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8 mayo 2021 6 08 /05 /mayo /2021 20:27

Radio era casi sordo cuando le convenía, tenía la velocidad exacta y las ideas claras cuando salía de su casa en la tarde después de la hora en que todos almuerzan. Pero era un cabeza de zapato si por la razón que fuese tenía que poner un pie en la calle en horas de la mañana.

Ese día salió dormido, aletargado, como embotado en sus pensamientos pastosos, con los ojos inyectados en plumas de ganso para almohadas anti asmáticas. Era un fantasma callejón abajo por el costado de la panadería, tenía una moneda en la mano que llevaba metida en el bolsillo derecho y la punta de sus dedo medio tocaba las llaves del coche viejo. Del rojo, ese que todavía estaba rodando con sus ruidos y su rock’n’roll. La moneda era de pocos céntimos.

Su casa se abrió en canal a lo lejos mientras despejaba el presente en esas calles espesas, dragadas hasta las cloacas donde la mierda navegaba a contramano con pedazos de piel, pelos y gotas de sangre. Todo lo que logra sobrevivir a los jugos gástricos naufraga por las entrañas del callejón, cloaca abajo. Su casa a lo lejos se partía en dos como un higo, la esposa dormía al lado de la cuna, reinaba la paz del sueño, la inconciencia del descanso. El menefreguismo de la haraganería levantaba los tablones del parquet y los convertía en remos que se impulsaban contra el haz de luz que emanaba de la lámpara del techo. Una bombilla Phillips sin obsolescencia programada que dejaba ver los agujeros de las caries e iluminaba el mal olor que escapaba entre las costuras flojas de los calzoncillos y las bragas. El remanso de la holgazanería.

Radio no paraba de caminar aumentando la prisa, como si cada balcón de las calles cada vez más anchas y bañadas por el sol fueran a desprenderse de sus paredes y caer sobre sus talones, sobre sus gemelos, sobre el paisaje trasero en que él imaginaba su casa abriéndose como una flor unas horas antes al amanecer, como el mar pacífico, como la rosa Shakespeare. Apretaba el paso con la moneda asida entre sus dedos índice y pulgar, mientras el medio ya había dejado la llave del coche para acariciar un huevo por encima de la tela del bolsillo del jean “oh que sensación”.

La panadería estaba cerrada pero enfrente estaba la tienda de golosinas que también vendía unas barras de miga horneada parecida al pan. Cuando hubo despejado sus dudas de porque permanecía cerrada a esa hora de la mañana la panadería de los coscorrones tostados y el suelo grasoso, bajó la acera y cruzó la calle que cubría los ríos de mierda, olió un aroma breve pero inconfundible a alimento horneado y entró en la tienda de los chinos. Se bajó los pantalones le hizo señas a la china para que le manosease el rabo, ya que se le había parado de tanto tocarlo con el dedo medio, y la mujer oriental dueña de la panadería auxiliar accedió como de costumbre. Su marido no sentía el mismo entusiasmo que ella cada vez que la sorprendía dando placer. Precisamente el chino estaba sacando el pan del horno eléctrico y Radio le pidió dos barras. Las pidió entrecortando las palabras para acariciar la mano de su esposa, pagó, y sin poder esperar a saciar sus deseos, se despidió de los dedos suaves de la china, guardó el venoso en su bragueta y volvió a jugar con la moneda.

Apretó el paso más liviano de toda aquella mañana e impulsado por la intuición de los efluvios de la peste que no quería oler, fue alejándose con dos barras de pan industrial calientes bajo el brazo, dejando atrás la descomposición de los balcones y el duelo de los guapos, camino a su casa que de a poco volvía a la normalidad a lo lejos, donde con calcetines y camiseta de una semana dormía su esposa cerca de la cuna del bebé, un cabezón divino que con los pañales bien cagados se aferraba a Morfeo.

Cambiarle los pañales al niño, calentarle un biberón, prepararle la bañadera, meter la ropa sucia y olorosa en el tambor giratorio de la bendita lavadora, radio recordaba cuando su abuela le lavaba todo a él a su madre y padre a mano, a lo sumo con la ayuda de una tabla e madera, que a veces era del mismo material que la pileta porque venía ya incorporaba. La abuela se levantaba primero que todos y se acostaba cuando ni las moscas de al cocina tenían más energía para seguir jodiendo bssssss, bsssss, ni tenía sentido que lo hiciesen si no había nadie entre migas y alguna fruta. Radio no esperaba que su mujer de la que no estaba casado pero llevaban más de diez años juntos, se despertase para atender a la criatura, ni para hacerle un café descafeinado con leche sin lactosa y sacarina, él casi de manera instintiva lo hacía todo, no necesitaba a nadie más que el recuerdo de su abuela, que podía con eso y con todo lo que le echasen.

Dejó las barras de pan en la encimera, puso la cafetera y una tetera eléctrica porque él no podía tomar café, al menos no ese café tostado y metido en el paquete hace tanto tiempo, que en el mejor de los casos sale de la cafetera con un sabor la cuarta parte de bueno que en una buena cafetería con una buena máquina con café portugués o italiano recién molido, en su mesita leyendo o mirando pasar los culos enfundados en sus jeans jamoneros de temporada. Prefería infusión, y dañarse el estómago de vez en cuando con verdadero placer de labios y papilas.

Puso unas tostadas de paquete sobre la sartén para calentarlas, sacó mantequilla y mermelada de fresas y puso todo sobre una bandeja que llevó a la cama de su querida dormilona.

Ella abrió un ojo, sonrió, dijo buenos días soltando un leve aroma a boca cerrada durante horas reteniendo los resultados de los procesos digestivos y sus descartes, que fue in diminuendo en la medida que siguió hablando palabras en voz baja y sin demasiado sentido. Radio le miró el culo, era algo que no podía evitar, el culo de Perna era francamente una delicia para la vista, contornos de nalgas, caderas, y vientre, columna, piernas y cintura que rozaban la perfección, solo la resistencia a una higiene más pulcra, equilibraba un tanto aquella maravilla. La braga que era rosada tenía la parte del bollo con toques amarillentos sobre el color original. A eso se refería Radio cuando le decía “mi amor ve a lavarte y no te eches agua así nomás, dale jabón y estopa a eso” y en silencio, en su interior aunque estaba seguro que Perna lo entendía con un sexto sentido de comunicación: “porque si no te va a mamar el bollo tu abuela”.

Él sostenía su taza cerrada comprada en Starbucks, llena de ese té de Sudáfrica, que le permitía ir tomando de a sorbos durante una hora o así.

-¿Qué hacemos hoy cariño?, podemos ir a la sierra con el niño- a ambos les encantaba ver con la alegría que el bebé se tomaba los viajes en coche saliendo de la ciudad y viendo el verde o la nieve. el niño era la verdadera fiera de esa casa.

-¿No te comenté que viene tía Eloa este fin de semana. Pero se queda en un hotel, dice que no quiere molestar– dijo Perna

- Coño, dile que venga al menos un día, le va a gustar estar con el niño.

Se metió en su habitación de lectura, computadora, televisor, música, y retiro, puso un disco de los Grand Funk, el concierto grabado “Caught in the act” y se tiró en el sofá, a lo largo, con la cabeza sobre un cojín forrado de cuero que impedía la entrada y salida de cualquier partícula de polvo, de ácaros, un cojín tan cómodo como saludable. Se quedó pensando con los ojos cerrados. La tía de Perna era la única persona que soportaba un día entero en la casa, también porque solía ser muy estricta en sus horarios y en sus buenas costumbres de “visita” , nunca hacía ruido cuando dormían, ni ocupaba demasiado tiempo los lugares principales de la casa, la mesita de la cocina, sus dos sillas del comedor preferidas, su sillón favorito, ni entraba al cuarto de pensar excepto si alguna señal la invitaba a pararse en la puerta preguntar algo y luego a pasar. Ese era el mejor momento con la tía Eloa, que a pesar de sus años, seguía estando más buena que el pan caliente con mantequilla salada y ajito picado. Radio nunca le metió mano pero muchas veces estuvo a punto, y aquello lo ponía muy excitado. Cuando la tía cruzaba las piernas y dejuaba ver pispear dentro del escote, el cuartito se convertía en un oasis

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21 abril 2021 3 21 /04 /abril /2021 13:09

Faltaba poco para fin de año y nos pasó a recoger un automóvil Volga para ir a conocer los dos nuevos departamentos que nos daría el ICAP. Atravesamos Centro Habana hacia La Habana Vieja, no era el lugar donde había que vivir, íbamos para el lado contrario al que sería considerado mejorar, todo lo que era del Habana Libre hacia la parte más destruida de la ciudad en busca del túnel, era claramente un castigo, todo lo que fuese internarse en ell Vedado en procura del otro túnel que llegaba a Miramar, era un premio. Pasamos a La Habana del este, los paisajes eran amplios, los conocía de cuando iba a la playa, circunstancia en la cual, cuando la vista se perdía de un lado hacia el mar y del otro hacia la frondosidad caribeña de la naturaleza salvaje apenas recortada por algún jardinero anual, solo cabía el disfrute de la contemplación, modificaba diametralmente la percepción cuando uno entendía que ese sería el camino a casa, o l,o que es peor, desde casa, enterrado en casa, ahogado en casa, conminado y enclaustrado en casa.

Por primera vez salí de la carretera antes de las playas del Este para entrar en una carretera más angosta que anunciaba que estábamos en los dominios del barrio obrero de hombre nuevo de Alamar, y aparecieron en el perfil que marcaba la horizontal de mi ventanilla bajada los primeros edificios de la barriada dispuestos de forma desordenada, con sus típicos tanques de agua arriba y sus cinco plantas por escalera, ubicados sobre jardines improvisados en la tierra roja. Estacionamos,, bajamos del Volga y tomamos un camino de concreto que nos llevaba a dos escaleras, donde estaban situadas las que serían nuestras viviendas. Del lado derecho había un Círculo Infantil,. Y del izquierdo se alzaba el espanto de bloque al que de ningún modo quería mirar.. subimos la escalera observados sin el más mínimo reparo por decenas de pares de ojos, y entramos a la vivienda, amoblada, dotada de refrigerador, televisor, radio, y utensilios de cocina y limpieza, de ahí fuimos a la otra que era exactamente igual pero estaba dos escaleras más allá. Llegado ese momento la nuez y los esfínteres se me aflojaron, fue el primer uso que le di al baño, cuando tiré de la cadena quería que agua me llevase consigo y no solo concluyese aquella pesadilla, sino que quedase muy atrás, lejos, tanto com estaba ese espanto del Hotel Habana Libre. Creo que a todos se les quitaron las ganas de comer los ravioles de la abuela, nos habríamos conformado con los cientos de platos humeantes que llegaban de manos de las camareras a nuestras mesas de refrigerio, y habríamos con gusto aplazado esa romántica idea de de tener vida de barrio como solía decir mi madre.

A la semana pasaron a recoger nuestros enseres en camionetas y nos volvió a llevar el Volga pero sin regreso al hotel. Los obreros subieron los libros y algunas cosas más que se habían juntado en tres años y medio, y el encargado del ICAP que nos llevó, esa vez sin subir al departamento, acaso también no demasiado emocionado con la estética que le brindaba el edificio de la zona 6 de Alamar, su vecindario tan popularmente revolucionario,  esas flores Mar pacífico que recubrían los muros del círculo infantil y la sombra del framboyán, nos brindó su última sonrisa servil, la de ¡buff, que bueno, terminó todo! Se subió al coche ruso, encendió y antes de que mi brazo extendido pudiese detenerlo, pudiese lograr devolverme a la habitación 21-31 de L y 23 3n 3el Vedado, para conservar las últimas gotas de argentinidad que amenazaban con diluirse en esa calle de cemento sin rejillas, sumideros ni historia. Volví a caminar con la cabeza baja.

Así fue que finales de 1976, tres años y medio después de haber llegado a La Habana, una vez cerrado el sarcófago a toda licencia estética, fue cuando realmente aterricé en proyecto revolucionario cubano.

Jamás nadie escuchó de mi boca ni de mi madre y abuela una queja al respecto, porque éramos agradecidos y educados, y porque me dolía ver exiliados que se quejaban amargamente, mientras los cubanos debían trabajar tres años para obtener una de esas casas sin muebles ni electrodomésticos; pero esta es la pura verdad.

Alamar, el coscorrón del pan
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20 abril 2021 2 20 /04 /abril /2021 15:40

Pasaron meses en que seguíamos con nuestras vidas ordinarias mientras los equipos de trabajo de refacción del hotel iban subiendo pro cada planta, ocupando cada piso con taladradoras, martillos, baldes con cemento, levantando alfombras, golpeando paredes, empezando por el lobby que ya parecía una superficie extraterrestre, en la que en cierta manera daba una sensación de riesgo caminar  ver convertido cada rincón conocido, cada esquina, cada tienda, baño, zona de sillones, alfombras, bares todos destartalados. Luego fueron subiendo del segundo piso al Mezzanini, aunque como era el comedor en que la mayoría de los huéspedes estables solíamos comer, no lo destriparon como el resto de plantas.

En un cumpleaños de Ronnie, los padres lo habían llevado a cenar a un restaurante que pertenecía al hotel y nunca lo habíamos sabido, el “Polinesio”. Y la razón por la que ni siquiera lo habíamos sospechado, incluso llegamos a ir pagando, es porque para entrar había que salir del hotel y caminar por un pasillo lateral que daba a la Rampa, donde se formaban colas de cubanos esperando para ser atendidos, porque se habían ganado el derecho a cenar por sobre cumplir una norma de trabajo o por haber delatado a un contrarrevolucionario del barrio. Cuando Ronnie nos lo dijo empezamos a ir cada vez más, la comida era muy rica, de tipo oriental, arroz fritos, maripositas chinas y pescados en modo de chop suey. Y precisamente en esa época lo mejor del Polinesio es que no se hacía evidente mientras se masticaba la comida el desmantelado del hotel.  Incluso en la mesa sueca del piso 25, ya habían empezado las obras de levantar los suelos en el ala de enfrente que era el cabaret Pico Turquino.

En un momento llegó la refacción al piso 21 y ya salir de la habitación era triste. En el hotel no quedaba nadie que no fuésemos los pocos exiliados fijos, era como sacarse una curita muy de poco haciendo levantar cada pelo desde su poro lentamente hasta dejarlo afuera. Un día que me dirigía hacia los ascensores entre cables y hierros retorcidos, escuché unos gemidos que provenían de más allá de la puerta que llevaba a la parte de los utensilios de trabajo de los empleados, donde estaba también el cuarto de cambiarse de ellos y un baño con ducha. De adentro del baño procedían los suspiros y los –ahhh-, que rico- así que con cuidado me agaché para mirar por las hendijas de madera de la puerta amarillo apagado, y vi a Miranda y a  mi mucama preferida, Yolanda que en ese momento me di cuenta de lo buena que estaba ya que nunca la había mirado desde ese prisma, duchándose y clavando como desesperados, como si además de los cables por el suelo y los focos de luz colgando, un palo bien eléctrico fuese a dar más credibilidad al largo adiós que se aproximaba. Yolanda estaba de espaldas y se echaba hacia atrás con ganas recibiendo la tranca de Miranda, que era un mucamo calvo, canoso, bastante mayor que se dedicaba a limpiar los lugares comunes de pasillos y ascensores más que las habitaciones, pero que de viejito parecía no tener nada; cuando Yolanda echaba el culo hacia atrás para sentir la clavada Miranda al unísono la ensartaba con un seco y chapoteable “touché” de esgrima que hacía saltar los tapones del curioso. No sé si fue mi respiración o la mano, pero hice un ruido y de inmediato se giraron ambos hacia la puerta, así que salí raudo de allí. Aún hoy aquella imagen de la buena de Yolanda gozando de aquel modo de un palo con el suertudo de Miranda que no cesaba de dar morronga en medio de aquel desmoronamiento, de la caída de cada trozo de historia desde que Hilton concibió aquel mastodonte, excepto en el baño en que nadie nunca había reparado, levantando la espada victoriosa de los únicos que habían vivido aquella epopeya trabajando, cumpliendo y dejando los asuntos del palacio bien doblados y en perfecto orden.

Miranda y Yolanda
Miranda y Yolanda

Miranda y Yolanda

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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 14:57

Cuando era chiquito era muy tímido, enfermizo, aunque un poco cabroncete también.

Después me volví un poco loquito, no paraba de joder desde la mañana a la noche.

Y cuando adolescente se me destapó la olla, fuera estudios, rock'n'nroll, vagancia, cochinada, niñas si alguna quería y drogas.

Fue la etapa cuando más fuerte me drogué, pero con drogas de farmacia. En Cuba. Unas eran un blíster de pastillas para el Parkinson, que con una ya ibas puesto, pero si tomabas cinco era de verdad un suene que nunca volví a conocer. Hablaba con uno, me giraba, volvía a girarme y cuando lo veía, le decía ¡coñó, tú aquí! ¿qué bolá?

Todo era brillo en la piscina de los rusos.

Y otras píldoras eran de una enfermedad mental, también con tres te ponías a saco.

Las pastillas se conseguían sin buscarlas, si te ponías a buscarlas nadie te iba a suplir, en aquellos años era algo muy delicado. Un amigo de un amigo, siempre después que ya hubieses faltado suficiente a clases, fugado del campo, roto cristales o enseñoreado la distinción de "diversionismo ideológico" en el expediente escolar acumulativo.

Cuando probé el efori, por más que me gustó y pasé la tarde escuchando "Midnight Lightning" de Hendrix una y otra vez y partiéndome de risa con Jardines, el del espendrún del edificio que la conseguía suave y rica, no me pareció ni la milésima parte de despingante y descojonante que las pastillas.

De viejo mi toque sabroso fue con el alcohol, pero ojo, me hice adicto a otra droga que no mencionaré porque tampoco hay que contar todo; hace mucho la toqué por última vez, pero seguiré siendo su fiel escudero hasta el fin de los tiempos, en el confín del Averno.

Un cabrón al que los románticos llaman "bichito", que vuela de ala en ala pudriendo las plumas.

Es curioso porque hoy que no tomo ni fumo ni bebo nada que interceda en el sistema nervioso central, el bajón del corazón, actuó como un frenazo lisérgico. Camino como si nunca fuese a llegar y tampoco me importase más que el paisaje de los lados.

Es un largo camino para llegar a la cima si te gusta el rock'n'roll.

 

Tremenda agua

Tremenda agua

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27 marzo 2021 6 27 /03 /marzo /2021 12:27

Evelio nos enseñó a fumar en el segundo piso en los asientos frente al Salón de Embajadores.. El primer cigarrillo que me eché, uno de tabaco negro de la marca Populares, sin filtro, me dejó mareado y casi vomitando. A los demás le pasó igual. Al siguiente día insistí, y ya me dolía menos la cabeza y las arcadas eran menores. Y así no sé bien porque razón me empeciné en fumar y, en breve estaba yendo a comprar paquetes de cigarrillos con la tarjeta de la habitación, de mejor calidad que los Populares, pero también más fuertes. Aunque lo cierto es que no fumaba más de un cigarrillo por día, y eso si me juntaba con Evelio y con alguno más que se aventuraba a la humareda Los chicos queríamos parecer hombres, salir a trabajar y conseguir el sustento no podíamos, tener la pinga más larga y singarnos todas las mujeres que creíamos había que taladrar para que n hubiese dudas por ese lado, tampoco podíamos, pero ¿un cigarrito? ¿quién no se podía echar una bala?

Mi mamá fumaba mucho y no se notaba en el entorno si alguien más olía a tabaco quemado. Evelio me había enseñado a tirar piedras, decía que los extranjeros tirábamos piedras que parecíamos patos. Se les llamaba extranjeros a los que generalmente provenían de países donde no se jugaba béisbol no a un dominicano o a un venezolano que también eran buenos pitcheando y por ende tirando piedras. Me había enseñado también un par de trucos para empezar a una bronca, para no perder de entrada. Ese par de trucos me han servido toda la vida para las contadas ocasiones en que debí echar mano de ellos y, por último, a fumar.

Por eso cuando jugábamos a escondidos, a atraparnos en la piscina al tesoro escondido u otros juegos similares, y yo invitaba a Evelio, me parecía que nos estaría viendo como unos nenes caca, en su cuadra jugaban a las bolas, cosa que muy a menudo llevaba bronca incluida con Carlitos Becil o cualquier otro que se quedaba con todas bolas porque le daba la gana, lo que se llamaba "manigüiti"; se jugaba al trompo, enrollado en una pita se lo tiraba con fuerza y habilidad y se competía en quien lo hacía girar más tiempo , o en condiciones más difíciles. Había algunos que recogían el trompo girando en el suelo con la pita, y hacían que el trompo mantuviese el equilibrio girando en la cuerda. Eso se jugaba sobre tierra, nosotros no teníamos tierra dentro del hotel, y donde había en las inmediaciones había pandilleros también, o simplemente cubanos normales, que estaban invitados desde la cuna a medirse con los demás en broncas. Claro que también había muchos cubanos que no les gustaba la bronca, pero esos no jugaban en la tierra ni a las bolas, ni al trompo, ni a la carriola ni a la chivichana.

La chivichana era un carrito de madera armado de modo artesanal por cada vecino, por lo general para acarrear barriles, cajas, bolsas pesadas, tiene una base donde apoyar el producto, y debajo dos palos con ruedas formadas por cajas de bolas del desguace de automóviles, las ruedas delanteras estaban atadas por una soga que era el timón, y cuando no lo usaban los mayores, los chamacos se tiraban con eso por una pendiente y a eso le llamaban diversión. Una vez traté de tirarme en chivichana pero me iba contra la acera porque no controlaba el tiimón, Cuando yo veía una chivichana me producía escozor, era como si me garantizase que ya me estaba aplatanando tanto que nunca conseguiría salir de aquel cúmulo de “chealdades” de esa especie de reino del mal gusto que rodeaba todo lo que no fuese extranjero.

Pero no, Evelio no sólo no se reía de nosotros, sino que a su vez aprendía a ver el mundo de otra forma, el mini mundo o la madeja que cada uno tenía en su coco. Era tremendamente respetuoso de todo lo que hacíamos por más imbécil que a mi me pareciese. Disfrutaba e los juegos igual que nosotros, dentro del hotel era otro más que no jugaba a las bolas ni andaba en carriola, saltaba por la piscina, leía a Salgari, se interesaba por las incumbencias de cada uno de los pibes del hotel.

Se daba esa circunstancia, dentro del hotel los bobos eran los de afuera, en los barrios de donde eran los alumnos de nuestras escuelas,  claramente los bobos éramos nosotros, ese equilibrio era el responsable de que ningún grupo se burlase del otro, de alguna manera ambos se atraían a la vez que se temían.

 
Con Evelio en el hotel

Con Evelio en el hotel

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24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 21:18

Llegó el 24 de Marzo de 1976. ERP y Montoneros creían que la toma del poder era cercana. Empezó una masacre sin parangón en Argentina, los que podían, o querían escapar, llegaban por contingentes a Cuba, México, Brasil, Paris, Madrid, y decían: "la lucha será prolongada".

La mayoría del pueblo estaba con los milicos.

Yo solo pensaba en mi padre, en aquella celda, en aquella sangre, en aquel terror. Mi viejo, como su hermano mayor, son los únicos que pagaron con cara la llave de nuestra guarida. Nosotros dormíamos sobre la incertidumbre, ellos sentían la mordida de la rata.

A los dos años tuvo lugar el Campeonato Mundial de Fútbol, la gente gritaba ¡gol! mientras sacaban un ojo de su orbita o le metían un escorpión en la vagina a una joven militante en un torturadero clandestino.

La gente gritó ¡gol! hasta el hastío, mientras más gritaban los torturados más alto se gritaba el gol. Argentina ganó y todos fueron a festejar, ya no gritaban gol, gritaban Argentina Campeón. Y si veían a un botón o a un militar lo abrazaban y gritaban más alto ¡Viva el dolor!

La lucha será prolongada decía JP Vivanco de juventud Guevarista cuando llegó a LH, los Montoneros decían que había que rearmarse. Y así al año siguiente mandaron la "Contraofensiva Popular" a la máquina de hacer carne picada. La Negra Cordero, llena de vida, de amor, de risas, de fuerza, fue perdiendo cada milímetro de sus tendones en esa máquina. Todos murieron, menos quienes los mandaron. Todos sufrieron horrores menos quienes los usaron.

La lucha será prolongada decía el ERP. Lo que quedaba del ERP, que era casi nada. El Partido Comunista seguía órdenes de la URSS y de Fidel, todo el cono sur estaba sometido a horrendas dictaduras menos Argentina, que tenía un gobierno cívico-militar, que rompió el bloqueo de granos que había impuesto EEUU a la URSS, y eso los convertía en acreedores de medallas de honor del Ejército Rojo, que Videla intercambiaba por medallas de honor José de San Martín.

Fidel en Cuba se cuidó mucho de jamás condenar a la dictadura argentina. En los discursos decía el fascismo de Chile, Uruguay, Bolivia Paraguay y “otros”. Así fue que Cuba neutralizó la denuncia de Carter sobre la violación de los derechos humanos en Argentina, Cuba apoyó a Videla, y Videla hizo que la OEA no condenase a Cuba. Todo en casa. Todo por un puñado de rublos.

No había dictadura en Argentina pero era el país con más torturados y asesinados del Cono Sur de América Latina. No hubo Contraofensiva ni lucha prolongada. Se siguió oyendo el arrastrar de las ojotas fuera de la cancha de River: éramos campeones del Mundo de Fútbol y la gente gritaba ¡gol!.

 

 

Dolor y gol
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24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 01:10

La verdad

Para un argentino lo única comida cubana que podía ser considerada rica, es la fruta, el pescado y marisco. Nada de carnes, la de res se hace con mucho ajo, cebolla, limón y machucada. La de cerdo, para quien está acostumbrado a la mejor carne del mundo, tiene un retrogusto que no es otra cosa que lo que el cerdo come y su modo de vida. El pollo, bueno, el pollo es pollo en todo el mundo.

Luego estaban las guarniciones o acompañantes, arroz, de muchos colores, pero sólo arroz, acaso alguna vez papas fritas, pero casi siempre arroz. Blanco, con frijoles negros, con frijoles rojos, con azafrán y pollo o petit pois, pero siempre arroz, como chinos o como japoneses. También malanga o yuca, e incluso plátano.

¡Banana con arroz!

De a poco me fui acostumbrando, llegó un momento en que el arroz congrí, ese con frijoles negros y una yuca con ajito, aceite y limón me encantaban, pero al principio me parecía algo trivial, de una película de Tarzán, de un documental sobre leones.

Pero las frutas, ¡oh! el mango, la piña, la chirimoya, la guanábana, el mamoncillo, el tamarindo, el mamey o la fruta bomba eran una delicia.

Y los pescados.

En el Habana Libre comíamos todo tipo de pescados, en filetes, con salsas, en buñuelos, ripiados, con o sin espinas y al costado estaban los mariscos. Cada día un coctel de camarones, o una cola de langosta, o cualquier otro ser jodedor del mar. Yo era el único de mi familia que adoraba los pescados y los mariscos, mi abuela Elena también, era una complicidad que teníamos.

Mangos y pescado, ninguno de los dos necesitaba ajo.

Hoy, hay días que busco entre los bares y restaurantes al mediodía, a ver si uno, aunque sea uno de todos me da arroz como guarnición en vez de papas fritas o ensalada.

Y cuando voy a Madrid, siempre un par de días, uno almuerzo en un argentino, una parrillda, y el otro en un cubano, lascas de puerco asado, congrí y yuca con mojo.

Cosas vederes Sancho.

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho
Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 15:33

Zanelli era abogado y tenía un sentido del humor tan bueno como persistente.

Su hijo Marcelo sacó el mismo sentido del humor, pero además de hacer cuentos chistosos como el padre, aprovechaba la realidad más inmediata para convertirla en el mejor de los chistes. Todas las reuniones con Marcelo, generalmente en su casa se veían aderezadas con la hierba que conseguía Valeria, mate, literatura, rock, y coronadas por cataratas de risas. Lo más alucinante es que Valeria que vivía con él desde hacía un pilón de años, se sorprendía igual que todos los demás con los estoques de humor de Marcelo, quedaba claro que sí, que Marcelo hacía reir.

Sicoanalista, pintor, guitarrista de una banda icónica, lector, actor, conocedor de los escasos nexos que pueden unir la tierra del campo, el lazo del gaucho, los patos del lago, con la sensibilidad artística, cívica, intelectual y sociológica, y ambas dos, a la cancha de Boca.

Marcelo jugaba al fútbol también, tenía un tobillo fino, un día lo vieron jugar unos brasileros en Necochea y lo alabaron. Delgado, de rulos rubios de ojos verdes y de piel muy blanca, les daba gusto a los propios brasileros ver como los driblaba y se llevaba la pelota un tipo que no parecía provenir de la favela.

Era ganador de chicas, no al estilo chulo-putas, sino del tipo intelectual gracioso, bien parecido, ocurrente y con una fuerte convicción estética.

Conservaba sus amigos de la niñez, Waldo, Alejandro, y le encantaba hacer nuevos amigos. No nació en Capital Federal pero se había aporteñado en buena parte, y en otra parte llevaba siempre ese infinito campo argentino en su falta de interés en las mieles de la vanidad. Las buscaba, le encantaba ser centro, pero una vez logrado era el primero en reírse de sí mismo y de todo salame que se creyese algo sin saber poner una tranquera, pintar una casa, jugar al fútbol, pasar unos cuantos gramos de merca por la frontera boliviana, beber hasta caer, o levantarse y volver a ser porteño, sensible, fino y psicoanalista.

Una tarde, a un amigo suyo que trabajaba en un diario de moda que no duró más de dos años, lo invitaron a una fiesta de una revista underground sobre rock, drogas y literatura bukowskiana, y le pidió a Marcelo que lo acompañase. Eran muy amigos, eran parecidos y distintos a la vez, fumaban Parisienne. Marcelo decía de él, que para la cultura de sobremesa que mostraba, era increíblemente prefreudiano, Martín decía de él que aún siendo muy freudiano no tenía ni la más reputisima idea de cual de todas las cosas que le seducían, quería ser. Se burlaban de las pretensiones más intimas.

La fiesta no era gran cosa, pero había gente del mundillo under porteño arrastrados por Enrique Symmns que protagonizó varios proyectos más o menos pretenciosos de la época del reviente. Entre las figuritas había una rubia alta, musa de Enrique, decía que se llamaba Vera. El amigo de Marcelo le tocó las tetas cuando ya atesoraba un pedo considerable, y la musa Vera le dio una trompada en la cara que lo tiró del banco de la barra donde estaba sentado, al suelo del bar. Marcelo se percató  de que ya era hora de dejar la fiesta, recogió a su amigo, lo puso en el hombro, apuraron sus tragos y salieron. Pero Martín había llegado al punto de curda en que todo lo que no sea acostarse en la cama o en el baño arropado por el vómito, es una mala idea. Y empezó a gritar como si cantase blues haciendo zigzgag por el medio de la calle, entre los dos carriles, un blues indio, una baguala con berridos porcinos. Marcelo ya estaba con las pelotas llenas, pero no abandonaba a un amigo aun cuando ya tenía más que sellado el documento exculpatorio para dejar al indigerible Martincho en medio de su melopea.

Una patrulla de la policía se acercó en sentido contrario a los pasos sinuosos de los dos amigos.  En aquellos años todavía la policía argentina detenía a los transeúntes beodos y se los llevaba a dormir a la comisaría, en calabozos habitados por otros huéspedes, con mucha suerte también borrachines, pero a menudo, ladrones, minoristas, pendencieros. Por supuesto, los canas frenaron, bajaron y les pidieron los documentos. Marcelo desplegó un sketch de hermano mayor llevándose casi en andas al benjamín, visiblemente afectado por la no costumbre de ingesta de cualquier bebida alcohólica.

-Agente, él no está acostumbrado, se tomó una cerveza y le cayó así de mal, mañana tiene que trabajar, deje que me lo lleve a casa- los agentes accedieron y le reocmendaron que desapareciese ya.

Marcelo paró un taxi, dejó a su amigo en el edificio en que vivía y se fue a dormir. De madrugada lo llamaron por teléfono para preguntarle si conocía a un tal Martín, esta vez lo llamaban de la comisaría 14 de San Telmo, lo iban a dejar ahí apolillando hasta que se le quitase las ganas de cantar en el patio frontal del edificio, unas notas etilicas que iban desde una baguala al réquiem de un cerdo.

Marcelo dijo: sí lo conozco, mañana lo recojo.

Ayer Martín leyó una nota de despedida de Marcelo a Rosario Bléfari, que ya había fallecido un año atrás, en un diario argentino, las palabras que le dedicó a su también gran amiga Rosario, le llevaron el recuerdo de la calidad de su amistad. Fue un bálsamo en tiemposs de no demasiados festejos.

Y otro día, una vez más, como treinta años atrás, Marcelo le salvó el pertuso a su amigo.

 

 

 

Obra de Marcelo Zanelli

Obra de Marcelo Zanelli

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Published by martinguevara
17 marzo 2021 3 17 /03 /marzo /2021 00:31

Llegó el día que me tocó dejar la pañoleta de la primaria. Se acabó el verano y empezaba un año escolar nuevo, pero en la secundaria. Mi madre y los del ICAP habían decidido que como era casi norma general entre los hijos de exiliados, fuese interno a una escuela al campo, lo que se denominaba de manera coloquial “la beca”, porque sus siglas eran ESBEC, Escuela Secundaria Básica en el Campo. Yo no estaba particularmente interesado, mis amigos seguirían la secundaria en la ciudad, y eso de crecer era algo para lo que no me sentía particularmente preparado.

Una camisa celeste, pantalón y corbata azul, zapatos kikos plásticos, una maleta con algo de ropa y poco más, y a la parada del autobús que nos llevaba a la beca a Quivicán. La escuela se llamaba “Amistad Cuba Canadá”.

La idea de que los adolescentes estudiasen y trabajasen se le había ocurrido a Fidel como manera de aprendizaje temprano de la disciplina de trabajo, de los rigores de estar lejos de casa, y de paso dar un aporte a la producción, que no a la productividad, para el sustento de la educación. Para ello le echó la culpa a José Martí, pobre apóstol, desde que fue abatido en Dos Ríos, le venían atribuyendo cada vez más responsabilidades. Martí había reflexionado sobre la conveniencia de que los estudiantes aprendiesen algún oficio mientras cursaban sus estudios y se preparasen para la vida, pero ni remotamente participó de aquel esperperto experimental hijo de la idea de que la familia es una cualidad o un defecto de la burguesía.

Eran dos edificios, uno para estudios, el otro de albergue, donde se disponían literas de dos camas en fila. La mitad de los alumnos estudiaban en la mañana y trabajaban en el campo en la tarde, la otra mitad viceversa. En aquellos campos se sembraba y cultivaba la fresa y la papa, el trabajo consistía en desbrozar la hierba mala los surcos de fresa con una guatca o azada. Tras los tres surcos que tocaban por cabeza, la zona lumbar nos quedaba arruinada. Cada brigada tenía un jefe de brigada que por lo general era un mal estudiante, repetidor de grado, pendenciero, con quien nadie quería tener un mal entendido. Por encima de ellos estaba el profesor, que nunca aparecía por los surcos, y al mando de ellos, el guajiro que gestionaba la zona y conocía el trabajo. Una vez uno de esos guajiros me confesó que ningún campo trabajado por los chavales de las becas era redituable, generaban pérdidas. Las mujeres hacían los trabajos menos duros, pero las mismas horas.  Esa idea de que la mujer es más frágil en los trabajos duros, nunca fue demasiado combatida por el feminismo, así como tampoco la de que en caso de emergencia, mujeres y niños se salven primero, a diferencia de la emancipación femenina para ocupar los cargos directivos.

La ropa de estudio y de trabajo la proveía la escuela, zapatos y botas incluidas. Tres comidas, merienda, entrábamos los domingos y salíamos los sábados por la mañana. Hice un amigo particular, Juan José Sánchez, hijo de Sacha, una militante revolucionaria argentina, y de padre boliviano también revolucionario pero separados, Juanjo nació en Bolivia pero era argentino y se estaba volviendo cubano igual que yo, tenía una hermana desaparecida en Argentina, Graciela, que al ser detenida estaba embarazada. Vivía en el Hotel nacional, a unas pocas cuadras del Habana Libre.  Unos años atrás había tenido un grave problema en el corazón,  lo tuvieron que operar y quedó perfecto, sólo le quedó de recuerdo una enrome cicatriz en el pecho. Mis primos le pusieron el mote de “corazón” un lindo apodo más allá de que le pudiese recordar el pos operatorio. Sacha, la mamá de Juan José cuyo verdadero nombre era Matilde Artés, fue la primera abuela en econtrar a su nieta desaparecida años más tarde en democracia en Argentina, el famoso caso de la niña Carla Rutilo Artés, la primera recuperada de las manos de los asesinos de sus padres.

Con Juanjo pasábamos horas charlando de mil temas, las cosas que se nos ocurrían, que añorábamos, las chicas, sobre las cuales yo empezaba ya a tener un secreto interés muy acuciado, aunque sólo se resolvía el desenlace en la intimidad que ofrece la manta una vez que los demás duermen.

La parte en que tocaba estar en el albergue era jodida. Era el medio ambiente soñado de los guapos y los repetidores, que se amigaban con los mismos profesores que no los querían ni ver en las aulas, porque eran quienes podían manejar a los alumnos, así los profes tenían más tiempo para andar en los pasillos ya no iluinados con las profes. Los abusos de los más fuertes con los menos afortunados muscularmente hablando, eran frecuentes y a menudo se pasaban de la raya y dejaban a alumnos muy tocados, con miedo a ir al albergue, incluso con miedo a llevar algo rico para comer desde la casa por temor a que los guapos le abriesen la maleta y se lo quitasen, o si lo escondía mucho, le diesen una buena paliza. A mi me robaron muchas veces, denunciarlo era ser chivatón, se lo contaba a mi madre cuando iba de fin de semana al hotel, pero ella no podía hacer gran cosa excepto hablar con el director o con alguien del ICAP cosa que yo le pedía que no hiciese, sería peor, lo que yo quería era que me sacaran de la beca.

Hasta un día que empecé a desquitarme robando yo las cosas que veía fuera de las maletas, pero así como las robaba las tiraba por la ventana al barro. Camisetas, botas de campo, medias, calzoncillos, todo lo tiraba, y rompía maletas cuando no había nadie en el albergue. A veces faltaba a un turno de clases para ir al albergue vacío y poder tirar todo lo que encontraba y romper maletas de guapos y de profesores que también eran abusadores. Un día me descubrieron y me chivatearon a dirección. Se armó un lio, y cuando me llamaron dije que llevaba meses aguantando esos abusos, así que decidí cobrármelos como podía. Llamaron a mi madre, pero fue mi abuelo, aunque para montar un buen lío, se encerró en la dirección con el el director que estaba asustado porque un mal entendido con el padre el Che no era cualquier cosa. Yo llevaba semanas pidiéndole al abuelo que fuese a recogerme un viernes como hacían los pocos padres que tenían automóviles o los que a veces iban en coches alquilados. Juan José y yo nos quedábamos en el balcón las noches de viernes charlando con la mirada puesta en la carretera, con la esperanza de que uno de los coches que aparecía fuese el Lada de mi abuelo, que también lo recogería a él.

El abuelo fue un día a buscarme, y luego fue ese día a ponerle los puntos al director, a decirle que iba a denunciar que en esa escuela nadie cuidaba de los alumnos. Antes que fuese el abuelo, yo, escuálido, cabezón, mucho más tendiente a la risa que a la bronca, ya estaba por subir un escalón en mi toma de justicia vengativa. Llevaba semanas con la idea fija de cómo meterle una puñalada en las nalgas mientras dormía a uno de los abusadores repetidores, que se quedaban con la comida de los demás y tiraba botas llenas de orin en la noche por encima de las literas de los chamacos en brazos de sus sueños. Por suerte o por desgracia hay unos límites que están más acá de lo que uno supone, y también por suerte llegó mi abuelo a poner de rodillas a aquel bastardo de director. No sé si habría pasado el resto del curso fantaseando con algo tan poco tranquilizante, si lo habría hecho con la mano temblando y no habría podido hacerle más de un rasguño, o le habría agujereado el culo como un colador, como deseaba ya casi más que abandonar aquel lugar. Pero en todo caso, suerte que ahí terminó todo, ninguna de las opciones habrían cosido los flecos sueltos que habían vagando mi hipotálamo.

 

Parte II

La mayoría de la gente que pasó por mi beca tiene alguno de estos recuerdos a no ser que fuesen los abusadores, pero a algunos aquellas experiencias les dañaron la vida. En mi albergue había un muchacho que era alto, y le llamaban “el perro”. Cuando llegaba la noche los repetidores y algunos profesores lo llamaban a su cubículo para divertirse tirándole alguna cosa al suelo y, haciendo que el perro la recogiese y se las llevase gateando. El perro ponía todo tipo de caras mientras los demás miraban, yo no podía asistir a aquel espectáculo humillante. El bullying entre estudiantes siempre existió, pero en la beca se potenciaba porque vivían todos juntos como en un gran pabellón de prisión. Un pichi corto fue expuesto sin la toalla que lo cubría al salir del baño, incluso delante de las chicas, a los más débiles los intentaban “coger para el trajín” que era como esclavizarlos, “ve y búscame esto” “lávame la ropa” “hazme las tareas” etcétera, en una escuela normal esas victimas de bullying regresan a sus casas cada tarde, por lo menos, pero en la beca pasaban la semana a expensas de la crueldad juvenil que ruge de manera natural en las manadas. También es cierto que esto ocurría en mayor o menor medida según que becas. Tengo también amigas mujeres que quedaron marcadas por la maldad de sus compañeras. Quizás una de las cosas que también procuraba enseñar la beca, es aprender a odiar el abuso, aunque a veces se corra el riesgo de reproducir patrones una vez crecidos. Aunque en honor a la verdad, los primeros callos que tuve en la mano fueron de aquellos trabajos, muchos no habrían sabido lo que es un callo en toda su vida, si no pasaban por la beca.

También es posible que la suerte, que ya me había regado con todos los perfumes de los que los cubanos carecían, hubiese decidido reservarme un tiempo de Cuba real, la tangible, una noción empírica de su esencia, para que así acaso valorase mucho más lo que se nos daba en el hotel. Visto en perspectiva sería bastante razonable. Que se yo, si lo inescrutable es el misterio o son los caminos.

Tras el incidente entre mi abuelo y el director me trasladaron a otra beca, la Máximo Gómez, en Güira de Melena,  con piscina, todo reluciente, la comida muy rica, en que no había ni rastro de ese tipo de elementos. Era una escuela ejemplar, allí aunque me sentía bien porque incluso estaba un primo, que me trataba como un hermano menor. Duré poco, porque ya mi madre había entendido que tras perder a mis amigos de Argentina, mi colegio y barrio, y luego mi padre, era conveniente que estuviese al menos cerca de lo que me quedaba, mi familia.

Aún así, puedo decir que la beca me fortaleció, me dio compañeros con los que conviví de una manera más real que en la dualidad esquizofrénica que se presentaba en el hotel, conocí el  campo cubano no para andar a caballo como solía conocerlo, sino para trabajar. Y es justo destacar que desde la guagua que llevaba a la beca hasta el jarrito para el café con leche o el yogur de la merienda eran sufragados por el Estado, el acceso a la educación era absolutamente gratuito y general. Conocí la existencia de los cantantes y grupos de música que estaban de moda, aún estando prohibidos, como Feliciano, Julio Iglesias, Roberto Carlos, y los ingleses y norteamericanos de los que de a poco me fui haciendo fan, Grand Funk Railroad, Rolling Stones, Deep Purple, Zappa o Led Zeppelin. Y por otro lado es cierto que no todas las becas eran como la Cuba Canadá.

Albergue de una beca

Albergue de una beca

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Opinion crítica. Relax
2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 19:43

 

Una vez, cerca de nuestra llegada a Cuba, padre, madre y hermanos bajamos hasta el malecón y dimos una vuelta por el Vedado. La mezcla de zapatos nuevos y calor le hizo a mi madre una ampolla en el talón que no le permitía caminar, así que fuimos a una farmacia en M y 23, donde pedimos curitas. La farmacéutica creería que caímos de Marte ese mismo día, porque no sabía ni lo que eran. Entonces pidió alguna pomada, tampoco había, y cuando me madre le enseñó la ampolla la farmacéutica le dio un rollo de esparadrapo pero le dijo que no tenía gasa, que se pusiese una tela en su casa. Ese episodio fue mi primer contacto con una realidad con que el cubano tenía una gran familiaridad: la carencia. En todos los lugares el mundo hay carencia de algunos productos para unos y para otros abundancia, pero en Cuba de lo que carecían unos carecían todos, y lo que tenían unos lo tenían todos; bueno, obviamente con salvadas y poco honrosas excepciones, situadas donde siempre rompen las burbujas, arriba del todo.

 

Había veces que a a las ferreterías llegaban tenazas, y estaban todas las ferretyerías de La habana llenas de tenazas por un envío en un barco, entonces aunque no tuviesen nada que arrancar más les valía comprarlas entonces, porque no se sabía cuando volvería a haber. O martillos sin clavos, o tornillos sin destornillador. La costumbre más arraigada cubana era, a donde fuese que uno se desplazase, ir con una “jaba” , una bolsa, por si las dudas aparecía algo que comprar.

 

Yo solía pedir cada día en la mañana para desayunar: café con leche, yogur, huevos fritos, y los panecitos calientes que nos ponían con esa mantequilla salada que se derretía apenas tocaba la miga. Pero debajo de los huevos fritos siempre iba un alimento extra, dos lascas gruesas de jamón asado. Más de una vez le dije a los camareros que no los trajesen porque yo no los comía, no sé si porque después esperaban comérselos en la cocina ellos, o por pura burocracia del Mezzanine, me hacían cero caso y siempre bajo mis huevos fritos estaban mis dos jamones. Así que se me ocurrió empezar a llevarlos dentro del pan con  mantequilla a la escuela, pensando en la merienda. Cuando llegó el receso en el colegio y el olor del envo0ltorio se empezó a expandir, los compañeros se acercaban y me decían la frase que había que decir para que alguien compartiese lo que traía: “abierto” antes que uno emitiese el grito de “cerrado”. Al ver el entusiasmo que despertaban mi bocadillos del jamón que yo descartaba en las mañanas, me sentí mal y se me ocurrió llevar todos los días sándwiches de jamón, para lo que fui sofisticándolos pidiendo lascas de queso en el desayuno, así el pan que no comían mis hermanos y amigos, los llenaba de jamón y queso.

 

Una tarde mi madre me dijo que el encargado del ICAP quería hablar conmigo un ratito, fui al lobby donde estaba Onix sentado con un periódico y un cigarro,  me dijo: “Mira Martín, aquí todos los niños y todos somos iguales, pero todavía estamos trabajando para serlo del todo, me llamaron de la escuela que en los recesos se estaba armando un alboroto cada día mayor porque tú les llevabas bocaditos de jamón, te quería decir que muchos niños cubanos no comen eso, pero estamos en camino de que todos lo coman, así que te pido por favor que no lleves más esos bocaditos al colegio” . La cosa es que aunque yo llevase bocaditos para compartir y esto curase culpa de mi ingesta diaria de alimentos diferenciada de los demás, lógicamente había niños que se quedaban sin su preciado sándwich. Pensé, que dentro el infortunio, era mejor que mi madre de ninguna forma encontrase una curita, aunque fuese extranjera, a que un0s pocos conociesen el jamón y otros no, lo que no excluía que todos dentro del hotel siguiésemos devorandolo a dentelladas secas y calientes. 

Bocaditos de jamón y curitas
Bocaditos de jamón y curitas

Bocaditos de jamón y curitas

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Relax

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