una oferta gratuita, una cortesía de la casa!

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
2 agosto 2014 6 02 /08 /agosto /2014 04:00

Joan Manuel Serrat cantaba una canción sobre un tipo que se enamoró de un maniquí y un buen día rompió la vidriera cuando era de noche y se la llevó a vivir con él.

La canción era previa a la existencia de las muñecas inflables a las que también las llaman las infalibles, o al menos previa a su popularización (ahora casi todos menos yo tienen una de esas muñecas escondidas en su armario).En cuanto escuché la canción me reconocí en ella.

Hubo una época en que durante las noches para lograr llegar al amanecer tenía que pasar por un calvario de pesadillas, estaba la del toro que me perseguía por el living, estaba la de la vieja horrible esperándome a la salida de abajo de una mesa con las sillas al revés, estaba la de mi abuela que se iba hacia arriba, hacia las nuebes desde un rincón del patio, aquella en la de que no podía correr, la de que estaban por encontrar el cadáver que había dejado hacía tiempo bajo el lodo, y una nutrida variedad de etcéteras, pero también había de los buenos sueños.

Estaba el sueño aquél en que podía volar a la altura de dos personas adultas casi sin mayor esfuerzo, haciendo el gesto de que nadaba, y en algunas ocasiones podía elevarme por encima de los edificios, pero no era disfrutable subir demasiado, así que lo placentero llegaba hasta la altura de tres plantas quizás, no más que eso. Luego estaba aquél en que tenía todo lo que quería, pero cuando me iba a comer algo no podía morderlo. También por supuesto en ese terreno, abundaban de los picantes, y más aún cuando iba emplumando el gallo. Maestras, alumnas, amigas, primas, todo lo que se movía "con falda y a lo loco" aparecía alguna vez en alguno de esos sueños tan agradables.

Dentro de ese conjunto también estaban los sueños raros, de los cuales recuerdo puntualmente dos.

En uno estaba sobre un terreno de batalla aún humeante y simulando estar muerto, una mujer con falda aparecía de repente, se paraba con una pierna a cada lado de mi cuerpo y yo podía disfrutar mirándole todo. Y todo era delicioso.

En el otro sueño perturbador era yo el que caminaba por un campo de batalla humeante y encontraba una mujer preciosa con grandes y jugosos pechos tapados por una camiseta blanca, enotnces yo se los destapaba y los disfrutaba como pocas cosas se han disfrutado sobre la faz de la Tierra. Es de suponer que esta segunda mujer se estaba haciendo la muerta igual que yo en el primer sueño. O quizás estuviese muerta.

Desde la más temprana juventud los maniquíes despertaron len mi un intenso deseo, un repentino torrente de expendio de testosterona. No cualquier maniquí, desde luego, precisaba ser uno en el cual hubiese producido en su diseñador el mismo tipo de baba que me aparecía súbitamente en la boca al verlo. Y preferentemente con camisetas blancas ceñidas que lleguen hasta el muslo y con ropa interior debajo de la cintura, o directamente con lencería.

Una cosa extraña es que el maniquí no necesita tener cabeza, es más creo que los prefería decapitados desde su concepción. 

Hoy salí de la Conferencia de escritores de Willamette para comerme un sandwich porque me parecía demasiado un almuerzo entero a las 12:00 del mediodía, así que crucé al centro comercial que hay al lado del Hotel donde tiene lugar el certamen. Subí a la cuarta planta a través de la tienda Macy's, muy similar a las de El Corte Inglés en España, y antes de salir directamemte a la parte de los restaurantes, atravesé un pasillo plagado de maniquíes con diferentes pantalones, con trajes de baño, con vestiditos, y justo antes de salir por la puerta ancha munida de alarmas, estaba ella, con la camiseta de color claro ceñida a su figura perfecta, marcando una braga ni grande ni diminuta, que también parecía se de algún color claro.

Ahí estaba ella deliciosa,  impertérrita, entregada y por supuesto: sin cabeza.

 

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21 julio 2014 1 21 /07 /julio /2014 06:27

Hay dos cosas con las que no conviene meterse en Estados Unidos, ni con la salud ni con las disposiciones legales por mínimas que puedan parecer; todo lo demás es una maravilla.

Si no eres una persona de un pasar holgado y te enfermas en este país, todo lo bendito se te convertirá en maldito, más valdrá que tu sonrisa y tu cara aporten aquello que le falte a tu escueto y siempre deficiente seguro médico, el hoyo estará mirándote fijamente, llamándote sin aspavientos, será más bien como un reclamo, como una sugerencia. Un resfrío puede dejarte petrificado, aterido de miedo ante la posibilidad de la infección. Esto pude comprobar que tiene algo bueno, de inmediato el cuerpo se pone las pilas y ni se le ocurre enfermarse por nada, sólo para dar un mensaje, sólo para comunicarle al consiente una sospecha que el cerebro tiene entre bambalinas. Ni para faltar a un trabajo, ni para dar penita a nadie. Enfermarse en Estados Unidos es algo de hombres y mujeres con los pantalones bien puestos; para quienes estudian detenidamente los precios de los hoteles y los menús de los restaurantes conserva el mismo peso dramático que tenía la enfermedad para el hombre de el medioevo.
Si cruzas una avenida por la mitad, o por el mismo semáforo sin que esté la señal de que puedes cruzar y te ve la siempre expectante policía, es muy probable que te caiga una multa que te dejen tiritando los dientes y flojas las postrimerías si es que aún continúas siendo aquella misma personita sin demasiados fondos, ni otro bulto en tu bolsillo que la concavidad protuberante de ese huevo herniado. Si giras a la izquierda o a la derecha, si pisas una línea discontinua, si aumentas velocidad o si la reduces, si el coche se pone a llorar en medio de la carretera sin pañuelo, será mejor que pidas auxilio al Dios de los Bancos, el mismo viejo demonio de las loterías, ya que los huesos raspados de tu asentaderas lo precisarán, si bien es cierto que siempre tendrás una lista de pagadores de fianzas a la vista desde las rejas de tu calabazo provisional.
Derechito y sin zigzagueos vas mejor.
En todo lo demás Estados Unidos es una maravilla de país, nada que ver con la idea que trasciende allende las fronteras muy interesada por quienes esconden las miserias de casa echando culpas alrededor, como la gorda de las maldiciones e improperios de mi Motel, que no paraba de putear porque no le dejaban fumar y pudo haber elegido una habitación de fumadora, o haber dejado de fumar y haber comido costillas a la bbq hasta reventar.
Generalmente el común de la gente es verdaderamente naif y muy agradable, comunicativa, gregaria, de cultura de hot dog y trabajo, hay un respeto al acierto como al error, al éxito como a la caída, hay un respeto al otro que empieza por no meterse en su vida. Se comparte en familia, pero también se sabe andar sólo, es la cultura de hacerse sólo, de levantarse una y otra vez, en eso me siento de acá, ellos y yo sabemos que todo es una invención, que te van a dejar una y otra vez, que todas esas cocciones de penas tangueras y de boleros plañideros, son inútiles como cenicero de moto, si desde un principio sabes que te serán fieles hasta que les vaya bien serlo, que el amor es una quimera, hoy te toca ser loado y mañana olvidado, ellos se mezclan por todo el país del mismo modo que mezclan ese infame milkshake con la mostaza y el ketchup de esas exquisitas hamburguesas campeonas en taponar a las más altaneras y engreídas de las arterias.
Es un país de una belleza natural descollante y se respira democracia y derechos, ven con ganas de encontrarte a ti mismo, porque es una cultura que enaltece al individuo.
Ven dispuesto a disfrutarlo, pero no cometas el error de olvidar tu aspirina, tu lucecita para cruzar la avenida, y si lo olvidas, entonces recuerda tu rezo al Babalú de las finanzas y en su defecto, al de las fianzas.

 

 

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18 julio 2014 5 18 /07 /julio /2014 01:09

 

Sarita intentaba comer carne de vaca a todas horas, los muchachos de Ciego de Ávila decían que estaban tan acostumbrados a comer bistec todos los días en sus casas que no importaba si dejaban de comerlo algún día, lo decían delante de ella y del maquinista que era también de Santiago de Cuba y también le daba a la carne que era un espectáculo temiendo no volver a verla en el resto de la existencia.

 Sarita se picaba con las puyas pero no dejaba de comer sus bistecs con cebolla, ajito y limón.

Un día fuimos a su casa a buscarla porque teníamos que zarpar antes de lo previsto, y la madre nos dejó en el salón de su casa, sentados en sillones balancines de preciosa madera y confección. Nos ofreció café, Sarita demoraba y nos ofreció otra tacita más, mientras yo me entretenía observando la casa, el techo azul, con artesonados, tenía vigas a la vista, las rejas de las ventanas habían sido hechas muy cuidadosamente por algún buen herrero de los ya muertos, y desde allí se veía el empedrado de la calle, esa casa tenía en sí más buen gusto que todas la conversaciones que manteníamos cada noche. Y entonces Sarita Salió por fin pero con la cabeza tapada por una especie de gorro de baño.

Cuando llegamos al barco en el coche Sarita se metió en el camarote y zarpamos, a las dos horas, Ponce la llamó y le dio la orden de entrar al agua y practicar un buceo mientras nosotros observábamos en la borda mirando. La chica no quería de ningún modo, hasta que no tuvo más remedio que tirarse con el equipo, salió con el pelo absolutamente enroscado, a merced de toda la grasa que se echaba, intentaba  taparlo de cualquier manera, y corriendo al camarote para echar mano de su máquina de alisar y pasarse las próximas horas en esa ardua tarea, que cualquier improvisto como aquel podía derribar, me dio pena que pensase que hasta ese día no era evidente la escasa suavidad de su pelo. y me di cuenta hasta en que pequeñas cosas está presente la ignominia que debieron sufrir esos seres humanos completamente abusados y desprovistos de todo , hasta del simple orgullo de mostrar su belleza. Ella tenía el pelo largo por los hombros, cada noche le pasaba la plancha para que quedase liso, algo que hacían muchas mujeres mulatas, yo prefería la belleza de ese tipo de pelo enrulado, pero las que eran más claras de piel  quizás pensarían que estirándoselo podrían pasar por blancas, y que gozarían de mejor status.

El resultado de aquel pelo duro caído sobre el hombre podía ser pasable solo si se tratase de una foto, pero que en la realidad cuando la mujer mueve la cabeza, va en todas direcciones como un casco, era para mí mucho más agraviante que cualquier sitio al que las pudiese condenar el prejuicio racial, ya que se sumaba el elemento de  la anomalía.  Pero aún así podía comprenderla.

 

Era algo más profundo que un simple patrón estético el que ella ocultaba. Sobre esta particularidad de los descendientes de africanos en América leí muchos trabajos, siempre  escritos por blancos que estudiaban la negritud, pero nunca pude leer algo que sitúe la belleza o menoscabo de la raza afroamericana alejada de estridentes orgullos o complejos raciales, por eso considero que el crimen aquel aún continúa vivo,   nadie que viva hoy es culpable, pero aún hay víctimas, tan brutal fue lo que se hizo. Entendía el principio de su complejo. Si bien yo siempre sentí aprecio por mi pelo oscuro, sabía que no era un patrón precisamente de representación del poder de tipo europeo, ya que indicaba que podía descender de africanos, de indígenas o de judíos, sin embargo hacer algo por disimularlo me habría parecido además de una tarea ardua que no merecía tal esfuerzo, un serio ataque a mi ya deficiente estructura de amor propio.  Por otro lado quizás gracias  a la libertad que me obsequió mi perenne actitud de concentración exclusiva en mis cavilaciones, siempre le brindé muy poco interés a las convenciones, y de alguna manera me quedó la convicción de que justamente, la raza de Sarita no solo no tenía nada de qué avergonzarse, sino que si afinamos la óptica de observación acaso cuenten con muchos más motivos para sentirse dichosos y agradecidos de la naturaleza que la gran mayoría. Pero el orgullo de una etnia que se le había dado históricamente un trato tan duro, y se le continuaba tratando despectivamente en la Revolución de todos, es algo que precisa de trabajo y de un definitivo destierro de prejuicios tan bochornosos.

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 05:40
Nos dieron las llaves del nuevo departamento de Alamar, y aunque estaba bajo el mismo nombre que la anterior casa en aquel barrio que ya adquiría visos de ciudad, y aunque sus edificios fuesen de cinco plantas sin ascensor, y los departamentos muy parecidos, la zona en que se encontraba era sensiblemente diferente a la zona 6 donde habíamos vivido.

Esa parte del barrio llegó a albergar a cincuenta mil habitantes, no había tiendas dentro, ni estancos de tabaco, ni alimenticios, ¡no había un punto expendedor de agua!. La guagua tampoco entraba, solo rodeaba ese inmenso sub barrio de Alamar, y por supuesto los apagones de luz eran allí de récord, motivo de asombro interestelar. Mi edificio estaba justo al principio, por suerte teníamos una cafetería al lado, donde de vez en cuando había helado y el resto de las veces un sirope azucarado muy frío, que al bajarse uno de la guagua resultaba una bendición, y más aún para aquellos vecinos a los que aún les quedaban minutos de caminata hasta sus casas, desde el mostrador en que dos empleadas tenían casi todo el día para charlar sobre sus historias de guaguas llenas y hombres restregones, debido al escaso público comensal y claro, a la rapidez con que se acababa el helado durante el día.

Y aunque se tratase del principio del barrio, los ejemplares de mosquitos con que tuve contacto, podían haber sido amaestrados y adiestrados en las milicias de tropas territoriales de no ser porque en su excesiva agresividad, no habrían distinguido entre enemigos y lugareños.

La vecindad ocurrente como siempre en Cuba, a ese trozo de Alamar que nacía en mi casa y se extendía hasta allende los horrores, colindando con la playa de Baconao, a través de la costa y hacia el infinito en su profundidad, la bautizaron: “la Siberia”.

El Che había muerto en Bolivia antes de que se empezara a construir Alamar, pero él había bautizado la frase “el hombre nuevo”. Había ideado una generación posterior a la del triunfo de la Revolución, que educada en una sociedad que ofreciera estímulos morales y no materiales, una sociedad justa, de la cual estuvieran desterrados los valores del capitalismo, valores individualistas, egoístas, daría lugar a nuevos valores que el hombre adoptaría en solo una generación. Pensaba que el recuerdo genético de la ferocidad animal que habita en el ser humano para sustraer el alimento al prójimo se erradicaría en una generación, o en dos. Aplicando claro está, una concienzuda instrumentalización ideológica, una limpieza de vicios antiguos, capitalistas según decían, a través de la educación. Este hombre nuevo, compuesto de la arcilla de las nuevas generaciones llegaría a ser la envidia de los hombres del mundo, regidos por la rapiña en que han sido engendrados y educados. Estas nuevas generaciones criadas en la solidaridad, en el internacionalismo proletario, en la motivación moral para ser mejores trabajadores, también tendrían una férrea disciplina revolucionaria, y entenderían justo el castigo a cualquier desvío ideológico, deberían tener un orden, una moral y una conducta ejemplares. De esto se lo podía responsabilizar al Che, pero del espanto estético y funcional de Alamar y su Siberia, doy votos como Guevara, que con toda seguridad, ni en sus más estrictas y perversas ideas de construcción de una nueva estética que estuviese privada de apéndices, de artilugios, de adornos inútiles, a Ernesto se le habría pasado por la cabeza semejante engendro de la fealdad hecho a la más pulcra perfección.

Sentía que mi tío desde donde sea que estuviese, me decía de vez en cuando algo más o menos así:

_ Martín, esta fue una buena intención , no una ocurrencia vacía, sino el engranaje de una cadena que llevaría a una sociedad que algún día pudiese suplantar al capitalismo, y a la explotación del hombre por el hombre, ya no por el medio de la revolución violenta , sino de la invitación a los obreros y hombres de bien de todo el mundo, con un modelo que los sedujese mucho más que el del éxito personal, un ejemplo más de tracción paralela; pero tú sobrino, hijo de mi hermano siempre aturdido, el risueño Patatín, no desmayes, ni se te ocurra ser un vasallo de nadie, y menos aún de mis designios y errores, no son estos proyectos para ti, aunque sí lo fuesen para tu padre, mantente libre de la manera que sea, aturdido si quieres, bravo o acobardado, fresco o perturbado, pero distante de toda esta porquería en que se ha convertido lo que hice o quise hacer, si quieres pelea contra ello, y si no tienes ganas de luchar no lo hagas, pero no te doblegues, no te conviertas, no me aflojes viejo, que ya quedan pocos”.

En fin ¿por qué uno iría a tratarse mal a sí mismo?

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13 junio 2014 5 13 /06 /junio /2014 14:35

 

Como todo lo que habíamos acordado había salido no demasiado bien, me dijeron en Consejo de Estado que conseguía un trabajo y lo hacía bien de inmediato o me tenía que largar de la isla. Froilán, un ser humano único, me salvó de garras de la EJT donde me querían enviar, un sitio donde sin dudas, el primer día habría perecido ahogado ante el asalto abrupto de las toneladas de sudor o perforado por los embates que los mosquitos MIG 17 que entrenan entre los cañaverale. Froilán intercedió para que me enviasen a Santiago de Cuba al proyecto Baconao Turquino.

En el aeropuerto me recibió Iván, un joven ingeniero de La Habana, que me dijo que sería mi guía por unos días hasta que me reuniese con el general Robertico y hablásemos de cuál sería mi trabajo. Me llevó en su Lada 1500 a la “casa de visita” donde viviría unos días, una preciosa casona, con habitaciones disponibles para invitados del General. Iván me enseñó dos habitaciones y me dijo escoge la que quieras, y me elegí una que daba a un jardín florido, y que era muy espaciosa para mí solo. Iván me dijo que había cocineras y mucamas para limpiar la habitación que no había que cocinar nada, pero me llevó a la despensa y las neveras para mostrarme que había todo tipo de carnes  embutidos  y quesos para comer a la hora que quisiese, de igual  modo cervezas y ron a espuertas. Las habitaciones tenían aire acondicionado y los baños eran individuales y muy cómodos, con toallas que se cambiaban cada día. Al otro día por la mañana fuimos a dar una vuelta por el Parque Baconao Turquino y me explicó que allí estaban desarrollando un complejo turístico que debía dejar pequeño a Varadero cuando estuviese terminado, pero que llevaría años. A él le habían propuesto como ingeniero mudarse allí y poder desarrollar todo el potencial de sus ideas con total libertad, y me dijo que lo estaba haciendo, me llevó por las obras que había construido y realmente eran inusuales. En una parte de la costa donde chocaban con fuerza las olas Iván había mandado poner una serie de cañas de bambú de unos quince centímetros de diámetro y diferente altura, formando  un sikus  gigante y cada vez que las olas daban contra la costa emitía el sonido de una melodía que parecía provenir del mar. Era lindo y además salía de ese esquema socialsita de que sólo se construyan cosas prácticas, nada que tuviese como fin la estética pura o el hedonismo de por sí. Luego proyectó un valle plagado de dinosaurios en estatuas de diferentes tamaños, un hombre prehistórico con su mazo en la mano con los pies a cada lado de la carretera, había que pasar por debajo de él, y eso conducía a un museo de miniaturas que había hecho un suizo.  Cosas raras en la Cuba revolucionaria. Y eso en un par de años solamente, estaba orgulloso y lleno de energía con ganas de hacer cosas, que no necesariamente eran útiles en el sentido clásico que se entiende por la utilidad, que embellecían un lugar tanto, le daban un toque tan personal, que sería eso lo que lo diferenciaría de los sitios exclusivamente estivales.

Tomamos unas cervezas frente al mar y cuando nos fueron a cobrar lo cargaron a una cuenta del Plan, y así en dos hoteles más, y me contó que además de tener crédito libre en el Plan Baconao, por todo Santiago tener nuestra posición era considerado como un privilegio mayor y podíamos entrar en todos los sitios, como restaurantes cabarets, marinas, clubes deportivos, con solo mencionar donde trabajábamos y bajo las ordenes de quien. Iván me dijo que Robertico le pidió que estuviese unos días conmigo llevándome con él al trabajo y que yo fuese viendo en que me gustaría desempeñarme.

Cuando regresamos a la casa de visita,  me  eché  en la cama con los brazos abiertos mirando el techo, me sentía mejor que si hubiese ido a recoger un premio, yo había ido a enfrentarme a un trabajo que me enderezaría, una especie de castigo, sin embargo cada paso que daba, cada cosa que me enseñaban era mejor, parecía una broma donde había una cámara oculta. Y aún faltaba que me dijesen en donde iba a trabajar.

A la semana de dar vueltas con Iván y tener claro que cualquiera de esos sitios me gustaba para trabajar, me mandó a llamar Robertico a su casa de visita. Me pasaron a recoger en un jeep y tuvimos una conversación informal, en la cual por supuesto no podía faltar la admiración de él por mi tío, yo me sentí un poco intimidado ante tanto espacio, tantas botellas de whisky, escoltas o subordinados comiendo sándwiches de jamón, langosta, aquello era una maravilla, ese tipo de castigo era como arder en el infierno de las ninfómanas y el jolgorio. Me dijo que se tenía que ir ya mismo en un helicóptero, que estaba supervisando las obras del Plan, y que me tenía reservada una sorpresa, que al día siguiente me mudaría al sitio donde iba a trabajar, que por la mañana me iría a ver mi nuevo instructor y jefe.

Lo saludé le di las gracias me tomé dos vasos de whisky antes de salir de allí, y me fui a la casa de visita preocupado por donde sería que me llevaría, pero me daba buena espina la manera en que me había tratado, y además me dijo que si no me gustaba que lo dijese y procuraría otra cosa. Cuando llegué, Iván me estaba esperando para cenar y para irnos a tomar algunas cervezas por ahí en su coche. El ya sabía que al día siguiente dejaba la casa de visita, y también sabía dónde iba, y me dijo que no podía decirme nada, pero me aseguró que me iba a gustar, que según lo que yo le había comentado y él había visto en mi durante esa semana seguro que me gustaría. Y me aseguró que si no fuese así se lo dijese a él que él se lo decía a Robertico, que le había caído bien y creía que yo tenía que estar donde mejor me sintiese. 

            Al día siguiente apareció en la casa de visita un hombre bajo, de voz fuerte y con mucha vitalidad, parecía eléctrico, me dio la mano y sonrió a regañadientes, se me presentó como Lázaro, y me dijo que él estaba a cargo del desarrollo de la flota de buzos, de barcos hundidos para hacer turismo subacuático, lo que se llama pecios, y de la extracción de coral negro en las costas de la isla para financiar el proyecto. Me preguntó si me gustaría vivir en un yate y me preguntó si sabía bucear. Le dije que en apnea sí, y me dijo:

_ ¡No hay problemas vamos a hacer de ti un señor buzo!

Cuando llegamos al puerto y subimos al yate me dio un camarote comodísimo, empapelado a la inglesa, en el ropero cabían todas mis cosas, tenía mesita de luz y dos camas muy cómodas,  con aire acondicionado, y en cuanto dejé la ropa me presentó al resto de la tripulación, su sobrino Omar buzo de unos treinta años delgado y atlético, Albertico un buzo de unos cuarenta años grueso, el cocinero, su hijo que se llamaba Iván como el ingeniero, y Sarita, la bióloga de a bordo.  Sacaron unos trozos de jamón y cervezas y me dijeron que había que brindar. Entre todos me daban una bienvenida que aún parecía que estaba en un cuento, me decían que sería buen buzo, que no preocupase que aprendería con ellos, que Albertico era uno de los mejores buzos de Cuba, a lo que Albertico me dijo que de eso nada, que el mejor era el mismo Lázaro. Me contó que había sido quien había protagonizado una acción para detener un atentado a Raúl Castro, que era famosa porque había sido llevada al cine con éxito bajo el nombre de Operación Patty Candela. También Lázaro fue uno de los buzos que trabajaron en la pantomima de la búsqueda del cadáver o de algún resto de la avioneta de Camilo Cienfuegos.

Cuando me quedé sólo con mi cervecita en la borda mirando hacia al isla Granma en medio de la bahía de Santiago mientras caía el sol no me sentí especialmente bien, necesitaba otra cervecita más.

 

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Published by martinguevara - en Cuba flash.
10 junio 2014 2 10 /06 /junio /2014 16:28

 

 

El periodista, una persona templada, equilibrada, que no sólo posee sino que transmite sosiego, tranquilidad, un poco lo opuesto a mi escasa flema inglesa, me preguntó sin animadversión:

_Hay cubanos que critican al sistema y otros que no, no ha habido un intento de derrocar al gobierno en 55 años- seguido de una pregunta que aunque ahora la puedo encontrar clara e inofensiva en las redes sociales, entonces las percibí como: ¿No será un poco exagerado esto de la represión, de lo anacrónico de la Revolución cubana?

Y entonces respondí en consecuencia. Cuando sentí que debía ir a la defensiva hice el viejo truco de ir a la ofensiva, todo dentro del marco del decoro de la simpatía que me despierta y de las formas recomendadas fuera de la jungla, pero ciertamente al ataque.

Respondí echando mano del recurso socorrido y efectista aunque no poco cierto de que el hecho de que en Kampuchea, China, URSS, España de Franco, Polonia, o Rumania de Ceaucescu no haya habido casi nunca a una revuelta, y desde luego jamás el más mínimo disenso explícito dentro del poder, pasando como en la URSS , China, Mongolia, Cuba o Corea, décadas de votaciones con unanimidad total, con una prensa que jamás ha publicado una noticia critica al sistema, convendría pasarlo por el tamiz de la reflexión antes de traducirlo en la lectura de que estamos frente a una sociedad sin conflictividad, sin antagonismos, sin el más mínimo disenso,  feliz, y unánime como podría llevar a pensar esa falta de diferencias manifiestas. Ya que apresurándonos podríamos llegar a concluir que por esa misma regla matemática, en Francia, Holanda o Inglaterra se vive una pesadilla de desacuerdos,  disfonía y caos que se traduce en la peor calidad de vida al observar, que es en esos países donde con más frecuencia salen sus ciudadanos a protestar, se hacen huelgas masivas, los políticos piensan cada uno a su manera y los medios denuncian numerosas irregularidades de los Partidos en el poder y de los gobernantes, y nadie parece estar de acuerdo del todo con nadie!

Aún cuando no fue respondido en ese tono, sí que pido disculpas, desde el pudor que me da el haberme sentido cuestionado en los medios ambientes de mis perturbaciones, transportado a una escena de la eterna infancia, y haber atacado socarronamente en consecuencia; obviamente ni el periodista quería mi atesorada fruta conseguida a capa y espada, ni la respuesta más acertada, correcta, reflexionada, podría parecerse demasiado a la que di.

Antes de una entrevista nunca sé ni siquiera del tema que voy a hablar y prefiero que así sea siempre, si un día me llegan a dar un cuestionario lo más probable es que le agregase preguntas comprometidas, o sea que siempre me toman por sorpresa las interrogantes inteligentes, disparatadas o snobs, y en realidad por esto elegí expresarme escribiendo, porque nunca me paso ni me quedo corto, me hago responsable de todo lo que escribo desde todas las instancias que la conciencia me provee, pero en el habla verbal, ay amigo, como he metido la pata a lo largo de toda mi vida, porque presento esa característica que les achacan a los niños y a los borrachos, siempre digo la verdad. Aunque una verdad viciada del rencor eterno atesorado en elementos intangibles que se posaron en mi alma para hacer nido, tengo los mismos dedos que cuando era bebé, la misma boca, las mismas piernas, algunas cosas han cambiado de tamaño aunque no es para hacerse ilusión que tampoco ha sido para tanto, y del mismo modo tengo también las mismas viejas cicatrices.

Si pudiese rebobinar dejaría ese intento de repuesta empática tal y como la dije, aunque con con menor extensión ( otro de mis males en la comunicación verbal que  en la escrita controlo más, aunque todo hay que decirlo, era más austero aún cuando debía consumir papel) y agregaría que sí, que quizás y no importa por cual razón, hay un gran número de cubanos que están de acuerdo con seguir con ese sistema, quizás incluso más que los quieren el cambio, es imposible desear aquello que no se conoce, pero en todo caso, es eso precisamente lo que le han usurpado al pueblo cubano, ya no sólo el poder manifestar las  ideas que no coinciden con las del establishment, y no sólo formar partidos , asociaciones, prensa escrita TV y radio para quienes piensan de todas las diversas maneras que existen de canalizar las ansias o las frustraciones sociales, sino que han aleccionado al que genuinamente sería partidario de ese experimento y lo han embotellado dentro de un manojo de consignas huecas, impidiendole defender sus ideas con mucha mayor convicción cuando supiese que es una decisión propia en un mar de posibilidades de elegir, lo podría sostener dialécticamente si encontrase la oportunidad de debatir con las posiciones opuestas o distintas, y a cada uno que sintiese que la Revolución no es su modelo de sociedad le permitiese a su vez escoger uno definido, no simplemente aunarse, amucharse, reunirse con todos los demás que por disimiles razones reniegan del proceso, bajo el mismo paraguas de desafectos, de opositores o de disidentes, tal como ocurre en Miami, que personas de las extracciones sociales y de usos y costumbres diametralmente opuestos están de un bando, unidos precisamente por la intolerancia del castrismo oxidado.

Muy diferente de hecho pero con rasgos familiares a lo que ocurre hoy en España, que el totalitarismo y las actitudes autoritarias tanto del gobierno como de la Banca que imparte las órdenes a sus subordinados de la Política, han llevado a una enorme parte de la población a sentirse unidos bajo un mismo lema a causa de la indignación, sensibilidades que jamás habrían convergido, convertidas de repente en una fuerza no invitada a la fiesta, a causa de la petulancia, la ambición de poder, y la sordera de los gobernantes.

Lo cierto es hablar no es lo mío, y lo de menos es esa eterna voz nasal que me obliga a escucharme antes que mis interlocutores, razón por la cual casi siempre me río antes que ellos. Un poco por eso y otro poco por el cariz escasamente universal de mis chistes. 

 

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7 junio 2014 6 07 /06 /junio /2014 21:32

 

 

Me permitieron regresar a Cuba pero me dijeron que no podía estudiar, tenía que trabajar y como tenía conocimientos profundos sobre libros y sobre ron, al parecer de manera arbitraria prefirieron destinarme a Ediciones Cubanas.

Allí me destinaron a recibir y distribuir las revistas y prensa de los altos cargos del Partido, desde Fidel hasta los del Comité Central pasando por todos los integrantes del Buró político. Me asombró la cantidad de revistas de periodismo amarillo que debía poner en los paquetes para los más altos cargos. A Fidel solo le mandaba revistas norteamericanas de medicina, era una época en que estaba verdaderamente interesado en la materia y se involucraba como si fuese médico. Existía a nivel popular la costumbre de exagerar todas las aptitudes de Fidel, y agregarle algunas que no tenía, pero entre las verdaderas, es que era un ser extremadamente estudioso, sea con los fines que fuere, siempre que podía estaba o bien leyendo, o bien preguntando sobre temas de su interés, si sus interlocutores eran cubanos y tenían la mala suerte que su especialidad le interesaba mucho, sabían que estaría horas preguntándoles de todo, y por supuesto sin admitir ninguna pregunta, solo él hablaba, solo él tenía inquietudes, y solo eran válidas las de él. Así era la cosa con Fidel. Pero muchos otros del buró político recibían la revista Hola española y la Paris Match, yo pensaba que estaba bien, incluso si la revista fuese para ellos y no para sus esposas como me decía el jefe de la sección, en un intento de adoctrinarme, pero yo pensaba que la gente debe leer lo que le dé la gana, lo que estaba no del todo correcto es que el resto de la población no pudiese leer ese periodismo amarillo, y que se lo demonizase y atacase como un implemento de diversionismo ideológico del capitalismo.

Considerar a la masa como imbécil, torpe y no preparada para acceder a los mismos bienes de que hacían uso y disfrute los pinchos, era una constante de la dirigencia revolucionaria. En casa de los hijos de los comandantes, o ministros se podían ver los videos de películas como Rambo, o las de Chuck Norris, que eran las más añoradas, mientras que en las salas de cine y en la televisión no estaban por ser basura imperialista y deformadoras de la realidad, pero ellos consideraban que sus hijos y ellos mismos estaban en un nivel superior para poder acceder a esos contenidos. Más o menos lo mismo que pasaba con el hecho de viajar o no. En realidad, nadie podía viajar más que los cargos que eran del Partido, excepto los deportistas y algunos científicos, mucho más vigilados estos segundos que los primeros.

Tenía una cláusula donde dejaba claro que no debía comentar nada de donde se mandaban esas revistas. Y me imagino que tomarían gente de cierta confianza, ya que las posibilidades de colocar un veneno en aquellas revistas era tan real que siempre creí tener una cámara grabándome desde algún sitio. Cosa que empecé a descartar cuando vi las monumentales siestas que se echaba el jefe apoyado sobre sus antebrazos en el escritorio, con el único recaudo de cerrar la puerta. O quizás del mismo modo en que se sabía que todos allí dormían, o faltaban o iban a tomar café o ron, también lo sabría el que veía las películas de mi cámara imaginaria, entonces al jefe de departamento en tal caso era lógico que no le interesase en lo más mínimo. El único que no podría dormirse una siesta en ese caso sería el de la cámara.

Ediciones Cubanas, calle O’Reilly, en La Habana Vieja. Había que llegar a tiempo cada mañana para luego echar una cabezadita sobre el escritorio, porque lo que si era importante en todos los trabajos era fichar a tiempo, luego se podía ir uno incluso a su casa y regresar antes del final de la jornada a fichar nuevamente. El barrio era maravilloso, aunque conociese bien La Habana Vieja, nunca había reparado en la vida tan agitada y vibrante que tenía lugar en sus calles. De cierta manera me hacia acordar a los pasajes de Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, el gentío, la algarabía, el cafecito en la calle, los pasteles, los vendedores de periódicos vociferando los nombres de Juventud Rebelde y Granma, de los semanarios cómicos  Palante y Dedeté,  y las conversaciones entre los viejos que se encontraban en la vía pública de casualidad. Haciendo media.

Pero aunque me gustase mucho el trayecto andado por la Habana Vieja, eso no lograría impedir que los tragos de pisco que me tomé con Evelio cuando bajé del avión, dos años después de no beber ni una gota fuesen una premonición de lo que pasaría, al poco tiempo ya estaba beodo cada noche,  así es que comencé a llegar tarde al trabajo, a faltar y a pedirle un justificante a un médico amigo. Del mismo modo que en la escuela, para faltar bastaba con que se presentase una constancia médica. Mi amigo médico, a cambio de algunas botellas de ron, me daba talonarios de “Hago constar”  y yo solía rellenarlo con tres enfermedades que me había aprendido unos años atrás con motivo de las faltas al colegio. Faringitis aguda, Sinusitis crónica, y Luxación del tobillo- muñeca, izquierdo- derecho.  Nada de esto era muy novedoso ni original. Todos los jefes sabían que era cuento, solo esperaban poder tener una justificación que no los metiese a ellos en problemas por tolerarlo. Ellos a su vez lo hacían cuando se iban con sus coches de empresa a las casitas de la playa con sus amantes. Y no pasaba nada. Hasta el director general faltaba de este modo al trabajo. No digo que no se buscase una mejor excusa que aquellas enfermedades, me refiero a que eran las mismas causas. Aunque cuando más alto era el cargo, más generalizada era la práctica de faltar al trabajo porque se habían llevado una titi, como se decía a las chicas jóvenes y que no oponían demasiada resistencia, a una casa en la playa, acompañados además de sus buenas barrigas, alguna gorrita de pelotero, un puerco asado y unas cajas de cervezas bien frías.

Evelio me pasaba a buscar por la casa de calle 14, casi todas las noches había algo que hacer en La Habana, la Nueva Trova, justo a partir del éxito que tuvieron los recitales de Pablito y Silvio en Argentina se convirtió en un fenómeno de masas, y cada día había un concierto al cual se desplazaban cientos o miles de jóvenes que si bien al día siguiente debían acudir o a la Universidad o a un trabajo, siempre podían de últimas, echar mano del socorrido vademécum popular.

En los recitales conocía a muchos jóvenes con inquietudes que empezaban a estar ansiosos por expresarse, no eran necesariamente disidentes con el régimen, nadie se le ocurría siquiera cuestionar el modo de partido único, el liderazgo de Fidel, nadie pedía un cambio de sociedad, visto bajo el prisma de hoy era muy inocente los reclamos que se hacían a modo de tertulias poéticas, reuniones en casas de amigos ante torno a una guitarra, discusiones sobre el porte de las nuevas generaciones en materia de cultura. Ese era el reclamo fundamental, las personas sentían que habían nacido dentro de un sistema que se había atascado, unos era más duros en las críticas e iban más lejos que otros que consideraban solo que debía existir cierta apertura para poder hablar , publicar, expresarse a través de la pintura del teatro, incluso del cine y la televisión, aunque estos apartados estaban convenientemente cubiertos por autoridades tan verticalistas que resultaba imposible que en el mundo audiovisual o de la comunicación tuviese lugar este debate. Lo cierto es que con mucha frecuencia escuchaba hablar de lo que se necesitaba, que algo estaba cambiando en el resto de países socialistas, al menos en los de Europa del Este y la URSS. A través de las publicaciones soviéticas empezábamos a notar el cambio. Gorbachov no sentía la misma simpatía por Cuba, por Fidel ni por ninguna causa revolucionaria que los anteriores mandatarios soviéticos, y eso se notaba en la presencia en los medios.

Por un lado se olían aromas nuevos, que traían nuevos aires, de deseo de cambio, de emancipaciones de la juventud y de ciertos sectores de la intelectualidad habanera que comenzaba a hablar con espíritu crítico, y por el otro se presentía una cerrazón institucional a todo lo que pudiese significar cambios en los países del bloque socialista, a todas luces era visible que cualquiera que fuese la intención de los países socialistas, la de Cuba aún distaba mucho de parecerse siquiera a una de cambio.

Casi treinta años después de eso, aún está Fidel traduciendo sus libros, recibiendo medallas, en estos tiempos para ser políticamente correctos, no son condecoraciones militares sino ecológicas, estos días recibió una por su preocupación durante 50 años por el desarrollo de la agricultura ecológica y alternativa.

Fidel 50 años preocupado por la ecología, parece todo un militante de Greenpece.

¿Se podrá mentir más?

 

 

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión
28 mayo 2014 3 28 /05 /mayo /2014 12:56

 

 

Un acertijo.

El día del cumpleaños de mujer de alrededor de cuarenta años, su esposo de unos cincuenta, imaginó un regalo original, con el cual pensó que haría las delicias de su amada. En su memoria conservaba frescos aún los recuerdos de juventud, los días en que en compañía de sus colegas, sentenciaban sin la más mínima duda que las "veteranas" las "tembas" de cuarenta, son lo mejor que podía haber, lo que mejor que le puede pasar a un pipiolo que pasea la mayoría parte del día con la espada a punto de desenvainar, ya que, como aseguraban sin titubeos: "te dan tal revolcón que te dejan vacío", lo decían un poco por percepción extra sensorial “testosteronal” y otro poco por alguna que otra experiencia no del todo pasada por el tamiz de la ulterior reflexión, análisis y también como no, autocrítica.

Entonces el buen samaritano ideó el regalo perfecto. Quería darle a su esposa un presente hecho lapsus, hecho paréntesis de la armonía matrimonial que algunos llaman tedio, le quería obsequiar un intenso refriegue con un chaval de alrededor de veinte años, pero a tales efectos concurría un sólo inconveniente, el hombre era, igual de generoso que de celoso, así que no tuvo otro remedio que buscar una solución intermedia aunque compleja donde las hubiere.

Al cabo de unos pocos días y tras sopesar todas las posibilidades, tras certeros conjuros, novedosas fórmulas eficaces y mucha imaginación, consiguió confeccionar el regalo perfecto. Logró trasladarse en el tiempo dentro de su propio ser, y retornó a la edad de diecinueve años cuando tenía a bien disparar a toda voluptuosidad viviente, de esa manera mataba dos pájaros de un tiro, colmaba la generosidad de su alma sin incitar en lo más mínimo a sus acusados celos.

Así fue que llegado el día del cumpleaños, él, que había sido siempre unos diez años mayor que ella, pudo disfrutar de aquella misma mujer como un joven deseoso de experiencia, reviviendo los deseos confesados en aquellas charlas nocturnas con sus amigos de antaño, incluso poniendo en práctica varios detalles por primera vez, se homenajeó sí mismo con el disfrute de aquel cuerpo femenino que al no estar segura de si volvería a pescar en un río tan pródigo, retozó al máximo dando rienda suelta a una nutrida batería de ocurrencias y de placer, de paso cumplió regalándole a su mujer el gozo de poseer toda esa energía tersa y vigorosa de la inexperta juventud.

Negocio redondo, caso cerrado, pero entonces la pregunta del acertijo es:

 

¿Quién fue más beneficiado por el regalo, la cumpleañera agasajada o su gentil esposo?

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