relax
El viaje
Me llevó una harpía, me ubicó en una cueva, dijo que era un secuestro amable, gentil, que me colmaría de placeres y me dotaría de habilidad y fuerza, Así fue que viví con Shira, mi harpía amante, algunas partes de su cuerpo estaban compuestas de plumas y pezuñas, otras, las nobles, estaban cubiertas de piel tersa de mujer divina, en la penumbra de aquella cueva en lo alto de una colina desde donde se divisaba la miseria y grandeza del monte Olimpo, había noches en que mi alma se hundía en la zozobra, entonces ella colocaba mi cabeza entre sus piernas y me embargaba una sensación de paz infinita cuando los labios de su vulva lamían mis mejillas, mis párpados, los ojos, nos fundíamos en un beso que hacía desaparecer el tiempo y la nostalgia; la vida y la muerte correteaban entre las piernas.
Un día me sorprendí besando sus pezones rodeados de plumas, acariciando sus pezuñas, temí enamorarme sin remedio. Sabía que debía volver a vivir con los peligros del aire y el sol, de la gente, los manjares y la guerra; pero a la vez sabía como si se tratase de una premonición que nunca volvería a sentirme tan protegido, y en cada espasmo se me anunciaba que no volvería a experimentar el arrullo mullido de las circunstancias presentes en aquella cueva de los orgasmos.
Aún así un día aproveché el paso del grifo Afen, uno de los pocos amigos que Shira dejaba entrar a la cueva las noches de fiesta en que bebíamos Úk, para pedirle que me llevase al prado más allá de los montes. Fue a recogerme al día siguiente mientras Shira estaba fuera, nunca quise saber que hacía ella durante sus ausencias de la cueva.
Había intuido que Afen estaba enamorado de Shira y no lamentaría demasiado mi huida. Sentado en su lomo, mientras atravesábamos nubes entre la luz que volvía bañarme, sentí a mis ojos pugnar contra el viento por lograr que brotaran lágrimas. Aquello no era una huida, era una dolorosa partida, un adiós sin despedida.
Afen el grifo, mi amigo por siempre me dejó en un claro donde pastaban bebían y cazaban los Sátiros, así que debía apresurarme en encontrar una manera de continuar mi regreso.
Comencé a galopar convertido en un centauro invadido de bríos y seguridad que me daban el arco y las flechas que sostenían mis manos, hasta que se presentó delante mío el bosque de las Medusas con sus riesgos más que tangibles, entonces los cascos de mis patas se elevaron, mi torso velludo se convirtió en el orgulloso pecho de un caballo, se estiró mi cara y sentí un par de alas extensas moviéndose hacia arriba y hacia abajo mientras me elevaba por mi mismo.
Todavía muy lejos del sitio donde me raptó Shira, atravieso el aire invadido por una energía que doblega el cansancio, dejo de ser un Pegaso, todo mi cuerpo arde y sin embargo, con los restos de fuerzas que me quedan, las influencias del amor de Shira, la compasión de Afen y los restos del efecto del Úk, no paro de volar, me elevo hasta donde las tejas enseñan sus mejores vistas y las brújulas sus secretos más celosamente guardados.
Mudanza
Cuando pienso en mi generalmente me represento con la imagen de un buen tipo. Sin embargo en el fondo no estoy tan seguro que esa sea la imagen que proyecto con la frecuencia que me gustaría admitir.
Acabo de bajar a comprar un refresco frío, algo de ensalada, pan y algún aperitivo, para ver un partido pertrechado de víveres, una vez en la cola para pagar se paró detrás de mi una cajera de ese supermercado, con la que una vez tuve un desencuentro mientras pagaba, por una actitud que consideré impertinente de su parte, después de aquello cada vez que nos cruzábamos por los pasillos ninguno hacía el mínimo gesto de saludarnos como era habitual con los demás dependientes.
En un momento la sentí tan cerca detrás de mi, me sentí tan equivocado, de repente vinieron a mi todas las personas con que estoy distanciado, con las que me he peleado, con las que no nos hablamos más, por supuesto por algo de lo que "yo no tengo la culpa", las que no volví a ver y las que no conoceré por haberme vuelto un ser tan recluido, tan exigente, tan incluso cascarrabias, cosa que detesto; entonces, a un par de días de mudarme de barrio, decidí girarme y hacer un esfuerzo por ser amigable.
_ Hola- le dije- ¿ya vamos saliendo?
- Sí- me dijo sonriente. ya se acaba el día-
-Pase adelante- le dije, ella amablemente declinó el ofrecimiento, hasta que hice el gesto de quitarme de la cola y no regresar hasta que no pasase delante mío, detrás de ella había otra dependienta con una compra también que la invitó a aceptar mi ofrecimiento y la propia cajera la miró como diciendo, "no lo dejes así" . Entonces pasó adelante, pagó y me sentí en el aire.
Las "gracias" que me dio y el "de nada" que le devolví y el "hasta luego" al salir fueron como poner en marcha una alfombra mágica para atravesar aquella puerta automática enorme, hinchado, aireados los pulmones y el alma, con mis bolsas en la mano y la disolución de aquel percance que se había envenenado por un rencor absurdo, tan antiguo como la huella, tan pesado como los inicios, procedí como mi abuelo y mi abuela me habrían dicho que debe hacer un caballero antes de irse de su barrio.
Entonces camino al apartamento, por un instante, empezaron a venir a mi, tímidas, incipientes, las sonrisas de aquellas personas con las que estoy distanciado, de aquellos con los que me he peleado, y de alguna manera empezaron acercarse todos aquellos a los que jamás voy a conocer.
Todo es sal
Podría estar de pie moviéndome como un péndulo invertido y luego sentado en Astorga, en Comillas, en la calle Ancha de León o en el Passeig de Gracia en Barcelona quedándome pasmado con el bojeo a la locura con que Gaudí dibujaba contornos que establecían los límites de la razón. Lo había hecho muchas veces; podría estar enrollándome en mi caparazón, comiendo esas bolas fritas, o esos sándwiches con pan de pita.
Pero le pregunté a un tendero de un quiosco en las Ramblas si tenía una camiseta de Gaudí y una de Messi para mi hijo, me mostró una horrible y una carísima, le dije Meherbani y también Shukría, ese no sonrió como el del día anterior en la noche y al revés que el de la mañana en el supermercado y la tarde en el helado y la pizza del Gótico.
Para no decir meherbani cada tres palabras fui hasta el barrio del Borne y hasta Sant Antoni, no porque no quisiese poner en práctica las dos únicas palabras indias que hablan también los pakistaníes, es que quería comer pan tumaca o pizza pero hechos por catalán o italiano.
Una pierna entraba al agua, una chica que conversa con las olas catalanas en otoño invierno y primavera, en verano se va al mar Báltico, una cadera divina entraba a la sal mojada.
“Todo nos male sal”
Una muchacha con trenzas y poca higiene, descansaba eternamente sentada contra una pared, al lado de una colchoneta , una lata con monedas, un perro blanco, y un cartel que rezaba: “ No tengo trabajo, por favor ayúdenme” mientras leía a Hesse. El perro era para soltárselo a quien osase conseguirle trabajo.
Empezó a llover y entré a una tienda de música con el inquietante nombre de: “Beethoven”. Sin embargo la tienda era exquisita, deliciosa, vendían libros de música, pentagramas, discos, métodos para tocar diversos instrumentos, un hombre y una mujer ancianos estaba en el piano, él sentado tocando y ella de pie cantando. Compré un cuaderno de pentagramas y una cajita musical y cuando fui a pagar el dueño me dijo en tono catalán que el anciano era su padre y la señora una clienta, hablamos de los pequeños y medianos negocios y recién me di cuenta de que hasta ese llegar a garito coqueto, todo aquel a quien me había acercado para preguntar un precio, era paquistaní. Todos. Caso no hay tiendas en las Ramblas que no sean de camisetas de fútbol y de Gaudí de bajísima calidad, o de supermercados de toda la noche, con botellas de refresco a precios de botellas de vino bien envejecido. Antes de irme el dueño me dio la mano y le dije “merci” que es parecido al galo pero en tono catalán. Me sentí extraño no diciendo Meherbani ni Shukría ¿cómo osaba un catalán del barrio de san Antoni resistir con Beethoven a las camisetas onerosas de pésima calidad?
Un mango de dos semana y más adelante un grupo de jóvenes pescando a transeúntes distraídos. Los saltimbanquis, malabaristas, mimos dieron su espacio a vendedores de helicópteros luminosos, cervezas en pack, y pescadores de incautos.
La pujanza paquistaní echó del barrio a los comerciantes, primero a los de otras tierras y luego a barceloneses, más tarde limpiaron las calles de mis amigos Mobutu que en toda ciudad del mundo están con sus mantas y sus discos, o con las camisetas de Messi con mucho mejor precio que el pícaro de la tienda no oficial, y una sensible mayor disposición a sonreír y agradecer el dispendio de morlacos.
La chica pez metió ambos pies en el agua, prefiere lidiar con el frío de la sal mojada, “todo nos male sal” porque en la ciudad ya no hay gente. Hay plagas de Mac Kebab.
Las piernas salen del agua, el perro ladra “meherbani”, el de la tienda detiene un tiro libre a Messi bajo el arco del Liceu. Mobutu toca Heroica, la sinfonía número tres de Beethoven mientras los viejitos cantan:
Que Viva la Pepa.
Monos y Simios en Navidad
Nunca pensé que iba a decir esto, pero de esta navidad mi ánimo sale ileso, incluso reforzado, no me ha asaltado ese rechazo ancestral que experimento frente a toda colectiva representación histriónica de la satisfacción y la felicidad absoluta, del amor y el cariño familiar empapados, sumergidos, ahogados en almíbar, azúcar y miel. He pasado dos días preciosos, las navidades más lindas que recuerdo, caminando por el campo, por el río por la ciudad con uno de mis hijos, conversando temas en los cuales cada vez sus acotaciones y aportes son más instructivos y frente a sus preguntas cada vez estoy más desnudo de respuestas, lo cual tiende la misma cuerda de siempre pero para anudar un tipo de lazo novedoso, de doble cierre y apertura. Cocinando comidas por primera vez, y sobre todo, no abriendo ningún condenado envoltorio de regalos, con los cuales desde siempre se ha comprado el amor que los críos manifiestan por estas fechas, ya que si se les dijese a los niños que Papa Noel viene a pedirles ayuda con sacrificios, a demandar juguetes o caramelos, no habría ni uno sólo que en su fuero interno se creyese que es un viejo que viene de Laponia con renos voladores y si algún mequetrefe despistado lo creyese, se lo reconocería huyendo despavorido de las cercanías de la chimenea. Dos días desempolvando recuerdos, encendiendo futuras anécdotas y compartiendo algunos silencios.
Estos dos días comprobamos que el ilusionismo de la magia de la Navidad, inexistente al margen de la intensidad de los nexos entre las personas, no tiene porque estar representada por la prestidigitación y los trucos de todos esos enormes almacenes.
Filigrana low cost
Día del cine en España, entrada dos noventa ......pero amigos, sólo un asiento quedaba para una sola peli de las seis que ofrecía el cartel, heme ahí entre publicidades, comentarios de atrás, delante, babor, estribor y cientos de dedos escarbando y miles de muelas mascando palomitas de maíz al compás de una orquesta de sorbos de súper vasos de Pepsis a siete euros el combo.
¿Dos noventa? - Con gusto lo habría abonado diez veces a Belcebú a cambio de un acto de prestidigitación que me dejase a solas en la sala, rodeado de penumbra y misterio, sin rastro siquiera de la más esmirriada de aquellas palomitas pip pop.
Nunca aprendo, eso de quejarme siempre recibe el escarmiento de una posterior instancia sensiblemente peor.
Cuando amainó el ruido de dientes, muelas, labios, pajitas, burbujeante agua azucarada y comentarios mermados, disecados de cualquier brizna de ingenio, entonces la película estaba ya adentrada en su condición de "clavo" antológico y cabalgaba rauda a la grupa de un rayo en dirección al más gélido de los aburrimientos; justo cuando la jauría "mascatoria" y "chupatoria" refrenó sus ánimos depredadores, el navío puso decididamente proa al abismo del tedio más acuciante.
Aquella película parecía haber sido pergeñada en el averno de lo inerte, casi me despojo de un llanto interior por el sacrilegio de quejarme de la algarabía vecinal.
Al pálido desamparo del tedio de entonces, bendito se mostraba el recuerdo de aquellos ruidos que la insensata e irresponsable blasfemia de mi brío irreflexivo había bautizado de insoportables.
¡Oh blasfemo, pagarás cara tu ignominia y purgarás tu sucia traición!
La cinta se adentraba en el sólido y sin embargo espeso cuerpo del plomo narrativo dejando sentir en el descenso a la penumbra, la inmensa pesadez del vacío, la insoportable carga de la ingravidez, sentí el paso de cada instante en cada punto de mi cuerpo, un armisticio entre el fluído y la sed, ora una costilla presionaba mi carne arrinconada por una sobreinhalación que abarrotaba de aire el pulmón, ora escuchaba el transcurso sibilino de cada segundo y lo oía regocijarse contra las paredes de la eternidad simulando revolverse sobre sí mismo y regresando a un punto desconocido más allá y acá de cada inacabable minuto que se fusionaba con el esperpento proyectado sobre la pantalla mega dolby sistema, de cuarenta y dos mil canales de diáfana mediocridad.
La conquista del hastío era absoluta, tamaña languidez daba una precisa noción de la desesperación que produciría la eternidad, el paso apático del tiempo me llevó a sentir la mezcla de fragancias de cada microbio ascender por las vías nasales reconociendo o esquivando cada milímetro de mi interior.
Las escenas de la película salpicadas de disparates descendientes de la primera célula humana que se aterrorizó por la aparición de la inteligencia en aquel pionero primate, carecían de sentido, de concatenación, de hilo, de sinopsis, de discurso, de conducto, de agilidad, de gancho, de gracia, hasta que en mi fuero interno, eternidades antes de que acabase mi film barato, imploré y lloré a los dioses de cada panteón, y en particular a Tutatis y a Babalú, por el retorno del recreo bullicioso, el estruendo liberador de las palomitas, los añorados comentarios aleatorios y aquellas amorosas burbujas azucaradas.
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