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2 octubre 2012 2 02 /10 /octubre /2012 22:41

 

 

 

 

Una razón de peso por la que el lugar no resultaba un cómodo cobijo para dormir, era que la gracia más difundida, consistía en tirar botas de trabajo por la noche cuando apagaban las luces, provocando un estruendo de risas una vez que hacía diana en cualquier parte del cuerpo de algún desprevenido durmiente. La mayoría de las veces, las botas iban apertrechadas con líquidos renales de varios jodedores, de modo que el estruendo de las risas una vez que la bota de goma de caucho, rellena de desperdicios, daba con un destinatario, se podía escuchar en todos los rincones del albergue. En ese caso no sólo salía perjudicado el que recibía el botazo y su tesoro, sino también los que moraban bajo el arco del trayecto que trazaba el ominoso calzado, antes de colisionar con el último desgraciado de la fila.

La beca, o escuela de internados en el campo, combinando estudio y trabajo había sido una ocurrencia del omnipresente Guarapo, quien como siempre tenía a alguien a quien culpar por si la cosa no salía demasiado bien, en este caso, como en ocasión del asalto al cuartel Moncada, le tocó cargar con el muerto de la autoría intelectual, al bueno de José Martí.

 Había otro juego igual de difundido en la Beca que era salir en pandilla cuando las luces se apagaban a las diez, y sorprender desprevenido a quien estuviese durmiendo, dándole un sonora bofetada, y luego dispersándose rápidamente mientras el asustado objeto de la broma, se despertaba entre el ardor de su cara y el desconcierto. Este juego presentaba diversas variaciones. Una de ellas era asestar el golpe con un palo, otra con un cinturón. 

Pero la broma que más me impactó, fue la de las colillas encendidas entre los dedos del pie mientras el incauto dormía. Cuando las brasas llegaban a hacerse sentir en la piel, todas a una vez, y el recién despertado echaba las manos a la candela instintivamente, se quemaba los veinte dedos. Hay que admitir que tenía algo de absurdo y cómico.

Hay que admitir que cualquier hombre elegido al azar, horrorizaría a cualquier fiera.


Era difícil imaginar un blanco mejor ni siquiera ideado, para esas botas rellenas, los bofetones sonoros, y los cabos de cigarrillos en los pies, que el hall de entrada al albergue, nuestro dormitorio, la antesala del arsenal de las bromas histéricas y la filosofía húmeda. 


Cada noche volaban raudos sobre mi cabeza, los dichosos calzados de trabajo, y era cuestión de tiempo que a cada uno le tocase recibir el impacto. A mi nunca me dio un botazo de pleno pero si llegué a conocer de cerca los efluvios de las esencias que atesoraban su interior sobre mis sábanas. Y también conocí de cerca el bochorno de alguna sonora galleta.


Las víctimas de ninguna de las tres bromas eran elegidas totalmente al azar. Se descartaba en primera instancia a los profesores, que dormían en una zona del albergue y que eran cómplices de los chistosos nocturnos y de los violentos repetidores que ponían orden en los albergues, luego a los más guapos o mayores de edad, quienes ocupaban también una zona que consideraban privilegiada, por la razón que fuere; luego descartaban también a los musculosos y a los grandes, aunque no fuesen violentos, no era cuestión de poner a prueba la paciencia de aquellos mozalbetes. Tampoco había que arriesgar con los dirigentes de las organizaciones estudiantiles, o miembros de la UJC, chivatos por amor a la delación. Por último, y ya habiendo descartado todos los grupos de riesgo, quedaban los débiles, los nobles, los bajitos, los lunáticos, los mongólicos, los aplicados en el aula, los atildados; y los ratones, sobrenombre que se les ponía a los menos entusiastas con cualquier tipo de combate. También los que como yo, estaban todavía algo perdidos en ese lugar y juntaban un poco de cada uno de esos subgrupos. Intentaba evitar que me diesen una galleta o me tiraran una bota, pero sin encender la luz y vociferar a voz en cuello:
-¡Me cago en la putísima madre de quien hizo esto, y si es hombre que salte ahora mismo!


Este pataleo de ahorcado, se le permitía al elegido para el sketch nocturno, hasta ahí se podía llegar. Pero no era conveniente pasarse, porque sino además de la galleta o la bota podía uno pasar la noche con incomodidades en la postura, a razón de un buen ramillete de puntapiés. Una vez, al recibir en plena cara una galleta con más estruendo que dolor, me levanté fuera de mis casillas y sin importarme lo que pasara, encendí la luz y me salió del pecho un grito natural: 


-¡Me cago en el recontracoño de la madre del maricón que me hizo esto, su puta madre, su abuela y toda su parentela se cansaron de mamarme la pinga! Si es menos ratón que toda su familia que salte que me lo voy a merendar. 


Apenas terminé de desfogarme presentí que me había excedido en el celo puesto en mi llamada al ofensor.


Y vaya si saltó. Saltaron tres, el del medio me dijo que había sido él quien me había golpeado en la oscuridad, y que si quería me daba también con la luz encendida. Entonces noté que mis brazos no respondían, que la ira que había sentido unos segundos atrás, se había convertido súbitamente en compasión por mi mismo, las piernas me temblaron, se me aflojó el hombro y por más que quería mantener los puños apretados, los dedos, caprichosos, se alejaban de la palma de la mano, se me hacía imposible mantenerlos, no ya apretados sino unidos, empecé a tener ganas de orinar y de ir de vientre, cuando me rodearon los tres, sólo alcancé a decir con un hilo de voz inaudible, titubeante desde el bloqueo casi total de la garganta hasta la inconsistencia  de los labios:


-Disculpen lo que dije pero no me dejan dormir ninguna noche-
Y ahí mismo comenzaron a golpearme en turba. No caí al suelo, no me dolían los golpes, estaba dominado por la soledad, anestesiado por el miedo a la soledad, y un rato después, ya había entrado en calor y había perdido el miedo paralizante, usaba los movimientos para defenderme, y de a poco comencé a soltar puñetzos con gran precisión, pero con la finalidad contraria a la de los púgiles, buscaba errar el golpe, era tan complicado como hacer diana, no me convenía en absoluto golpear de lleno a alguno de los tres. Solo se detuvieron cuando abrieron la puerta dos profesores, y preguntaron que había pasado, y los cuatro les dijimos que era un problema entre nosotros. Aquel episodio me granjeó un minimo, casi imperceptible, pero gratificante respeto. A partir de ese día segundos antes de que tirasen la bota, instantes antes de resultar bautizado por las cálidas gotitas amarillas, mi oído creía escuchar:


-¡Caballeros, cuidado con el argentino!.

 

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23 septiembre 2012 7 23 /09 /septiembre /2012 01:40

 

 

Era una mujer feminista, no solo en las formas, aunque también. Usaba el pelo corto a lo garzón, vestía pantalones, montaba con las piernas a ambos lados del  caballo, fumaba, nadaba de manera brillante y mostraba una puntería  inusual con armas de fuego. Pero por encima de todo decidió el modo en como vivir, lo que deseaba hacer y lo que quería ser.

La manifestación de su feminismo era mucho más que una pose desde el mismo momento en que huyó de la casa familiar para casarse con Ernesto, un inquieto muchacho menos joven que ella y procedente de una nutrida y antigua familia argentina, de tradición  tan ligada al país como a los emprendimientos con dirección al abismo  

 

Se casaron tuvieron hijos y los crió a medias con su esposo , leyó lo que quiso, se cultivó primeramente del modo que su familia y su clase le tenía reservado y luego siguiendo la senda de los fuegos; su búsqueda y su extravío.  Murió en los años sesenta en mitad de su vida persiguiendo o apartándose de quién sabe qué.

Era mi abuela paterna.

El mundo ha cambiado desde entonces. Los países entraron en guerras, en cambios, en progresos y en involuciones. Hubo más beneficiarios de la emancipación que damnificados, algunos en modo de clases sociales, otros como razas  o  por sus predilecciones sexuales, la libertad en el arte, la expresión desenfadada y exitosa de la cultura popular, y finalmente un grupo que comprende a todos los demás y que asombra por su magnitud en comparación a su sometimiento, un grupo que había vivido de espaldas los diagramas sociales,  las mujeres.

 Evoluciones que tuvieron lugar un poco por la persistencia de quienes menos desistían y otro tanto por la saturación de un modelo que ya no proponía algo nuevo. Las mujeres comenzaron su camino de ascenso en todos los rubros de la sociedad.

Más hacia nuestros días,  un hombre que está a punto de entrar a una de las tantas tiendas del centro de la ciudad, empuja el portón de entrada y al percatarse que detrás de sí esperaba su turno para entrar una mujer,  instintivamente le hace una seña para que pase adelante, la mujer en un principio queda perpleja, luego sonríe y le dice:-No, no pase usted por favor- El hombre le repite que tome la delantera y entonces ella le da a entender con meridiana claridad que aunque agradece el detalle no tiene por costumbre aceptar ese tipo de caballerosidad que oculta una contracara discriminatoria.

A mi me tocaron unos padres que experimentaban en los tempranos sesentas con ser un matrimonio igualitario. Desde que yo nací se diferenciaban en sus atributos de género y algunos marcados rasgos personales y familiares, aparte de en otros cientos de cosas más. Pero no en el reparto de funciones y roles, las tareas eran compartidas por partes iguales. Claro que siempre hubo una tercera persona en la casa, casualmente una mujer, para poder soportar el peso de la inexperiencia típica de los tiempos de cambios, y hacerse cargo de cuanto pañal, biberón, almuerzo y cena se hubiesen olvidado por los quehaceres de la modernidad.

Mi abuela materna.

O sea que de una forma u otra siempre vi a una mujer  en  las cercanías del ruido a  cacerolas.

Una vez ya situado en mi propia experiencia, pasé años deshojando margaritas antes de tener una relación de pareja duradera, y desde que tengo recuerdos siempre busqué el remanso en unos brazos en los cuales pudiese  recostarme cuando lo precisase, aparte del gusto distintivo de ese tipo de proximidad y por supuesto el retozo de mi miembro; pero nunca se me pasó por el antojo transformar la pareja en una especie de contrato con una criada o con una abuela. Creo recordar que todas mis relaciones con las mujeres han sido de iguales, tanto que a veces me asombraba mi flexibilidad de género. o quizás a mi memoria le ocurre como a mi espejo, que tiene tanta miopía como yo.

Si no intentase forjar cierto tipo de amistad en la pareja, confiar el uno en el otro y reír de la misma tontería,¿ cómo compartir el sueño?.

La lucha por la igualdad en los derechos de las mujeres a todo nivel debe continuar, ya que en la mayoría de los sitios y situaciones la mujer sigue llevando la de perder, a partir de ese tramo de tránsito de finales del siglo XIX y el  XX hacia la emancipación en que se desmoronaron los equilibrios de la caballerosidad y el poder masculino, antes de que constituyese un hecho la obtención de algunos derechos homologados.

Habría constituído una entelequia transitar miles de años hasta nuestros días, sin dotar a lo que hoy entendemos como machismo,     de una contrapartida de obligaciones y de desventajas que supusiesen cuando no la conformidad , al menos la convivencia que evitó la rebelión de la mitad de la humanidad.

Acaso al principio de todo salieron el hombre y la mujer de la cueva a buscar leña y cazar algún refrigerio, y tal vez cuando por una ligera diferencia apreciaron que uno regresaba con más cantidad que el otro de ambas materias primas y que a la vez nadie había atendido a las criaturas que lloraban a su llegada, decidieron que por distribución eficaz y productiva del trabajo, era mejor que uno saliese a por los elementos del exterior y el otro se quedase en la cueva. Quizás el hecho de que el hombre en casi todas las culturas sin conexión alguna fuese el cazador y leñador y la mujer la cocinera y quien cuidase de los niños respondiese a un tipo de habilidad intuitiva más apropiadas para cada tarea, o a la adecuación de la realidad a las analogías de lo fálico y lo uterino, no a raíz de un mero reflejo nato condicionado por lo social, sino más de naturaleza innata, toda vez que aparte de nuestros tipos de curvas y las oquedades o protuberancias, nos socorren toda suerte de diferencias bienvenidas y complementarias; acerca las cuales solo el haber abierto juicio de valores por la preponderancia masculina más que machista, en el diagrama del mundo desde la concepción de las religiones hasta los sistemas gubernamentales pasando por el simple hecho de la construcción de las ciudades ha estigmatizado lo femenino como secundario, propiciando el más arraigado de los machismos, el alimentado de leche materna.

 

En mi ámbito familiar y social estuve justo en la línea que también empezó a permitir al hombre gozar de esta nueva manera de relacionamiento, aunque en mi adolescencia aún se suponía que debía acompañar a mi novia a su casa todos los días y no hacerlo día por medio cada uno, debía evitar a toda costa  presentar una erección  fallida en un momento dado,  o largarme a llorar como un crío, lo que entonces sería como una magdalena o aceptar que estaba calado de terror ante una posible pelea a puñetazos, cosas de las que mis amigas sin el más mínimo problema podían echar mano cuando lo deseasen. No pasó mucho tiempo hasta que yo mismo me encargué de hacer mío el ideario de la igualdad, ya que aparte del natural sentimiento de solidaridad hacia mis compañeras, en el ínterin de formación en que yo me encontraba no tenía ninguna ventaja y todo lo que podía esperar de dicha equidad eran ganancias.

En mi medio ambiente ya estaba mal visto que los hombres fuésemos demasiado machos con las mujeres, pero aún no contábamos con licencia para dejar de serlo entre nosotros.

Teníamos obligaciones de tipo machista que nos han llevado a perder la esencia y la verdadera riqueza de la masculinidad desprovista del estigma de lo viril, del arrojo y la potencia, es menester por ende  intercambiar roles y mezclarse en la medida en que esa sea la voluntad propia. La libertad en la elección dentro de la diversidad, es el mejor antídoto contra la desigualdad.

 

Aún falta terreno por recorrer en ambos sentidos, no tanto en los puestos directivos, a Europa hoy la maneja por un lado Merkel en la política y por el otro Lagarde en la finanza, pero sí en las clases medias y sobre todo bajas. Frenar el rezago, la reacción ante el cambio del machismo extremo expresado en el maltrato cotidiano que constituye una tortura más consentida de lo que se admite, aunque es cierto que va en aumento su rechazo, no es menos cierto que muchas son las que mueren en manos de sus captores tolerados.

Y así como hay que repartir los empleos clásicamente relegados a la mujer, por otro lado también falta recorrido para que dejen de ser tareas exclusivamente masculinas las de soldados, mineros, limpia cloacas, tractoristas, aradores, pastores de ganados, pica piedras en canteras, albañiles, marineros pescadores de alta mar, cazadores,  obreros de fundición, buscadores de oro en garimpos entre otros empleos nada reclamados por ola de igualdad alguna.

 

Recuerdo que cuando era un niño vi una pareja de hippies en un aeropuerto de espaldas, iban abrazados por la cintura y no era fácil por detrás distinguir los sexos de cada uno, tenían idéntica estatura, usaban el pelo largo, y ambos vestían pantalones acampanados y a la cintura. Por mi parte deseo un emparejamiento que no tienda a desdibujar los contornos que enmarcan la atracción. 

 Mi abuela materna vivió entre sartenes y aunque desde la más minima expresión de sus aspiraciones enturbió languideciendo supeditada a las atenciones a la familia, sobrevivó de largo y con enorme salud a su esposo. Mientras que mi otra abuela, no era sin embargo un calco de su marido en estatura ni en curvas, pero vaya si lo superó en valor y expresión auténtica de su personalidad, aunque ello le costase el precio de una muerte temprana.

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
1 septiembre 2012 6 01 /09 /septiembre /2012 17:36

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30 agosto 2012 4 30 /08 /agosto /2012 04:38

 

 

Una vez mientras no sabía bien donde pararía, estaba viviendo en una oficina que tenían ciertos muchachos en la habana, una noche puse el tocadiscos al mango con el lp made in japan de deep purple, sonaba lazy o space truckin una de esas largas con punteos y solos de batería interminables, yo estaba a oscuras con unos rones por dentro y por fuera y empuñando una escoba esmeradísimo en la mímica, sacándole chispas al punteo de blackmore, súbitamente entró un alto representante de esos muchachos y abrió la puerta sin avisar y cuando encendió la luz yo estaba meneando la cabeza frenéticamente, yo ya era un muchachote grande y me inundé de vergüenza, pero me hice el boludo, lo saludé y fui dejando de a poco lo que estaba haciendo explicándome como podía, aparenté con decoro salir de ese trance aunque sentí que un hormigueo constante acompañado de un tibio ardor tomó posesión de toda la curvatura de mis orejas hasta la punta de la nariz.

Un par de días después me tocó a mi entrar de repente a la oficina, era una casona burguesa del barrio de miramar, de dos plantas, tenía un generoso jardín, nunca supe porque habiendo tanto espacio se amontonaban en la entrada el televisor, el vídeo, la bandera en cuya asta yo había incrustado cierta vez una bala de una browning nueve milimetros, y el equipo de música; corría el año ochenta y pico y al no haber aparatos de video rusos, los japoneses que lograban establecerse en su lugar, se convertían en una atracción. Pues casi en el sitio exacto donde yo había estado con mi palo de escoba a modo de stratocaster, lo encontré al testigo de mi anhelo, solo, observándose a sí mismo con suma atención en un vídeo por la noche con la luz apagada y cuando entré, casi copiando mi frenesí de dos días atrás me dijo sin que yo preguntase nada, -Estoy revisando a ver como quedó para mandarlo a unos sindicatos! Y aunque él no daba brincos, cabezazos ni tenía las venas empapadas en ron, su voz temblaba del mismo modo que la mía había vacilado al dar explicaciones que nunca habían sido solicitadas.
En la entonces moderna pantalla enorme de aquel ya anciano tv, quien cuarenta y ocho horas atrás evitase sonreir con ademanes que lo evidenciaban ante mi eterna frustración frente a la fantasía de ser un rocker de gran tirón, desveló su pretensión de que al menos en apariencia aquella barriguita desapareciese entre los destellos de color gracias a la tecnología sony trinitrón y alguna chica lo mirase como sus menos cándidos que perversos ojos lo hacían desde la penumbra.
Marlon Brando y Jimi Hendrix, de ahí en más todo fue mutis y ninguno de los dos precisó de la prisa, para ir hasta la fuente a brindar elemental aseo a sus prendas interiores.

 

 

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6 mayo 2012 7 06 /05 /mayo /2012 00:51

 

 

 

Aquella preciosa y molesta profesión, el periodismo

Parece ser que no han cambiado demasiado las cosas cuando el asunto se pone tirante, y sobre lo que se investiga o informa se transforma en algo serio, comprometedor, entonces surgen obstáculos diversos, que en algunos casos consiguen detener el objetivo principal. Impiden destapar la verdad si está oculta, o darle lustre en caso de que esté opaca.

La actividad se está viendo afectada por la intrusión en el mejor de los casos, de una pléyade de bien intencionados sucedáneos, el abaratamiento o directamente la gratuidad de la prensa escrita y con ello la precarización de la información y de sus voceros.

La profesión se está diluyendo en el magma de los nuevos soportes, pero ayudada muy de cerca y concienzudamente por los beneficiarios de que gobiernen en este terreno los monopolios informativos y generadores de opinión, dadas las absorciones de medianos grupos mediáticos casi siempre incómodos para el poder,  por enormes monopolios  que con preocupante frecuencia despiden gran cantidad de trabajadores, o dejan atemorizados por su  futuro a la mayoría ubicándolos en situación de interinidad consiguiendo parcializarlos, y luego conceden una uniformidad a la información de manera que solo existen los mismos temas de interés general en casi todos los medios, censurada la diversidad de enfoques, como está ocurriendo en buena parte de los conflictos más enconados y preocupantes a nivel mundial.

La autocensura y el conductismo  en numerosos medios informativos deja a buena parte de la población a merced de una información sesgada y demasiado marcada por los intereses de los auspiciantes.

Aunque tampoco se espera la salvación de mano de las hordas  que juran llevar la verdad a los hogares, que surgen como hongos dadas las facilidades de creación inmediatas en medios como internet, en su mayoría compuestas por  audaces y avezados émulos de periodistas cargados de voluntad, pero igualmente desprovistos de profesionalidad. Sobre todo en el rubro de contrastación y verificación de la noticia.

Nos invaden informaciones que confunden lo verídico con lo veraz y hasta llega a ser placentera su lectura, aunque resulte de escasa seriedad armarse una idea sobre algo a partir de una premisa falsa, y nocivo para el conocimiento. Casi no existe buscador o empresa de peso en internet que no posea una sección de noticias en su página frontal, del  más variado tenor según el perfil de la página, pero con el común denominador de un bajísimo nivel de exigencia en la calidad informativa. Millones de personas leen solo esas noticias, que en suma conforman la cantidad de tiempo medio que destinamos por día para la lectura, conformando esa su particular idea de lo que es “estar informados”, constituyendo este un fenómeno novedoso a partir de internet.

Para encontrar a alguien tan despistado antiguamente había que rastrearlos entre los lectores de las Selecciones del Reader Digest o del Sputnik.

Pero los casos más preocupantes de perdida del peso y  la presencia periodística son las prácticas que se llevan a cabo dentro del enorme y variopinto mundo de la censura. Desde casos como el de Cuba donde a partir de los años sesenta el periodismo político dejó de existir,  convirtiéndose en una invitación permanente a la adulación, la obsecuencia, la complicidad y la opacidad, el intento institucional desde la prensa oficial de desprestigio de la oposición en países con gobiernos de practicas difusamente totalitarias, pasando por la dictadura del mercado en buena parte de Occidente, hasta la terrible realidad que viven por ejemplo, los reporteros en México cuando informan acerca de las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez o acerca de los carteles del narco, con casos  que han llegado a la tortura y el  asesinato de periodistas. Se ha intervenido hasta para obstaculizar la información desde dentro de los conflictos armados, con el fin poco oculto de no dar publicidad a las atrocidades que pudiesen tener lugar.

¿ Qué hacer? Incluso el corporativismo que en una situación de amenaza a la profesión puede tener su razón de ser y su utilidad, sin embargo no resulta de gran auxilio en la oxigenación necesaria de la profesión, más bien la puede condenar a la endogamia y la autofagia.

Mis padres eran estudiantes de periodismo, se conocieron en la facultad de Buenos Aires y el primer fruto de aquello, antes que cualquier  producto de la deontología pofesional,  fue el nacimiento del firmante de esta nota. Quizás deba a ello la sensación de sentirme un tanto cronista de mi tiempo. Al cabo de medio siglo de vida siento la necesidad de expresarme más allá de las pinceladas a los recuerdos  e interpretaciones de los pasajes circunscritos a los contornos exclusivos de mi vida, me embarga la pulsión de contar lo que sucede alrededor, de participar en mi mundo opinando, tal vez con algunas imperdonables vetas ideologizadas, residuo inevitable del enfrentamiento a  los totalitarios  años y ambientes de los que me vi rodeado.  Intentando dejar al desnudo el carozo y que llegada la ocasión pueda reconvertirse en simiente.

Aunque también considerando como un deber de todos los intrusos bienintencionados, que no confundamos este deseo altruista de contribución en los aledaños de la opinión, con el responsable ejercicio del periodismo.

Ni siquiera los mejores chistes se obtienen mediante la improvisación.

 

 

 

 

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27 abril 2012 5 27 /04 /abril /2012 18:30

 

 

Gamotrán Camforte me decía a mi mismo mientras hacía denodados esfuerzos por incorporarme. La cabeza hacía todo lo que podía por seguir mi directriz de no partirse en dos, pero a juzgar por el dolor no me estaba llevando mucho el apunte. El hombro lo tenía lleno de una pasta rojiza con olor dulzón, y la boca con un sabor agrio y carente de saliva, miré alrededor y reconocí el pie del lavatorio del baño, entonces me di cuenta que había podido dejar la puerta abierta y me levanté como pude, pero dos pasos más adelante perdí pie y pisada y fui a dar contra la mesita de luz que estaba al salir del baño, tiré al suelo la taza de café los libros el despertador y el cenicero, y decidí quedarme un rato más allí hasta que se me pasaran las ganas de asirme al parquet. Me dormí un rato más y entonces logré incorporarme y llegar a la puerta que no estaba muy  lejos , todo en ese mísero departamento excepto la salvación, estaba demasiado cerca.

Presioné fuertemente las sienes y luego las cavidades orbitales por encima de los párpados con los dedos medio y pulgar, bordeando los ojos, eso me hizo ver las estrellas en sus colores originales con resplandores plateados repletos de mil demonios, pero al menos consiguió aliviarme hasta que me pude sentar.

¿ Qué habría querido decir con aquello?. Lo cierto es que en Claudio no se podía creer ni cuando daba la hora, pero a veces decía cosas que parecían venir de otra dimensión, de una existencia por donde ni por asomo paseó vez alguna su codo ni  su trasero. Aunque quizás en aquella ocasión, justo gracias a lo absurdo que parecía, tuviese algo de sentido.

                  Tenía que salir de aquel antro o los pulmones me iban cobrar una factura aún mayor que los silbidos asmáticos y la tos de fumador que cada mañana resoplaban de los fuelles. Estaban bien adiestrados y podían optimizar la obtención de oxígeno de cada bocanada de aire, pero no les podía exigir lo imposible.

                  Llevaba cuatro meses alquilando ese departamento de un ambiente y ya me estaban pidiendo que lo abandonase con urgencia, ya que otros lo codiciaban como si fuese el Ritz, la propietaria era una conocida de mi amiga Karina, quien intercedió para el alquiler ya que un tiempo atrás solíamos dormir juntos y se nos estaba yendo todo en hoteles. Y aunque yo no hiciese demasiado por la salud ambiental de aquel rectángulo donde cada noche descansaba mis huesos por trescientos pesos al mes, lo cierto es que al viciado aire que se respiraba allí contribuían otros condicionantes , tales como que estaba encajonado, no recibía un rayo de sol en todo el año, si se lo aireaba entraba una corriente de viento gélido y húmedo que en invierno podía matar de neumonía y en verano de intoxicación a merced de los efluvios del pequeño patio al que daba.

                  “Al demonio con todo aquello”- me dije- si no puede esperar unos días más a que le pague dos meses de alquiler será mejor ganar tiempo e irme de aquel sitio. No sin antes darme unas cuantas duchas, algunas por higiene y otras para mitigar las jaquecas acumuladas.

                  Claudio me había dicho que en algunos sitios de la  costa cuando llegaba la temporada estival solía haber mucho trabajo, la gran mayoría del malo, del verdaderamente malo de ese que no pagan y si lo hacen solo pagan la mitad de lo prometido, pero se podía encontrar algún puesto de camarero en algún restaurante caro que permitiese regresar luego a la ciudad con unos cuantos billetes como para tirar unos meses sin preocupaciones. Gamotrán Camforte me repetía yo una y otra vez, no significaba nada, era como decir "barzao" en lugar de abrazo, pero sobre dos palabras que desconocía.

                  Junté todo lo de mi propiedad, que con libros incluídos  no llegaba a llenar dos bolsos deportivos, le dejé una nota a la conocida de Karina diciéndole que ya podía intoxicar a algún otro desprevenido con los pulmones más saludables que los míos, con respecto a la factura de teléfono le puse en la nota: “Dios te la pague”,  y me fui.

                  Antes de haber emigrado solía ir cuando era niño con mis padres a dos sitios de la costa , a un camping en San Clemente del Tuyu y a Villa Gesell. De aquello había pasado mucho tiempo, pero ambas seguían siendo zonas de veraneo, elegí Villa Gesell porque la gente me decía que tenía más onda, tanto la playa y el ambiente de la gente como los restaurantes y fondas donde se podía trabajar. Pero en realidad no había pensado en trabajar más que cuando me fui por toda la costa del Atlántico desde Uruguay hasta Guyana Francesa buscando un barco para convertirme en Simbad.

                  Fui a un pequeño hotel que había en la avenida Buenos Aires en pleno centro, cerca de donde paraba cuando era niño. Todo había cambiado, esa zona que otrora estaba entre pinos era en aquel momento un corredor de centros comerciales, eso sí diseñados con mucho mejor gusto que sus parientes de la ciudad.  Estaba plagado de pequeños bares, cafeterías, discotecas, balnearios, y la gente que estaba de recreo tenían toda la pinta de estar pasándola francamente bien.

                  Antes de ir un primo de mi padre me comentó que mi tío Ernesto, cuando era muy joven había comprado junto con mi abuelo unas tierras en Villa Gesell,  mi abuelo había tenido tiempo de venderlas cuando comenzó el desarrollo turístico , no así mi tío que estaba en otras contingencias. Fui a verlas, estaban justo donde ahora se encontraba la casa redonda, una casa que sería de lo más vulgar si no fuese porque sus paredes estaban dispuestas en efecto, de modo circular.

                   Un hombre que regentaba un bar familiar que competía  en hamburguesas y emparedados con un negocio tradicional de Villa Gesell, Sanguchetto, me dijo que podía empezar a trabajar cuando quisiese, me habló de pagarme una suma de dinero el primer mes y viendo si todo funcionaba bien me la doblaría. Le dije que sí y me fui a pasar un día entre los bosques de Cariló, una playa contigua donde se respiraba un ambiente mucho más tranquilo que en Gesell , donde el metro cuadrado era sensiblemente más caro y donde no había sorpresas bajo la arena.

  

 
 
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23 marzo 2012 5 23 /03 /marzo /2012 02:02

 

 

 

En Tordesillas, un hombre se acercó a la estatua de la reina de Castilla, Juana la Loca, como llevado por un ánima en medio de la noche, sin fuerzas en los pies para llegar más allá del monumento frente a los muros de casa del Tratado y al lado del sitio en que estuvo el Castillo donde la habían alojado por más de cuarenta años, acusada de demente por su familia para usurparle el poder. El hombre se quedó mirando fijamente los ojos de la estatua de bronce, soltando los prejuicios, dejando que apareciese lo que debiera aparecer, habló con ella, le dijo que era su fiel servidor, que él sería un caballero que no permitiría las vejaciones y los abusos que sobre ella cometieron su padre, hijos y apoderados, le dijo que sería un honor para él luchar por ella. Se sentó luego en un banco de hierro al costado de la estatua, y le reveló que ya nada significaba algo para él, se levantó nuevamente para despedirse de la estatua como corresponde a un caballero y tomar el camino del río, entonces ahí de pie frente a la estatua bañada desde atrás por la luz de un farol, ella bajó la vista y le dirigió una mirada firme y tierna a la vez, alzó una ceja y luego la luz de otra farola le ilumino la cara, el hombre pudo ver el rostro de la reina plagado de la más eterna de las corduras, de las marcas del dolor y la traición. Desde ese momento en que sintió un escozor por todo el cuerpo, un cimbronazo recorrerle la espina dorsal, se dirigió a mirar el río Duero desde el majestuoso puente medieval de la ciudad, pero ya no con la idea de tintes trágicos que llevaba en un principio.

 

 

Como si quisiese buscar a mi Juana, cada día bebía con mayor profusión, y lo notaba en la rapidez con que me hacía efecto y la dificultad de levantarme al día siguiente, pero había algo más. La borrachera se empezaba a componer del lamento fracasado, de un maremoto de gritos, cantos, bailes y escenificaciones que se convertían en piruetas peligrosas, a las que cada noche acudía mayor cantidad de tiempo y en la que me perdía cada vez más hacia su interior, una vez que empezaba a beber era como una carrera vertiginosa hasta alcanzar la narcosis, la semiinconsciencia.

La gente a mi alrededor tomaba la droga líquida como un medio para ligar, para desinhibirse o para soltar otras ataduras de sus diferentes timideces, yo diría que me ocurría eso pero profundamente, como si necesitase llamar a un monstruo que habitaba más allá de la timidez, en una caverna que solo se podía comunicar con la luz de la superficie de la vida ordinaria, de la normalidad, a través de una cascada de bebidas espirituosas continua, y eso le permitiese trepar a través de ella como si fuese una liana hasta la superficie y liberar su exhalación hecha aliento, su terror, su llanto agudo y a la vez sórdido, ancho y gris, eterno y seco, como un manotazo de una inmensa mano sobre una mesa.

La bebida me ataba a su barca cada día, como si hubiese jurado lealtad a un laberinto con una sola salida.

Bebía para recobrar la vida, para encontrar algo que la justificase, para encontrar en medio de una multitud de simulaciones, de gestos aprendidos, de rictus incorporados, a mi verdadera ánima, no al encuentro del grito sino al verdadero silencio de mi existencia, a la desnudez y la ternura de la mirada de mi particular reina Juana.

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
15 marzo 2012 4 15 /03 /marzo /2012 11:37

 

 

 

Bajé a  Madrid por un asunto de trabajo y decidí dejar el coche y moverme en el metro, que no sé si será el mejor del mundo como rezan los carteles colocados por el ayuntamiento, pero con seguridad es un medio de transporte muy cómodo, sensiblemente mejor que ir de aquí para allá con el automóvil sin saber que calle está trancada por reparación o cual acaban de incorporar a la prohibición de circular por ellas si no es residente, bajo pena de gruesas multas.

En cuanto me senté una señora mayor se quedó mirándome y me levanté de inmediato para cederle el asiento, me hizo un gesto con la mano indicándome que bajaba en la siguiente parada, sonreímos mutuamente y giré la cabeza hacia el otro lado pero con le rabo del ojo percibí que continuaba mirándome. A lo mejor si cerraba los ojos con fuerza y giraba nuevamente la cabeza hacia ella y los abría de repente, sería posible que me encontrase a una joven trasnochada, con la garganta seca y los pies ardiendo. Pero no, la joven estaba del lado en que yo tenía enfilada la cara para evitar el contacto visual con la anciana. Pero esa no me estaba mirando, no hasta que comencé a observarla. Del caribe me quedó el descaro para abarcar todo con la mirada cuando quiero tener una idea completa de algo. Le chica estaba de pie en diagonal a mi, tenía el pelo largo y vestía de vaqueros y camiseta ajustada,  llevaba unos auriculares cubriéndole las orejas, y movía levemente la cabeza, tarareaba la música, entonces me pareció adivinar un rock. Afiné mi pésima percepción auditiva y logré escuchar unos vientos,  trompetas o saxos. Ya había menos confusión, parecía funky. De repente miré a la mujer mayor y me sonrió una vez más mientras emprendía su andar hacia la puerta de salida, salió como si tararease algo, como si lo musitase.

Sacudí mi cabeza. La señora que había y yo éramos unos de los pocos que no teníamos walkman o iPod o mp4 o similar, emitiendo música en el oído.  Yo llevo la música donde quiera que voy, soy propietario del peor oído de que tengo noticias, pero aún así la música me embruja, la llevo dentro y a veces me muevo como la chica de los audífonos pero sin ellos.

Los primeros recuerdos de haber escuchado música es con María Elena Walsh. Acaso sigan siendo de las más bellas canciones en letra y música que jamás haya escuchado. Infinidad de canciones. Recuerdo también a las trillizas de oro, y a los payasos Gaby Fofó y Miliki, con su Hola don Pepito. Recuerdo el himno, la Aurora, el carnavalito en las clases de folclore, palito Ortega, Donald y las cosas que se escuchaban en casa. Mercedes Sosa, y toda la corriente de la canción protesta, y lo más beat que escuché antes de que mi tía Celia me llevase al cine a ver Yellow Submarine, y me quedase enganchado de por siempre a los Beatles y a mi tía Celia, eran los discos de Joan Manuel Serrat que había en casa, con su melena, la guitarra eléctrica y la batería.

Antes de irme de Argentina hubo una explosión de música rock, de la que alguna reminiscencia me llegó , pero con nueve años era poco lo que la disfruté, en los ámbitos de la izquierda clásica la llamaban música de drogadictos.

Cuando llegué a Cuba, empezaban los Van Van, que siempre fueron igual de buenos, sonaban modernos los Irakere, la Monumental , la Ritmo Oriental, y sobre la música revolucionaria, Carlos Puebla, y diferentes grupos infumables de los que no recuerdo ni el nombre. Allí conocí la música de Chico Buarque , la de Viglietti, la de los Fronterizos, Atahualpa Yupanqui, y Violeta Parra. Pero con nada de aquello movía mi cabeza  hasta que escuché a Grand Funk Railroad, y a partir de ahí comencé a escuchar rock, y funk a la hora en que podía molestar más. Carl Douglas con su Kung Fu, los Stories, con Brother Louie, Led Zeppelín, Deep Purple con Smoke on the water,  Honky tonk woman de los Rolling Stones y los eternos Beatles con cada vez más canciones.

Para entonces ya conocía a Pablito Milanés, Amparo Ochoa, Uña Ramos, Les Luthiers, El temucano, o Harry Belafonte. Como estaba rodeado de un ambiente politizado, el éter a menudo se sobrecargaba de música protesta. Creo que no hay cantante aburrido del Planeta que no me haya tragado por aquellos días.

Escuché a la Nueva Trova a partir de un disco de mi madre del grupo de Experimentación Sonora del Icaic, y en la canción Cuba va, era el ritmo y el modo de cantar que esperaba. Pero fue solo un espejismo, volvieron a la guitarrita como único instrumento y el verso libre ipso facto.

Bob Dylan, Grateful Dead, Rare Earth, Credence Clearwater, a los que llamábamos los Aguas claras.  Entró la música bailable, Silver Convection, Abba, Donna Summer, Bonney M, Gloria Gaynor, The Commodores, y la tapa al pomo fueron los Bee Gees, en ellos se detuvo unos años la moda musical, eran el paradigma de lo que había que hacer, hasta los Rolling  Stones empezaron a cantar con falsetes y a usar el sonido de los graves de modo exagerado.

Otra vez Led Zeppelin, Deep Purple, Genesis, Yes, Queen, Pink Floyd y entonces conocí a Jimy Hendrix y se abrió un nuevo mundo, incluso entendía mejor la música de los Stones, de Dylan de los Zeppelin, y eso me llevó a escuchar blues. También llegaron los discos de Peter Frampton con Show me the way, Ted Nugent, Pat Travers, y los Kiss.

Solo quería escuchar rock and roll, the Doors, The who, the Kinks, the faces,  Winter, Bowie, o los Police, pero también estaban Roberto Carlos Andy Gibb y Nicola di Bari.

 No fui el hacha del barrio bailando, pero me sabía mover con la música disco, nunca tuve mucha idea de bailar son ni música salsa. La verdad es que no me gustaban los bailes acompasados, me gustaba lo que a los viejos les escandalizaba, bailes en cada uno va por su lado, en que no se sabe quien es la mujer y quien el hombre, y que te dejan tan extenuado que más tarde toca bailar juntos, muy apretados.

Mucha música funky para luego terminar con Billy Joel, Barry White o Manilow, pechito con pechito.

  Entonces conocí el reggae. Marley , Tosh y Cliff. Y para mi solazo individual me dejé llevar por el duende del guagancó y otras formas de la rumba. También cantos afrocubanos a deidades del panteon yoruba. El tambor africano y las numerosas maneras que adoptó en Cuba aún me embrujan como pocos sonidos pueden hacerlo. A esa música no hay que pretender entenderla, comprenderla, sino que es mejor dejar que sea ella quien te recorra cada rincón, la cual te estudie.

Las chicas del rock que me movieron el suelo fueron Joplin, Pat Benatar, Patti Smith, y me gustaba el look de Chrissie Hynde, la de Pretenders.

Empecé a escuchar jazz, primeramente de Nueva Orleans, y Dixieland que es el mismo pero tocado por blancos, y luego swing, scat, ragtime, hasta que escuché be bop, en eso me quedé unos años. Luego Coltrane Keith Jarret y más rock de los viejos grupos. 

Al regreso a la Argentina entré en contacto con una catarata musical, el rock nacional, ya tenía dos discos de Sui Géneris y Pappo, pero conocí además otros grupos excelentes de Charly García, a Fito Paez, Baglietto, Spinetta, Porchetto, Los Virus, Abuelos de la nada, los blues de Celeste Carballo, Yorio, y mucho más Pappo y su guitarra gentil y abrupta.

Y al final me rendí y dejé entrar la música clásica, pero ese capítulo da para tanto que mejor lo dejamos en que ciertos compositores, los más conocidos por todos, me cautivan aún como en el primer día. Sobre los últimos años que viví en Buenos Aires comencé a acudir al teatro Colón a escuchar conciertos u óperas, con entradas muy acordes a la exigua economía que acuciaba mi bolsillo, siempre en las últimas plantas, en el gallinero. Luego en Madrid acudí al Teatro Real, ya en mejores localidades, pero siempre aquellas de oferta, lo importante era la música, que cuanto más alto mejor se oye.

También en España le tomé el gusto y el punto al flamenco, música de duende como los cantos afrocubanos y el blues. Mi mujer me regaló una guitarra Telecaster para un cumpleaños de hace una década. A lo largo de estos años no saqué más que algunos arpegios, ni armé más de dos o tres temas. No la toqué como Albert Collins ni Keith Richadrs, pero sí lo suficiente como sentir cierta forma autocompasiva del gozo aún siendo un oreja dura, alguien que genéticamente está menos preparado para tañir las cuerdas de un instrumento musical que para volar autopropulsado hacia el infinito, más allá del Sol.

A través de mi vida he escuchado la música con dos  fines. Una es  el aporte contracultural, la compañera constestataria, como para otros fue un rudimento revolucionario; la segunda es que me hace sentir un placer  atenuado, sostenido, como el efecto del agua de una pequeña cascada  de montaña cayendo sobre el reverso de mis manos, que me ayuda a sobrellevar los rigores cotidianos y consigue calmar alguna parte levemente rayada en el anverso de mi hipotálamo.

Cuando llegó la parada en que debía bajarme para ir a buscar el coche, vi la etiqueta del jean de la chica de los auriculares y como el pantalón escindía su cuerpo en dos mitades simétricas, noble zanja, entonces pensé en comprarme un walkman rojo como el primero que tuve, pero más moderno y pasarme el día moviendo la cadera  y los brazos al ritmo de la misma música de siempre en los nuevos soportes. Pero no sé si esos aparatos son precisamente para mi, que necesito ver gente alrededor compartiendo mi ruido o mi silencio, mi rock and roll de frenéticos riffs y punteos, para dejar luego que los mimos asomen con la sugerente melodía de el gato que está triste y azul.

O subir a la buhardilla y ejecutar en la Telecaster, alguno de los tres arpegios aprendidos, hasta que mi hijo y mi esposa  supliquen por silencio de rodillas y prometan ser buenos durante el resto del día.

 

           

 

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21 febrero 2012 2 21 /02 /febrero /2012 03:40

 

 

 

Hace poco vi un programa de televisión, en el cual un científico le  preguntaba a otro si creía que el arte es patrimonio exclusivo del hombre, a partir del hecho de que unas aves neozelandesas, creaban unas figuras con pétalos de flores para atraer a sus parejas.

Quizás lo que para nosotros se consiguiese conformar en una obra de arte, para el pájaro no lo fuese del todo, y estuviese más relacionado con el apareamiento, o el simple gozo de la cópula. Lo cual no descarta otro aspecto, quizás más sorprendente, relacionado también o más aún con la superioridad animal.

La noción del Yo.

Tanto el pájaro austral que llena de pétalos el suelo para seducir a una pareja, como el pavo real cuando se pasea con su abanico de colores, recrean  y barnizan la realidad, pero con una finalidad de carácter útil,  lo cual los aleja del arte, el complejo hecho de la expresión de lo intangible, de lo posible pero irreal, de lo veraz improbable, no predomina frente a la utilidad, sin embargo la manifestación de la individualidad, de la distinción personal, sitúa el hecho en un escalón también generalmente reservado a los humanos.

 El conocimiento del Yo y el deseo de ser elegido gracias a elementos que modifican el parecer del otro, que transforman la percepción de su persona, nos pone en presencia de un fenómeno tanto o más sorprendente de inteligencia de esos pájaros que el conocimiento del arte.

El pájaro no solo es capaz de decirle a su pretendida: _ Mirame, yo soy distinto de este otro- sino que además le dice: Mirame, yo soy distinto de mi mismo, ya tendrás tiempo de constatar mis verdaderos bríos, de calibrar mi calado real, mientras , deja tu imaginación volar, cariño-

Los grupos de monos no se andan con las florituras de los pavos reales para aparearse, más bien tiran de la fuerza para demostrar con quien conviene tener la fiesta en paz.

¿Explica esto de por sí que es más evolucionado el uso de la fuerza que el arte de la seducción para el apareamiento?. Desde luego la naturaleza así parece sugerirlo.

El hombre no prescinde de ninguna de ambas, se viste, se pinta, se nutre de elementos atractivos alrededor, se pone casas que enamoren, perfumes que atraigan, pero llegado el caso se muestra un tanto hosco cuando la democrática actitud de los pájaros neozelandeses no surten el efecto perseguido, y se lanza con una propuesta menos sagaz  aunque  más atrevida:

-Se acabaron las tonterías, dame lo que quiero o te las verás conmigo.

¿Será que la calma necesaria para llevar hasta sus últimas consecuencias la actitud civilizada, democrática, pacifica, constructiva para alcanzar una sociedad mejor, un mundo que prescinda de prácticas violentas, de reacciones que a todos nos involucran perjudicándonos, en tanto destruyen la concordia y la armonía, debemos rescatarla de algún tramo perdido de la evolución, en que sucedió la transformación no ya del mono en hombre, sino del ave neozelandesa en mono?

O si la característica de suprimir al prójimo, ganarle en la contienda, comprarlo o atemorizarlo, que precede en el desarrollo de las especies y las relaciones, a la seducción, se impuso como prioritaria en las especies más desarrolladas en el uso cotidiano, para preferir sojuzgar a persuadir, gracias a su eficacia inmediata y porque en definitiva la violencia, la usurpación, la conquista sean acaso impulsos más inherentes a la especie humana que la respetuosa espera de la elección del otro.

Al humano, animal que debió abandonar el limbo para luchar contra los caprichos del medio ambiente, no será fácil convencerlo de que para obtener un mundo feliz, lo mejor será usar los medios cordiales, amables y gratos, aún a riesgo de quedarse con la boca aguada.

Pero una vez lo hayamos hecho, habremos logrado alcanzar en sabiduría a tan proverbiales aves incluso superarlas, siempre que no se consiga demostrar que además, disfrutan del arte como enanos.

 

 

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22 enero 2012 7 22 /01 /enero /2012 02:03

 

 

 

 

Una vez de las que andaba sin rumbo fijo y sin embargo tremendamente orientado sin saberlo, llegué a Cayena, Guyana francesa , atravesando el río que separaba Brasil de Guyana en un bote , habiendo pagado 20 dólares en moneda cruzados novos. Yo tenía el pelo largo sobre los hombros, pantalones rojos a cuadros y una camiseta roja, que tenía un logo en letras amarillas que decían Love, en cursivas, mi amigo y compañero d e viaje Joao, me decía que después de cinco meses de llamar la atención por todo Brasil, no era el momento de cortarse con los pajueranos de Cayena, ya que lo más probable era que la policía no me parara, al verme con esa pinta. Yo le decía  Joao, te crees que son tontos? yo llevo ya inscrita ya marca del camino, el sol de Brasil y el color de ojos que da comer feijoada todos los santos días, con pupilas de arroz.

Nos bajamos de aquella chalupa , le di a duras penas el billete al flaco del machete y el revolver, y me bajé mojando las zapatillas le coq sportif, que ya estaban sino gastadas al menos rayadas, perdiendo la razón de tanto friccionarlas contra el suelo y los elementos. Dormimos en la casa que habíamos acordado, y al otro día el francés me dijo que no había problemas, que podíamos esperar dos días más en esa casa, con todos los gastos pagos, cervezas, música, carne de cerdo, pollo, verduras, y sorprendentemente, muchos libros. Joao leía en francés, yo no. pero hacía un esfuerzo con los libros de poesía de Guillaume apollinaire,

Ton frère

Allons vite nom de Dieu

Allons oplus vite.

   algo así recuerdo. cachaça , limón, camarones, patitas de chancho, música rock brasilera, a Legiao Urbana, no aguantaba ni a Sepultura con su heavy  metal pueblerino, ni a Os paralamas do sucesso, con su pop pretensioso.  También aprendía el pagode.

Pero con el mar de frente todo parecía bien.

Salimos a dar un paseo en un jeep hasta la ciudad, que era mucho más limpia y menos desagradable que lo que me habían jurado. Sería porque casi todos los lugares me gustan, o que habíamos ido muy bebidos y fumados. El hecho fue que en un bar descansamos cuando llevábamos unas cuadras caminadas, el calor y las gotas de sudor resbalando por el hombro de las botellas frías de cervezas, que se veían en las mesas de los comensales en la vereda, no dejaban opción. El francés pidió tres cervezas, y llegó un amigo suyo, al parecer nativo, se sentó en la silla vacía, y se pidió otra cerveza más.

_ Este país es una merde! me decía mezclando los idiomas, luego de haber terminado de charlar sus asuntos con el francés. Y me dijo que aún así era  la mejor de  las tres Guayanas.

_ Aquí llegan vietnamitas e indonesios, para sembrar la lechuga y el arroz, son maestros en ello, y los negros de Surinam y Georgetown.

Ya sabía que las otra Guayanas eran independientes y que toda la vida pasaron lamentando semejante osadía, ya que desde el día que se segregaron , solo les quedó un par de horas de dignidad. Al poco rato debieron bajarse todo tipo de amarraderas para conseguir lo que habían perdido siendo satélite de la Metrópoli. Mientras los independentistas de Cayena, estaban cerca del poder, los otros llegaron con sus expresiones cariacontecidas, para rogarles que no hiciesen los mismo, que luego deberían ir a vender la lechuga a lo que la lechuga vale en el mercado, en lugar de estar subvencionada por Francia. Y que se acabaría el franco francés, la telefónica de france, el hospital gratis, y si se terciara operación, un viaje a Martinique gratis, y si precisase de mayor alegría en el gasto, a París en un vuelo ambulancia a operarse con los mejores médicos. Los ex holandeses y ex ingleses les rogaban no lo hiciesen, ya que de ese modo ellos al menos tendrían un lugar cercano para ir a trabajar de vez en cuando, aunque solo fuese como trabajador golondrina.

_ Esto es una merde!- repetía el amigo del francés- Pero tenía pinta de  no irle demasiado mal las cosas-

Estábamos allí para seguir camino en un barco de buena pinta, dos motores, velas en tres palos, de varios pies de eslora y manga, con camarotes con aire acondicionado para los tres, y con varios equipos modernos de buceo. El trabajo no era sobre lo que más convenía preguntar si se quería hacer. Nadie tenía interés por saber que podían contener esas pacas, ni tampoco se iría a preguntar, era una especie de ley no escrita. Hay mucho dinero y diversión, tómalo o déjalo. Había conocido al francés en Macapá, y me había dado buena espina, pero ya esa espina se había esfumado. De todos modos por aquella época yo no estaba emparentado con el tipo de miedo que después conocí. O sea que simplemente desconfiaba de su lealtad al final del trabajo. Íbamos a ser marineros y buzos por un par de meses, y cobraríamos en Belice, desde donde nos podríamos largar por aire, barco o tierra a donde quisiésemos.  Yo pensaba ir a Dinamarca o a Canadá. Quería fumar tranquilo y lidiar con chicas fáciles.

Pero algo me olía mal, y no eran las cabezas de pescado que en Cayena tiran en unos latones , al lado de los bares y restaurantes populares.

_ ¿Sabe una cosa? , me dijo el amigo del francés. Usted ganaría mucho más si se queda entre nosotros trabajando, dese cuenta que aquí se gana en francos, y usted con su pinta conseguiría triunfar. Di un respingo , al viejo modo guevariano, esas proposiciones no se hacían por mi barrio de hombre a hombre. O sí. Y entonces me dijo:

_ Amigo, en los dos países de al lado , la gente después de la independencia se empezó a matar por nada, a robar , a crear cizaña entre la familia. No hay descanso para el mal en la libertad de nuestros vecinos. En cambio amigo nosotros seguimos con bandera francesa, con moneda francesa, y cantamos la Marsellesa, que además es un himno agradable, y  nuestros hijos se van a estudiar a la Sorbona, o se prueban en el Paris Saint Gemain. No amigo, me da igual lo que diga un papel que soy, ya que ningún papel dirá nunca lo que  yo soy, ni a nadie más que a mi , le importará donde va a parar este negro culo.

Chocamos las cervezas , habremos bebido unas cinco o seis más cada uno,  y nos fuimos de aquel lugar antes de que el moreno que acompañaba a una de las muchachas que flirteaban con la mirada a nuestra mesa, decidiese que debía abordarnos.

Una vez en la casa, le dije a Joao, mi amigo de Curitiba, que yo no iba a Belice, que me olía raro aquel trabajo de buzo tan bien pagado. Porque aunque se pagaban bien los trabajo puntuales de buzo, para sacar coral negro, para hundir un barco y hacer pecios, para limpiar un casco de barco o rescatar un cuerpo ahogado, inflado, apestoso incluso a cuarenta metros bajo el agua. Para sacar piezas antiguas de galeones españoles. Todo eso era pagado un poco mejor que cualquier profesión, incluso bastante mejor en algunos casos. Pero no con aquella diferencia.

Por la noche Joao y yo  salimos en silencio de la casa, con las mochilas y un pedazo de jamón en cada una, cigarrillos y cachaça. Atravesamos nuevamente el río , por veinte dólares. Y volvimos a Belén de Pará.

En un albergue que nos quedamos a dormir, yo recordaba al viejo Angelo, que nos decía en su hotel restaurante de Paratí,  en el estado de Río: _ No confíen en nadie que no les proponga trabajar fuerte.

El amigo del francés casi me convence. Ya que su trabajo no parecía ser  especialmente duro, aunque tampoco un chanchullo  tan evidente como el del francés.

Quizás debimos habernos quedado unos meses en Cayena probando suerte. Pero el francés, en su habitación tenía revólveres  y más balas que  sábanas.  En sus ojos había aún una brizna de bondad. Pero no podíamos apostar a ella, era muy poca.

Y para el sincero trabajo que nos ofrecía su amigo, no estaba hecha mi consistencia, mi persistencia, yo tenía sed de aventura, pero no de trabajo, yo no venía huyendo de la libertad hacia  la colonia.

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