Shinkansen
Si Paris es la ciudad de la luz, Tokio es la ciudad del brillo.
No en vano le llamaron a Japón el Imperio del Sol naciente. Los tokiotas, viven iluminados por los carteles publicitarios- pensó Tama, que no vivía precisamente de día- cruzan calles, comen, beben con prisa excepto los sábados, van a las salas de juego donde pueden pasar horas, o de compras de tecnología o ropa de moda exclusivamente japonesa, deslumbrados por los cambiantes colores e intensidades del haz lumínico de los carteles que cuelgan desde todas las alturas de la ciudad.
Tama era hondureño y debía su apodo a la abreviatura de su nombre, Tamarindo, que había sido motivo de chanzas durante toda la escuela primaria y secundaria. El padre amaba el jugo del preciado fruto, mientras la madre quería ponerle Cafetal, ya que decía que Café, le parecía demasiado corto. Ganó Tamarindo, y cafetal se lo tuvieron que poner a la hermana menor. Casi no había día en que Tama no tuviese una discusión áspera a la salida de la escuela, a causa de las burlas por su nombre o por el de su hermana, la que se hacía llamar Cafa.
Tama trabajaba en una empresa que le propuso mudarse dos años a Japón para cubrir una importante plaza, cuyo fin era más aprender que producir o enseñar. Se acostumbró rápido a los cambios de costumbres y horarios, a las sorpresas y los nuevos placeres, estaba haciendo amigos nuevos, al estilo y con los tiempos y distancias que exigían las costumbres tokiotas, no tan tradicionales como temía en un inicio, pero tampoco tan extrovertidas como acostumbraba. Pero la amistad que más atesoraba era la de Akiko cuyo significado es “luz brillante”, una educada y sonriente osakeña, se estaba enamorando pero quería tomarse el mismo tiempo que ella en ir materializando el lazo de amistad con ella, de confianza, de cercanía, lo que según intuía sería la mejor coraza para la conservación del amor. Pero el tema es que ya la estaba deseando casi sin interrupción, en la vigilia con las miradas y los gestos, de noche con sueños cada vez más frecuentes y cada vez más húmedos.
Dientes de perro
Buenos Aires vida cotidiana y alienación, ¿te acordás que fue el primer libro que me recomendaste?
-No era alguno de Bukowski?
-No, cuando te conocí todavía no lo habías leído.
Gabor sentía un enorme placer en esas conversaciones que evocaban el transcurso de cualquier tiempo pasado sentados leyendo, discutiendo sobre películas, libros , fumando marihuana o contándole historias cómicas, sentía que no existía nada que lo pudiese afectar mientras estuviese hablando con Lesa o recordando esas charlas en una nueva conversación, hablabando de tiempos pasados sentados en los mismos sillones, cruzándose las mismas miradas y escuchando el mismo tono de voz. Aunque entre visita y visita su vida cotidiana fuese muy distinta, sin hombros relajados, sin el culo bien apoyado en un sillón y los pies cruzados sobre los tobillos en actitud de “nadie me espere porque de aquí no me pienso mover en mucho rato” .
Gabor tenía solo veinte años cuando conoció a Lena, el doble de su edad, ella le enseñó secretos de Buenos Aires y de su riqueza cultural que él no conocía, y que de no haberla conocido probablemente jamás habría pasado ni cerca. A cambio él le aportaba a ella la desfachatez y ausencia total de melancolía del joven que acababa de despedirse de la adolescencia, estrechaba la mano de la adultez y experimentaba la inmortalidad, el mundo se reducía a una bocanada de aire que podía deglutir y devolver hecho poesía en un suspiro.
Había atravesado cada uno de lo estadios del alcoholismo y más reciente de la adicción a la cocaína, pero ya no tenía otra cosa que contenes y límites, vivía entre consideraciones, balances, reflexiones, reparos y frenazos. Ya nada era como antes, largarse a correr y sentir que las zapatillas se gastaban a un ritmo desenfrenado, gastando la suela hasta casi dejar las plantas de los pies al aire, al asfalto y las piedritas que hacen que uno deje de correr, tan poco habituado a pisar elementos sólidos y puntiagudos, como los negritos cubanos que corrían por el diente de perro en el malecón hasta que llegaban al borde y saltaban al agua, lo que embargaba a Gabor de un barniz familiar de la envidia, peor no era exactamente envidia, era más admiración, quedaba seducido por algo que él jamás podría hacer, ya que las veces que intentó emularlos, apenas se quitó el calzado, que tampoco era cuestión de dejarlo con el pantalón sin vigilancia, ante un más que posible extravío, iba pisando con el costado del pie, dando pequeños respingos cuando el dolor de la piedra erosionada se hincaba en sus plantas delicadas, pero ¡ah! La venganza llegaría rápido, muy de prisa, en solo unos segundos y delante de los propios ofensores, ellos solo eran buenos hasta el borde del diente de perro, una vez que habían saltado al agua no valían mucho, en cambio Gabor nadaba como una tabla de surf, con estilo aprendido de niño en una piscina porteña con profesor de natación, y encima, le gustaba el mar, así que se alejaba de la orilla como solo hacían los pocos que se adentraban con patas de rana careta y escopetas de ligas para pescar algo mejor que un pez mojonero. Se alejaba tranquilo ya que siempre dejaba a un amigo al cuidado de la ropa. Ya nada era como tirarse al agua tras llegar al borde la cueva de los tiburones con una torpeza digna de las mayores burlas, y después llegar casi al primer veril con estilo de Weissmuller.
Arancini
ARANCINI
En Palermo le llaman arancino mientras en Catania arancina, lo cierto es que esas croquetas sicilianas, en masculino o femenino están igual de buenas. Los arancini son unas croquetas de arroz en forma más de pera que de naranja, rellenos en el centro de queso mozzarella o caciocavallo, de ragú de carne, de atún, de lo que se le ocurra a los innovadores gastronómicos, pero lo que tiene que ser perfecta es la forma, el color , la textura exterior y el punto de cocción del arroz.
El flaco Bruno, apenas llegó al aeropuerto de Catania y salió al salón donde esperan los familiares, se fue directo al bar que está frente a la puerta automática, desde más o menos una hora antes de llegar a Sicilia, ya iba pensando en avión en el arancini que se comería, para él la pauta que le decía que ya estaba en la isla, como cuando empieza el día sólo tras tomar el café de la mañana. Y ya que estaba en situación de reencuentros, también se tomó dos cafés ristretto seguidos, tras los cuales, además de llegar a Sicilia, y para dolor de todos los separatist6as, también consideraba que en ese preciso instante, llegó a Italia.
Bruno era cubano, hijo de un médico italiano nacido en la zona del Abruzzo, en Montesilvano, la zona de playa vecina de Pescara y una periodista cubana que nunca había querido irse de la isla más que el estricto mes que cada cuatro o cinco años empleaban en visitar a la familia del padre de Bruno, que insistía al borde de los ruegos que se decidiesen en ir a experimentar como sería trabajar un año en la península
-No tiene que ser en Pescara, puede ser en Roma, estamos relativamente cerca o donde les guste más, aquí también tenemos un mar maravilloso- pero la madre de Bruno hacía que la mesa la presidiese un silencio tan intenso, que el padre entendía que su única opción era romperlo cambiando rotundamente de tema, usando un tono de voz que sugiriese de manera expeditiva a sus padres que no retomasen el tema en lo que quedaba de vacaciones.
Sin embargo, Bruno sí que una vez que tuvo la oportunidad se fue a vivir a Italia, donde vagó de un lado a otro, primero echando de menos la manera única de emplear el tiempo en Cuba, imposible de reproducir en el resto del mundo, donde generalmente la catalogan de pérdida ¿pérdida de qué? ¿de la oportunidad de alienarse en un trabajo odioso? ¿cómo se puede llamar pérdida al ejercicio de la comunicación en todas las dimensiones posibles, risas, cuentos, canciones, bailes, singueta? Pero al final Bruno entendió que alguien tenía que pagar todo ese perfeccionamiento del alma y los ademanes en la esquina, y si no había estado, debía ser un familiar o alguien que quisiese ejercer el mecenazgo ¿a cambio de qué? ¿a cambio de pinga o de muela? Pensaba Bruno. Yo soy bueno en ambas, pero también puedo probar a trabajar. Y entonces e fue a Francia.
A los amigos les hablaba de Francia en las cartas como si fuese en París donde vivía, pero no, vivía en Lyon, que estaba bien, que era linda y tenía buenos vinos, de la Costa de Rhone, pero hasta ahí nomás. Cada vez que podía se pegaba un salto a Sicilia, a la Puglia o a Brindisi. Él decía que Sicilia era una isla como Cuba y que en cierta forma todos los isleños de islas grandes tiene una melancolía similar, a la Puglia por la comida y a Brindisi y Bari por el mar. Decía que el norte de Italia le parecía muy lindo pero ya Lyon era demasiado norte, además no tenía mar, y él quería ver el mar.
Santos, Villadangos y Carmen.
Acaso por portar este patronímico de origen alavés pero de mayor arraigo entre asados y mates, Guevara, es que desde pequeño convivo con historias que tuvieron lugar tras el golpe de estado a la República Española, y sobre varios de sus sobrevivientes exiliados en Altagracia, provincia de la Córdoba argentina, auxiliados en principio por, entre otros, mis abuelos Ernesto y Celia. Alberti, Manuel de Falla, o los González Aguilar, quienes llegaron hasta mis días como parientes, primos y tíos. Juan González-Aguilar tras un periplo durísimo que incluyó un campo de concentración en Francia, consiguió exiliarse en Argentina, sus hijos crecieron casi como hermanos de mis tíos, Pepe era intimo de Ernesto, Carmen de Celia, Paco de Roberto. Los hermanos de Juan habían formado un cuarteto de laúdes llamado "Cuarteto Aguilar" que en su momento recorrieron Europa y América deleitando oídos con acordes medievales. También tuvieron que dejar España.
Cuarenta años más tarde, llegó la dictadura militar a Argentina, en 1976, y Soledad, una hija de Carmen que militaba en una organización revolucionaria, fue secuestrada, brutalmente torturada y asesinada, mientras su hermano Juan, fue a prisión formando parte de los diez mil presos políticos reconocidos por la Cruz Roja Internacional, entre los cuales estaba también mi padre, el pequeño Juan, en el momento de su caída, contaba con diecisiete años. Carmen volvió a exiliarse, en esa ocasión al país que la vio nacer e irse siendo una niña. Hasta que en 1982, mi tía Celia, Carmen y otros familiares de presos políticos argentinos, decidieron ir a visitar a sus hermanos e hijos, movieron cielo y tierra a nivel internacional y nacional para poder entrar a la Argentina y poder viajar a Rawson en el frío sur argentino, para entrar hasta la sala de visitas, vigiladas por los servicios de inteligencia.
Eran leonas, de ahí el rugido.
Tras ocho años de prisión mi padre tuvo una visita, la de su hermana carnal y su otra medio hermana "gallega", que visitaba a su hijo Juan, que a esa altura, ya no era adolescente, había crecido a guantazos y terror. Victor Hugo decía en Los Miserables, que el penúltimo peldaño en la especie humana era el preso, y un poco más abajo, el último, era el que cuidaba al preso.
Hace unos pocos años fui a Barcelona con mi hijo menor, quería que conociese a Carmen, una parte vital de la Historia contemporánea de España y Argentina, estuvimos charlando mucho y ella seguía diciendo lo que llevaba décadas asegurando, "todavía tenemos a Franco gobernando". Nosotros seguimos camino a Francia, y a los pocos días me informaron de la partida de Carmen González Aguilar a sus noventa años sin ver, según ella, la muerte de Franco.
A partir de este 24 de febrero, una nieta y una biznieta de Santos Francisco Díaz, un represaliado, asesinado y desaparecido, podrían tener la extraña sensación de encontrar al fin los restos de su antepasado antifascista, a más de cuarenta años de establecida la democracia y de reiteradas negativas, silencio, omertá, que tanto las autoridades nacionales, como regionales, iglesia y vecinos, han impuesto para encubrir los más execrables crímenes de la pasada dictadura.
Los huesos de más de ochenta "paseados" por el franquismo, eufemismo para el vil asesinato, se encuentran en una fosa común en el cementerio de Villadangos del Páramo, provincia de León, donde hasta pocos meses, el alcalde con la triste aprobación de la mayoría de sus vecinos, negaron en votación la posibilidad de darles entierro con los homenajes merecidos y el obsequio de una demasiada póstuma lágrima, quizás mezclada con un suspiro de alivio, con una mueca que entrelaza el dolor con la sonrisa final, o inicial.
Una vez que no hubo ninguna justicia para condenar estos crímenes, ni una condena unánime en el Congreso, ni una retirada de medallas a los asesinos que las cometieron.
Hace un tiempo, alquilé una "casina" precisamente en ese pueblo durante casi un año, antes de trasladarme con mi familia desde Madrid a vivir en León. Recuerdo que los vecinos me miraban con gesto hosco cuando el domingo, en vez de caminar hacia la iglesia para asistir a misa, me iba a tirar pelotas al aro de baloncesto. Aunque me causó repulsión, no me sorprendió en absoluto cuando supe sobre la votación de la asociación de vecinos.
Yo también asistiré a la excavación, así llevo a Carmen, a Juan, a Pepe, a mis tíos a mi viejo, y les digo en voz baja, que a lo mejor ya empieza a clarear.
Anagrama
Desde pequeño tengo la costumbre de rascar cosas. Paredes, ladrillos a la vista, sillones de vinyl y un poco menos de cuero, sillones de tela, a veces cuando niño me agachaba a rascar el suelo cuando encontraba una baldosa de una ínfima rugosidad, que le causase a mi cerebro el placer que las uñas le transmitían. Todavía, de vez en cuandoen ocasiones, cuando paseo y el viento me da de frente, cuando me siento con el lindo subido, esos días en que la gente me mira más, entonces es como si por osmósis apareciese la baldosa perfecta bajo mis pies y el mundo se detuviese por el instante en que me agacho a pulir el firmamento.
Es una característica que, junto a mi otra costumbre de oler el aire batiendo una mano delante de la nariz para poder apreciar la fragancia y determinar que se teje en los entresijos de la apariencia, enlazan una hoja con otra de mis distintos yo que fui a lo largo de la vida; no es que me reencuentre a mi , sino que vuelvo a ser yo encontrando al mismo mundo. Siempre olí y siempre rasqué las rugosidades, el placer que me transmite es instantáneo, y no precisa de gasto de dinero ni de energía, ni de pudor o audacia como puede ser la seducción, es un placer íntimo e intransferible, pero tampoco razonado, nunca intenté siquiera asomarme a entender por qué me llena tanto de gozo encontrar la superficie o el filo o ángulo más propicio para ser rascado.
En especial me paso el tiempo rascando mientras leo un libro cuya tapa me brinde ese tacto. Confieso que el clímax lo alcanzo con los libros de Anagrama, cualquier libro de Anagrama amarillo, de los que fueron mi biblioteca favorita , los Auster, Carver, Tabucchi, Ian McEwan, Bret Easton Ellis, Martin Amis, Bukowski, Carrére, Kazio Ishiguro o Karl Ove, que alguien encuentre en una biblioteca con asomos de surcos sobre su contratapa, áspero su lomo, escalonado como una sierra el filo de la tapa, puede apostar a que pasó por mis manos.
Unido al placer que me donaba leer esa narrativa pura, destinada a describir cada paso observación, asociación, obsesión, que tan bien manejaban los escritores escogidos por aquella primera Anagrama creadora legiones de cultores, al mismo tiempo que mi cerebro disfruta del vuelo sinuoso de las letras como un tul que escapa elevado por el viento, es aderezado por mi disfrute más primario, afilar la queratinización de la lúnula con la cera de la portada, sin llegar a dañarla, sólo dejar mi marca como el animal desconocido del que provengo y no figura en los compendios biológicos, sólo por placer, no para escarbar como un perro , un lobo o un zorro cuando, ni como un águila cuando rasguña la corteza de la rama de su árbol preferido, ni siquiera como cuando león se lo hace al tronco.
Acaso no haya mejor síntesis de esta formación estrafalaria que somos los humanos resultado de las veleidades de un conjunto de monos con ínfulas de dioses y demonios, que unir el placer de la lectura al afilado de las pezuñas.
Hada de la muerte
La Argentina donde nací y viví mis primeros años, era uno de los mejores países del mundo para vivir, con la rémora de reiterados golpes de estado y el peronismo proscrito, pero un país plenamente vivible.
Pero el tiempo fue pasando.
Recuerdo cuando Duhalde era gobernador de la provincia de Buenos Aires, desapareció la marihuana de toda la costa aquel verano, lo cual era un problema porque era sumado al alcohol, la hierbita de la risa era el consumo más usado con fines recreativos. A la par proliferó la distribución de cocaína al irrisorio precio de "dumping" de cinco dólares el gramo. Al terminar la temporada de verano la cantidad de adictos a la cocaína multiplicaba por cuatro a la previa al verano y por supuesto su precio experimentó un sensible incremento, pasando a los diez dólares al principio para luego instalarse en los estandarizados veinte dólares por papel. Y este era solo el puntapié inicial de este narco emprendimiento.
La sociedad porteña se "mercanizó" en muy poco tiempo. Los agentes rasos de policía perseguían a los pequeños traficantes o consumidores habituales o casuales para apropiarse del oro blanco, y los comisarios controlaban a los peces más gordos, aún ni cerca de la planta de los pies de los jefes narcos colombianos o mejicanos, pero en ese camino y en franco desarrollo.
Las clases medias, artistas, periodistas, políticos, empezaron a darle a la nariz sin parar, igual hacían las clases bajas con mercancía de peor calidad, en cualquier toilette se podía escuchar una profunda aspiración, una inspiración caudalosa; en cualquier bar nocturno los retretes eran mercados, había que pedir permiso educadamente a los mercaderes y sus clientes "duros" para echar una meadita en un escusado.
Había distintos grados de comercio para diferentes niveles de temeridad, desde acudir a la villa a comprarla lo más barata posible, recuerdo al "Turco", el primer caso de SIDA heterosexual registrado en Argentina, que llegó a dejar en garantía a su hijo menor. Miqui, por una bolsa de cinco gramos en la villa del Bajo Flores, pasando por puestitos fijos por toda la ciudad, hasta el taxi dealer que la llevaba a donde el comprador precisase, con el consiguiente dispendio.
Los robos para pagarse dosis que aminorasen la "manija" tras agotarse el contenido de los atesorados “pelpas”, se hicieron cada vez más comunes. Varios nuevos tipos de delincuentes empezaron a poblar las cárceles y frecuentar los calabozos de las comisarías o zanjas aledañas: punteritos, vendedores, arrebatadores, ladrones de escruche, chorros al voleo, peligrosos asaltantes con arma de fuego totalmente drogados. Se puso de moda el asesinato de taxistas una vez que ya había entregado lo recaudado, y empezaron las pequeñas guerras entre pequeños capos villeros por el dominio de tan lucrativo negocio, que ya compraba comisarios, jueces, políticos y empresarios.
Grupo de rock que se preciase debía tener un rosario de temas dedicados a la "frula", Olmedo, Maradona y Caniggia lo interpretaban para el gran público como una gracia y así fue tomando un cariz inocuo, de juego divertidísimo con una veta temeraria.
En la época de mayor crisis económica argentina la muerte se impuso en los barrios más pobres, en forma de "PACO", una temible mezcla de residuos de la cocina de cocaína con toda suerte de venenos de ratas, productos químicos altamente abrasivos y a la corta, de efecto mortal. Acaso el peor y más perturbador fenómeno de los que la droga dejó en el país desde su establecimiento en aquel fatídico verano.
Hoy no hay estamento de la sociedad que no esté permeado, contaminado, intoxicado y minado por el poder económico que reporta este flagelo. Tampoco hay barrio, ámbito de toda clase social, que no esté seriamente herido por la colonización de la impoluta Diosa Blanca.
Recuerdo los adoquines de San Telmo escondiendo con celo el brillo de los papelitos usados, confundiendo la búsqueda desesperada y minuciosa, con pestañas abre latas de gaseosas, o el papel plateado de las cajas de cigarrillos arrugadas, arrimadas al contén de la vereda, avergonzadas por confundir a los merqueados que subían hasta Defensa desde el bajo, auditando cada hendija entre adoquín y adoquín, observados por el gato cabezón centinela del Bar Sur, en la esquina de Balcarce y EEUU, donde Pichuco, ilustre pionero de la cocaína en Argentina, tiempo atrás había dejado sus mejores improvisaciones al bandoneón.
Es triste admitir, que los recientes 23 muertos por cocaína adulterada, no son más que victimas prematuras de un veneno que, a la larga, sí o sí, los iba a terminar matando junto a sus decenas de miles de avatares, ya sea de sobredosis, de SIDA, de un balazo, de una puñalada en la cárcel.
O exterminados por la miseria material y moral que ese simple polvito, envuelto en sobrecitos de papel glasé o en bolsitas de plástico, aparecido como un hada con su varita mágica que todo lo convierte en brillo, deja una vez arrasados, quemados enterrados, todos los colores del día.
Whoopi Goldberg
Whoopi Goldberg no carece del todo de razón, al afirmar que el Holocausto fue la crueldad del ser humano contra el ser humano, es indiscutible; pero yerra diciendo que no fue una cuestión de razas.
Existe, de modo subrepticio, una pugna por el relato entre los lobbies judío y afroamericano, por ver quien fue objeto de mayor crueldad e injusticia. Muchos afroamericanos, ante la evidente cuestión de razas que hubo en la esclavitud que envolvía toda suerte de crímenes durante más de 300 años, afirman que los judíos no eran diferentes en color de piel a los alemanes, como sus antepasados africanos lo eran de ingleses, españoles holandeses y portugueses.
Los nazis humillaron, encarcelaron y masacraron a los judíos, porque en realidad no los consideraban inferiores, sino peligrosamente superiores. Ellos ya tenían sobradas evidencias en los más granado de la genialidad teutona, Marx, Freud, Einstein, Zweig, y otros judíos influyentes de menor renombre.
Los nazis inseminaron en el hipotálamo de la población el mensaje de que era una raza inferior, que, contradictoriamente, se quedaba con las riquezas materiales, culturales e identitarias, por medio de ardides tan inteligentes, que ningún alemán superior era capaz de detectar.
Estaban dispuestos a eliminar a todo el pueblo judío.
Durante los largos siglos que les precedieron esto fue una moneda corriente, aunque en menor dimensión. En toda Europa, desde Ucrania hasta España, cada tanto el poder giraba a las masas contra los habitantes de las juderías, a donde acudían henchidos de rabia a pasarlos a cuchillo. Tras estos pogromos, las deudas con los prestamistas quedaban saldadas, Tras estos pogromos, las deudas quedaban saldadas, y la rabia de los siervos calmada, aunque no con la sangre de los culpables de sus males.
Negocio redondo.
Cómo debió haber sido de brutal, que en la preciosa y muy cívica ciudad de León, salir en época de Semana Santa a tomar unas "limonadas" (una especie de sangría, no confundir con jugo de limón) aún hoy en nuestros días, se denomina: "salir a matar judíos".
A los africanos nunca se los consideró superiores en nada que no fuese exclusivamente físico, precisamente lo que se intentaba desvirtuar de los judíos.
Whoopi, sucumbe a esa comparación del pueblo judío con el afroamericano, en América, donde si bien la extrema derecha de hoy y de siempre odia al semita a muerte, no pasaron por las penurias que los esclavos durante más de trescientos años. Pero el problema judío hay que estudiarlo en Europa, donde entonces sí se encuentra, que aunque no fueron esclavos, durante dos mil años padecieron todo tipo de persecusiones y de asesinatos en masa.
Lo cierto es que ambos fenómenos fueron lo más triste y menos edificante de la especie humana. Si nos visitase un poder extraterrestre sopesando la idea de establecerse entre nosotros, miraría estos dos hechos históricos con recelo.
Y no les faltaría razón, porque donde hubo dos suele haber tres.
Bloqueo o embargo, Fidel o Castro
La gente suele sentirse mejor, más segura, si se escora hacia un extremo de las cosas, y particularmente en el debate político. Parece más escabroso el camino si es diáfano y esta abierto todo, si no se teme a la verdad en todo su espectro. Si a la hora de criticar una sociedad hay que elogiar sus aspectos fuertes, únicos, pues se hace y la critica cobra mayor fuerza y a la larga, al ser integral, también resulta más creíble.
Por ejemplo, el único país de América Latina, ni Argentina con toda su cultura, ni México con su neutralidad, ni Brasil con su carácter de potencia, donde no hay niños descalzos oliendo pegamento violados por policías, o portando pistolas en bandas criminales, ni asesinados por otras bandas o por policías por esta misma razón, es en Cuba, donde además todos en mayor o menor medida tienen escuela , un techo aunque sea un desastre y una atención médica por más deficiente que sea.
Un país repleto de libertades cercenadas, pero lleno de necesidades cubiertas.
Por otro lado el tema del Bloqueo/Embargo o Embargo/Bloqueo para que no se me berree nadie, hay que abordar el asunto sin parcializarlo, ni por Cuba ni por la Casa Bacardí.
La queja por el bloqueo es absurda, cuando se nacionalizan todas las empresas del país que sea y se embargan todas sus propiedades y dinero, pero más si es una potencia imperial, para lo mínimo que hay que estar preparado es para una invasión. Pero incluso tuvieron buena suerte, ya que para sacar los cohetes de la crisis de octubre lo que pactó Nikita con Kennedy fue que no se tocase a Cuba en lo militar más que lo que había sido Girón o Bahía Cochinos, y Guarapo se salvó con solo un bloqueo como reprimenda en años en que a nadie le temblaba el puso para barrer un país entero a bombazos. Y por otro lado no se entendería el sentido de hacer una revolución contra EEUU y desear como agua de mayo su cruel moneda resultado de la explotación de los pueblos.
Las contradicciones son tantas de ambos lados, por ejemplo del lado estadounidense, aparte de poder ser criminal, el embargo incurre en una contradicción inaceptable, deja clara la mentira de que son sociedad de libre mercado, si se prohíbe a su empresariado comerciar libremente sus productos y servicios con quien les de la reverenda gana, como ocurriría en un hipotético verdadero capitalismo. También abordé mucho el uso del bloqueo para mantener el pueblo unido en torno a consignas que se gestan en los intestinos, de patriotismo y amenaza exterior, que Guarapo los manejaba con una maestría inigualable, cada país que se precie tiene su bloqueo/embargo, su Malvinas, su Gibraltar, su Crimea, para echar mano de él en caso de que los ánimos se dispersen más de lo que el minimo decoro sugiere.
Otro tema de interés entre las dos orillas es sobre la particularidad lingüística de los términos Bloqueo o Embargo y Fidel o Castro. Como las maneras de llamarle a cada cosa denotan una afección u otra, y la manifestación de la picaresca latina verduga de todo atisbo de vergüenza, la mayoría de los que se fueron a Miami después de los ochenta llamaban Fidel a Guarapo y bloqueo al embargo, pero para no ser confundidos con simpatizantes de la Involución, y lo que es peor, de comunistas, cuando llegaron a la otra orilla se dieron cuenta que era mejor ser disléxico e impostar llamándoles: embargo y Castro.
Ni el punto de vista victimista, que mucho cara de guante como Guarapo y sus jenízaros, que no dejaron de tomar vinos de Vega Sicilia de 300 dólares el pomo, en pleno período especial, mientras lloraban como plañideras por el bloqueo viviendo como jeques, ni desde el prisma descarado y criminal desde la caída de la URSS, de la continuación de la aplicación de una disposición autoritaria y criminal con el pueblo de Cuba y el propio mercado estadunidense, capricho nacido en la Guerra fría, cuando se sabía que si ningún país capitalista comerciaba con Cuba, ya estaba la URSS, el campo socialista y un buen manojo de países No alineados para eso, como así fue mediante el CAME y el COMECON.
Entiendo el pensamiento crítico como un campo donde reina toda la libertad de la que el pensador desee disfrutar a la vez que de hacerse responsable, donde se encuentran todas las aristas posibles de cada tema que se desee abordar. De ahí que el debate signifique crecimiento, que la duda sea progreso, y que el extremismo, aun cuando en apariencia brinde las llaves de un nicho conocido, confortable, seguro, es la trampa para la insatisfacción intelectual y el distanciamiento de los espejos en que mirarse de frente sin temor a lo que se vaya a encontrar.
Versalles
Cuando uno pisa Versalles, entiende toda la Historia contemporánea.
La sensación de derroche de riqueza, de poder, era un millón de veces mayor que lo que sería vivir hoy ahí con los mismos sirvientes e idéntico poder. Cada comodidad para unos de aquel tiempo, provenía de un chorro de sudor y sangre de otros, en esa época previa a la industria, al pop, al jazz, al automóvil, al tren y al avión; previo al fenómeno del juglar, bufón o gladiador multimillonario haciendo reír, bailar, o gritar de emoción en un estadio, a un auditórium con infinitamente menos recursos y fama, invirtiendo la ecuación histórica.
María Antonieta decidió vivir en el edificio Trianón que se encuentra en medio de los desmesurados jardines, consideraba esa preciosa mansión como una casita más íntima, más parecido a los aposentos vieneses a que estaba habituada, no le faltaba razón al compararlo con la deslumbrante pero también descorazonadora y helada dimensión y exhibición de riqueza del palacio central. Ella imaginaba que sería considerada una reina humilde por habitar el Trianón, y aunque era cierto que ni por asomo se acercaba a los delirios de grandeza de sus pares franceses, lo cierto es que mientras vivían en este decorado, el último y más impresionante para aristócratas y desesperante para harapientos, los hambrientos, a duras penas sólo su sed llegaban a calmar. Pero no del todo.
El día en que María Antonieta se quedó sorprendida y petrificada con la noticia que seis mil mujeres habían entrado al palacio exigiendo pan, no entendió las causas, nunca había visto con sus ojos todo el dolor que causaba el alcance de cada uno de sus desesperantes minutos. Buscaba una conexión con la ecología y el alma en una granja reluciente que se hizo montar en un ala del jardín, lo cual ofendía a los campesinos que morían de hambre a pocos kilómetros de aquel paraíso de elixires demoníacos. Leía a Rousseau, creía tener una sensibilidad especial, que la hacía la reina más amada hasta por el más pobre de los franceses. Preguntó:
¿Para qué quieren pan?
Los poderosos del mundo, hoy mucho más inadvertidos que María Antonieta, más desapercibidos que su esposo Luis, sin embargo han ido descuidando las precauciones incorporadas tras el gran susto universal de 1793 para abusadores de toda calaña, construyen burbujas en el aire, gastan lo que daría de comer a un país entero por una semana, para hacer un viaje de media hora al espacio, Compran y compran y compran, edificios mucho menos suntuosos que Versalles, pero cientos, miles, millones de ellos y se ríen y bailan en sus festines con sus putas y su cocaína de la mejor calidad, pero llevan en el ADN, aunque cada vez más diluido, el recuerdo reverberante de aquellas seis mil mujeres pidiendo pan y del golpe seco de la guillotina contra la madera una vez desprendida la cabeza y su sonido seco, crujiente, apagado, al caer al fondo del canasto.
Disfruten de la mezquindad de la era digital, pero sean cautos, no se pasen, porque los sedientos de hoy, también pueden hallar reminiscencias de aquellos que apagaron su sed en la plaza de la Concordia.
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