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El aliento de la distopía (reflexión de mi hijo Martín)
Reflexión de mi hijo Martín
Tenemos un gran problema, y a pesar de su evidencia, nuestro esfuerzo por resolverlo está siendo escaso. En la sociedad moderna consumir es imprescindible, es la forma en que obtenemos algunos de los recursos que necesitamos para sobrevivir, productos que mantienen nuestra higiene, otros que nos sirven de herramienta en el ámbito académico y laboral y finalmente están aquellos a los que sabemos que podríamos renunciar en gran parte, y que aún así no hacemos más que acrecentar su consumo. Efectivamente, me refiero a todos esos artículos de moda, toda esa comida que compramos para que no falte o ese juguete que quería el niño por Navidades, nos hemos habituado a consumir mucho más de lo que podemos tan siquiera utilizar y por eso acabamos tirando tantos de estos productos, derrochando dinero y bienes muy limitados a los que muchos no pueden acceder y les son de vital importancia.
Tristemente, hemos llegado al punto en el que consumir es más importante que ayudar a nuestros iguales.
Sin embargo, y como la esperanza es lo último que se pierde, confío en que en los próximos años nuestra conciencia pueda llegar a ser superior a nuestros impulsos y ansias de obtener el placer inmediato. Confío en que, aun viviendo en una economía de mercado que por naturaleza elude a la ética, aún así redescubramos la solidaridad y nos responsabilicemos de nuestros excesos.
Si éste u otros cambios mejores no se diesen en un futuro próximo, creo que de forma irreversible nos dirigiremos hacia un colapso en nuestro sistema y ambiente, que está siendo otro de los grandes afectados por nuestra ausencia de autocontrol. Entonces sí enfrentaremos una situación horrible y caótica, una total distopía.
El sueño errante
Me dio asma, abrí el cajón de la cómoda y había toda suerte de medicinas para aliviarla.
Me dieron ganas de ir al baño y sólo tuve que encender la luz, había jabones, toallas, espejos, ventanas y un suelo desde el cual poder saltar al vacío. Fuera del inodoro.
Me dio hambre y abrí la puerta de la cocina, la puerta de la nevera, la puerta del armario, la ventana y un bote de miel de una abeja sola, grande, gorda, inflada, tremebunda, que quedó flaquita, escueta, esmirriada, tras cagar todo la miel dentro de mi bote.
Me entró el sueño, ojo, no me dio sueño sino que me entró, así dicen los españoles, y con el sueño creo que es más así que con el asma, que también dicen "me entró el asma" sin embargo creo que el asma "da" sin embargo el sueño "entra" porque anda por aire, va de tendón en tendón, de bostezo en bostezo salta de un Pepe a una Uma, de un John a Luigi a una Li y a un Shakura, le da la vuelta al mundo y no para de entrar y salir. Bueno me entró el sueño y me tumbé en mi cama doble, de colchón más o menos cómodo, de los menos si se compara con los más, me tapé con mi edredón violeta, que del otro lado es lila, dos mujeres, dos amantes para una cama, Violeta y Lila o mejor Lille, una francesa. Sin sábana, con calcetines, acuclillado de lado y me dormí.
Me dio risa pero justo me llegó el recuerdo de cuando no tenía nada, porque me llamaron pidiéndome que me calle, que no hable, que me ahogue, que me reconvierta en aquel caracol, en aquella oruga, en aquel trozo de pelusa que no salía del rincón.
No pudo salir la risa, pero sí pude acordarme de cuando no tenía nada, de cuando me fui hundiendo de a poco, de a poco o de a mucho, de a muchísimo, con un ritmo vertiginoso pero de a poco, rompiendo cada copa fina de mi vitrina pero muy lentamente, con estruendos, cimbronazos, explosiones, pero en cámara lenta, sin cámara, sin lentes, sin suavidad muy suavemente.
Recordé mi ese, mi ese yo ahí tirado, mirando hacia cualquier lado, lascivo escapando en cada eyaculación, en cada pezón, mi yo aterrorizado, mi yo envalentonado, ese que se reía ese que no lloraba jamás, que tragaba adoquines yunques y ácido, hecto litros de ácido. Recordé aquel deambular sin bolso, de una casa a otra, de una habitación a otra, entrando a los botiquines de los baños a beberme el alcohol de la farmacia mezclado con agua y un poco de café, sin aspirina, sin hervir el agua como hacía antaño, reduciendo alcohol de botiquines, como quien entra al baño para darse un tirito pero de alcohol, y cada vez salía más risueño, mas colocado de pedo ¿qué ha sido? ha sido un pedo.
Vi a ese tirado en las calles, entre plantas, entre matorrales, con el dinero en los calzoncillos, con las llaves y el documento en los huevos, los huevos en el calzoncillo, vaya virgen santa, que calzoncillos y que huevos, y que documento y que poca plata y casi nada de llaves. Nada de llaves. nada de plata, y los huevos para nada.
Lo vi deambulando sin calzoncillos, sin huevos, sin plata con zapatos rotos, ampollas en los pies, sin automóvil, ni taxi, ni boleto de colectivo, ni hombro amigo, sin la más mínima ristra, traza, hebra, tizne de cariño, nadie lo quería a ese del sueño, del suelo, al que le entraba el miedo y no el sueño, porque no podía dormir en un banco de la calle, porque no tenía callos en el alma del hollín, porque no sabía apuñalar ni aguantar una paliza, el que era un trapo olvidado, ni víctima ni victimario, que pudo haber sido terrible, pero aguantó en el cráter del volcán, que nunca robó, nunca mató, nunca hirió, nunca meó los zapatos ni cagó la cabeza de los demás, con el calzoncillo en los documentos y la plata en la bragueta ¿Que llaves? ¿Qué plata? ¿Qué cariño de quién?
Decían que era un perro rabioso, maltratado, sediento de amor.
Pero era un gato cazando pompas errantes, como sueños de jabón.
Luminoso club de carretera
Una historia sobre la esclavitud moderna en Europa.
Habiendo terminado su trabajo temprano en la provincia de Valladolid, Combi decidió quedarse en un hotel en Tordesillas, ciudad del toro, de su iconografía, y de la resistencia tradicionalista de la inquisición española que rodea a lo más retrógrado del toreo, y que se representa en el espectáculo del sufrimiento, argumentando el valor plástico del arte de la tortura, las cualidades estéticas de las poses y el valor del hombre frente a la bestia, que curiosamente, no dejan de ser ciertas del todo.
También la ciudad del tratado que dividió el mundo en dos, una mitad para Portugal y la otra para España. Y la de la reclusión por cuarenta de la Reina Juana, a quien volvieron en efecto, completamente loca, como no podría ser de otra manera.
Prefería los hoteles alejados de los centros urbanos para aparcar mejor y no entretenerse en las aventuras que brindan las ciudades.
Cerca de Tordesillas está el puticlub mayor de Castilla y decidió darse una vuelta por allí. Se dijo a si mismo que sólo para ver de que se trataba, ver las chicas, juntar un poco de calentura, relevar la testosterona ralentizada. Se le ocurrió el truco de entrar hasta la barra y una vez allí, cuando se acerca el barman preguntarle hasta que hora abre el lugar y luego marcharse, de ese modo poder pispear tetitas y piernas, sin usar la nariz. Actividad pajeropinta.
Una vez dentro se percató de que el sitio era mayor de lo que imaginaba, dos gorilas flanqueaban la puerta, los saludó con una media sonrisa entre cómplice y tímida y solo recibió como respuesta un leve movimiento de cabeza y una mirada que lo auscultó de arriba a abajo.
"Puedo reconocer a un policía, a un soldado o a un chivato, allí donde se produzca la mirada sin importar si proviene de unos rasgadísimos ojos orientales que casi no permitan acceder al brillo de la pupila, o de unos ojos endurecidos, del este de Europa, por ejemplo rumanos como apostaría que son en este caso", pensó Combi.
A los portones de entrada le seguía un hall amplio, donde dos máquinas expendedoras de dinero, una de cigarros, y otra de condones esperan el sino d ellas monedas, detrás había una recepción donde una mujer gruesa, que no aparentaba ser la estrella del lugar, miraba sin embargo con una sonrisa mucho más acogedora que la de los dos grandullones de la entrada. Se escuchaba la música proveniente del salón contiguo, apabullado de luces rosadas y violetas, que ahorraban todo trabajo a la sugerencia, sin embargo pensó que daba gusto oler el aroma de esos espray dulzones, como perfumes búlgaros. Entró.
En cuanto abrió la puerta se amplificó en sus oídos la música. Y lo que más le sorprendió resultaron ser las chicas. Eran casi todas muy jóvenes, esbeltas, con cuerpos fantásticos, caras atractivas, había algunas ya no tan jóvenes pero igualmente bellas. Estaban vestidas con paños reducidos que permitían apreciar las bondades de sus naturalezas. Algunas iban con tangas que dejaban atisbar el trasero y el pubis.
Las chicas paseaban de un lado a otro mirándose entre sí, a él, o a los pocos pasmados que se detenían ante tanto estrógeno dormido, una de ellas se detuvo a preguntarle su nombre y si quería tomar algo, Combi siguió moviéndose en varias direcciones antes de dirigirse a la barra a hacer su numerito para tener la excusa de salir. El club era espacioso y contaba con varios salones. Experimentó súbitamente una tremenda erección cuando una joven se le aproximó tanto que aplastó las tetas en su pecho y cruzó su pierna por entre las de él preguntándole si deseaba subir a una habitación con ella.
El camarero lo miró fijamente.
Combi se sintió increpado y le dijo que estaba buscando a una chica especifica que no veía por allí, entonces salió del recinto nuevamente al hall de entrada, estaba excitado y no sabía bien que hacer. Lo que menos tenía eran ganas de marcharse de allí sin echarse un revolcón primero con cualquiera de las que había visto, todas le gustaban, todas le parecían lindas, estaba asombrado de su escasísimo sentido de selección. Esperaba encontrarse con el tipo de mujer que imaginaba había esos lugares. Pero aquello rompía sus antiguos esquemas. y hacía tambalear su moralina de entrecasa y sus convicciones de pacotilla. " Soy un hombre de familia", solía decir cuando, de vez en vez a la salida de alguna reunión, los compañeros de trabajo, algo más aligerados de prejuicios que él, se proponían a salir en busca de algún buen rato convenientemente abonado.
Entonces se dirigió hacia la entrada y les preguntó a los muchachos hasta que hora estaba aquello abierto, -hasta las cuatro de la mañana, le dijo uno de los dos, con toda la amabilidad que cabía esperar de ellos.
Subió al coche y salió con la intención de regresar al hotel, pero a los dos kilómetros, en vista de que el empalme no solo no se le había atenuado, sino que se intensificaba a merced de los juegos de la imaginación, pegó la vuelta, volvió a saludar a los dos gorilas, aunque en esa ocasión con menor despliegue de simpatía, quizás con el fin de resultarles más familiar. Como si a los tipos duros se los pudiese engrupir tan fácilmente.
Subió a a una habitación con una doncella, de pelo liso castaño hasta la cintura, que hablaba español con una voz de acento indefinidamente eslavo. El pantalón le crecía dos tallas más por el lado de la bragueta. Nunca se la había visto de ese tamaño, deseaba inmortalizar el momento, que algún acontecimiento mágico, le permitiese conservar ese perfil combado, en en esos poco llamativos bultos que formaban los pliegues habituales de sus blue jeans. Aunque en realidad estaba más entretenido mirando la belleza con que estaría trincando tan solo un ratito más tarde, unos metros más arriba y un abismo más abajo. Ya le había soltado cuarenta euros que costaba su servicio y ella se los había entregado a la de la recepción.
Combi, que no veía unas piernas así ni en la playa, ya que veraneaba en la zona de las familias, no podía creer que por solo esa suma de dinero estuviese a punto de comerse aquel conejito.
La habitación estaba a tono con todo lo demás. Primero le preguntó a la chica por su nombre y luego por su procedencia, de repente se vio adquiriendo una molesta y no tan deseada familiaridad, preguntándole si extrañaba su tierra.
La chica tenía un tatuaje en la espalda, un tanto revelador de que por más modosa que se mostrase, era lo que se dice coloquialmente, un tirito al aire. Le apretó las nalgas y se dieron un beso de lengua. Eso le hizo derramar unas gotas de semen.
Se llamaba Soriana, como si fuese de la provincia donde el poeta Machado gastó gran parte de su genio. Pero no era de allí, había hecho un largo viaje hasta esa carretera infernal.
Cuando le dijo que era rusa, Combi le preguntó: ¿ cag tiviá sabú? Palabras que había aprendido en Cuba. Ella pareció sorprendida y le preguntó por qué sabía ruso, él le dijo que sabía unas pocas palabras porque las había aprendido en la isla caribeña. Ella por primera vez, se quedó mirándolo en serio a Combi, no al cliente, estuvo así un rato en silencio, con las piernas cruzadas.
-Viví allí cuando niña, le confesó, echando un brazo hacia atrás y apoyándose en la almohada, tomando posición para una conversación más larga de lo previsto. Se había criado en La Habana, en el edificio Sierra Maestra de Miramar donde vivían las personas de los países socialistas de Europa, destinados a Cuba para trabajar como técnicos extranjeros, de aquella época conservaba ese castellano impecable. El caso fue que la conversación dejó el derrotero profesional y comenzó a centrarse en sus vidas. Le contó que provenía de un pequeño pueblo que estaba maldito.
Si bien Combi, en parte lamentaba haberse alejado del subidón inicial, y empezó a temer que toda evidencia de la lujuria que iría a experimentar esa tarde, se reduciría a una poco novedosa mancha fría en su ropa interior, es cierto que también entraba en un territorio en cual sentía mayor comodidad, además de que en cierta forma le autorizaba a estar allí.
Capítulo II
Soriana se tomó el tiempo necesario para contarle su historia.
Había viajado a Cuba por el trabajo de los padres, la madre, Svetlana, era una mujer liberal que encontró eco entre los cortejadores cubanos de Miramar y alrededores. En aquella isla nadie pasaba demasiado tiempo en su departamento, ni siquiera en el hotel Sierra Maestra.
Cuando regresó a Rusia se acabó todo lo que se daba, la familia era comunista a la manera en que se solía aceptar pertenecer a esa logia, más bien un rasgo identitario, de sentido natural de preservación de la especie. Lo cierto es que no sabían hacer otra cosa que ser obsecuentes del régimen; cuando todo acabó, los conocimientos de sus padres como técnicos no sirvieron de mucho en la nueva sociedad del tira y encoge hasta reventar las costuras.
El padre se dedicó a la bebida aún con mucho más ahínco que en Cuba con el ron y la vodka Limosnaya. La madre lo dejó antes de constatar lo peor de la decrepitud, no aguantaba bien los puñetazos con las manos cerradas que le propinaba el marido en todo el cuerpo y se fue un día mientras el ruso vomitaba boca arriba en la cama. Su hermano fue preso a una cárcel soviética, por dedicarse a vender pantalones vaqueros comprados con dólares que adquiría a través de los turistas, con tal suerte que al poco de caer preso, se despenalizó esa actividad comercial, pero no con carácter retroactivo, y tanto él como otros presos debieron sentir el rigor de los jefes mafiosos con semejantes panolis lavando ropa interior y vistiendo tutú de bailarina cada vez que los capos lo pedían, mientras en la calle la gente ya podía comprar y vender.
Ella encontró ese panorama desolador y se fue a la casa de una amiga. De ahí se fue a vivir al interior de Rusia y conoció un hombre amable con el que se casó y tuvo una cría.
Le contó que regresó a Moscú pero no había espacio para una madre joven que venía de un fracaso matrimonial y laboral. Entonces partió a Alemania con lo puesto, trabajó duro y aprendió alemán. Se tatuó un guerrillero en el brazo y una mariposa en la espalda, y aunque no mucho después se arrepintió de aquella marca gráfica bajo su piel, decidió no quitársela, como testimonio de una época. Una vez en Hamburgo, tuvo problemas serios a causa de los papeles , Europa desmejoró mucho después del Euro-dijo.
Un conocido de su madre, le presentó a un amigo que estaba buscando gente para trabajar en España, en la costa del Sol, necesitaban personas que hablaran ruso, a propósito de la vasta clientela que había comenzado a fluir en los últimos años en la costa española de nuevos ricos del Cáucaso, algunos exageradamente ricos y otros en vías de desarrollo. Le habían prometido que trabajaría en relaciones públicas de una importante cadena hotelera, al principio en la recepción y luego si demostraba tener madera, se iría abriendo camino en un ambiente de mucha pasta. No le escondieron que quizás el camino se hacía más rápido si estaba dispuesta a algún que otro intercambio de secreciones. Cosa que ella, como era natural, ya sabía bien.
El único inconveniente, le dijeron, era su niña, no podía llevarla consigo. Por lo que hizo un viaje a ver a su madre y le pidió encarecidamente que cuidara de la nena, que ella le iba a mandar el dinero necesario para toda su manutención, e incluso un plus. La madre aceptó recalcándole que ese dinero sería indispensable para que no tuviese que entregarla a los de asuntos sociales.
Natasha, que resultó ser su verdadero nombre, sonrió, y dijo:
-No hay problemas babushenka, tendrás tu dinero.
Llegó a Málaga para trabajar como prostituta en un barco, y desde que llegó recibió una paliza, tan inesperada como fuerte, para que le quedase meridianamente claro que aquello no iba en broma, el encargado le aseguró que ahora les debía mucho dinero a la organización y que ella era libre de pagarlo e irse, pero que si se le ocurría escapar sin pagar buscarían a su madre y a su nena y harían borshe a ambas.
Se acostumbró a vivir como pudo, como se hace cuando acaece una desgracia, sumada a una y mil traiciones, a un pasado escaso en alicientes, se acostumbró del mejor modo que pudo a sobrevivir. Llevaba dos años ejerciendo la prostitución en diferentes lugares de España, había bajado su categoría de puta de semilujo a puta de burdel decente, por culpa de su carácter, su mal humor y el inexorable paso de papá tiempo.
Una vez intentó escapar y dieron con la madre diciéndole que si se ponía en contacto con ella le dijese que esperarían dos semanas a que regresara , antes de mandarla al fondo del río Volga.
Durante ese tiempo Natacha no pudo enviar el dinero que había prometido, y la madre debió procurarle a la nena, otra vivienda y familia, pero pensó en algo mucho más humano y mejor para la criatura que los organismos estatales de acogida de niños pobres de la Rusia post socialista, la cedió a una familia que deseaba con toda el alma tener una nena, y agradeció que fuese una niña que hablaba el alemán como el ruso, que tocaba piano y sabía hacer las camas. Tampoco pasaron por alto la belleza de la tierna y flamante hija. Aunque la nena no corría riesgo, a priori, sabía que si torturaban a la madre les diría donde estaba su hija. Y aunque no sentía demasiada gratitud por su vieja, tampoco era cuestión de cargar con aquel peso. Así que decidió entregarse a sus captores.
La enviaron a Valladolid para que escarmentase, aunque con la promesa de que si en un año lo hacía bien regresaría a los buenos destinos soleados del paraíso español.
-Esta es brevemente la historia de mi vida- le dijo Natasha a Combi, quien hasta ese momento había respirado casi sin molestar a sus propios labios, entonces se permitió un suspiro, que más parecía la exhalación de un alivio que la de una pena solidaria.
En ese instante llamaron a la puerta y ella regresó diciéndole que el tiempo había expirado.
Combi no salía de su asombro, Svetlana Natasha o como se llamase, le pidió perdón por no haber podido hacer un servicio correctamente y le rogó que no se quejase por ello, Combi la miró como pudo, hasta que quedaron sus ojos frente a los de ella, la tomó por los hombros con firmeza, en su pecho se apretaron dos tipos de congojas, uno por aquella criatura y otro por sí mismo.
Pagaré otra hora, no te preocupes.
Ambos bajaron al hall de entrada y volvieron a subir al cuarto. Dentro de cada habitación la gente bajaba y subía las caderas. Bajaban y subían sus respectivas miserias. Parecía no haber sitio más alejado del amor, de la caricia, que aquella colmena de abejas lastimadas.
Combi tomó sus datos, y no se atrevió a dejarle su número de teléfono por elemental cuidado a su matrimonio, a su trabajo, y a aquella mafia. Y un poco cuidándose de si mismo, de lo que podría ocurrírsele. Natasha terminó de apuntar los datos y le dijo que se relajara que lo trataría bien, estaba todo pago. Combi, le hizo un gesto con la mano, ni una grúa hubiese conseguido levantarle el exiguo colgajo en esas circunstancias.
Bajó las escaleras con ella de la mano. Cuando llegaron al rellano la miró y vio a través de sus inmensos ojos, en la oquedad de una mirada que contenía todos los rincones malolientes de los peores puertos de Europa, la evanescencia de lo que alguna vez pudo ser una súplica de auxilio. Pero se dio cuenta, que la mirada de Natasha había cambiado diametralmente en pocos segundos, se había alejado hacia el infinito, le dijo adiós, con cierta prisa por ir a por otro cliente; estaba otra vez en su combate.
Combi salió de allí decidido a ir hasta el final de las cosas.
Entró a comer a un restaurante buffet vegetariano, de una cadena local, se dió un atracón. Se metió al cine que había en el centro comercial, daban una de la mafia rusa con Viggo Mortensen, pero la evitó atracándose de palomitas de maíz y refresco de cola en una sala donde estrenaban una de amor. De a poco se fué diciendo que no había demasiado que pudiese hacer que no fuese encontrar la manera de denunciarlo.
Al cabo de un par de años, le avisaron que la publicación de su libro era inminente, que debía irse preparando para entrevistas y conferencias. Se tomó unas vacaciones con su familia en Amsterdam. Cada tarde después de pasar un rato en los cofee shops, paseaban un rato por el barrio rojo, y se divertían con la manera en que los japoneses observaban atentamente a las chicas a través de las vidrieras, agachándose sin ningún pudor para observarles la entrepierna.
Combi pensó que quizás Natasha ya podría estar bien, que hasta los peores momentos pasan, y que en todo caso ella era una mujer muy fuerte. Mucho más que él, que al fin y al cabo no era culpable de nada.
-¿Ni responsable? se preguntó.
Pero a Natasha le habían agujereado el alma con semen frío, le frieron el cerebro, comieron su corazón y arrojaron su cáscara a los pies de una tarde castellana. No le quedaba jugo, solo hiel, acaso le había dado una de sus últimas tardes de familiaridad, cosa que lo había marcado tanto a Combi que de un tirón escribió un trabajo de ficción sobre la problemática de la trata de blancas. Se dijo a si mismo que cuando juró llegar hasta lo último de aquel asunto, no se refería a algo diferente de aquello, aunque naturalmente, aquella postrera interpretación no conseguía tranquilizarlo del todo.
Ya estaba a punto de publicar sus reflexiones sobre esta forma de esclavismo moderno en el corazón del Primer Mundo, con la aquiescencia de todos los géneros, estratos sociales e instancias legales, con toda la moral, la ética, y la justicia en conocimiento de ello, tolerándolo y hasta promoviéndolo
En su trabajo explicaba los traumas de aquella vida y sus posibles desenlaces. Pequeños toques en la puerta de su cordura con los nudillos de la suerte. A través de su trabajo literario, Combi estaba a punto de presentarse como un hacedor de justicia, como un ser con sensibilidad social, estaba a punto de creérselo.
Y a punto de cobrar por ello.
La penúltima parada
El lugar era sórdido, lúgubre, tenía aspecto de terminal, de última parada.
El chileno que se acercó con el plato coronado por una montaña de cocaína, tenía más anillas que un pino de los Apalaches, más arrugas que el mismísimo Barrabás, llevaba más tiempo haciendo el mal que la memoria de diez elefantes. había pagado con cárcel en Hamburgo y en su Chile natal, se enroló en un buque mercante y cuentan que tiró a uno por la borda, nunca pudieron acusarlo pero todos sabían que había sido él.
Ella era un encanto, frágil en apariencia, joven, de piel suave, recién llegada de un sol que no quema, de un agua que no resfría, de la gruta de los elegidos.
Con respecto a mi es mas difícil decir, yo no sé que era ni que parecía ser, no obstante ahí estaba, vivo, impertérrito ante la capacidad de resistencia, sin futuro ni pasado, sin bolso, sin párpados, sin tiempo que perder.
El ex marinero, ex presidiario y ex presunto homicida chileno, se nos acercó y me ofreció como era más o menos habitual unos tiritos de lo que su plato sostenía. Ella se nos quedó mirando a ambos, desapareció su virginidad y de muy adentro expelió la voz de una torre firme.
-No queremos , gracias- me miró y agregó- esta vez no.
De repente sentí intensas ganas de hacerle el amor, no de poseerla con recios embates garchariles, sino de desprender ese que se yo que llevaba atascado, adormecido, bloqueado en el resguardo de una pose de cierta fiereza más o menos poco creíble, me dieron ganas de acariciarla suspirando hasta llegar a una eyaculación más terrenal que cósmica. Pero me tomó por el brazo para bajar la escalera de aquel antro, y sumergirnos en la calle empedrada de San Telmo, hasta encontrar el primer café que invitaba a una pareja modélica a sentarse. Dejando atrás esos bares que eran la prolongación del plato del chileno o del toilette del tugurio, donde una vez, al cerrar la puerta, mecanismo con que se encendía la luz, una brillante, oscura, enorme rata aterrorizada empezó correr de un lado a otro de aquellos dos metros por dos sin encontrar salida, hasta que, aterrorizado yo también a mi vez, conseguí abrir la puerta antes que decidiese morder mis piernas flacas sostenidas por aquellas modestas raciones de mortadela, patys y alfajores baratos.
Me dijo- Eres un diamante en bruto, pero si no dejas eso no podemos seguir, ahora bien, si decides dejarlo siempre estaré a tu lado- esas palabras fueron mágicas, porque ni siquiera los mejores mentirosos pueden decirlas sin titubear, es imposible mentir con algo así, es casi imposible decir algo así.
Todavía me quedarían años de sostenerme a las baldosas henchido de espirituosos para asegurarme de que no caer más allá del suelo, pero tiré por la ventanilla de mi cuarto hsta la última mota de talco de luna que me quedaba en la mesita de luz y sentí una paz extraña en mi pecho: se acabó.
Me di cuenta por primera vez de que incluso yo, tenía limites y que en cualquier momento la pelada de la guadaña podría girarse de repente, clavar su mirada en mis ojos y señalar con su falange huesuda ese camino entre temido y enigmático que todo curioso poco amante del equilibrio ha tenido entre sus ensoñaciones.
La última vez que supe de aquel chileno, lo estaban esperando en un bar de música para debatir con énfasis acerca de algún serio malentendido, tras lo cual decidió abandonar la ciudad. Más o menos por esos días fue la última vez que vi aquella calle plagada de posibles papeles plateados entre los adoquines, de gatos portadores del alma de los viejos guapos que peleaban a cuchillo con un pie atado al de su contrincante, aquel templo de la pisada nocturna, y de ahí en más, viví mis mejores años simulando que protegía a aquella mujer para poder ser el protegido, y las mañanas, las caricias y la promesa cumplida me hicieron mejor persona.
Hoy miro sin rencor el pasado, hoy recuerdo otras promesas y otros esfuerzos y me siento afortunado, el torrente que me embargó desde aquella torre, regresa cuando es menester como un bumerán, como las buenas y las malas acciones.
Sí, costó, pero valió la pena.
Olor a raya
Lo recomendable para llegar sin rasguños es tomar precauciones y no acercarse a los riscos, mantenerse a distancia del fuego, dejar bien amarrado el barco, cerrar la puerta con llave, pestillo y si se tercia, conectar alarmas, nadar cerca de la orilla, evitar discutir, mantener las formas, ser educado, comedido, recatado, sometido, arrugado, perforado, sintetizado, camuflado e ignorado, llevarse bien con todo el mundo, ser cordial, amable, no quejarse, no reaccionar, no molestar, no incordiar, no desestabilizar, no dar la nota, no poner el acento, no sacarse la camisa, los calcetines, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos, los ojos, ni los dientes en el parque, decir felicidades, decir buen día, decir que suerte, decir me alegra por ti, decir permiso, decir hasta luego, decir te amo, te necesito, tu luz me embarga, tu energía me envuelve, decir primavera, decir bendiciones, traiciones, mansiones, canciones, pendones, y no decir maldiciones, pezones, cagones, nubarrones, rayos, centellas, me aburres, me atormentas, me dañas, me vacías, me destrozas, me enloqueces, me desgarras, me importas un carajo, me das pena, lástima, asco, ira; lo más fácil es llevar bolsa al mercado, llevar silencio a la sala de espera, llevar paciencia a los comicios, llevar resignación al juzgado, llevar la cruz y el clavo, llevar la daga de la oscuridad, llevar el cadáver de la madrugada, lavar la ropa manchada, taparse con la sábana, mear dentro de la taza, no hacer ruido con la sopa, dejar tranquilos los mocos, las pajas, las ganas, las ansias, los sueños, la garra, la caza, el alma, y llenarse de suficientes pausas, de bastas, de equilibrios, de vueltas armónicas, acompasadas, ordenadas, salteadas, cerradas, burladas, orinadas, defecadas, dopadas, envenenadas, aterrorizadas y saneadas.
Y al cabo, llegar al cajón impolutos, vírgenes, y acaso un poco oxidados por tanto desuso.
El Pillín de San Telmo
Al muy poco de estar en Buenos Aires ya había olvidado la cotidianeidad de la isla, entre cafés, comilonas, visitas a familiares que no veía hacía mucho tiempo y otros que nunca había visto, las nuevas amistades y las nuevas libertades.
A la medianoche en la pizzería El Pillín, en Balcarce y Garay, bajaba una chica bien armada por delante y por detrás a buscar un par de pizzas gratuitas, o casi, solo le costaba hacerle una felación al gallego dueño del boliche y que la chica le hacía sin inconvenientes Yo había tejido una amistad típica de beodos con el dueño y los personajes que allí se juntaban a jugar al truco y a cantar tango una vez que cerraba las puertas al público, una noche me invitaron a participar de la ronda de personas que pasaban al baño para ser atendidos con generosidad por los labios de la dama deglutidora de pizzas entre otros sólidos. Rechacé la oferta lo mejor que pude. Pero la chica esa noche se quedó a cantar tangos, entonces supe que su nombre era Laura, y tomamos vino hasta muy entrada la noche, cuando salimos del bar ella me dijo que vivía en el edificio de al lado al que yo estaba parando, subí a su casa a fumarnos unos porros y echarnos unas refriegas amistosas. Con la cantidad de vino que llevaba encima no me había fijado si se había lavado la boca después de efectuar en reiteradas ocasiones su forma de pago. En su habitación apareció otra muchacha, que resultó ser su pareja, e hicimos el amor los tres, con la torpeza y la desinhibición propias de la borrachera, la panza llena y el corazón contento.
Al día siguiente cuando nos despegamos del catre, dos muchachos salieron de una habitación pidiendo un pedazo de pizza, y armando un porro mañanero, entonces Laura me contó que uno de los chicos era su sobrino, y que chica que entonces era su pareja había ido a dormir la primera vez a aquella casa como amante de su sobrino, y que el actual amante de éste era el hermano de su novia. “Vaya familia,-pensé- habría jurado que los Guevara éramos singulares”.
Laura me dijo que si quería podíamos hacer una fiesta todos juntos en la cama, le respondí que no, le confesé que aún cuando yo sabía que estando dormido cualquier lengua que resulte ser la que lamiese mi glande ocasionaría una erección idéntica, prefería en vigilia la elección del retozo con mujeres por aquello de la costumbre y los prejuicios.
Muy atentos, lejos de incomodarse con mi declinación me invitaron a tomar un trocito de cartón que contenía ácido lisérgico, lo coloqué bajo la lengua como me explicaron, y al rato estaba viendo dobleces cubistas en cada objeto, riendo de una manera intensa, carcajadas de afuera hacia adentro, disfrutando como enano de la risa y los colores, de las azoteas de Buenos Aires, con los aires de novedosas pequeñas libertades reconfortantes.
Al cabo de un par de horas, colocado de ácido por primera vez, con resaca y fumado aún, bajé con el ascensor para cruzar la puerta y pensar si subir al departamento de mi padre, que tras una larga estancia entre rejas retomaba una relación de pareja tan difícil como aburrida. Era mediodía, no les había avisado que me quedaría fuera, así que preferí darme una vuelta por el barrio y sus parques para subir con cara de ciudadano.
Nunca más vi a Laura ni a los particulares exterminadores de pizzas, aunque la imagen de aquellos cuatro y yo desayunando porciones recalentadas, colando ácidos, fumando porros en cueros y haciendo el amor como conejos entre tías con sobrinos, sobrinas y cuñados, más de una vez me acorraló de súbito auxiliando a esas fantasías mustias, ya alejadas del salitre habanero, de mis aires buenos queridos y del avistamiento de aquellas libertades perturbadoras.
La Película
Una de las mejores y menos realistas pelis que he visto es la vida.
Se me parece mucho al cine, aunque en lugar de ir pasando por delante de una butaca en la sala penumbrosa, me ha ido transcurriendo por todos lados, lo cual también incluye delante de los ojos y en torno al cuello. Por detrás, por dentro, lo que está por venir que nunca supe si llegará, a que distancia se encuentra y si terminará perteneciéndome.
Se parece a una película pero de mucho misterio y en cuatro dimensiones, aunque también se parece a tantas cosas que si nos ponemos a comparar no terminaríamos nunca. La vida es una película, un cuento, una novela, una ópera, una sinfonía, una obra de teatro, un sainete, una opereta , un cuadro, una canción, un deporte, una guerra, un desastre, una solución, un problema, un amor, mil amores, ningún amor.
Y es mucha soledad barnizada, bañada en chocolate, con trozos de nuez, pintura de acuarelas, y humo, sobre todo es mucho humo sin cenizas ni brasas.
Y así como no hay nada mejor que un día tras otro, a veces no hay nada más terrible que ello, saber que es imposible salir en un abrir y cerrar de ojos de esa pesadilla que empieza cuando nos levantamos. Pero sí, se puede, cuando se cuenta con fuerzas para asomarse al borde y con la suerte de divisar el oasis. También con algún lugar para entrar y con alguna mano enchufada a un corazón.
A cada una de las personas que esté pasando un momento duro me gustaría poder comunicarles como si fuese un noticiero de televisión o una publicidad repetida diez veces en un día, que es posible, que todo lo que se imagina se puede, que lo que se sueña está soñando también con nosotros, que el aliento va y viene y la soga tensa que aprieta en algún momento se remoja en el fondo del mar junto al ancla. Más tensa, pero empapada.
Varias veces temí estar en las proximidades de la demencia, de la pérdida de nexos con la realidad consensuada, no sé cuanto de cerca o lejos estuve en realidad porque del todo nunca enloquecí, pero sí que debí combatir depresiones intensas, impulsos autodestructivos, adicción a substancias que aunque las explicaba con una frase de Bukowski: "cuando las cosas están mal bebo para olvidar los problemas, cuando están bien bebo para celebrar, y cuando no pasa nada bebo para que algo pase", lo cierto es que me substraían de la agobiante amalgama de abulia, miedo, desprecio personal y sobre todo, ese lento, lentísimo tránsito de un día pésimo a otro igual, del inexorable paso de un grito ahogado a un alarido muerto, de lo poco a lo menos, hasta que la lucha, la ilusión, el amor ajeno al mismo tiempo que el propio, empezaron a cambiar los ladridos por lamidas, los sopapos por caricias, la toxicidad propia y ajena por anticuerpos, y llegó un momento que gracias al haber visto esa película en cámara lenta, ya ningún pasaje fue un infierno, los obstáculos comenzaron a parecer regalos, y empezaron a llegar días detrás de otros cada vez menos agobiantes, hasta que llegó el momento en que tiré de las riendas para frenar los instantes, para regresar a lo perdido, para aprovechar cada minuto de paz, empecé a redescubrir aromas agradables, a disfrutar la película despatarrado en la butaca envuelto en la penumbra cómplice, a verla pasar por delante, por detrás, tomado de su lengua, de su entrepierna, hasta la paz de una siesta sin corset.
Chips, glotis y flema inglesa
Me refregaba las manos porque me quedaban un par de capítulos de la segunda temporada de Homeland, que había declinado ver siempre que me lo sugerían, porque cometí el error de hacerle caso a esas sinopsis ultra resumidas que aparecen en internet tras los créditos de las películas y series. Decía que se trataba de espías y de Medio Oriente y como detesto todas las historias de ficción e incluso de no ficción sobre el tema, me tiene refrito, ni siquiera me planteé husmear.
Pero una amiga cuyo criterio intelectual me obliga a tenerla en cuenta y con quien intercambio introducciones a ls series, me la recomendó encarecidamente diciéndome "al menos comiénzala, si no te gusta la dejas", en efecto me gustó tanto que vimos cuatro capítulos de un tirón en su casa. La segunda temporada es aún más trepidante. Y me refregaba las manos porque me quedaban unos capítulos para disfrutar y un paquete entero sin abrir de papas fritas con pimienta y limón, una exquisitez que no dura ni medio capítulo, pero que valía la pena abrir.
Puse el play, tiré de las esquinas de la bolsa e hizo "pop". Metí la primera papa a la boca, ese sabor ácido, ese gustito picante, lo bajé al gaznate y apenas tocó el glotis me percaté de que algo no andaría del todo bien. Comencé a carraspear para poder aspirar aire mientras la garganta se me cerraba cada vez más, en pocos segundos no podía respirar, me puse boca abajo, comencé a hacer ejercicios con la garganta, me llevé unos dedos a la campanilla y resultó peor, la pimienta sintetizada o lo que quiera que esa sustancia fuese comenzó a actuar de candado entre mi interior y el mundo de la fotosíntesis en una manera ya preocupante, fui a mi neceser de medicamentos, cogí un antihistaminico que todo asmático atesora en su morada y comencé a hacer ejercicios de calma mental, de control de la situación desde la cabeza, pero tomé conciencia de que o solucionaba el entuerto con premura o debía salir al palier a llamar el ascensor y tratar de llegar lo más lejos posible para pedir auxilio. Abrí ventanas y comencé a ejercer una ligera presión con el dedo a la parte posterior de la lengua hacia abajo, me tranquilicé y de a poco comenzaron a deslizarse hacia los bronquios briznas de aire, permanecí inmóvil y dejé que cada vez entrase un poco más de cantidad de oxígeno, sentía como me descongestionaba por dentro y por fuera, volví a sentir sangre en las manos, riego en toda la entendedora y una sensación entre gloriosa por no precisar salir a escandalizar a la gente con las sirenas de la cura, y aterrorizadora por la evidencia de levedad del bienestar. No soy nuevo en sustos pero este casi me puede.
Regresé a mi serie sabiamente recomendada por mi amiga pero lejos del paquete de sucedáneos papas fritas sabes a pimienta y limón y es que vivir sólo, puede conceder ciertas libertades y dotar de un halo misterioso; pero también supone aprietos que requieren de determinaciones y decisiones acertadas y flema inglesa, de esa que precisamente por ser un enjambre de nervios, atesoro en toneladas en el baúl de las emergencias.
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