Amor de hermanos
Toscar y Albertico eran del mismo barrio de clase obrera y marginal. Los tiempos en que por lo general todos los vecinos tenían trabajo habían quedado muy atrás, la mayoría de familias eran un burujón de desastres, de gritos, portazos de vetes para el carajo, a tomar por el culo o a la reputa madre que te parió. Ya ni siquiera las viejas estaban pendientes de los chismes porque eran tantos que no daban abasto después a comentarlos en el mercado o la plaza, bueno ese terraplén al que llamaban eufemísticamente “plaza” acaso porque le quedaba unos banquitos de la época en que los viejos jugaban cartas o dominó. Ya solo paraban los chavales día y noche, los de vida más o menos sana paraban por la mañana hasta la hora de comer, a media tarde ya se hacían con el terraplén los que ya se veía que nunca terminarían progresando en un trabajo y por la noche los que ya tenían demasiadas claras las sombras de rejas en la cara. Ni los de la mañana ni los de la tarde ni los de la noche estudiaban ni trabajaban en nada, pero los matutinos al menos estaban bajo la vigilancia todo la atenta que se podía de madres, padres parados tíos y primos mayores. De esos había sido Toscar y Albertico de los de la noche. Toscar quería progresar, sabía que para eso tenía que salir del barrio, con una beca, con buenas notas, o escapando a Dinamarca, tenía esa obsesión, Copenague y después Jutlandia, tenía esa idea fija imaginaba Jutlandia semi vacía, enorme, donde necesitaban de todo por ende seguro que él lo precisarían para algo, ahí sería muy importante en lo que supiese hacer. Su fantasía y anhelo había nacido de unas imágenes campestres, de inmensas praderas de pasto verde claro brillante y florecitas violetas como de brezos pero menos rudas, que formaban la mayor parte de una película danesa que había visto cuando niño, de la cual no entendió nada, pero que le dejaron fijadas en el hipotálamo las fotos fijas, claras y diáfanas que conformarían la base de su sueño motivador. Para ese objetivo Toscar se aplicó en los estudios, pero aparte encontró placer en la lectura y libro tras libro se cultivó de manera bastante solida, llegó a entender bastante de pintura y arquitectura, nociones dispersas, intuición natural, un acervo cultural destacable en el barrio pero que no dejaba de tener solo tres patas.
Albertico al revés, no solo no le importaba ascender en la escala social o cultural sino que no le importaban en absoluto ocupar posiciones consideradas de descenso. Siempre que el menoscabo fuese de cara a los demás y que consigo mismo se sintiese a plenitud, le importaba un pepino en que nivel se encontrase, incluso le hacía cierta gracia y le proporcionaba chispas de orgullo que cierto tipo de persona prefiriese mantenerlo a distancia. Tal vez por esas razón Filda, la hermana de Toscar, se sentía atraída por él. Ella había tenido que ayudar a su madre en todo desde que era adolescente privándose de las salidas de exploración alegre que las chicas de su edad solían practicar, a veces por el estado de extenuación absoluta de la madre, que no paraba de trabajar, y a veces porque prefería no ir con esos vestidos o jeans sin swing que colgaban de las cuatro o cinco perchas que se daba un generoso espacio dentro del placard. Filda leía novelas de amor y de viajes con idéntico interés y escribía con fruición, volcaba todo lo que le pasaba por la cabeza durante el día en diarios que se apilaban en forma de cuadernos y agendas, ella tenía una letra tan indescriptible que ni ella entendía su letra. Cuando más prolíficas fueron las horas de apuntes en sus cuadernos fue cuando la madre comenzó a discutir con demasiada frecuencia con el padre de Toscar, con quien habían convivido en una más que aceptable paz hasta que el niño dejó de tener esos cachetes redondeados y los últimos retazos de la risa de bebé. El primer novio que tuvo Frest, tenía un año más que ella, cada vez que se quedaban besándose en la esquina el padrastro salía a llamarla y cuando se despegaba de sus besos y sus manos que ue agarraban todo lo que sobresalía, se quedaba mirando impresionada un chichón enorme en la bragueta de Frest, que sabía como iba a bajarlo más tarde, casi de la misma manera que ella al poquito rato de entrar a la casa. Pero no fue Frest el primero en acostarse con ella. Su padrastro de tanto asomarse a la ventana para llamarla, empezó a mirarla cada vez más tiempo antes de pegar el grito que la reclamaba para cenar o dormir. Un día se sorprendió tocándose por encima del pantalón mientras miraba como Frest levantaba la parte baja del vestido de la medio hermana de su hijo, metiendo la mano entre las dos nalgas que devoraban los dedos hasta los nudillos, junto a la diminuta ropita interior al compás de sus inquietantes contorneos, mientras sus bocas seguían aplastando unos labios contra otros, saboreándose comisuras, lenguas, mejillas e incluso orejas, sin reparar en un eventual vello o la astilla de un taco de cera.
Encrucijada
Todo comenzó cuando Toscar hizo un movimiento brusco por un repentino dolor lumbar y al regresar a su posición perdió estabilidad, trató de sujetarse pero ya era tarde, la cabeza había comenzado a tirar del cuerpo hacia abajo y cayó con todo su peso sobre el hombro, del toro mecánico con que extraía los pallets dispuestos en stock en la nave industrial en la que llevaba dos años trabajando. Tuvo fractura de clavícula y una vértebra dorsal, el yeso lo tuvo que llevar puesto seis meses, cada dos meses se lo renovaron por el desgaste y para analizar el progreso de la cura, esos instantes los aprovechaba para rascarse, ventilarse, asearse, moverse y volverse a rascar con una sensación de alivio retrospectivo que le proporcionaba un placer orgiástico.
A los seis meses, cuando le retiraron el yeso se dirigió al departamento de Recursos Humanos para ponerse a disposición de la empresa y comenzar a determinar cual sería la cuantía de su indemnización. La empresa le comunicó dos decisiones en ese mismo instante, ni regresaría al trabajo ni recibiría un solo céntimo por su accidente laboral. Ahí comenzó la andadura por el desierto de adhesiones, solidaridades y apoyos de parte de la ley para Toscar, cada día que pasaba en su lucha por reparar lo que consideraba una injusticia medieval se quedaba más solo en el apoyo en público, más acompañado en el apoyo en privado, pero sobre todo más indignado y apertrechado de una fuerza de voluntad que desconocía en absoluto directamente proporcional a la profundidad de su enfado, rellenando un espacio destinado en exclusiva a la depresión,.
Del dinero que tenía ahorrado le quedaba más o menos para una semana de compras de alimentos al más bajo precio que se conseguía en el barrio. Había un supermercado a cuatro kilómetros pero debía ir en coche y si lo que gastaba en combustible era el doble de lo que se ahorraba en la compra. Pero ese día dijo “basta” y se fue a un restaurante del barrio aledaño, en la avenida principal, donde se gastó en comer con su vino y su postre todo lo que le quedaba para alimentarse en su semana de despedida de la resistencia pasiva, decidió apresurar el ¡puafata! el ¡tawata! el ¡bumbata! Tal como pensaba que sonaría el trastazo contra la acera, el choque contra la acera amortiguado por las ratas o las navajas de los pendencieros de la calle, la curvatura convexa de los baches, la caricia de las agujas de de las jeringas y el brillo de los vidrios de las botellas.
Fue de casa en casa de amigos, familiares que todavía no estaba podridos de verlo, tocando timbres a horas intempestivas o demasiado apropiadas, justo cuando al cacerola salía de la hornalla. Se dio cuenta de lo buena que puede ser la gente, que acaso en algún recodo del camino pudo haber no contado con toda la suerte que habría deseado atesorar, y que puede haber sido producto de la acción de algún o alguna hijo o hija de la remil puta, pero que en general cada cosa que él tocaba buscando alguno de los sucedáneos del amor le respondían afirmativamente, pero eso sí, gente sin poder.
Su novia, Katja, encontró demasiado pedregosa la relación, había pasado de divertirse siempre que se veían, haciendo el amor y el humor, a pasar estrecheces y discutir haciendo un tumor. Así que sintiéndolo mucho, con el dolor de su alma lo dejó en Pampa y la vía más tirado que un dardo. Toscar dijo que lo entendía, -cómo no te voy a a comprender si esto es un desastre, si no te apoyo más es porque el otro soy yo- Esos conocidos que a veces llamamos amigos, pero que sirven muy poco más que para ir a tomar un helado o una cervezas, también de a poco, sin declaración de ruptura como la novia, se alejaron de igual manera, comenzó a haber una sensación de frío allí por donde pisaba Toscar que lo llevó a sentirse una especie de súper héroe de los cómics. -Nadie está cerca de Batman ni de Superman, mucho menos de Flash o Linterna Verde- pensaba Toscar – aunque seguramente todos los habitantes de la ciudad de Gotham o los colegas de Clark Kennt querrían tocarlos, pasar dos segundos a su lado, sacarse unas selfies anacrónicas con cámaras Kodak descartables o mejor aún con Polaroids, era distinto en este sentido, pero si se hubiese hecho una instantánea de Superman y una de él, estarían idénticamente solos frente a los que les esperaba.
La ventaja de pensar en un súper héroe solitario en lugar de en un apestado, es que le daba la capacidad de pensar en cual sería su próximo paso en vez de salir disparado queriendo dejar su culo atrás. Toscar sabía que el engaño solo dependía de la posición que uno tomase en el relato, cualquiera fuese su sinopsis. Primero empezó como un mandato para reforzar su confianza en tiempos de telarañas, pero de a poco se fue convenciendo de que, en efecto, aquello que no lo mataba lo hacía más fuerte, y desde luego la soledad no era en modo alguno una amenaza.
Albertico, su amigo casi hermano, aunque como él solía decir “hermano no, porque el propio hijo de mi madre es una mierda” al revés que los otros, se aproximó más en la medida que la mala suerte iba cercando a Toscar e iba despejándole el camino de obstáculos para caer hasta el último peldaño de su yo más desprovisto de falsas apariencias, de barnices, luces y adornos. Un yo que no estaba compuesto de adoquines ni de estiércol como solía conocer, sino de tierra seca, casi polvo de tierra, sin piedras ni plantas. Albertico era cazador. Salía cada mañana a resolver las ecuaciones que la vida le planteaba para poder llevar algo a la olla. Era una manera de decir ya que frecuentemente resolvía recursos para una temporada, en los peores casos era como cazar una perdiz y en los mejores, ¡ay los mejores! Todavía nunca había chocado con las mejores tardes de caza, pero se acercó un par de veces alzándose con un buen turrón. De todos modos aunque Albertico se creyese un mago de la calle, el ventilador de la aspiradora, estaba tan lleno de códigos impuestos por la corrección caballeresca del ladrón y estafador prejuicioso, ni viejos ni menores, ni a mujeres ni a hombres demasiado nobles, ni a débiles ni a pobres, que parecía más bien un bombero de salvataje de alta montaña en vez del delincuente que creía ser. Al principio su estrecha amistad se debía a que Albertico se había singado a la hermana de Toscar, era una hermana mayor, y era hija de la madre con otro padre, no era para tanto pero dentro de ese decálogo de comprotamientos de Albertico eso no estaba del todo bien, así que al inicio sintió compasión por el amigo, como si fuese un poco cornudo, era solo la hermana pero bueno una hermana tan linda, en fin. Sentía culpa, pero con el tiempo fue afianzando la amistad de tal manera que quien le aconsejaba las vías de escape o coartadas en sus "palos" era Toscar, que no tenía ni idea siquiera de como robarse un dulce de un kiosco. Sin embargo al muy cabrón se le daba bien orquestar planes, era como un campeón de ajedrez, pensaba en todo.
El inminente pasado
Ayer me reía con una amiga sobre lo que habría sido nuestra juventud y la de nuestras amistades, en esta era de retorno a imposiciones monacales refrendadas en leyes punitivas con el desborde del deseo.
Recordaba un día que compartiendo entre tres parejas en el Turquino del Hotel Habana Libre, una de las novias ajenas comenzó a arrimarse al muslo opuesto al que compartía con mi novia ocasional de entonces. De a poco comenzamos a acariciarnos disimuladamente en la medida que el ron iba desatando el rock'n'roll en la cuna de nuestros mutuos deseos, así llegamos entre chistes y conversaciones banales en la mesa redonda, a meter las manos en nuestros respectivos underwears y darnos ese tipo de placer sabroso, por furtivo y reprochable. En esas circunstancias no podíamos llegar al final dada la proximidad de nuestros respectivos "amores" así que decidimos tácitamente presentar nuestras excusas por ausentarnos para acudir a la llamada del mingitorio y/o quien sabe, del inodoro. Al final usamos un pasillo interior a la cocina del restaurante Sierra Maestra, que yo conocía bien por haber vivido en ese hotel años atrás, para echarnos uno de esos palitos tan ricos como plagados de justificado sigilo, podían aparecer camareros, capitanes, empleados, ascensoristas, novia o novio y convertir el palo en un monumento al chasco. O al galletón.
Se nos ocurrió traer a día de hoy esta anécdota frecuente, común, conocida por todos y varias veces reproducida por muchas parejas en toda La Habana en aquellos años de derroche orgásmico, en idéntico o diferentes emplazamientos con distintas o incluso algunos de los mismos protagonistas, vaya usted a saber como terminó el pis que se fue a echar mi novia una hora antes, una después, o la semana de nuestro clímax de "amol".
Hoy la chica, de la que evitaré recordar el nombre, se habría dirigido a mi en voz firme antes del intento de aproximación:
-Chuchi, a pesar de estar con mi novio y tú con la tuya me estás despertando un gusanito, aunque por ser mujer estoy libre de esta obligación, públicamente, con suficientes testigos presentes, en este acto me gustaría pedir permiso para aproximarme a una distancia acaso poco apropiada para los cánones del buen decoro.
Yo mirando a mi compañera al lado izquierdo y a su maromo a su lado derecho, a mi vez declararía:
-Sí, con mucho gusto y por supuesto sin precisar la aprobación de nuestros respectivos "cornudos" aunque solicitando su amable comprensión.
-Bueno, dale- bufa mi novia- lo apruebo comprensiva de la necesidad de que un renovado flujo seminal desatasque los obstáculos que todo considerable tiempo de relación sedimenta, en cambio de la galleta que a esta descarada en otros tiempos no se la quitaría de encima ni el más bravo resoplido de un futuro inminente.
-Como no, procedan- rajaría el novio- ¿qué remedio? en épocas pasadas habríamos sucumbido por el influjo de los impulsos primitivos desatando una bochornosa despingazón en lugar de esta civilizada quietud que nuestra sangre mediterránea supo, contraria a los prejuicios atávicos, finalmente conquistar.
Y entonces, ya me tocaría a mi preguntar:
-Dado que “sólo sí es sí”, no valen supuestos, ni aproximaciones mutuas sino la expresa aprobación verbal atestiguada, estimada compañera casual de este amistoso convite, ¿aprobarías que mi mano se deslizase bajo tu falda acariciando esos deseados muslos y la vulva presumiblemente entrañable?
- Por supuesto mi improvisado y sorpresivo aunque ya muy deseado vecino de asiento, y si no tienes inconveniente, ya, apresurando trámites, te solicitaría la aprobación expresa, para pasado un rato de arrumacos, cuando los suspiros y secreciones en aumento lo justificasen, tras excusarnos debidamente con la mesa, ¿podríamos dirijamos a un pasillo umbrío o a un rincón apartado a echarnos uno de esos emergentes, divinos palos de parado?
-Sí, concedo mi total aprobación. Por favor amable mesa entera, que figuren ambas declaraciones de consentimiento mutuo, bajo la acreditada total posesión de conciencia sobre nuestros actos, para que tenga lugar, aquí y hoy, en efecto, este cuernito, al que ya de adrenalinico, camuflado y clandestino no le quedan ni los agujeros de los calcetines.
Tortura estatal
Mi posición desde al menos que tenía once años cuando encarcelaron a mi padre por espacio de tiempo de ocho años y medio: no creo en la cárcel en ningún caso, ni en un simple robo, ni en una violación, ni para poderosos fascistas como Videla, sus torturadores, los esbirros cubanos, o estas dos chicas que torturaron y violaron a su hijo de cinco años de manera cotidiana, para concluir descuartizándolo.
Así como fue revolucionario el concepto de prisión frente al de tortura y muerte pública, con descuartizamientos y hogueras, cuando se consideró que la mezcla de castigo y tiempo de reflexión recluido era más humano, menos salvaje, que el despedazamiento para goce del pueblo sediento, cual plaza de toreo o torre Maya, de sangre y dolor. Desde el siglo pasado la ciencia conoce que la prisión solo acentúa las perversiones, las parafilias y el sentimiento de odio a la sociedad. Ya Víctor Hugo decía en los Miserables, que el penúltimo escalón de la especie humana era el preso, pero el último estaba reservado para el guarda cárcel.
Creo que alejarnos de castigos vengativos, nos cura como comunidad a todo nivel, regional o universal, volcar todo nuestro esfuerzo en conseguir, que un día los delincuentes y criminales entiendan, desde la génesis, desde el nacimiento de sus perturbaciones, no desde la culpa, que algo hicieron mal, muy mal o malísimamente mal. Esto entronca con la polémica suscitada en España por algunas consecuencias de la ley popularmente conocida como "Sólo sí es sí" en la que algunos reos ven disminuída su condena de dieciseis años a catorce, haciendo énfasis en que la ley es mala porque el torturado castigado por el Estado sufre un par de años menos. Claro no digo que salgan a la calle, sino que de entrada sean atendidos, todos los criminales, de todas las modalidades, allí donde la gravedad de su caso lo requiera.
Existen casos que se podrán liberar a convivir en sociedad y casos que nunca podrán ser siquiera expuestos a dicha evaluación. Pero en todos ellos sería un avance que si bien no nos colocaría como un ejemplo de velocidad en temas de vanguardia, pero al menos, con rezago, nos auxiliaría en la búsqueda de un mundo atento a las cuestiones que nos hagan mejores individuos, y con ello mejor comunidad.
Mezquindad por partida doble
Estoy ciertamente shockeado por el comentario de un conocido de las redes, del cual no diré el nombre, pero sí que proviene de esas generaciones que como yo, llamábamos monstruos, crueles, aberraciones de la naturaleza a los dictadores de América Latina (ellos a los de una adscripción ideológica, yo a todos), y aun peor a sus esbirros torturadores. Hoy me sale defendiendo subrepticiamente, claro, porque a nadie en sus sanos cabales se atreve a protegerlas abiertamente a las madres de Lucio Dupuy que lo torturaron periódicamente teniendo cinco años, partiéndole bracitos, quemándolo con cigarrillos, pinchándolo con tijeras, propinándole duras palizas en la cara y todo el cuerpito, lo violaron con un consolador, rompiéndole los esfínteres, el anito, y lo mataron como a Tupac Amaru destrozándolo, tras lo cual festejaron con vino merca y muchas risas por haber acabado del todo y de la manera más cruel con un varón presente y futuro macho. Todo esto con el abandono de sus obligaciones de todas las instituciones que debieron cuidar de Lucio, desde la jueza que arrebató al niño de los brazos del padre, al jardín de infantes que no advirtió a las autoridades cuando el niño asistía frecuentemente con los brazos partidos, golpes, moretones, quemaduras, al igual que del hospital donde varias veces tuvieron que llevarlo porque se habían "pasado" en la tortura. Acaso temerosos de una reprimenda jerárquica coaptada por la más acérrima misandría, enemiga a muerte del espíritu igualitario del feminismo, otra cosa habría sido si al nene lo hubiesen llevado así mismo dos padres gays, o una pareja heterosexual, casos en los cuales de inmediato, con toda probabilidad se habrían encendido todas las alarmas.
Este buen samaritano con estas harpías, mientras, como todos nosotros, nunca escondió sus sentimientos hacia los torturadores de las dictaduras de derechas e izquierdas, que no se dedicaban a aplicar tormentos a niñitos y menos aún que fuesen sus hijos, o sea aun menos crueles que estas dos porquerías, sin embargo consideraba que con estas había que tener compasión y entender que las circunstancias socioeconómicas o psicológicas las llevaron a ser así.
En Primera diré que por supuesto, como a Hitler, a Videla, a Guarapo Stalin y todos sus esbirros, ninguno nació mordiendo la teta de la madre y buscando con los deditos el corazón para destrozarlo, y no por ello vamos a profesarles la ternura que alguno que otro muestra con estas dos criminales, aun cuando los crímenes de aquellos esbirros siendo execrables lo eran mucho menos que el de las dos en cuestión, al no concurrir agravante de edad y de parentesco.
En Segunda diré que he vivido ambientes de gente ralamente criada en la peores condiciones que se pueden criar en América Latina, conocí por casualidad al peor tipo del Morro de los Macacos de Río de Janeiro en el año mil novecientos noventa, daba miedo su mirada, conocí al Turco, el primer caso de SIDA heterosexual de Argentina, que llegó a dejar en garantía a Micky su hijo menor, en la Villa del Bajo Flores por una bolsa de merca de cinco gramos, y que Claudia, la madre, que había sido mi compañera de curdas, ocupaciones de casas y sustento cuando estuve preso en Villa Gesell, por, en este caso sí, error policial, al cabo de pocas horas fue a pagar lo que el Turco debía, pero aquel ser despreciable ni violó ni mató, ni siquiera le pegaba a su hijo. Y del brasilero Bibinho a quien debí conocer para obtener permiso de subir a casa de la Paraguaia que trabajaba conmigo lavando platos en Sat's , se comentaban en el morro numerosos crímenes, incluso sobre cabezas cortadas, pero ninguna a su propia descendencia. O sea que si fuese por las condiciones de vida pobres, toda América debería estar llena de esta bestias y en África no se podría decir ni - hola- . Y la verdad es que este fue el caso más sangrante que he escuchado en todo mi ya, considerable tiempo de vida.
Lo cual demuestra que no solo la crueldad es infinita, inagotable, sino que también puede serlo la completa irresponsabilidad enajenada o la más cruda mezquindad. Como el objetivo de las torturadoras, violadoras y asesinas no era un militante de izquierda o de derecha, mayor que sabe lo que hace, sino un niñito de cinco años absolutamente inocente del todo, y encima hijo, pues les importa un bledo.
Mi precepción, al menos desde que mi padre cayó prisionero y permaneció así por espacio de ocho años y medio, es que todo castigo estatal es venganza, y es un crimen aberrante. Hay que buscar nuevas formas de tratar lo que salió mal, en la mayoría de las veces por nuestra propia falta de responsabilidad, aun cuando hay que entender que existen casos imposibles de recuperar.
Estruendo y cebollas en Fracfort del Meno.
Una mujer gruesa, con las mejillas rosadas, de pasos firmes y semblante plácido, y un hombre mayor, atildado, vestido con sus mejores trapos, adquiridos tiempo atrás en las tiendas hebreas del centro, se cruzaron en la calle justo cuando cada uno regresaba de sus compras, o mejor dicho de sus pesquisas para conseguir algo decente para la cena, ya que en aquellos días poco quedaba en la ciudad, que no estuviese de ligera a severamente podrido. Hans Werner llevaba suficientes años viviendo solo desde que su esposa había fallecido por un ataque cardíaco, no dejando ninguna descendencia, como para saber lo deseable que era el despertar de cualquier tipo de ilusión en el alma, y aunque eran tiempos muy difíciles, y en la mayoría de la gente, parecía no quedar sitio para las expresiones más elevadas del espíritu, sí que en él se abrían camino a ráfagas, rachas casi imperceptibles de felicidad; y las de Hans en esos últimos tiempos estaban dadas, de especial manera cuando tenía la oportunidad de cruzarse al paso con la señorita Helga Sanders, soltera, quien a pesar de contar con una edad avanzada también, poseía aún la gracia de la inocencia en su semblante. Tampoco a ella le resultaba un hecho más de la vida cotidiana, los casuales encuentros diarios, lloviese nevase o relampaguease, con el estirado y bueno de Hans, quien siempre se mostraba tan amable con ella, y de quien sabía poco más que lo que en el barrio se sabía acerca de él, muy ario de estirpe, pero de alma arruinada por los ideales equivocados. Si bien todos los encuentros "repentinos" a Hans le causaban un cosquilleo en la boca del estómago desde que se acercaba la hermosa cara de reluciente redondez de Helga, los que eran casuales de verdad, aquellos que se producían fuera del instante previamente orquestado con minuciosidad de artista, eran aquellos en los cuales perdía casi el control de si, para dejar lugar a una fuerza que en principio le embargaba pero a la que de a poco , reconocía como liberadora, la expansión del universo interior presionaba hacia su cabeza, produciendo un ligero mareo, que amenazaba con ocasionarle un desmayo de placer, mezclado con un intenso temor a la espontaneidad. Helga sabía que cuando eso pasaba fuera de los horarios y trayectos acostumbrados, Hans se aproximaría con una tensión creciente, que en ese momento resultaría menos cortés que de costumbre, y sus ademanes adquirían la torpeza propia del que no había ensayado la jugada, pero en ese momento, y por las mismas razones, le resultaba adorable, era en esos instantes en que ella podía decir que sentía algo por él, y habría podido asegurarlo ya que, si bien no había tenido una dotada experiencia en artes amatorias, sí que había vivido en silencio profundos amores sin correspondencia. Ambos sabían lo tortuoso que podía resultar, el momento en que algún imprevisto les impedía concretar el encuentro, sin embargo estaban dispuestos a aceptar el riesgo de semejantes ataques de angustia.
Aquel era uno de los días en que se tropezaban gracias al azar.
Justo en el momento en que comenzaron a hablar , sacudiéndose el placer y la incomodidad de sus cuerpos, sonó la sirena de aviso de inminencia de bombardeo, y los aviones aparecieron en el cielo de Frankfurt más pronto que lo que se había convertido en habitual aquellos días, una de entre las cientos de bombas que se arrojaron desde los aviones aliados explotó a dos metros de Hans y Helga, no sin que antes él hubiese conseguido abrazarla, al ver el terror reflejado en el rostro. Murieron despedazados en el acto, junto a otras decenas de personas que aún moraban, o transitaban deambulando a esas horas, por la calle Grosser Hirshgraben.
Hans y Helga sabían antes de dar aquel bojeo al barrio en busca de alimentos, que a la guerra no le quedaba demasiado tiempo, y ello significaba para los dos, que eran todo lo antibelicista que aquella situación permitía, el arribo de una ilusión, un estado de ánimo juvenil sumado a sus particulares alumbramientos del espíritu, no obstante sabían también que el final debería arribar de la mano de una victoria contundente de los aliados, lo cual deparaba escasas esperanzas de sorpresas agradables en lo inmediato, para los habitantes de la ciudad.
Ambos habían sido amantes del hábito de la lectura en sus respectivas soledades, y era sobre esta temática, que fundamentalmente fantaseaba Hans, que acaso algún día podría abordar con su amiga, cuando se hubiesen acercado lo suficiente. El sabía que impresionarla en ese terreno, no sería una tarea fácil, y precisamente aquello constituía un alimento inagotable para su imaginación fértil.
El edificio del número 25 de esa calle, situado frente al punto donde murieron en el acto Hans y Helga, quedó arrasado por el bombardeo, con solo dos columnas pilares de su estructura en pie. En aquella casa había nacido y se había criado Johann Wolfgang Von Goethe, quien a lo largo de su vida se convirtió en el escritor más importante de las letras germanas, y a la sazón uno de los constructores de historias más relevantes de toda la Historia de la literatura universal.
Los dos vivían en esa calle, sin embargo solían encontrarse unos cincuenta metros más abajo, en dirección del río Main, no frente a la casa de Goethe, donde no tanto el deseo, como la imprecisión de su alcance podrían significar una afrenta de escaso decoro. Una vez, muchos años atrás en ocasión de una festividad nacional veraniega, comentaron en el fragor de la conversación, autorizada por la multitud, sus admiraciones mutuas por la literatura y el alma de Goethe, Helga consideraba que era un hombre admirable, ya que pudiendo continuar una carrera exitosa como comerciante importador de alta costura, prefirió desde muy temprana edad, obedecer la pulsión por el arte, rodeándose siempre de entornos intelectuales y gentiles, y produciendo algo mucho más imperecedero que buenos trajes y vestidos para la corte. Su obra.
La que si bien fue concebida en su parte más notoria en Weimar, en todo momento debe sus raíces no solo a la belleza del río, de la antigua ciudad de Frankfurt, de sus cielos cambiantes, sino de la propia casa, con su nutrida biblioteca ecléctica de más de dos mil títulos, el salón de pinturas, con ejemplares de la escuela flamenca en Alemania, y sobre todo con el apoyo incondicional del padre y la hermana.
Más de un siglo después de la muerte de Goethe, a quien no le entusiasmaba la violencia social en ninguna de sus formas, su casa de la infancia, que llevaba un tiempo funcionando como museo, fue destruida a bombazos frente al único abrazo de Hans a Helga.
Quizás para que no hubiese ni la más mínima posibilidad de olvidar aquel horror, en que se vio sometido el mundo, o acaso, según resulte ser la finalidad de la existencia, solamente haya ocurrido para que Hans, antes que se fundiesen los primeros copos de nieve del año, con la polvora y la habitación del joven Werther, hubiese tenido la oportunidad de borrar el terror de los ojos de Helga, en la que sería su última mirada.
Juicio de ratas
-Así que tu compromiso con la justicia era menor que tu pleitesía a los capos de tus logias ideológicas.
-No exactamente, es que recibía presiones, presiones imposibles de soportar, además crecí en ese medio, esa era mi gente, entre una cosa y la otra se me hacía imposible juzgarlos con imparcialidad.
-Pero estudiaste derecho romano, empezaste con el principio de equidad de Lustitia. Sabías los crímenes que estabas encubriendo, sabías el daño que estabas ocasionando a las víctimas.
-Sí, y me arrepiento mucho, me avergüenzo de mi mismo.
-Ya es tarde para lo primero, pero para lo segundo tendrás la oportunidad de morir con algo de decencia.
-No, no, no por favor, no quiero morir, la decencia me importa un comino, solo quiero vivir, ser rico, oler a magnolias y comer langostas con salsa golf, por favor no me mate, quíteme los platos.
-Echad esta basura al costado, traed al policía. Tú, mierdecilla de juez, quédate mirando a uno de los que encubriste, después pasarán banqueros, políticos corruptos, generales, empresarios del fútbol inescrupulosos y al cabo veremos que hacemos contigo.
-Hola- dijo el hombre que interrogaba a los reos en la cueva bajo el acantilado- ¿tú eres el prestigioso torturador de la nación al que tanto han protegido gobiernos, fuerzas y jueces? Menuda piltrafa te veo hecho, parece que no te sentó nada bien el recibimiento de los muchachos. No te sientas culpable, ellos no son justicieros, sencilla y llanamente les encanta, igual que a ti, repartir palizas.
-Por favor, no me peguen más, pido todo el perdón que sea necesario- dijo el apocado otrora torturador agente del orden, que hasta dos días atrás había vivido protegido por todo el aparato que, sibilinamente había mal simulado pasar de dictadura a democracia, con todo el patio sin barrer.
-Un poco tarde para perdonar porque muchos de los que dejaste lisiados de por vida, con dolores terribles durante años y aterrorizados en sus casas ya han muerto. Si te hubiera juzgado la ley, si te hubiesen quitado los privilegios y habrías expirado tu último aliento en un calabozo como correspondía dada la magnitud de tus crímenes, esa sería la piedad que merecerías, pero no hay posibilidad ni de perdón ni de muerte rápida. Lo único que podemos pensar es en no descender hasta tu calaña y propiciarte la posibilidad de una muerte menos atormentada Pero mucho más no podemos ni queremos hacer.
-Tiren esta inmundicia a las ratas.
-No, no, no, por favor a las ratas no.
-Ten un poquito de dignidad, las ratas tardarán en comerte completo, te dará tiempo a pensar en las barbaridades que hiciste, y si un día vuelves a nacer, recuerda los ojos inexpresivos y a la vez ávidos de horror de estos magníficos roedores y el brazo implacable de la justicia que parte del hombro de un hombre nacido del vientre de una mujer y hermanado con el dolor.
Toscar hizo un movimiento brusco por un repentino dolor lumbar y al regresar a su posición perdió estabilidad, trató de sujetarse pero ya era tarde, la cabeza había comenzado a tirar del cuerpo hacia abajo y cayó con todo el peso del cuerpo sobre el hombro, del toro mecánico con que extraía los palets dispuestos en stock en la nave industrial en la que llevaba dos años trabajando. Tuvo fractura de clavícula y una vértebra dorsal, el yeso lo tuvo que llevar puesto seis meses, cada dos meses se lo renovaron por el desgaste y para analizar el progreso de la cura, esos instantes los aprovechaba para rascarse, ventilarse, asearse, moverse y volverse a rascar con una sensación de alivio retrospectivo que le proporcionaba un placer orgiastico.
A los seis meses, cuando le retiraron la escayola se dirigió al departamento de Recursos Humanos para ponerse a disposición de la empresa y comenzar a determinar cual sería la cuantía de su indemnización. La empresa le comunicó dos decisiones en ese mismo instante, ni regresaría al trabajo ni recibiría un solo céntimo por su accidente laboral. Ahí comenzó la andadura por el desierto de adhesiones, solidaridades y apoyos de parte de la ley para Toscar, cada día que pasaba en su lucha por reparar lo que consideraba una injusticia medieval se quedaba más solo en el apoyo en público, más acompañado en el apoyo en privado, pero sobre todo más indignado y apertrechado de una fuerza de voluntad que desconocía en absoluto.
Añoranza
El hombre de estatura mediana, de apariencia elegante, comenzó a golpear la puerta, tocar el timbre, no aguantaba más el olor nauseabundo que salía del apartamento aún con la puerta cerrada, además de que el no haber escuchado ningún ruido ni visto a la vecina en bastantes días le hacía temer lo peor. Al ver que nadie abría, convencido de que algo andaba mal allí adentro, llamó a la policía a la cual casi no tuvo que explicarle sus sospechas, llamaron al cerrajero previsto para esas ocasiones por el cuerpo policial y abrieron la puerta sin necesidad de tirarla abajo, como ocurre en las películas que las puertas parece que únicamente sirviesen para no ser visto ya que la derriban con una simple patada. Y entonces sí se desprendió un hedor insoportable a cuerpo en descomposición. En efecto, yacía sobre la cama semidesnuda, hinchada, en el cuerpo deformado presentaba lo que parecían ser varios orificios de un arma blanca, el colchón y el suelo estaba manchado de una costra oscura que parecía ser sangre, junto a otros líquidos viscosos, pestilentes, y en diferentes lugares de la cama y del cuerpo se movían inquietos acaso por la repentina irrupción de extraños en su tranquilidad, decenas, cientos, miles de gusanos contorneándose unos sobre otros.
Dos hermanos irlandeses emigraron a España y se casaron con dos mujeres españolas.
Cian y Brendan se llevaban un año, Rowan y Erin solo habían tenido dos varones, tuvieron otro, Liam, que no llegó a la semana, toda la vida lo extrañaron y veneraron, tanto que le pusieron su nombre a la casa familiar, una casita adosada en las afueras de Kilkenny, el pueblo de la cervecería de St. Francis Abbey, la más antigua de Irlanda.
Clara y Camino también eran hermanas y se llevaban un año y poco cada una, eran naturales de Lois, un coqueto pueblo de la montaña leonesa próximo a Asturias, pero se criaron en Puebla de Lillo un pueblo cercano a donde decidieron trasladarse por razones de trabajo sus padres Raúl y Cipriana cuando las hijas aún eran unas niñas. Lois había sido un pueblo todo lo aristocrático que podía ser un enclave entre aquellos picos, con escuelas de oficios desde la era medieval , casas blasonadas, familias de estirpe, y en la zona a todos los que provenían de allí los solían tener en una consideración aún mayor que si llegasen de la gran ciudad, donde en definitiva, la gran mayoría no eran más que borregos practicando como mulas de carga.
Transcurrían los inicios del siglo veinte cuando el ser humano comenzaba a jugar con una guerra en la que podía mostrarse a sí mismo hasta que grado de destrucción habían alcanzado, cuando Rowan decidió emigrar a España a causa de la persecución de que ya era objeto e iba in crescendo debido a su activismo cada vez más involucrado y beligerante por la libertad de su tierra del imperio británico.
1942
El barco salía de Vigo a Buenos Aires un día después que el de su hermana rumbo a Nueva York. Habían decidido entre los cuatro que en medio del clima violento y la miseria que vivía el país, un matrimonio emigraría donde se hablaba el idioma del marido mientras el otro donde la lengua madre fuese el de la mujer, eligieron Estados Unidos y Argentina por la promesa de futuro que brindaban sus economías boyantes.
Irlandés en Nueva York y española en Buenos Aires, a priori la integración estaba garantizada, además de la paz y el progreso, pero nada de eso era lo que les esperaba.
Año nuevo, culo de oro
La época de navidad era nociva, evidenciaba que por una razón u otra siempre estaba lejos de esos afectos que prefería tener próximos; pero también en aquellos años en familia en que iba a donde mis padres decidiesen, ya fuese casa de los tíos Roberto o Cipriana, entonces sentía que la única relación que tenía con esa fiesta era que ponía a prueba mi capacidad de resistencia frente al paso el tiempo, extraordinariamente lento cuandose le presta atención, y tremendamente efímero cuando se desea que se demore en una parada de asientos mullidos y senos retozones.
Acaso la hora de despedida en lo de Cipriana para ir casa abriendo los regalos en el coche o el camión de papá, fuese más pasable, o el despertar en lo de Roberto con aquella cocina de asientos en estilo vagón de tren que daban al verde de San Isidro, o la mesa del jardín donde estaba mi tía Celia casi siempre dirigiendo la batuta de las charlas, no por ascendiente jerárquico sino porque contaba con mayor despliegue de gracia, y mi madre haciendo chistes eficaces como lo corroboraban las risas. Esos días siguientes cuando podía observarlos fuera de los brindis y los cohetes permanecen en mis recuerdos inalterables, como espacio privado de confort, como la habitación del pánico.
Después pasé unos cuantos años donde la navidad estaba prohibida entonces brindábamos por año nuevo, esta fiesta sólo tenía lugar en casa, con mi madre, mi abuela y mis dos hermanos, sin regalos ni arbolitos ni un montón de parientes que evidenciaban la ausencia absoluta de elogios motivacionales. Sólo los cinco y la mesa que la abuela se había ingeniado en adornar con platos exquisitos con la menor cantidad de ingredientes que alguien pueda imaginar. Días los recuerdo con una mezcla nostalgia y de tristeza gélida, abandónica, estábamos juntos un rato, todos los que ya no nos hablamos, ni nos escuchamos más, ya sobrevolaba un presagio del desenlace fuera de aquella trinchera, eran los últimos hurras percibiendo la cercanía de la derrota. Si nos queremos o no es algo misterioso que habita en la relevancia que cada uno le cede en su espacio interior; en mi caso sólo puedo reconocer latidos sonoros, sobre los cuales prefiero obviar la naturaleza o calidad que les precede. Mi abuela era el elixir de la comunión, la antorcha colectiva, entonces jugábamos cartas, Scrabble, dados, ella era española y sus juegos de cartas eran con naipes y eran típicos juegos vespertinos de bares españoles, tute, brisca, escoba. Pero a mi me gustaba el juego mas infantil y simplón, "el culo sucio". "Las risas parecían ovaciones, parecían, de una noche de gala en el Colón" cuando alguien se quedaba con el culo sucio.
En año nuevo no tocan regalitos, evitaba confrontar cuanto tiempo y recursos dedicaban los mayores en honor a cada uno en la inevitable comparación con los demás. Y por otro lado, aunque alguien se encaprichase en hacer regalos en aquel páramos de tiendas, era una empresa tan improbable como respirar bajo el agua sin aqualungs, snorkel, ni branquias.
Curiosamente, volví a ver a mi padre tras diez años a solo una semana de aquella navidad en que fuimos a lo de tía Cipriana ya fallecida pero con todos los parientes de ese lado presentes y luego a lo de otra tía, Carmen Córdova que a la sazón, era como si fuésemos a lo de Roberto que ya no viviría más en San Isidro seguía fuera del país. Despues de diez años de no ver al viejo, de crecer el doble de tamaño y varias veces en acervo, fuimos juntos a las dos casas en la misma navidad. Aquella noche me sentí feliz por ver a toda aquella gente, al país que me selló, y por olfatear, probar, sentir nuevamente tanta carne y cosas ricas juntas en distintas mesas en única noche.
Después hubo unos años, dos décadas para ser exacto, en que pasaba la navidad con la familia de Patricia. Aunque me sentía agasajado como nunca en afecto familiar, lo cierto es que nunca pude agradecerlo del todo porque mi sonrisa y mi indumentaria no se correspondían con el entusiasmo interior. Hoy siento más que fue mi familia, que los extraño, espero que esa vía misteriosa que nos trae y lleva sensaciones se los deposite y que alguno también me recuerde por alguna buena cosa.
Sin embargo una vez más los Año Nuevo acudían en auxilio de la asfixia por tanto barniz. en casa de los eternos Marcos y Mirta y en nuestra mesa larga que daba hasta para catorce comensales. Pero había un detalle, todavía bebía como un cosaco y fumaba como un escuerzo; para todo bebedor y fumador compulsivo estar rodeado de comensales que ríen y hablan a los gritos es una bendición para descorchar botellas durante una eternidad sin salirse del decorado.
Hace años que no pruebo gota del elixir del canto y el zigzag.
Acaso la navidad esté más presente para quien la empieza a evitar en noviembre que para quien tira la casa por la ventana un mes más tarde, para quien fantasea con una navidad de estilo nórdico, sin regalos, con nieve, luz tenue, escoltada con una cena copiosa, susurros de alegría y la promesa de días de asueto. Al final, se trata de recuerdos y lecturas, lejos del agobio y el empeño de encajar entre servilletas rojas, alegría pautada y sobre todo, entre tantos testigos de esta sempiterna inutilidad, de esta verticalidad pretendida que camufla el temblor, el frío, la rabia y la cordura extrema.
Y el sombrero sobre la silla aplastado por un trasero gordo, charlatán y ampuloso, empapado en colonia barata.
Más sucio que el as de oro, tan feliz como el "culo sucio".
Vivan la cadenas
A muchas reflexiones y sornas nos invitó esta Copa Mundial, desde la hipocresía occidental regalándole un campeonato a los Talibanes con dinero, porque esa es la única diferencia de Catar o Arabia con Afganistán respecto de los derechos humanos, hasta el altísimo nivel deportivo expuesto en los 32 selecciones, que llevaron a grandes seleccionados volver cuando aún no habían cerrado del todo la puerta de su casita. El manejo no siempre adecuado de la herramienta VAR para minimizar las injusticias, una organización exquisita sobre los cadáveres de seis mil quinientos trabajadores socialmente ubicados entre obreros y esclavos, la riqueza de los jeques y la impunidad de todas las violaciones a las libertades y derechos fundamentales. La superioridad como equipo de Argentina y como ente deportivo futbolístico de Leonel Messi Cuccittini y la calidad de Marruecos, Croacia, Costa Rica o Canadá. La altísima competitividad de una gran Francia y el seguro segundo puesto y relevo como primero de Kylian Mbappé. Y mucho más.
Pero acaso lo que más me sorprendió no de la manera más grata fue la inquina-envidia que en primer momento pensé que era producto exclusivo de la prensa y elite madridista con respecto a Argentina, toda vez que no solo no mediaba una razón histórica para la bronca, sino más bien muchas para la gratitud o el respeto, pero al final pude ver lamentablemente que se trataba también del público común, de los parroquianos de los bares. Me pregunté si Argentina había invadido a España alguna vez, o los habría colonizado, o si sus empresas explotaban españoles, me pregunté si no había sido Argentina el hogar de millones de españoles desde la conquista, y muy especialmente luego, cuando no fueron a mandar sino a saciar el hambre, a trabajar para progresar y sentirse ciudadanos de pleno derecho, el que les otorgó la Constitución Argentina. Al mismo tiempo me pregunté si no había venido a España Evita Perón en un duro período, literalmente famélico, para hacer formal entrega de 400.000 toneladas de trigo, 120.000 de maíz, 8.000 de aceites comestibles, 16.000 de tortas oleaginosas, 10.000 de lentejas, 20.000 de carne congelada, 5.000 de carne salada y 50.000 cajones de huevos, todo para el pueblo español, en solidaridad de un Perón criado en el fascismo de Mussolini, para con el fascista ibérico pero también con las vicisitudes extremas del pueblo español. Antes de encontrar respuesta empecé a preguntarme si en serio todos esos feligreses de barra y chato que habían sido hooligans primero de Polonia, después de Australia, más tarde de Holanda, luego de Croacia, se atreverían a hinchar en favor de Francia contra un país que además de haberlos ayudado en los momentos más difíciles, eran hijos, descendientes suyos, que atesoran tanto el idioma español que lo recrean, lo enriquecen se envanecen hablándolo, enseñoreándolo, se pavonean honrando la lengua de Cervantes cosa que debería enorgullecer a España, y que al parecer, a algunos les da bronca. Mientras rotativos ingleses, país con el cual Argentina mantuvo un conflicto armado relativamente reciente, como The Sun o Daily Mirror se alegraban de la victoria argentina, la madre patria se enojaba por la alegría de su hijo benefactor.
Acaso más sorpresa aun que esa inquina tan pronunciada, para la que sin duda, aunque de manera muy oculta, alguna razón mediará, fue que hinchasen a favor de Francia en la final. Ese maravilloso país al que mi educación le debe todo el refinamiento cultural, la noción de la rebeldía y los valores cívicos del modernismo, pero que acaso a la Historia de España no sea lo más amable toda vez que fue padeciendo sus invasiones que murieron cientos de miles de españoles, que eligieron cortar las cabezas de monarcas que España decidió servir, y más hacia nuestros días siempre han mostrado un halo de superioridad muy manifiesta respecto del resto del mundo pero en particular de sus vecinos tras los Pirineos. Y para rematar, específicamente en el mundo del fútbol, solo se puede explicar la animadversión con Argentina a merced del lobby madridista por el daño futbolístico causado por Messi en la casa blanca, el mayor goleador de la historia de los clásicos, cosa que era su obligación. Pero es un disparate que el amor a Francia partiese de ese mismo lobby después de la humillación a que sometió al Real Madrid su estrella Kylian Mbappé, no solo tomándoles el pelo hasta un día antes de su contrato, sino riendo cuando su afición cantaba el ya famoso “puto Real Madrid “ en el campo del Paris Saint Germain.
Fue triste y así se los hice saber a los presentes en aquel bar, les comenté que jamás los argentinos irían contra España o Italia si jugasen contra cualquier otro país, que era sorprendente, triste y una dura enfermedad española que se venía repitiendo desde las Guerras Carlistas, nunca algo más cainita, antes con la traición de Fernando el Deseado- el Felón vendiendo la España de los liberales a su "padre" Napoleón tras tanta sangre derramada y tanto trabajo para confeccionar la Constitución de Cádiz, más tarde con el golpe de estado de Franco matando más de medio millón de compatriotas, el odio a catalanes y vascos, el de estos a los godos. Obviamente tuve amigos españoles que me felicitaron, pero eran amigos, ello no alcanzó a camuflar. Lo más gris es que casi todas las hinchadas del mundo querían que ganase Argentina, por Messi, pero su madre, ex peticionaria y beneficiaria de pan, paz y patria, no.
Radiografía de un mal endémico. Y por qué no admitirlo, también hereditario.
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